CAPÍTULO 1: DISTANCIA Y SILENCIO
El eco de mis propias palabras seguía retumbando en mi cabeza mientras corría por el estacionamiento de la universidad. “¡Me enamoré de ti!”. Se lo había dicho. Le había entregado mi mayor secreto al mismo chico que se había burlado de mí a mis espaldas. Subí al transporte público con el corazón destrozado y las lágrimas nublándome la vista, decidida a borrar a Alejandro de mi vida para siempre.
Mientras tanto, en el pasillo de la universidad, Alejandro se había quedado estático, como si le hubieran dado un golpe directo al pecho. La confesión de Bárbara lo había dejado completamente loco, con la respiración cortada y una culpa idéntica al plomo pesándole en los hombros. Quiso correr tras ella, pero una mano firme lo detuvo por el hombro, obligándolo a girarse.
Era Valeria. Su rostro, habitualmente serio y reservado, destilaba una furia pura.
—¿Se puede saber qué demonios le hiciste a Bárbara? —le reclamó Valeria, cruzándose de brazos y plantándose frente a él como una leona defendiendo a su cría—. Salió corriendo de aquí hecha un mar de lágrimas. ¿Qué hiciste, Alejandro?
Alejandro se pasó una mano por el cabello, desesperado, y por primera vez soltó su máscara de chico rudo.
—No fue mi intención... Todo se malinterpretó —confesó con la voz rota—. Valeria, el anónimo del casillero... las flores, los chocolates... era yo. Todo lo hice yo porque quería que ella se fijara en mí. Pero escuchó una conversación a medias y piensa que me estaba burlando.
Valeria lo miró con una mezcla de desprecio y decepción, negando con la cabeza.
—¿Eres tarado o qué, Alejandro? ¿Por qué no le hablaste claro desde el principio si de verdad la querías? Ella no está para jueguitos mentales. Tú no tienes idea de todo lo que Bárbara sufrió con José, de lo roto que dejó su corazón y de lo mucho que le ha costado sanar cada una de sus heridas. ¡Ella no se merecía esto!
Alejandro abrió los ojos de par en par, sintiendo que la culpa lo asfixiaba. Él no sabía absolutamente nada del pasado con José, ni del daño que ese tipo le había causado. Ahora entendía el miedo de Bárbara, su desconfianza y su armadura. Había intentado jugar a ser el héroe misterioso y terminó convirtiéndose en su peor pesadilla.
Pasaron los días y el casillero de Bárbara permaneció cerrado. No volví a pisar la universidad esa semana. Mi mamá, que siempre leía cada uno de mis estados de ánimo y era mi motor para no rendirme, notó que algo andaba muy mal. Aprovechando que yo necesitaba prepararme mejor en unos talleres de la facultad y que las dos nos merecíamos un respiro, me armó las maletas y me llevó lejos de la ciudad, a un pequeño lugar de descanso.
Eran unas vacaciones de estudio y desconexión total. Pero el olvido no era tan fácil de alcanzar.
Cada cinco minutos, la pantalla de mi teléfono se iluminaba. Alejandro llamando... Alejandro: "Por favor, ricitos, responde". Alejandro: "Déjame explicarte, te lo ruego". Tenía decenas de llamadas perdidas y cientos de mensajes de texto que me negaba a abrir. Me dolía demasiado.
La única persona con la que hablaba de vez en cuando era con Valeria. Le escribía mensajes cortos, solo para reportarme y decirle que estaba bien con mi mamá, pero ni siquiera con ella tenía ánimos de hablar mucho. Quería hundirme en mi silencio, estudiar y convencer a mi corazón de que Alejandro solo había sido un tropiezo.
Una tarde, mientras miraba el atardecer por la ventana de la cabaña, el teléfono volvió a vibrar. Suspiré, lista para ver el nombre de Alejandro otra vez, pero al levantar el aparato, el nombre en la pantalla hizo que se me helara la sangre.
José: “Me enteré de que tú y el imbécil de Alejandro terminaron, Bárbara. Sé que estás de viaje. Necesito verte, por favor... esta es nuestra oportunidad de arreglar las cosas”.
Apreté el teléfono contra mi pecho, sintiendo que el pasado y el presente me acorralaban al mismo tiempo, sin saber que en la ciudad, un Alejandro completamente desesperado estaba cruzando el límite de la cordura, dispuesto a todo con tal de encontrarme.









