El Sueño de Elthiam
Se dice que el Hospital de San José ha sido la fuente de todo tipo de historias. Algunas como fruto de los delirios y alucinaciones de sus habitantes. Otras, por el contrario, se han documentado tan juiciosamente, que sus cronistas deberían haber perdido la cabeza tras terminar sus relatos.
Así es que, entre todas esas historias archivadas, se encuentra la de Jerónimo Zuluaga, un joven de salud física y mental frágil, pero con una voluntad inquebrantable, como pocos seres en el mundo que le tocó vivir. De tal temple y nobleza era Jerónimo, qué aceptó con resignación el destino cruel que la vida le dio. No lloró ni maldijo ninguno de los años que estuvo en San José, hasta que su vida se apagó.
Sin embargo, su testimonio, lejos de parecer el delirio de uno de los tantos locos que suelen habitar el centro de reposo, generó maravilla y curiosidad entre quienes tuvieron acceso al expediente. Quien tenga la posibilidad de pensar en sus palabras, se encontrará contemplando el inusual trasegar de un ser resignado a su muerte, que se transformó en alguien que encontró una poderosa motivación en el mundo onírico.
Cuenta la crónica que entre los demás internos, Jerónimo conoció a un anciano de arcanos conocimientos, quien lo adoptó como iniciado en sus saberes. Pasaban horas entre pasillos y jardines, bajo días soleados o intensas lluvias, sin que las condiciones exteriores influyeran en sus extensas pláticas. Nadie supo de qué hablaban, pero se cuenta que el anciano paseaba junto a la silla de ruedas de Jerónimo e incluso lo empujaba de un lado a otro mientras le enseñaba.
También se cuenta que, durante las noches, Jerónimo realizaba intensas jornadas de meditación profunda, donde su respiración se reducía a un mero murmullo, apenas perceptible por las máquinas que lo cuidaban. Pasaba largas horas en tal letargo, sumergido en asuntos que sólo los iniciados son capaces de soportar. Para los que no entendemos de tales maneras solo nos es posible especular que se trataba de la preparación para lo que pasaría después.
Según el expediente, una de tantas noches, cuando la luna brillaba plateada sobre la fría sabana, Jerónimo cruzó la linde de los sueños corrientes; última frontera del mundo sensible, pero sometida al abandono y la intrascendencia. Atravesó los oscuros pasillos de los sueños que se entretejen en los hombres de una época que aún no sabe lo que es soñar. Franqueó los profundos abismos que bordean el confín del ensueño, sin que su voluntad se viera turbada, pues en el fondo de su corazón, Jerónimo deseaba encontrar un lugar donde pudiera quedarse, pues el mundo sensible lo recluyó cuando se atrevió a denunciar la locura de la humanidad y se aventuró a gritar sus deseos de estar vivo en un mundo de muertos vivientes. Fue llamado loco porque en el fondo de su corazón se negaba a ver las cosas de manera similar que los demás.
Y después de sus primeros viajes oníricos, vería allende los sueños grises y negros de los hombres, el verdadero País de los Sueños extenderse a lo largo de una infinita tierra azul, cuyas praderas eran bañadas con haces plateados y carmesí; donde pájaros de mil colores entonaban con algarabía canciones que el joven desconocía y el miedo era apenas un susurro.
Pero lejos de intimidarse, Jerónimo sintió una morbosa comodidad por ir más allá y descubrir las maravillas del País de los Sueños, pues el silbido del viento susurraba letanías de lugares más bellos.
No, no había miedo en el corazón de Jerónimo, cuya fuerza pedía ir más allá.
En su camino, vio a una hermosa dama de cabellos lunares cabalgando en un corcel dorado. Su belleza llegó a turbar el corazón del joven soñador, pues en ella había algo arcano, algo cuyo saber la humanidad tiempo atrás olvidó.
Apenas si le vio, la dama le envió una sonrisa seductora que despertó en Jerónimo un deseo casi irrefrenable de seguirla. No importaba que tuviera que cruzar valles y montañas o a qué monstruosidades hubiera que enfrentar, pues el ligero andar de la dama sobre su palafrén, hicieron que el cielo estrellado se transformaba en auroras de mil colores, mientras el viento ululaba una música de flautas sibilinas.
Pero el joven, ansioso por encontrar algo que le inspirara a quedarse, cruzó la inmensidad de toda aquella tierra azul y plateada, atravesando incluso unas montañas grises y tenebrosas, altas y frías. Sobre una de ellas vio un hermoso y peligroso palacio. De ese lugar se cuentan cosas espantosas acerca de una diosa–lobo: bella a la luz de antorchas y velas, pero espantosa cuando la luna muestra su cara. A través de sus espectrales siervos cobra mortales ofrendas de sangre a quienes se aventuran por sus dominios en noches de luna llena.
Un frío escozor atravesó la espalda del joven y sus vellos se erizaron al imaginarse en medio de tales montañas, a las puertas del palacio que ahora contemplaban sus ojos. Es la misma sensación que nos aturde al encontrarnos cerca de la muerte; pues ella, disfrazada o no, siempre despierta una sensación terror en el corazón de los mortales.
Fue así, bordeando montañas de muerte y pesadilla, que Jerónimo llegó al país de los poetas, con sus ciudades de ignotas formas. Había conos de inusuales simetrías, círculos sin terminar y poliedros de diversos ángulos. La mayoría formaban el cuerpo de criaturas que Jerónimo no supo identificar, pero que encajaban con el cálido ambiente que allí se vivía.
Cuando entró en la más importante de ellas, encontró a sus moradores danzando al compás de liras y flautas u oyendo a los juglares recitar con nostalgia las hazañas de humanidades arcanas y olvidadas. Los niños se entregaban a la danza, complacidos con la música y con las historias. Y allí se animó Jerónimo al oír canciones sobre héroes que antaño entregaron sus vidas para salvar pueblos enteros. Escuchó la historia de un arquero de ojos celestes llegado desde el cielo que, en horas oscuras, trajo la luz de nuevo al mundo, devolviendo a la oscuridad a un terrible demonio que se había adueñado del tiempo.
Oyó complacido la balada de luna y roca, que narra la trágica historia de un hombre de piedra y una mujer de cabello plateado y linaje extraterrestre, que salvaron al mundo de una luna roja, mientras su amor se perdió bajo el influjo de una arcana maldición de rosas espirales.
Dios y noches pasó Jerónimo entre poetas, juglares, músicos y danzarines. Hasta que resurgió en su corazón el anhelo de seguir explorando el País de los Sueños.
Al retomar su camino vió ciudades oscuras en abismos insondables, cuyo último límite era la lejana Kadath, con sus ciclópeas torres y muros inexpugnables. Y descubrió Jerónimo que allí regía Lovecraft bajo la fétida forma de un gul, tras haber encerrado a los Dioses de la Tierra y a los Dioses Otros en su imponente ciudad del sol poniente.
Sin embargo, la voluntad de este joven aventurero seguía deseando un lugar cuya belleza estuviese por encima de todo lo visto en su viaje a través de aquel onírico mundo. Entonces abandonó Kadath, adentrándose en un valle gris y brumoso, al que ni siquiera las etéreas criaturas del mundo onírico se atreven a entrar. Era un lugar nauseabundo cuyos hedores se mezclaban con aterradores sonidos de pesadilla que, con cada pisada, estremecieron su alma. Sin embargo, en medio de tales horrores vio algo que le hizo llenar de esperanza y apaciguó su miedo: era un túnel luminoso, tan blanco y brillante como una estrella joven.
Al principio tuvo miedo de continuar, pues sabía que los túneles de luz son el umbral entre la vida y la desconocida experiencia de la muerte. Pero el corazón del joven mantuvo un fuerte deseo de traspasar toda frontera en su camino, pues no había nada esperándolo en el mundo de la vigilia, salvo un cuerpo roto y una vida en cuatro paredes.
Al cruzar, se dio cuenta que no se trataba de un túnel, sino de una puerta. Y vio tras ésta un cielo azul libre de nubes, con una luna carmesí en plenitud, compartiendo el cenit de un hermoso día.
Y frente a él, colosal e inexpugnable, se alzaba una montaña en forma de pirámide, que le impedía ver al otro lado.
Pero su voluntad aún permanecía fuerte, a pesar de los horrores en la lejana Kadath. Se animó a seguir adelante y con una cálida sonrisa, inició el ascenso.
Al llegar a la cima, vería la inmensidad de un infinito bosque con multitud de colores, rodeando un sendero empedrado que lo atravesaba. Entonces enfiló sus pasos hacia él.
A donde quiera que mirara, los árboles ejercían el monopolio de la luz solar, dejando al resto del bosque sumido en una tenue y eterna oscuridad. Bellos pájaros cantores habían construido allí sus nidos y entonaban alegres cantos que rememoraban, tal vez, la odisea de alguno de sus hermanos más allá de toda nube y donde el aire es solo un deseo.
Muchas noches pasó el joven al lado de secoyas, pinos y almendros, con el sonido de los lobos, pájaros cantores y demás rarezas del bosque, viendo haces lunares entre las hojas.
Muchas sombras encontró a lo largo del sendero: unas con formas terribles y otras no tanto, pero todas hicieron caso omiso del extraño ser que los visitaba, permitiéndole pasar.
Al cuarto día de su travesía vio la punta de una torre de inconmensurable altura. A medida que avanzaba, descubrió lo que había bajo ella. Era la ciudad más hermosa que había visto en todo su viaje. Sus altas murallas dibujaban una forma desconocida que solo podía reconocerse desde la alta torre. Era blanca, como una hoja de papel recién desempacada. Su torre sin duda habría de quedarse para siempre en la memoria, pues jamás había visto una construcción de semejante belleza y tamaño.
Con el pecho agitado y la respiración entrecortada, supo Jerónimo que aquel era el lugar que su corazón anhelaba. Imaginó que dentro de ella encontraría la paz que nunca le dio su mundo. Así que, haciendo acopio de fuerza y voluntad, corrió hasta llegar a sus imponentes puertas de roble y acero, grabados que hablaban de un pasado glorioso y a la vez trágico. Cuando estas se abrieron, fue recibido por el tañido de informes instrumentos que, a pesar de su grotesca forma, desprendieron dulces melodías que celebraron la llegada del peregrino. Esbeltas doncellas danzaron a su alrededor mientras hombres rudos de gran tamaño pusieron en sus manos deliciosos licores que jamás había probado en su vida.
En medio de tanta alegría, Jerónimo supo que se encontraba en la ciudad de Elthiam, concebida por un sabio inmortal en un sueño de su juventud, mientras la muerte y la vida disputaban su compañía.
Entre bailes y canciones, escuchó muchas historias sobre ese misterioso ser, de su abrumador y terrible poder; pero también de su infinito amor por los ciudadanos, a quienes protegía desde el cielo en una poderosa ave.
Y cuando la fiesta alcanzó su punto más alto, se hizo el silencio ante la aparición de una mujer tan hermosa, que Jerónimo pensó que se trataba de un ángel. Llegó desde un palacio de blanco marfil. Era ella la reina de aquella ciudad y todos le llamaban Aurielle.
A Jerónimo le pareció que la belleza de Aurielle superaba con creces a la doncella de cabellos lunares del País de los Sueños. Su mirada celeste estremeció sus entrañas y le atravesó el corazón. Entonces él quedó prendado de la reina.
En medio de su embriaguez le habló de lo que vio allende la bruma que se esconde tras la montaña y que separa las tierras que cambian de color de aquellas que son siempre grises. Le narró sus peripecias en la lejana Kadath, con los gules como su única compañía en medio de una noche sempiterna. Contó con tranquilidad su visita al País de los Poetas y cómo conoció la esotérica historia de las Rosas Espirales. Muchas cosas más se atrevió a revelar en medio del silencio conspicuo de los habitantes de Elthiam, hasta confesar su deseo de vivir entre ellos.
Y con el paso del tiempo, Jerónimo tuvo el valor de hablarle a Aurielle del sentimiento que le inspiraba.
Ella, atrapada entre profecías inentendibles y un destino que no podía confiar a nadie, correspondió al sentimiento de Jerónimo, acorralada por la voluntad absoluta de sus ojos y mirada juvenil. Y con la luna roja como muda espectadora, se entregaron a un romance cuyo ardor eclipsó toda otra pasión.
Muchas veces despertó Jerónimo junto a su amada mientras los besos le embriagaban de su aroma a sándalo. Muchas fueron las noches en que el vapor del amor los cubrió bajo el influjo de su hipnosis. Muchos fueron los lugares que ella le mostró y los dones de flores multicolores: lidiones y espermones, las blancas sarpilias con sus largos pistilos azules, las verdes azfalias de pétalos largos, los grises y tristes fleriones; y todas las flores que crecen allí donde los sueños las siembran. Además le mostró la belleza del palacio de Elthiam y le narró la historia de sus antepasados, llegados cuando era una tierra joven y salvaje.
Pero la dicha no es más que la espuma viajera de un río caudaloso en época de crecida, que tiene el poder de arrastrar súbitamente todo cuanto se topa en su camino y un hombre puede poseer, hasta desaparecerlo.
Cuando Jerónimo había decidido poner fin a su búsqueda para quedarse en Elthiam, las trompetas de la ciudad anunciaron la llegada de un ser al que todos veneraban y amaban por encima de sus propias vidas. El sabio inmortal se presentaba sobre la espalda de una gigantesca ave gris. Muchos gritos de victoria lanzaron los fervorosos habitantes de Elthiam, aclamando a su campeón.
El sabio descendió de su ave con la majestuosidad y poder que da la experiencia. Su cabello dorado brilló reflejando la luz solar mientras de sus ojos azules emanaba la sabiduría de un lugar concebido a la par que el mundo mismo.
Pero Jerónimo vio en los ojos del sabio una ira que llenó de terror a todos los habitantes de Elthiam, quienes echaron a correr cuando éste les miró. Ardían como soles en medio del desierto.
Caminó imponente a través de pasillos y salones, ignorando reverencias y saludos hasta que estuvo junto a la reina, quien no se apartó de Jerónimo, desafiante.
—¡Tu! Joven llegado de más allá del mundo conocido, ¡no puedes estar aquí! —dijo el sabio inmortal— tu presencia en este lugar nos condenará a una muerte rápida y aterradora. ¿Acaso no has visto que no estás en el País de los Sueños sino el futuro de tu Tierra?
Jerónimo, aturdido, se estremeció ante semejante revelación, pues en el fondo de su mente sabía que su búsqueda había superado todo cuanto había aprendido y viajado.
—Déjalo mi señor —dijo la joven reina— ¿Es que no ves que él es la esperanza que le queda a mi corazón?
Pero lejos de detenerse, el sabio inmortal los miró con mayor dureza e intensidad:
—Ya no queda esperanza para nada ni nadie en nuestro mundo, salvo la de una muerte rápida. Este joven debe volver a su lugar, más allá del tiempo. De lo contrario, nuestros enemigos aprovecharán su llegada.
Jerónimo miró a la reina, resignado a abandonar toda esperanza para sí mismo.
—Entonces mi señor —dijo— permíteme despedirme de mi amada.
El joven, acongojado por su sino, estrechó a Aurielle hasta que las lágrimas los desbordaron, pues marcaba un adiós definitivo. Cuando sus labios rozaron a la joven reina, entendió que su separación hacía parte de un hado espiral, marcado desde el inicio del universo.
Cuando todo se dijo, el sabio de cabellos dorados entonó un canto en la lengua de los inmortales, haciendo que Jerónimo cayera presa de un sueño profundo. Al abrir de nuevo sus ojos, había regresado al mundo sensible, a su inútil cuerpo en San José.
Con el paso de los años, Jerónimo se hizo hombre. La locura por la pérdida de Aurielle le invadió bajo la forma de pesadillas escalofriantes y una nostalgia abrumadora. Al asomar un fugaz momento de lucidez, buscaba el lejano mundo de su amada reina de Elthiam. Sin embargo, al tratar de atravesar el valle gris, los sonidos de la insania le regresaban al mundo sensible.
Y durante una noche de su vida ya anciana y perturbada, cuando sus dientes y cabello se perdieron, tuvo éxito al atravesar los horrores del valle gris, pues se había acostumbrado a sus sonidos y olores de pesadilla.
Durante el resto del camino, nadie tuvo compasión de él. Por el contrario, todos los seres de los mundos etéreos huían al ver el terrible destino que lo había marcado. Incluso las criaturas más despreciables se escondían al verlo pasar por sus dominios.
Solo el rey Lovecraft vio su pena y le reconoció después de años, así que le permitió transitar la lejana Kadath sin ser molestado. Incluso le obsequió un espantoso Shantak, una aterradora ave del reino de las sombras, para que lo llevara a donde quisiera.
Así fue que, al llegar a su último destino, tras los portales de luz en la cima de la montaña de Elthiam, no vio el bosque de verde color, pues en lugar de la ciudad de sus sueños había un ancho e infinito océano. Con intenso terror en su corazón cayó de rodillas para entregarse a gritos y llantos desgarradores.
En medio de su dolor y desde un recóndito lugar de la memoria llegaron las palabras que Aurielle le dijo cuando el sabio inmortal lo desterró:
—A ti amado mío, peregrino de mundos arcanos, yo obsequio una lágrima por esta ciudad de alta gloria y honor, la cual te ha dejado entrar hasta mí. Pero te obsequio mil más en nombre del amor que te profeso, porque no morirá por espada, fuego o hechizo. Siempre recuerda que alguna vez estuviste en la candorosa Elthiam y cuéntaselo a quienes te pregunten: diles que dentro de sus muros amaste a una reina con la pasión de los héroes, los dioses y los poetas juntos, y que ella te amó a ti.
Muchos en San José piensan que Jerónimo jamás volverá al mundo sensible. A pesar que su cuerpo descansa sobre una cama, conectado a máquinas que le dan una aparente vida, es un cuerpo sin alma.
A lo mejor está sentado en la cima de aquella montaña, viendo el gran mar, a la espera de un milagro que nunca llegará. O quizás se dejó caer en sus aguas, para así terminar con la angustia de no ver de nuevo a su reina.