11:42 PM
El reloj marcaba las 11:42 aquella noche. Era relativamente tarde, temprano para mi. Tenía sueño, pero no se me apetecía dormir ni un ápice. Así que me dediqué a la cocina. Lavé los trastes, limpié las ollas, limpié las encimeras. Incluso me tomé la molestia de limpiar la estufa.
Y luego barrí, y le pasé el trapeador al piso. Reluciente.
Ya no tenía más deberes por hacer. Me senté frente al computador y traté de ver una serie, pero ya no tenía interés en ninguna.
Revisé mi teléfono. No había nada ni nadie interesante.
Leí una carta. La misma que leía cada noche, cada madrugada, cada mañana y cada tarde.
Tenía ganas de arrugarla, de romperla y quemarla. Pero no tenía el valor para desasrme de ella. Aún si la despreciaba con toda el alma.
Me acosté, exhausto pero indispuesto a cerrar los ojos. Y estuve viendo mi teléfono hasta que mi cuerpo ya no pudo más.
— ¿Qué haces aquí? —pregunté.
No hubo respuesta. Ella estaba allí, en el salón sentada. No estaba prestando atención, estaba escribiendo en su cuaderno. Tenía un parpado inflamado.
— Me duele —dijo.
Siempre lo decía. Y de pronto ya no lo dijo nunca más, porque desapareció.
— ¿Qué haces aquí? —repetí.
Ella me miró confundida. Estabamos en el centro comercial, ella estaba mirando peluches. Estaba sonriendo. Y descaradamente me pidió que la invitara a comer. Y sonreí, porque amaba verla contenta.
Pero el asiento frente a mi estaba vacío. Porque ella ya no estaba.
Y habían niños jugando en el parque. Niños que ella y yo conocíamos bien. Porque los conocí cuando me presentó a sus padres. Y sus padres, no podía verlos. Por más que lo intentara, yo ya no tenía lugar en sus vidas.
Esos niños la extrañaban.
Y ella durante muchos años los abrazó, pero no habían brazos para ella. Ni siquiera los míos, porque mis abrazos y sus abrazos no hablaban el mismo idioma.
— ¿Qué haces aquí? — pregunté ya sin voz. — ¿Porqué sigues aquí?
Ella me abrazó. Y era suave, cálido y familiar. Y lo amé. Amé caminar juntos por aquellas calles que yo bien conocía, pero que ella nunca pisó.
Pero no me importaba, porque sus mano emcajaba perfectamente en la mía. Y su calidez yo la esperaba ansioso cada día.
Cada maldito día la esperaba.
Cada maldito día la extrañaba.
Cada vez que sonaba la alarma, odiaba tener que abrir los ojos tanto como odiaba cerrarlos por las noches. Porque jamás la hube soñado tanto como cuando ya no estaba.
Cuando dejó de ir a la universidad sin avisarme. Un día, luego dos, luego tres. Y le escribí a su madre, "¿dónde está?"
"Se fue."
Ese día entendí algo que jamás había entendido hasta que ya no la tuve más. Entendí lo que es vivir porque es la única opción. Entendí lo que es no encontrar descanso.
Y pasaron los días, y los meses, y los años.
Y pensé que podría volver a vivir, a ser feliz de alguna forma, a vivir con su ausencia.
Pero era su ausencia la que vivía en mi. Era su ausencia la que vivía en cada una de las personas que alguna vez la amaron.
Vivía en la manera en que nadie pudo ver más allá de su sonrisa.
Vivía en la manera en la que nadie pudo hacer nada.
Vivía en la manera en la que su ceguera y su falsa esperanza los hizo creer que ella mejoraría. Que sus cicatrices no volverían a ser heridas.
Que su ausencia de lágrimas era ausencia de tristeza.
Que su desinterés era madurez.
La manera en la que pequé de tonto e incrédulo.
Pero habían pruebas ahora. Pruebas innegables de que fui ciego.
Y ahora vive en mi la ausencia de la mujer que nunca quiso dejarme sólo, pero yo jamás pude acompañarla a ella.