Prólogo
Si estas palabras alguien ha encontrado por fin, es porque el mundo, en su ceguera eterna, ya ha ajustado la soga al cuello de su mayor salvador.
Yo, Jules Stall, escribo esto en la penumbra de mi celda, con la luz mortecina de una vela que se consume más rápido que mis días. Mañana, o pasado, el verdugo cumplirá su deber; pero hoy cumplo el mío: dejar constancia.
Me condenan por preservar lo que todos dejan pudrirse; me llaman asesino por detener al máximo ladrón que la humanidad se niega a reconocer: el Tiempo, ese verdugo silencioso que arruga pieles, apaga ojos y convierte en polvo lo que un día fue perfecto.
Yo fui su único enemigo declarado. Yo fui su salvador.
Con mis pedestales, con mis cápsulas de estasis, detuve su avance cruel. Di eternidad a lo efímero. Y por eso me cuelgan.
Que lean mi historia, entonces. Que vean cómo un niño roto se convirtió en artista, cómo un amor perdido me llevó a desafiar a la naturaleza misma.
Cuando la soga se tense y mi cuello se rompa, mis obras seguirán respirando -lentamente, imperceptiblemente- en la oscuridad del museo.
La Belleza Eterna no morirá conmigo.
Solo el Tiempo habrá perdido, una vez más.