un gran mundo contra una pequeña chica

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Summary

En un país mágico, llamado Lumeria, vive Estrella, una chica de 14 años la cual piensa que su vida es la de cualquier otra cica normal, con poderes de su edad... pero junto a su mejor amigo Escorpión se dará cuenta que su vida entera es una falsa. y se dará cuenta de cosas que hubiera preferido no haberse dado cuenta

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1 (FECHA 25/12/2024) EL INICIO DE ALGO INTERESANTE

En una gran isla llamada Lumeria, donde el 95% de los seres vivos tienen poderes —ya sea uno o mil—, vivía una chica que se consideraba normal con poderes, que solo tenía un trabajo: hacer que sus padres se sintieran orgullosos de ella. Pero, teniendo 14 años, aún no sabe qué será de su futuro. Su único consuelo es su único amigo, Escorpión. Aunque muchas personas tachan a Estrella de loca por confiar en él, ella le tiene fe, cariño y lo trata como a un igual, a pesar de que él es un demonio.

Los poderes de Estrella son muy simples pero increíbles. Puede controlar el agua, hacer crecer plantas de todo tipo, hablar con los animales y, cuando quiere, convertirse en uno de ellos, aunque casi nunca los utiliza porque sus padres se lo prohibieron y, a veces, porque se le olvida que los tiene.

En cambio, los poderes de Escorpión son un poco más complicados y, por esto, solo utiliza uno. Puede hablar con los espíritus, ser inmune y controlar cualquier tipo de veneno, abrir portales y lanzar maldiciones.

Estrella es una chica algo alta, de ojos verdes y piel blanca. Su pelo es algo especial: es agua. Escorpión es una persona de piel morena, con ojos rojo bermellón y pelo largo, negro con mechones morados, que siempre lleva en una trenza. Normalmente es tranquilo, pero si te tiene que decir hasta del mal que te vas a morir, lo hará sin dudarlo.

Los padres de Estrella estaban de viaje y, como siempre, la dejaron sola, pero ella no le da mucha importancia a esto. Está acostumbrada a que la dejen sola y no le presten atención, pues son muy trabajadores. De hecho, son los fundadores de la Academia Nova, la mejor academia de Lumeria para aprender a manejar los poderes. Estrella nunca ha asistido a esta academia porque, por alguna razón que desconoce, sus padres le han prohibido asistir, sin importar la cantidad de veces que ella les ha rogado ir a clases con otros estudiantes y no quedarse sola en casa.

A pesar de esto, los padres de Estrella la obligan a supervisar la Academia Nova cuando ellos no están. Realmente, esto le agrada porque cada vez que visita la academia se reúne con Escorpión, quien vive allí en los dormitorios estudiantiles. Y ahí se encuentran Estrella y Escorpión ese miércoles de Navidad, recostados en la cama de una persona. Escorpión escuchaba música de rock —específicamente metal— con sus audífonos, mientras Estrella jugaba en su celular.

—Estrella, ¿tienes hambre? —preguntó Escorpión en voz baja.—Un poco, ¿por qué? —preguntó Estrella.—Bueno, pensaba ir a la tienda de comida que queda cerca y, ya sabes, comprar algo de comer —dijo Escorpión, guardando su celular.

Estrella se levantó de la cama emocionada, y mientras le salían orejas de perrito, contestó.—Sí, vamos a salir, pero compórtate. Nadie debe saber que nunca sales de tu casa; eso te hará un blanco fácil para los ladrones —respondió Escorpión.

—Bueno, creo que exageras un poco. Seguro allá fuera no es tan malo como dices —respondió Estrella, relajada.

—Bien, lo que digas. Vamos, será rápido —respondió Escorpión.

Era un lugar con todo tipo de comida que quedaba cerca de su casa, pero aun así a Estrella le emocionaba salir de su casa y explorar el mundo. Solo podía salir de su hogar para ir a la escuela de su papá, y ni siquiera estudiaba en una escuela como cualquier persona normal. No entendía por qué no la dejaban ser como cualquier chica normal de su edad, pero bueno, seguro sus padres tenían sus razones.

—Oye, Estrella, ¿te puedo preguntar algo? —preguntó Escorpión mientras se comía un sándwich.

—Sí, claro —respondió Estrella.

—¿Cuándo piensas salir de tu casa? —preguntó Escorpión.

—Pero estoy fuera de mi casa ahora —respondió Estrella.

—¿Eres imbécil o te haces? Me refiero a cuándo piensas salir del dominio de tus papás —respondió Escorpión.

—¡Ah! ¿Te refieres a cuándo me voy a hacer independiente? Cuando cumpla 18... o nunca. Pero bueno, vámonos ya, que si llegan mis padres y no me ven allá se van a preocupar —respondió Estrella.

Cuando estaban llegando a la Academia, vieron a tres jóvenes afuera del edificio conversando. Esto le pareció extraño, pues la Academia estaba cerrada hoy. ¿Qué querrían? ¿Será que vinieron a visitar a alguien?


Te acercaste a ellos y le dijiste:

—Buenos días, me llamo Estrella y soy la supervisora del lugar. Hoy estamos cerrados, pero aun así, ¿les puedo ayudar en algo? —dijo cariñosamente Estrella.

—Buenos días, solo queríamos investigar algunas cosas sobre el lugar —dijo el chico.

—¿No estarás pensando en trabajar hoy? ¿Verdad? —susurró Escorpión.

—Seguro vinieron de lejos, así que no veo por qué no —susurró Estrella.

—No, deja de autoexplotarte, descansa —respondió Escorpión.

—¡Si quieren pueden pasar adentro para poder inscribirse! —exclamó Estrella, ignorando por completo la petición de Escorpión.

Los hiciste pasar adentro, les enseñaste el lugar, las personas, etc.

—¡Bien, este es el lugar! ¿Entonces qué les parece? —dijo Estrella.

—Este lugar es genial —respondió el chico.

—¿Y pues vendrá su madre, padre o algún familiar en algún momento? —preguntó Estrella.

—Sí, bueno, de hecho… —susurró— somos huérfanos —contestó el chico.

—¿Disculpa? No pude escuchar —respondió Estrella.

—No tenemos padres, de hecho, simplemente escapamos del orfanato, ya que nos trataban horrible —respondió el chico.

—Oh… ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Estrella.

—Diego, ¿por qué? —respondió Diego en voz baja.

—¡Pues no te preocupes, Diego, yo te ayudaré a que se queden! —exclamó Estrella.

—¿¡En serio!? —preguntó Diego sorprendido.

—¡Sí! De hecho, hay habitaciones vacías y justo tengo las llaves, así que se pueden quedar aquí —respondió Estrella alegremente.

—Pe-pero, ¿no te echarán de tu trabajo por hacer eso? —preguntó tímidamente una de las chicas.

—¡Nah! Mis padres son los dueños, así que no hay problema con eso —respondió Estrella.

—Bi-bien, lo que digas —contestó la chica.

—Por cierto, ¿cuáles son sus nombres? —preguntó Estrella.

—Yo me llamo Acu y ella Flora (la peliblanca) —respondió Acu.

—¡Bueno Diego, Acu y Flora, desde ahora vivirán aquí y espero poder ser su amiga! —exclamó Estrella.

—¡Gracias, bonita! —exclamó Flora.

Tras hablar un montón de tiempo con ellos, los conociste mejor. Flora y Acu tienen la misma edad y Diego tiene 16 años. También sus poderes son interesantes, bueno, específicamente los de Diego: él puede controlar los átomos (es decir, puede alterar los átomos, lo que le permite remodelar la materia, crear luz y destruir objetos a una distancia considerable), puede controlar las sombras o la oscuridad en general, puede manipular la gravedad que lo rodea y controlar los hilos; en resumen, controla muchas cosas.

Pero lo raro es que Acu y Flora tienen los mismos poderes que tú, algo muy raro.

Cuando terminaste de hablar con Diego, Acu y Flora (ya de noche), fuiste a ver a Escorpión en su habitación y le contaste lo extraño que te parecía que Acu y Flora tuvieran los mismos poderes que tú, ya que es casi imposible que unos tipos de poderes se repitan en personas sin siquiera ser una variante. Y Escorpión te respondió sin despegar la vista de su celular:

—¿Y no se te hizo raro que la tal Alejandra o como se llame sea una copia perfecta tuya? —preguntó Escorpión.

—Se llama Acu, y pues tal vez solo se parece mucho a mí, porque si lo que pretendes es decir que ella y yo somos algo, deja y te digo que hay personas que se parecen unas a otras sin ser familiares —respondió Estrella.

—1. No sé si eso sea cierto. 2. No me interesa y no voy a investigarlo. Y 3. utiliza el sentido común por primera vez en la vida —contestó Escorpión.

—Escorpión, es imposible que yo tenga una hermana, soy hija única —justificó Estrella.

—De hecho… según este informe, solo los gemelos o trillizos pueden compartir el mismo poder sin tener variantes —contestó Escorpión, enseñándole el informe a Estrella.

—¿Estabas googleando lo que te dije? —preguntó Estrella.

—No, Estrellita, solo me salió por obra divina de Jesucristo —contestó Escorpión sarcásticamente.

—Perdón, soy distraída —contestó Estrella.

—En fin, lo que es Diego, Acu y Flora me dan mala espina y me caen mal —respondió Escorpión.

—¡Diego, Acu y Flora! ¡Apréndete sus nombres! —exclamó Estrella.

—¡Solo aprendo lo que me interesa! —exclamó Escorpión.

Cuando ibas a contestar, escuchas en los pasillos: “cariño”. Era la voz de tu madre. Te levantaste de la cama, saliste de la habitación y con gran emoción abrazaste a tu madre.

—¡Mamá, volviste! —exclamó Estrella.

—Sí, cariño, pero puedes dejar de abrazarme; no es que me haya ido durante 3 años. ¿Dónde estabas? —respondió tu madre, alejándote.

—Así… claro… estaba con E-Escorpión —respondió Estrella.

—Con razón olías a pobreza. ¿Cuántas veces te he dicho que no me gusta que te juntes con ese tal Eugenio? —exclamó mamá.

—Mamá, se llama Escorpión y realmente él es mi único amigo, el único que sopor… olvídalo, lo siento —respondió Estrella.

—¿Qué ibas a decir, pequeña mocosa? —preguntó mamá.

—Que soy el único que soporta su carácter de mierda, Sofía —interrumpió Escorpión.

—Qué maleducado eres, tanto para hablarme de tú. Aprende a hablar de usted —respondió Sofía.

—El día que dejes de ser muy mala madre —respondió Escorpión.

—¡Maldito animal! No sé quién te crees para decir tal cosa —exclamó Sofía.

—Una persona que tiene la suficiente inteligencia de no pelear con alguien menor que yo, muñequita de plástico barato —contestó Escorpión.

—¿Pueden dejar de pelear? Ya me voy, Escorpión. Nos vemos mañana —interrumpió Estrella.

—Adiós, Estrellita —respondió Escorpión.

Mi madre es una mujer modelo, de ojos verdes, buen cuerpo y pelo largo negro. Mi padre, Alberto, es un señor alto, piel blanca, ojos marrones y pelo corto marrón con canas; usa lentes, es licenciado, tiene su propia empresa, y juntos son las personas más amables que existen, tanto que ambos a diario hacen grandes aportaciones al país; ellos son mis ejemplos a seguir.

Al llegar a casa, a mamá se le pasó el enojo. Eso es bueno.

—Te traje unos regalos, empezando por un lazo —dijo Sofía.

—Gracias, mami —contestó Estrella.

Mamá abrió su maleta, de ahí sacó un lazo rosado el cual colocó en tu pelo, se alejó y dijo:

—Mira lo bonita que te ves.


—¿En serio, mamá? —preguntó Estrella.

—Claro que sí, mi amor. ¿Pero sabes cómo te verías más bonita? —dijo Sofía.

—¿Cómo? —preguntó Estrella.

—Si sigues dejándote el pelo largo. Recuerda, amor: por nada del mundo te cortes el pelo. Si lo haces, mamá ya no se sentirá orgullosa de ti —dijo Sofía.

—Sí, mamá, ya entendí. Bueno, ya me voy a dormir; mañana me toca clases de violín y de piano en la mañana —dijo Estrella.

Esa era una petición muy rara de mamá y papá, y una regla muy importante, ya que, aunque mi pelo no se corte tan fácil, no es imposible; claro, si las tijeras son hidrofóbicas. Pero aun así, mis padres no lo permiten. De hecho, recuerdo una vez que de pequeña me corté dos o tres mechones grandes de pelo con unas tijeras, y gracias a eso mis padres se enojaron mucho conmigo.

En mi defensa, quería saber si podía cortar mi pelo… y sí podía. Aún creo que esas tijeras están en algún lugar de la casa.


(Fecha 26/12/2024) Era un nuevo día. La luz del cálido sol entraba sin avisar por la ventana.

Esto hizo que te despertaras… en una habitación fría, en compañía de libros llenos de polvo y ecos de suspiros de cansancio. Sí, mismos ecos que te acompañan todas las noches.

—Estoy harta —susurraste con un tono de voz cansado.

<<¡¿Por qué pensé eso?! ¡Debo estar alegre porque es un nuevo día, no molesta!>> contradijo tu pensamiento.

Te levantaste de tu cama con pasos rápidos, evitando que mamá fuera a tu habitación a gritarte que no haces nada por tu vida —y, como siempre, se le olvidaran los esfuerzos que haces por cambiar tu forma de ser—.

Entraste al baño para así empezar tu rutina diaria:

• Te cepillaste.• Tapaste el espejo para poder bañarte.• Te alistaste.• Bajaste a desayunar (al final no desayunaste, ya que no tenías apetito, otra vez).• Bajaste y te diste cuenta de que mamá y papá te habían vuelto a dejar sola.• Y esperaste lo que te preparara la vida después de tomar clases en casa.

Después de la larga espera, la profe de violín llegó a casa…

Esta me entregó unas notas, las cuales tenía que replicar. Pero mis dedos, vista y mente se negaban a obedecer.

Comencé la primera nota, solo para ser detenida.

—Lo estás haciendo fatal —juzgó la maestra.

—Lo siento —respondí.

Volví a empezar y otra vez fui detenida.

—¿Acaso no sabes cómo hacer las cosas bien? Qué patética, de nuevo —criticó la maestra.

—Disculpe —respondí.

Una vez más.Una.Dos.Tres.

Y todas las malditas notas salían fatal.

Y, para empeorar la situación, la maestra no dejaba de hablarme mal.

Hasta que simplemente me harté y comencé a tocar el violín a toda velocidad.

Las notas no eran perfectas, pero aun así eran hermosas —claro, para mi gusto—.

La maestra me decía que parara, pero solo lo hice cuando mis dedos comenzaron a sangrar.

Con pequeñas lágrimas en mis ojos y un grito, tiré el violín al suelo.

—¡Váyase, hasta aquí acaba la clase! —exclamé.

—¡Es usted una joven muy maleducada! —gritó la maestra.

—¡Y usted una mujer que al parecer no quieren ni en su casa! ¡Ahora, FUERA! —grité.

Aquella mujer salió del lugar…

Lo único que hice fue sentarme en el suelo a llorar.

Aunque no duré tanto tiempo allí sentada, ya que al escuchar la puerta abrirse me levanté rápidamente, me sequé las lágrimas y actué como si nada hubiera sucedido.

Al girar vi que era mamá quien había entrado.

—¡Hola, mamá! —exclamé con alegría falsa.

—Hola —contestó mamá fríamente.

—¿Cómo te ha ido en el día de hoy? —pregunté.

—No te interesa. Solo sube al auto, ya que me toca a mí llevarte a tu chequeo general… porque el imbécil de tu padre no puede hacer ni eso —gruñó ella.

—Sí… claro —susurré.

Otra vez me tocaba chequeo con el doctor… como odio tener facelmia.

Cada vez que voy me siento peor, y más cuando me inyectan aquella medicina…

Siento que moriré en algún momento…

—Mamá… ¿es necesario ir? Es que no me gusta —pregunté sutilmente.

—¡Ahg! ¡Solo deja de decir estupideces y entra al maldito auto y no molestes! —exclamó mi madre.

—Perdón —contesté.

<<Perdón por no ser una hija sana>> pensé.

Para mi mala suerte, aquel día me tocaba aquella inyección espesa de color verde que tanto odio…

Y esta vez me cayó pésimo.

Al llegar a casa, me dirigí a la Academia para distraerme del dolor corporal que sentía.

Estaba en la habitación de Escorpión junto a él, mientras me ayudaba a pasar de nivel en un videojuego, cuando de repente sentí un dolor horrible de cabeza. El lugar me daba vueltas y mis ojos me ardían.

Sentía cómo se me dificultaba respirar; era como si algo me estuviera desgarrando los pulmones.

Abracé con fuerza a Escorpión y le susurré:

—No… no me siento bien…

Solo sentí como Escorpión colocó su mano sobre mi cabeza; a partir de ahí, mi vista se nubló por completo…

Todo se volvió oscuro.No había sonido.No había dolor.Solo… silencio.

O al menos eso creí.

Poco a poco, algo empezó a filtrarse entre esa negrura. Voces lejanas… distorsionadas… como si vinieran desde el fondo del agua.

—…despierta…—…escúchame…

Sentía mi cuerpo pesado, como si no me perteneciera. Intenté mover los dedos… nada. Intenté abrir los ojos… nada.

Hasta que de repente, un golpe de aire.

Mis pulmones reaccionaron bruscamente y aspiré con fuerza, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante demasiado tiempo. Mis ojos se abrieron de golpe.

Todo estaba borroso.

—…tranquila… tranquila…

Aquella sombra borrosa comenzó a tomar forma.

Era Escorpión.

Él me sostenía firmemente de los hombros.

Todo a mi alrededor me daba vueltas.

—¿Qué ha sucedido? —pregunté, acomodándome en la cama.

—Te desmayaste —respondió Escorpión.

Parpadeé varias veces, intentando enfocar su rostro. Aún se veía un poco borroso… como si no terminara de regresar del todo.

—Yo… yo lo siento mucho… debí asustarte —susurré.

—¿Has comido algo? —preguntó él.

—…no, sorry —respondí con la cola entre las piernas.

—¡Ahg! ¿Cuántas veces te he dicho que comas? —exclamó Escorpión.

—Muchas… pero no es que dure tanto sin comer —respondí, dejando caer mi cabeza en su hombro.

—Estrella… sabes durar meses sin comer —me respondió Escorpión, acariciándome la cabeza.

—¡Eso fue una vez! —me quejé.

—De hecho fueron seis veces consecutivas —contestó él.

—Bien… tienes razón —respondí, dejando escapar un suspiro mientras me acomodaba mejor.

Escorpión no dijo nada, solo me miró fijamente, como si intentara memorizar cada detalle de mi expresión. Sus dedos aún jugaban suavemente con mi cabello.

—Debes irte a descansar —susurró Escorpión.

Asentí apenas.

—¿Puedo… puedo quedarme un rato más? —pregunté.

—Claro… pero solo si me respondes unas preguntas —respondió.

Aquellas palabras hicieron que frunciera el ceño.

Realmente detesto las preguntas de él.

¿Por qué?

Porque, aunque me lo diga con un tono gentil, son muy directas. Son de esas preguntas que te hacen sobrepensar demasiado.

Hasta que de repente soltó la bomba:

—¿Qué piensas sobre lo que pasó hoy? ¿Cómo te ves en el futuro si sigues por el camino que vas? ¿Qué crees que hubiera pasado si yo no me encontrara a tu lado? ¿Aún te siguen dando esa medicina “especial”? —

Silencio.

Mi corazón latía con tal fuerza que parecía que mis latidos podían ser escuchados por otros.

—Yo… yo solo puedo contestarte una sola pregunta… y pues sí, aún me siguen dando aquella medicina —respondí abrazándolo.

Escorpión guardó silencio… un silencio de esos que ni una explosión puede romper.

Sentí cómo su mano se deslizó desde mi cabeza hasta mi espalda.

—No debes contestarme en este momento si no quieres… aun así te invito a que pienses en estas preguntas y les des respuesta. Cuando las tengas, siéntete libre de decírmelas, ¿sí? Mientras, descansa —murmuró Escorpión.

Asentí lentamente, mientras mis párpados se cerraban poco a poco.

Cuando desperté, ya estaba en mi habitación.

La oscuridad me rodeaba como un manto…

Aunque, por alguna razón, sentía una presencia en la oscuridad.

Así como cada noche. Una sensación de que alguien estaba sentado al lado izquierdo de mi cama. Sensación que siempre decido ignorar.

Pero esa noche… fue diferente.

No fue solo la sensación. Fue el sonido.

Un leve crujido, casi imperceptible, como si el peso de algo —o alguien— se acomodara sobre el colchón.

Mi respiración se detuvo por un segundo.

No quería mirar.

Cerré los ojos con más fuerza, fingiendo que dormía… como si eso pudiera protegerme.

Hasta que sentí la respiración de aquella sombra directamente en mi nuca.

Helada. Lenta.

—No me gusta que finjas dormir… sé perfectamente que estás despierta —me susurró al oído una voz afeminada.

Un silencio espeso cayó en la habitación.

Sentí cómo unos dedos fríos comenzaron a tocar mi hombro… y poco a poco bajaron hasta mi muslo.

Mi respiración se volvió más tensa. Con un golpe brusco, aparté lo que sea que me tocaba.

—Aléjate de mí —susurré mientras me levantaba de golpe.

—¿Te he asustado? Qué bien, ya que siempre me ignoras y eso es muy hiriente de tu parte —respondió la sombra.

Me quedé paralizada, intentando mantener la calma, intentando calmar el temblor de mis manos y, a su vez, intentar pensar con la cabeza fría.

Escuché cómo aquella sombra se levantaba de la cama y caminaba hacia mí. Intenté moverme, pero mi cuerpo se negó rotundamente.

Aquel ser se acercó tanto a mí que pude sentir su respiración en mi rostro. Intenté ver su cara, pero la oscuridad no me lo permitía.

—Te veo nerviosa, relájate —susurró ella, o al menos eso quería imaginar—. No te haré daño, solo quiero que dejes de ignorarme… eso duele.

Guardé silencio, uno muy largo. Hasta que aquella dama me agarró de la cintura y luego de la mano.

—No huyas de mí, te lo pido. Solo relájate —continuó aquella sombra.

Aquella sombra o dama comenzó a moverse por la habitación junto a mí, con pasos pequeños, de un lado a otro, como si las dos estuviéramos bailando por aquella habitación. Un baile silencioso que hacía que mi corazón se acelerara. Cada uno de los pasos que ella daba era cada vez más rápido, con más movimientos, y me desesperaba… pero era una desesperación de querer ver su rostro, de querer saber quién era quien me atormentaba.

Sentir sus manos frías sobre mi cuerpo me daba escalofríos. Escuchar sus susurros y tarareos tan suaves y llenos de una calma peligrosa me llenaba de curiosidad sobre quién era ella.

Mientras seguía bailando junto a mí, mi cuerpo se tranquilizó… hasta que ella se detuvo.

Sentí cómo su cabeza se acomodaba en mi hombro y, con un susurro serio, me dijo:

—No solo vine a jugar contigo, como en los viejos tiempos. Vine a asegurarme de que estuvieras bien… y advertirte que cuides tus alrededores… Pero ahora ve a dormir, honey.

Su mano se deslizó suavemente de la mía y, sin más, se desvaneció en la oscuridad.

Y así, el silencio volvió a la habitación.


(Fecha 8/1/2025)

Pasaron los días y Acu, Flora, Diego y yo nos hemos llevado mucho mejor.

Lo que antes eran conversaciones cortas por educación se volvieron risas compartidas.

Aunque… no podía evitar preocuparme por Escorpión. Cada día lo veía más cansado, más callado de lo normal. Ya casi no hablábamos y siempre se quedaba atrás del grupo, como si nos cuidara las espaldas.

Aunque había muchas veces que simplemente no salía de su habitación y, por extraño que suene, aquella persona que siempre me recordaba que debía alimentarme ha dejado de comer. Realmente me preocupa.

Es como si estuviera cargando con algo sobre sus hombros, una responsabilidad muy pesada para alguien como él.

A veces intentaba acercarme y preguntarle si estaba bien, pero siempre encontraba la forma de esquivar la conversación.

—Estoy bien —decía.

Siempre lo mismo.

Pero no lo estaba.

Se notaba en su mirada, en esas ojeras cada vez más marcadas y en ese silencio tan ruidoso.

Pensaba en todo esto mientras barría uno de los pasillos de la academia, hasta que escuché cómo alguien me llamaba.

—¡Ey, Estrellita! —

Era Flora, tan cariñosa como siempre.

—¡Holi! —respondí con alegría.

—Oye, ¿te puedo ayudar a limpiar? —preguntó ella, inclinando un poco la cabeza.

—Si quieres —respondí, encogiéndome de hombros.

Flora sonrió y caminó hacia la pequeña habitación donde se guardaban los utensilios de limpieza. La observé alejarse, el sonido de sus pasos perdiéndose poco a poco…

Y por un instante… todo volvió a quedarse en silencio.

Un silencio extraño. Uno muy pesado.

Aunque no duró mucho, ya que Flora volvió casi al instante con unos trapos en las manos.

—¡Listo! —dijo, extendiéndomelos con una sonrisa—. ¿Por dónde empezamos?

—Por aquí —respondí, señalando una esquina del pasillo donde se acumula más polvo.

—¡Bien! —exclamó Flora.

Mientras las dos limpiábamos el lugar, escuché algo que me paralizó.

Era aquel tarareo de aquella noche, pero esta vez más claro, más cerca.

Miré de reojo a Flora para ver si venía de ella, pero no: estaba en completo silencio.

Seguí limpiando para distraerme.

—Ja, ja… ¡Pensé que ya no me ignorarías! —exclamó alguien en mi oído.

Tragué saliva con fuerza, sintiendo que mi corazón golpeaba mi pecho. Intenté concentrarme en el polvo y la escoba, fingiendo normalidad, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que no estaba sola.

—Estrellita, ¿sabes lo que tiene Escorpión? —preguntó Flora repentinamente.

—No lo sé —respondí intentando sonar tranquila—. Ha estado raro desde hace unos días.

—Ah… oye, ¿Escorpión no te da miedo? —preguntó Flora deteniéndose.

—¿Por qué tendría que tenerle miedo? —pregunté, incrédula.

—Es… es que es un demonio. Los demonios son peligrosos —respondió Flora con una voz seria—. Además, cada vez que tú y yo estamos juntas y él está, siento que nos mira… extraño.

—Es que no te tiene confianza aún, dale tiempo —justifiqué.

—No lo sé… no le creo del todo… solo cuida tus alrededores, ¿sí? —respondió Flora.

—Ajá —respondí con poco ánimo.

—Oye… —Flora bajó la voz un poco, acercándose a mí—. Tu padre me mandó a decirte que deberías prepararte para un pequeño viaje.

—¿Un pequeño viaje? —repliqué frunciendo el ceño—. ¿Cuándo y adónde?

—Hmm… no lo sé. Solo sé que irás a donde una tal tía Esperanza, en Madrid —respondió Flora manteniendo la sonrisa.

Al escuchar aquel nombre, sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Realmente no quería volver a ese lugar.

—Disculpa… tengo que ir a ver a mi padre —susurré dejando la escoba a un lado.

—¡Chaito! —respondió Flora dulcemente.


Caminé hasta el despacho de mi padre, con la esperanza de que todo fuera una confusión.

Al entrar, la atmósfera cambió repentinamente: ya no era la misma calidez de la academia, era fría y tensa.

—Padre —dije torpemente, cerrando la puerta detrás de mí.

—Estrella —me respondió fríamente.

—¿Cómo que me iré de viaje? Yo realmente no quiero volver a ese lugar… solo llevo un año en el país —pregunté incrédula, avanzando hacia él.

—Sí, lo sé, pero ahora mismo te necesito fuera de mi camino —respondió sin apartar la mirada de unos papeles—. Te irás mañana a primera hora… volverás dentro de cuatro años, casi nada.

—¿Fuera de tu camino? —repetí deteniéndome en seco.

Aquellas palabras fueron cuchillos afilados que atravesaron mi corazón.

Sentí cómo mis manos comenzaron a temblar. No entendía nada… y tampoco quería entender.

—Padre… —mi voz tembló apenas—. ¿Por qué hablas así? Yo no estoy en tu camino…

Él soltó un suspiro pesado, como si le molestara mi presencia.

—¿Puedes dejar de complicar las cosas? —preguntó mi padre con tono molesto.

—Solo quiero respuestas… —susurré mientras mi mirada estaba clavada en el suelo.

—¿Y a ti te cuesta ser una buena hija? Lo único que debes hacer es aceptar las cosas sin quejas. Es lo mínimo que debes hacer después de todo lo que te dimos: un techo donde vivir, a pesar de que tus padres biológicos no te quisieron —respondió con tono autoritario.

El mundo se detuvo bruscamente.

Mis manos temblaban con más fuerza. ¿Cómo le explicaba a mi cuerpo que no me estaban persiguiendo una manada de leones, sino que acababa de escuchar algo que me dolía?

Las lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero me negaba a dejarlas caer delante de él.

Él seguía ahí, viendo los papeles, sin decir una palabra, como si no le importara mi dolor.

Avancé hacia él hasta quedar frente a su escritorio. Con las manos temblorosas agarré el vaso que tenía al lado, lleno de alcohol, y lo derramé sobre los papeles.

El líquido se esparció rápido, empapando todo con un olor fuerte que llenó el despacho.

El silencio fue inmediato. Pesado.

Mi padre se quedó inmóvil unos segundos… y luego levantó la mirada lentamente.

—¿Qué… acabas de hacer? —su voz era baja, peligrosa.

—Respuestas —respondí con una voz rota pero firme—. Es lo único que te pido.

Mi padre se levantó de golpe de la silla, haciendo que esta rechinara contra el suelo.

—¡No tienes derecho a hacer un escándalo por una tontería! —me gritó enfurecido—. ¡Sí, eres adoptada! ¿Y qué?

Mis lágrimas ya no podían ser contenidas, pero no me importó. Agarré la corbata de mi padre y le susurré al oído:

—Ruega que aquel avión explote en el camino, porque cuando vuelva, ya sea en veinte años, te haré pagar absolutamente todo lo que me has hecho… daddy.

Con aquellas palabras salí del despacho, cerrando la puerta de golpe.

El golpe resonó por todo el pasillo.

Mi respiración era agitada, irregular… como si el aire ya no quisiera entrar a mis pulmones.

Caminé sin rumbo, sintiendo cómo las lágrimas seguían cayendo.

Mientras caminaba, tropecé con alguien. Levanté la mirada.

Era Diego.

Me limpié las lágrimas torpemente con la manga.

—¿Estás bien? —preguntó Diego con esa voz suave que lo caracteriza.

Asentí de inmediato.

—S-sí… solo me tropecé —mentí bajando la mirada.

Diego se acercó más a mí, demasiado diría yo.

—¿Segura? —preguntó colocando su mano en mi mejilla.

Sentí su calor limpiando una lágrima que no había notado.

—S-segura… —repetí, aunque no sonó convincente ni para mí.

Diego suspiró suavemente y me regaló una sonrisa brillante.

—Cualquier cosa que necesites, estaré aquí para ti —susurró.

Respiré hondo y le devolví una pequeña sonrisa.

—Gracias… pero ahora mismo quiero estar sola —respondí.

La conversación fue corta, pero me calmó un poco.

Salí de aquel lugar y me dirigí a mi lugar seguro -el bosque-

Una vez allí, me senté debajo de un gran árbol y, una vez más, las lágrimas volvieron a salir.

—¿Qué te pasa, Estrellita de mar? —preguntó una voz que venía del árbol.

Miré hacia arriba y me di cuenta de que quien me hablaba era Escorpión. Entre sollozos respondí:

—Mi padre quiere que me vaya a vivir a España, a la escuela de la tía Esperanza, y resulta que soy adoptada.

—Oh… ¿y ya? Digo, no es para tanto. Después de todo, solo te enteraste de que tu vida es más falsa que un reality show, te mudas a España a un lugar donde te tratarán como basura, perderás tu vida social, perderás a tus amigos, quedarás hecha mierda mental y físicamente… bueno, sí son muchos problemas… creo que no debí hablar —contestó Escorpión.

—No te preocupes, tienes razón —respondí limpiándome las lágrimas.

—¿Quieres subir? —preguntó Escorpión.

—No sé cómo subir —contesté.

—¿Y quién te dijo que subirás sola? Solo agárrate de mí y sube con cuidado —me respondió Escorpión, extendiéndome su mano.

Aquel día el cielo estaba pintado en tonos rojos, anaranjados y violetas, como si estuviera observando algo que no debería. Aun así, se veía precioso.

Aquella figura delgada de tu mejor amigo, con su sudadera morada que caía y cubría parte de su rostro, mantenía su expresión serena de siempre. Aunque la sudadera cubría parte de su cara, no ocultaba la cicatriz del lado izquierdo de su cintura.

El aire aquel día era más que pesado, era asfixiante, pero ver a tu mejor amigo colgando de aquella rama y balanceándose con el viento como si el mundo no pudiera arder en cualquier momento te daba paz interna y, de alguna manera, también consuelo.

Agarraste con torpeza su mano y subiste al árbol con cuidado de no caer.

Y una vez arriba, la vista era aún más hermosa…

—Esto aquí se ve bonito —dijo Estrella encantada.

—Sí, pero se ve más bonito cuando llegas a la punta de arriba —dijo Escorpión.

—Me lo imagino, pero no tengo valor para subir hasta allá. Tengo miedo de caerme —dijo Estrella.

—Bueno, nunca sabrás si puedes lograr algo que solo parece un sueño si no lo intentas. Mientras lo intentes, nunca tengas miedo del fracaso. Después de todo somos seres vivos, siempre nos equivocamos, y eso está bien, porque aprendemos de esos errores —dijo Escorpión mirando el cielo.

Silencio…

—Te entiendo, pero ahora mismo no me siento lista para subir, caer, equivocarme y aprender. Solo soy una chica tonta que piensa… tonterías… ja, ja, ja —dijo Estrella.

—¿Tonterías como qué? —preguntó Escorpión.

—Cosas como querer ser repostera o jueza… ja, ja. Le dije eso a mamá y ella respondió: “No comiences con tonterías, no persigas sueños que solo se quedarán en sueños, mejor piensa en cosas que te den dinero, mucho dinero”. Y pues… quizás sí sea una tontería —dijo Estrella.

—A ver, ¿cómo que tontería? No puedes ser lo que otra persona quiera que seas. Sé tú misma y sigue tus sueños. Sé que lograrás ser una gran repostera o jueza —respondió Escorpión mientras miraba el cielo oscurecer.

Silencio incómodo…

—Oye, ¿quieres ir a un lago que queda cerca? —propuso Escorpión.

—Pero tiene que ser las seis o las siete —respondió Estrella.

—Nah… que llegues un poco tarde a casa no pasará nada —dijo Escorpión.

Después de decir eso, Escorpión abrió un portal. Desapareció por un instante y luego volvió para arrastrarte dentro, desapareciendo juntos.


Aquel lago del que Escorpión siempre te hablaba era gigante, con agua cristalina y flores que flotaban suavemente sobre la superficie. Los pétalos, de colores vivos, más vivos que tu alma en ese momento, se movían con el viento. Parecía que el lugar estaba respirando.

Aquel lago tan llamativo reflejaba el cielo en sus aguas cristalinas, con la luna en todo su esplendor y las estrellas brillando como siempre… todo aquello te recordaba lo hermosa que es la naturaleza.

—Esto… es hermoso —dijo Estrella con una sonrisa—. Pero es muy tarde como para bañarse, ¿y si nos enfermamos?

—Dios, deja de pensar tanto en las consecuencias. Si no, no vivirás nunca —respondió Escorpión colocando una mano en el hombro de Estrella—. Así que yo te daré una ayudita.

Con aquellas palabras, Escorpión te empujó al agua.

¡Splash!

El agua estaba helada, suficiente como para darte hipotermia. Saliste a la superficie en cuanto te faltó el aire y apartaste los pétalos de tu rostro.

—¡¿Qué carajos te pasa?! —exclamó Estrella—. No es gracioso, pude golpearme o algo peor.

Escorpión no se rió. Siguió con su cara seria de siempre, de brazos cruzados en la orilla.

—Piensas demasiado y no actúas —respondió con voz tranquila—. Con esa lentitud, ¿qué harás si te metes en una pelea? ¿Pensar hasta la muerte? Además, no te pasó nada.

—Tienes razón… solo me agarraste de sorpresa —respondió Estrella jugando con el agua—. Sorry.

Poco a poco el agua dejó de sentirse tan fría y se volvió más cálida.

Escorpión la observó en silencio unos segundos más, como si evaluara algo que ella aún no entendía. Luego, sin decir nada, se dejó caer al agua junto a ella.

—Te prometo que voy a conseguir la manera de traerte de vuelta —susurró Escorpión.

Abriste lentamente los ojos y lo miraste directamente.

—¿Vas en serio? —preguntaste sorprendida.

—Sí… te lo prometo. Pero prométeme una cosa —respondió Escorpión.

—¿Qué cosa? —preguntaste inclinando la cabeza.

—Mantente siempre junto a alguien. No importa si es un bebé, un niño o un adulto. Nunca te quedes sola hasta que yo pueda sacarte de ahí… y si sientes que alguien te observa por detrás, no voltees, ¿okey? —dijo con tono serio.

Asentiste lentamente, aunque no entendías del todo sus palabras. Algo en tu corazón gritaba: “confía plenamente en él”.

—Lo prometo —susurraste.

Escorpión te miró fijamente y acarició tu rostro con delicadeza, como si tuviera miedo de romperte.

Hasta que aquel momento fue interrumpido por un susurro femenino:

—Seguro deseas que te bese… ustedes dos hacen linda pareja.

Frunciste el ceño mientras tu cara se ponía roja como un tomate.

—¿Todo bien? —preguntó Escorpión arqueando una ceja.

—¡N-no es eso! —soltaste rápido, apretando los labios.

Escorpión no apartó la mirada… hasta que te salpicó agua.

Estrella se hundió un momento, y al volver a la superficie vio algo al fondo: la sombra de una chica con ojos azules brillantes que la miraban fijamente.

El agua fría le golpeó la cara.

—¡Oye! —exclamaste, retrocediendo—.

—Te distraes rápido —contestó Escorpión con calma.

—¿Ah, sí? —preguntaste.

—Sí —respondió.

Tomaste agua entre tus manos. La esfera se compactó perfectamente, firme, como si obedeciera.

—¡Toma esto! —exclamaste.

La lanzaste.

Splash.

Le dio directo en la cara a Escorpión.

Él se limpió con calma y se acercó sin decir nada. Puso una mano en tu cabeza y te empujó al agua.

Splash.

—¡Eso no fue justo! —protestaste.

—Problema tuyo si lo ves justo o no —respondió encogiéndose de hombros.

Lo agarraste del cuello y lo tiraste al agua también.

Splash.

Escorpión salió con total calma, se echó el cabello hacia atrás y te miró.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Me molesta que siempre tengas esa expresión sin emociones —dijiste.

—Lo siento —respondió con sarcasmo leve.

—A veces me caes mal —dijiste.

Ambos se quedaron en silencio un buen rato hasta que tuvieron que irse.

Escorpión fue el primero en moverse. Te ayudó a salir del agua y luego abrió un portal. Te jaló dentro.

Y ahí estabas de nuevo, en la academia, pero esta vez a oscuras.

—¿Qué hacemos aquí? —susurraste.

—Primero debes secarte antes de volver a casa —respondió Escorpión.

—A... ok —respondí.

En cuanto avanzamos unos pasos en la oscuridad, algo chocó suavemente contra mí.—¡Ay! —solté en voz baja, dando un pequeño paso atrás.

Una silueta frente a nosotros se enderezó de inmediato.—¿Quién está ahí? —preguntó una voz firme... pero conocida.

Tragué saliva.Antes de que pudiera responder, Escorpión dio un paso apenas perceptible hacia delante, colocándose un poco entre la oscuridad y yo.

Un segundo después, la figura dio un pequeño paso hacia la luz tenue que entraba por una ventana lejana.—...¿Flora? —susurré, sorprendida.

Ella entrecerró los ojos, reconociéndonos poco a poco.—¿Ustedes dos...? —su tono cambió de alerta a confusión—. ¿Qué hacen en la academia a esta hora? ¿Y mojados? —

Abrí la boca para responder, pero Escorpión interrumpió.—No te interesa en lo absoluto —

Flora se quedó en silencio.El aire se tensó de inmediato.—¿Perdón? —respondió ella, cruzándose de brazos, con una ceja levantada.

Escorpión no se movió ni un centímetro. Seguía empapado, con esa calma insoportable.—Dije que no te interesa —repitió, como si fuera lo más normal del mundo.

Sentí cómo el ambiente se volvía incómodo en segundos.—¡Escorpión! —susurré, dándole un pequeño golpe en el brazo—. ¡No seas así!

Flora colocó su mano en su pecho y respondió con una voz suave:—Perdón si te hice molestar... es que me preocupo por ustedes... ¿o acaso es que te caigo mal? —

Agarré el brazo de Escorpión y respondí rápidamente, a su vez torpe:—No es así, tú le—

Pero fui interrumpida nuevamente por Escorpión.—Sí, efectivamente me caes mal —respondió fríamente.

Se me fue el alma al piso.—¡Escorpión! —casi grité en susurro, apretando su brazo con más fuerza—. ¡¿Qué te pasa?!

Flora se quedó quieta.No dijo nada al principio.Solo bajó un poco la mirada, como si procesara la respuesta con calma... demasiada calma.

—Ya veo... —murmuró al fin, con una sonrisa pequeña, algo forzada.

El ambiente se volvió aún más incómodo. Yo sentí el impulso de arreglarlo de inmediato.—¡No, no, no! No es eso, Flora, él no sabe expresarse, es que... eh... eh ¡no me salen las palabras para explicarlo! 🥹 —empecé a decir rápido, casi atropellándome con las palabras.

Escorpión suspiró suavemente y respondió:—Sé cómo expresarme... lo que pasa es que no me caen bien las personas hipócritas, al igual que tú —

El silencio en aquel pasillo se hizo presente.

—¿Hipócrita? —la voz de Flora dejó de ser suave—. Explícate —

—Dices que te preocupas... pero solo apareces cuando te conviene —respondió Escorpión sin rodeos.

Flora lo observó unos segundos.—Vaya... ¿y tú qué sabes de eso? —

El aire a su alrededor comenzó a moverse sutilmente. No como el agua... algo más ligero, pero igual de inquietante.

Escorpión dio un paso al frente.—Lo suficiente para no confiar en ti —respondió él.

Eso fue el detonante.—No me conoces —respondió Flora, y esta vez su voz llevaba filo—. Pero hablas como si supieras todo.

Una corriente de aire cruzó el pasillo, moviendo el cabello de ambos.Yo me quedé entre los dos, mirando de uno a otro, sintiendo cómo la tensión crecía.

—Chicos... —murmuré—. No es necesario—

—No te metas —dijeron ambos al mismo tiempo.

Flora dio otro paso al frente y continuó:—Te crees demasiado para solo ser un demonio, salido sabe Dios de dónde —

—Y tú te crees demasiado el papel de santa, pero ni con kilos de perfume podrás ocultar el olor a zorra que llevas tatuado en la piel —respondió Escorpión, frunciendo un poco el ceño.

El insulto cayó como un golpe seco en el aire.Todo se detuvo.

El viento que rodeaba a Flora se tensó de golpe, como si hubiera sido apretado por una fuerza invisible.

—...repite eso —dijo ella, en voz baja.

Intenté intervenir, pero ninguno me escuchó.

—Sería un placer —respondió Escorpión, acercándose más hacia Flora—. Zo-rri-ta —

Sentí que el tiempo se detenía.

—...Escorpión —susurré, con un nudo en la garganta.

Pero era demasiado tarde.

—No eres quien para hablarme de esa manera —respondió Flora mientras las plantas del alrededor comenzaban a crecer—. Solo eres un peón el cual espera órdenes de su creador, como la vil basura que es —

—¿Ah sí? Pues este simple peón sabe lo que pasó esta mañana en aquel pasillo solitario —respondió Escorpión.

Escuché cómo una leve risa salía de Escorpión, una risa suave pero peligrosa. Aquella risa fue la primera que escuché salir de su boca.

Los ojos de Flora se abrieron sorprendidos y aquellas plantas que crecían sin control retrocedieron.

—Calla —ordenó ella, pero esta vez su voz ya no era firme.

—Oblígame, perra callejera —respondió Escorpión—. ¿Acaso vas a hacer crecer más florecitas para ocultar el hecho de que tu capullo está abierto a la vista del público? —

Una gota cayó al suelo.Ploc...

Una lágrima proveniente de Flora.

Me iba a acercar a ella para consolarla, pero Escorpión me detuvo en seco.

—No, déjala. Necesita un tiempo a solas, así ella pensará en sus actos. ¡Buenas noches, capullito abierto! —continuó Escorpión arrastrándome con él.

El sonido de la gota aún resonaba en mi cabeza.Ploc...

Flora no se movió.Se quedó ahí, de pie, con la mirada baja, mientras otra lágrima caía en silencio.

Mi pecho se apretó.—Escorpión... —murmuré, intentando soltarme—. Suéltame, no podemos dejarla así—

Pero su agarre se mantuvo firme.—No —respondió sin mirarme—. Ya dijiste suficiente.

—Pero fuiste tú quien— intenté protestar, pero fui detenida.

—Es suficiente, he dicho. Ahora debo secarte para que vayas a casa —continuó Escorpión con el mismo tono de voz de mi padre.

Guardé silencio mientras era arrastrada por Escorpión hacia el cuarto de toallas.

El pasillo quedó atrás.

El sonido de nuestros pasos era lo único que rompía el silencio.

Yo no decía nada.Seguía mirando hacia atrás, aunque ya no pudiera verla.

Escorpión caminaba delante, sin soltarme.

—No fue necesario tratarla así... —murmuré al fin, con la voz baja.

No respondió de inmediato.Solo siguió caminando.

—Es necesario que entiendas algo —dijo después, sin girarse—. No todo el mundo merece tu compasión en el momento incorrecto.

Fruncí el ceño.—Pero ella estaba llorando...

—Y aun así atacó primero con palabras —interrumpió.

Esas palabras me hicieron callar.

Poco después llegamos a un pequeño cuarto con una puerta metálica, la cual Escorpión abrió con suavidad.

Al entrar, era un cuarto lleno de toallas.Lleno de toallas.Frío.Y silencio.

—Siéntate —ordenó Escorpión.

—No soy una niña —respondí.

—Pues deja de actuar como una —respondió Escorpión, tirándome una toalla.

Simplemente atrapé la toalla y comencé a secarme en silencio, mientras observaba cómo Escorpión se sentaba en el suelo y metía la mano en un portal. De allí observé cómo sacaba un cigarrillo electrónico.

—¿Aún sigues fumando esa cosa? A ese paso no pasarás de los 16 —exclamé enojada.

Escorpión se me quedó viendo con una mirada cansada.—¿Cuántas veces tengo que decirte que los pulmones de los humanos y de los demonios no son los mismos? No me pasará gran cosa... pero aunque me veas a mí usando esto, no quiero verte con uno en tus manos, ¿ok? —respondió Escorpión.

Me quedé con la toalla entre las manos por un segundo, procesando lo que acababa de decir.

El aire en la sala se volvió más pesado... pero no tenso. Más bien... raro.

—¿Ah no? ¿Y entonces por qué lo usas si “no te pasa nada”? —repliqué, frunciendo el ceño.

Escorpión no respondió de inmediato.

Dio una calada al dispositivo con total calma, como si mi pregunta no le afectara en absoluto. Luego soltó el aire despacio.

—Porque puedo —dijo simplemente.

Eso me hizo enfadar más.

—Esa no es una razón válida —contesté.

Él levantó la mirada hacia mí, cansado.—Tú también haces cosas sin razón válida —respondió sin mirarme.

Abrí la boca y luego la cerré.—No es lo mismo —susurré.

Escorpión exhaló otra vez y apoyó un brazo sobre su rodilla.

—Escúchame —dijo esta vez más serio—. No es negociable. No quiero verte con eso.

Lo miré de reojo.—¿Y tú quién eres para decirme eso? —pregunté con un tono juguetón.

Silencio.

—Alguien que ya sabe lo que hace... vuelvo y repito, no te quiero cerca de uno de estos, ni de un cigarro normal y mucho menos de drogas. Nada de eso es negociable —respondió Escorpión, esta vez con un tono más protector.

—Ya entendí, papá —respondí en forma burlona.

Aunque, al escucharlo, me di cuenta de que Escorpión era mejor que mi padre. Él simplemente me diría “haz lo que quieras, solo no me molestes”, pero Escorpión no... él realmente me protege... como si fuera mi padre... tal vez por eso le tengo tanto aprecio.

Después de secarme, él me llevó a casa, donde comencé a hacer mis maletas... iba a extrañar aquel lugar...

Al día siguiente, me levanté temprano, me alisté sin ganas, bajé a la sala con mis maletas y salí para el aeropuerto, aunque el camino hacia este era eterno.

Una vez en el aeropuerto, yo estaba allí esperando el vuelo, aunque aún no creía que esto fuera real.Aunque estuviera en compañía de mis padres, me sentía tan sola e indefensa como una pequeña coneja siendo cazada.

Me quedé de pie en la sala de espera del aeropuerto, con las maletas a un lado y la mirada perdida entre la gente que iba y venía.Las voces se mezclaban.Los anuncios se repetían.Pero nada de eso lograba entrar realmente en mi cabeza.

Solo estaba... ahí.Esperando.

—Esto no es real... —murmuré para mí misma, bajito, como si decirlo en voz alta pudiera cambiar algo.

Mis padres estaban cerca, pero no sentía compañía.Era como estar rodeada de gente... y aun así no pertenecer a ningún lugar.

Tragué saliva.Mis dedos apretaron la correa de la maleta sin darme cuenta.

“Como una pequeña coneja siendo cazada...”

Esa idea se me quedó pegada.

Me obligué a respirar hondo.Inhala... exhala...

Pero no ayudó mucho.

Sentí una mirada en mi espalda.Me giré un poco.Nada.Solo personas normales.Equipajes.Rutinas.

Y aun así... esa sensación de estar siendo observada no desaparecía del todo.

—...Escorpión —susurré sin pensar.

Y por primera vez desde que llegué al aeropuerto...desearía que esa voz familiar apareciera entre toda esa gente.

Al final, subí a aquel avión sin poder ver en ningún momento el rostro de mi hermano mayor -Escorpión-.


Al llegar a la casa o, más bien, a la escuela de Tía Esperanza, me recibió una chica vestida con un vestido largo gris y un collar de cruz de madera, pelo largo marrón, ojos canela apagados y una sonrisa forzada.

El entorno reforzaba más esta idea de lugar religioso, ya que parecía una iglesia.

Al entrar a este horrible lugar, los procedimientos eran los mismos: me colocaban una pulsera, me daban mi ropa, me quitaban mi celular y recibía la bienvenida de “la Tía Esperanza” o la hermana Esperanza, una señora de unos 40 a 60 años.

Al verme, aquella mujer colocó una sonrisa torcida en aquellas arrugas tan marcadas y dijo:

—Nos volvemos a ver, me pregunto ¿qué has hecho ahora?... bueno, ya sabes que las reglas son simples:

Nunca salir sin permiso, no groserías, levantarse todos los días a las 5 de la mañana para hacer todos los quehaceres, cuidar a los niños del orfanato, todos los domingos asistir a misa, dormir después de limpiar la cocina, asistir a todas las clases, solo se permite comunicarse con familiares los sábados, no poderes.

Disfruta tu estancia aquí durante estos bellos 4 años.

<<¿Cómo podré utilizar mis poderes si este lugar está hecho con counterpowers?>> pensé mientras veía el lugar con odio.(counterpowers es una sustancia que se coloca en los objetos y tiene la función de que las personas expuestas a esto no puedan usar sus poderes temporalmente).

Este lugar es como el infierno. Cada error siempre lo corregían con un reglazo en la muñeca.

Los últimos días se basaban en ir todos los días a la iglesia a rezarles a mil santos en los cuales no creo en ninguno —pero al menos es una religión más normal que la de mi país—, cuidar a los niños del orfanato, limpiar y estudiar cosas “femeninas” —es decir, que te enseñan a ser una mujer perfecta para el futuro matrimonio—.

Cosas que se me hacían muy machistas. ¿Qué es eso de solo estar disponible para tu esposo y el hogar y nada más? O “no debes vestirte con una falda corta ya que eso es muy provocativo hacia el ojo del hombre”. Eso es ridículo.

Y claro, al tener ideas tan contrarias, siempre me terminaban castigando, ya sea con un reglazo o encerrándome en una habitación llena de imágenes de sus santos, para luego rezar 100 veces sus oraciones: Santiago Apóstol, Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y, claro, la más icónica, la Virgen María —tal vez en la única en la que creía un poco—. Y para asegurarse de que lo hiciera, en la puerta siempre había una monja.

Durante esto me he sentido más sola que nunca. Mis “padres” nunca llamaban para ver si al menos seguía viva... aunque esto tal vez era un castigo por haberme portado de aquella manera aquel día. Y para empeorar, durante estos días no he recibido ni una sola llamada de Escorpión... qué miserable era mi vida en este momento.

Una noche estaba una vez más en uno de sus castigos por algo ridículo —no quisiste rezar en la hora de la cena—. Una vez más estaba encerrada en aquel horrible cuarto... apenas había rezado 7 veces en las posibles horas que tenía en ese lugar.

—Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres... eh, bendita eres entre todas las mujeres ¡Agh! Ya lo olvidé —dije ya harta.

Cuando una voz fuerte responde por detrás:

—Y bendito el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

—¡Ah sí! Gracias... espera un momento —respondí frunciendo el ceño.

Al ver atrás era... ¡¿Escorpión?! Me sorprendió un montón, pero realmente no sabía si me sorprendí porque estaba ahí, porque se sabía la oración completa —es algo muy irónico sabiendo que es un demonio— o porque estaba vestido de monja.

—¡Pff! Te ves genial vestido así ¡JAJAJAJA! —exclamé.

—¡Ahg! Lo que hago por ti —respondió Escorpión.

—¿Cómo pudiste entrar? —pregunté curiosa.

—...Me volví un fantasma, imbécil. Obviamente disfrazándome de monja —respondió Escorpión sarcásticamente.

—Perdón... monjita, jajaja —respondí llena de gracia.

—Ok, nada que ver. Es hora de irnos —dijo Escorpión.

—¿Vamos a escapar? —pregunté inclinando un poco la cabeza.

—No, vamos a ir donde la madre Esperanza y le vamos a decir: “oiga, ¿nos podemos ir de este lugar? Es que nos tiene hasta las bolas”. Como que este lugar te hizo más imbécil —respondió Escorpión cruzándose de brazos.

—¡Ok, ya entendí, no seas así! Es que eso está mal, deberíamos... no sé... intentar convencer a mis padres —exclamé.

—En serio deja de ser un angelito por primera vez en la vida —respondió Escorpión agarrándome de la muñeca.

—Por cierto, ¿y la mujer que tenía que estar afuera? —pregunté con algo de curiosidad.

—Hablamos eso después —respondió Escorpión.

—¿Después cuándo? —pregunté.

—Después de que me quite este horrible vestuario y tú lo mismo, porque no te queda bien ese color —contestó Escorpión.

Escorpión me agarró de la muñeca y me llevó con él.

—Primero tenemos que buscar tus cosas. ¿Dónde duermes? —dijo Escorpión.

—En el segundo piso, cuarto 4 —respondí.

—Bien —contestó Escorpión subiendo las escaleras mientras se quitaba el gorro de monja.

Llegué a mi habitación, recogí todas mis cosas rápidamente.

Cuando de repente, antes de irme, una chica que dormía conmigo —era la única persona con la que hablaba en aquel lugar— me dijo:

—¿Tu amigo vino por ti?

—¿Cómo? ¿Tú sabías? —pregunté sorprendida.

—Sí, yo lo ayudé... él es muy buena persona, espero que te vaya bien, te extrañaré un montón —contestó la chica.

—Gracias, yo también te extrañaré —respondí terminando de recoger.

Bajé rápidamente y volví con Escorpión, pero ¿qué harían para salir?

Escorpión me condujo a un pasillo muy estrecho. De ahí comenzó a buscar en las paredes.

—¿Qué buscas? —pregunté.

—Algo —respondió concentrado.

Después de unos minutos, Escorpión tocó una piedra suelta que abrió una puerta a la cual me jaló para adentro. El lugar era un poco oscuro, pero no del todo; había iluminación suficiente para ver las escaleras, las cuales bajaban.

Las escaleras no eran largas, así que pudimos salir rápidamente hacia el exterior.

El aire era frío pero no asfixiante. Una vez más era libre.

Con un movimiento rápido de manos, Escorpión abrió un portal y, como ya era costumbre, me llevó adentro.

Al salir nuevamente del portal, me di cuenta de que al lugar al que Escorpión me había llevado no era mi casa, era un lugar diferente. Uno más amplio, un lugar que se veía viejo pero lleno de vida.

—¿Dónde estamos? —pregunté mientras veía el lugar con asombro.

Escorpión respondió mientras intentaba quitarme la pulsera:

—En el Olimpo.

Me quedé completamente quieta.

El viento aquí era distinto... más limpio, más ligero, como si el aire mismo estuviera vivo.

Columnas enormes se alzaban hacia el cielo, desgastadas por el tiempo pero aún imponentes. Luz dorada se filtraba entre ellas, como si no viniera del sol, sino del mismo lugar.

—¿El... Olimpo? —repetí, incrédula.

Escorpión seguía concentrado en la pulsera.

—No hagas eso —dije rápido, dándole un pequeño tirón a mi brazo—. Eso es mío.

—Te está rastreando —respondió él sin mirarme—. No es seguro.

—¿Me están rastreando...? ¿Quiénes? —pregunté.

Escorpión levantó la vista por fin, serio.

—Los que no deberían saber dónde estás.

Tragué saliva.

—Esto no es un mito... —susurré—. Es real...

—Siempre lo fue —respondió Escorpión.

El silencio cayó entre nosotros.

Y por primera vez desde que llegamos... sentí que no estaba en un lugar nuevo, sino en uno donde las reglas no eran humanas.

Después de unos minutos, Escorpión pudo quitar aquella pulsera, para luego quitarse el vestuario de monja que traía.

—No vuelvo a ser un travesti por ti nunca más... con suerte tengo una ropa abajo —dijo Escorpión sentándose en una piedra.

—Jajaja, pues deberías volverte una mujer porque las faldas te quedan bien —respondí en tono de burla.

—Si no fueras una chica te hubiera dado un coñazo —exclamó él, evidentemente enojado.

Miré a Escorpión y le di un fuerte abrazo.

—¡Gracias! —exclamé.

Escorpión, con un tono de voz cansado, me respondió mientras intentaba apartarme.

—Sí, sí, sí, no hay de qué, ahora suéltame... estoy cansado —respondió Escorpión.

Mientras intentaba convencer a Escorpión de que me diera un abrazo, desde dentro del templo salió una mujer de piel bronceada, con los ojos azules que parecían diamantes. Esta llevaba un vestido blanco con orillas doradas. En su largo pelo rubio cobrizo llevaba una hermosa diadema. La misma mujer llevaba un collar de perlas.—O... ¿Escorpí? ¿Realmente eres tú? —preguntó la bella mujer con una voz gentil.

—Sí... realmente soy yo, mamá —respondió Escorpión, levantándose de la piedra.

¿Mamá? ¿Realmente aquella mujer era su madre?

—No sabes cuánto me alegra escuchar que me vuelvas a llamar así, a pesar de todo... ¿Qué quieres? —respondió la mujer, arqueando una ceja.

—¿Por qué cada que te hablo bonito crees que es por un favor? —preguntó Escorpión.

—¡Porque yo te crié y te conozco como la palma!... de mi mano —aquella mujer se detuvo, para luego posar aquella mirada delgada como la de un gato sobre mí, para finalmente sonreír—. Oh... ¿quieres que deje que tu amante se quede aquí un tiempo?

Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

—¿¡Qué!? —solté de golpe, sintiendo cómo el calor me subía a la cara—. ¡No soy su amante!

Escorpión chasqueó la lengua, claramente fastidiado.

—¿Cuál es tu necesidad de que tenga pareja?... Ella solo es una amiga —respondió él.

La mujer alzó una ceja, claramente divertida.

—¿Amiga? —repitió, saboreando la palabra como si no le convenciera—. Vaya... eso sí que es nuevo.

Escorpión rodó los ojos, cruzándose de brazos.

—No empieces —contestó, evidentemente enojado.

Ella soltó una risa baja, elegante.

—Tranquilo, Escorpí... solo observo... cómo las piezas de ajedrez se vuelven a mover —respondió aquella misteriosa mujer, acercándose hacia mí con una calma que a kilómetros gritaba PELIGRO.

Mi respiración se tensó aún más. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, pero mantuve mi postura, a pesar de que mi cuerpo estuviera reaccionando a algo desconocido, pero con aire de superioridad.

Aquella mujer se acercó a mí y tocó mi rostro.

Sus manos frías, pero suaves, recorrieron todo mi rostro, cada facción. Con cada toque subía un calor intenso a mi cuerpo, desde mis muslos hasta mi pecho, haciendo que mi corazón se acelerara.

Mi respiración se volvió más tensa... más cálida, junto a esto, pequeñas gotas de sudor comenzaron a recorrer todo mi cuerpo.

Hasta que la mujer habló una vez más, dirigiéndose a Escorpión.

—Supongo que lo que deseas es que tu “amiguita” se quede aquí un tiempo.

Escorpión asintió.

—Bien, dejaré que se quede... espero que esta gotita de agua no se evapore, así como se apagó la bolita de fuego que trajiste la última vez —aquella misteriosa mujer clavó su vista en la mía, sonrió cálidamente, apartó su mano de mi cara y me susurró al oído—. Bienvenida al tablero de ajedrez, pequeña torre.

—No le pongas apodos ni roles, su nombre es Estrella —continuó Escorpión, acercándome a él.

—Oh, bien, es un placer, Estrella. Mi nombre es Afrodita, diosa del amor y la sensualidad... y créeme, será más que un placer ver tan lindo rostro por los pasillos de este lugar —respondió Afrodita.

Mi cuerpo reaccionó apenas al escuchar su nombre.

—Afrodita... —repetí en voz baja, más para mí que para ellos.

Algo en ese nombre... encajaba demasiado bien con ella.

La forma en la que hablaba.

La forma en la que miraba.

La forma en la que hacía que todo a su alrededor se sintiera... distinto.

Le sostuve la mirada, esta vez con más cuidado.

—El placer... es mío —respondí, aunque mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Afrodita sonrió.

Pero no era una sonrisa simple.

Era de esas que prometen cosas... que no sabes si quieres descubrir.

—Qué educada —murmuró—. Me agradas más de lo que esperaba.

Afrodita agarró mi mano con delicadeza y continuó, pero esta vez con un tono de voz más alegre.

—¡¿Qué te parece si vamos adentro?! Debes tener frío —Afrodita giró a ver a Escorpión un instante y continuó—. Escorpí, mi hijo más querido, mami necesita que le hagas un favor. Porfa, ve a mi habitación y espérame allí como el buen niño que eres... debes darme explicaciones del porqué me dejaste de visitar... sigo enojadita por eso.

Escorpión solo asintió levemente y abrió un portal, pero antes de irse dijo sin voltear:

—No tardes... tenemos mucho que hablar... Afro.

Y simplemente se marchó, sin decir una palabra más.

Afrodita se quedó viendo cómo el portal desaparecía en la oscuridad.

Mientras yo sentía cómo ella apretaba levemente mi mano.

Afrodita soltó una pequeña risa, suave pero cargada de algo difícil de leer, como si esa mezcla de cariño y tensión le resultara familiar.

—Siempre tan serio... incluso conmigo -murmuró, sin apartar la vista del lugar donde el portal había desaparecido- . Bien, es hora de irnos.