Pecados

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Summary

En las entrañas heladas de Moscú, el poder no se hereda: se conquista con sangre y se pierde en el instante en que alguien muestra debilidad. Katherine Ptricof, no nació para obedecer. Fue convertida en un arma por el hombre que debía protegerla. Entrenada para matar dentro del imperio Killdrather, donde la lealtad se paga con vidas y la traición con desapariciones. Así que hizo lo impensable: huyó. Pero Moscú nunca olvida a los suyos. Cuando un atentado en Barcelona la arrastra fuera de su escondite, Katherine comprende que su pasado jamás dejo de acecharla y que la única forma de sobrevivir será regresar al corazón del caos que juró abandonar. Allí se cruzará con Neithan Arce, un asesino de élite tan letal como enigmático, cuya lealtad en un misterio y cuya presencia amenaza con despertar una oscuridad que Katherine creía haber enterrado. Entre conspiraciones, traiciones familiares y una atracción tan peligrosa como irresistible, Katherine deberá decidir si seguirá huyendo de lo que es… o si abrazará la violencia y se convertirá en aquello que incluso los monstruos aprenden a temer.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Barcelona

La música golpeaba las paredes de El escondite como un animal furioso atrapado en una jaula demasiado pequeña, filtrándose por cada rincón del local y haciendo vibrar los casilleros metálicos del vestidor de mujeres, donde el espejo rajado devolvía la imagen de Katherine con una calma que no terminaba de pertenecerle.

Porque, aunque su rostro permanecía intacto, algo más se movía bajo la superficie, una incomodidad persistente y silenciosa que se había instalado entre sus omóplatos desde que despertó, deslizándose por su espalda como una advertencia que no lograba nombrar, pero que tampoco podía ignorar.

Sostuvo su propia mirada durante unos segundos, reconociendo en ella la misma dulzura engañosa que tantas veces le había servido de escudo, esa apariencia inofensiva que ocultaba con demasiada eficacia todo lo que realmente era.

Abrochó la camisa blanca con cuidado, uno por uno, dejando el botón del cuello abierto en el punto exacto en el que no parecía ni rígida ni vulnerable, como si ese pequeño equilibrio superficial fuera suficiente para mantener bajo control algo mucho más peligroso que el entorno que la rodeaba.

Se alisó la falda negra y al inclinarse para ponerse los zapatos de tacón bajo, su cabello castaño cayó hacia adelante en ondas largas que rozaron su cintura. Cuando volvió a acomodarlo detrás de sus hombros, sus dedos rozaron por encima de la tela que ocultaba la rugosidad irregular de una cicatriz en su espalda.

La puerta del vestidor se abrió con brusquedad y Clara, una de las chicas del turno nocturno, entró ajustándose el tirante del sostén mientras miraba alrededor con impaciencia.

—¿Han visto a Alice? —preguntó.

Katherine negó con la cabeza sin girarse del todo.

—No debe de tardar.

Su voz sonó tranquila, casi amable, pero por dentro algo se le enroscó en el estómago.

Alice siempre llegaba tarde.

Sin embargo, aquella noche la sensación era distinta. Desde que abrió los ojos esa mañana, una presión incómoda le habitaba entre los omóplatos, como si una mirada invisible se hubiera clavado ahí desde algún lugar demasiado lejano para ser encontrado.

El gerente, Víctor, apareció segundos después con su expresión habitual de desconfianza y la tableta bajo el brazo.

—Si no llega en cinco minutos, lo descuento de su paga —anunció sin rodeos.

Katherine tomó su celular y miró la hora.

11:30 pm.

Nada.

Ningún mensaje.

Estaba a punto de marcar cuando la puerta se abrió de golpe y Alice entró corriendo, con el cabello revuelto, la chamarra colgándole del brazo y una sonrisa culpable dibujada en el rostro.

—¡Perdón, perdón! El tráfico está imposible —dijo sin respirar.

Víctor la atravesó con la mirada.

—Cinco minutos más tarde y no entrabas.

—Lo siento, jefe —respondió ella con dulzura, como si no acabara de esquivar una sentencia.

Cuando el gerente se fue, Alice se dejó caer sobre Katherine y la abrazó con fuerza.

—Te juro que intenté llegar antes.

—Apresúrate —le dijo Katherine y una sonrisa breve, casi invisible, se le escapó por un segundo —. Antes de que vuelva.

—Eres una dictadora.

—Impuntual —añadió Katherine mientras le subía el cierre de la falda ajustada—. Siempre.

—Eso también es parte de mi encanto.

Katherine soltó una pequeña exhalación que no llegó a convertirse en risa.

En menos de diez minutos estaban listas.

Al salir del vestidor, el bar las engulló por completo.

El escondite estaba en su punto más alto: luces bajas en tonos ámbar, paredes de ladrillo oscuro, mesas pegajosas por años de derrames, botellas brillando detrás de la barra como promesas caras y una pista de baile saturada de cuerpos que no se conocían, pero se rozaban como si se debieran algo, moviéndose al ritmo de una música que hacia vibrar el suelo y borraba cualquier intento de conversación tranquila.

Katherine se movía entre las mesas con una facilidad engañosa. Su cuerpo esbelto, de hombros firmes, se deslizaba con precisión entre la multitud, cargando charolas repletas de gin tonic con romero, vodka con limón, negronis perfectamente equilibrados y cerveza artesanales que se vaciaban demasiado rápido. Sonreía lo justo, hablaba lo necesario, esquivaba manos con elegancia. Más de una vez tuvo que jalar a Alice del brazo cuando se distraía coqueteando de más.

—Mesa doce —le murmuró—. Se están quedando sin bebidas.

—Relájate —respondió Alice guiñándole un ojo a un hombre de reloj caro—. Esto también paga.

Tal vez. Pero Katherine nunca olvidaba dónde estaba ni lo rápido que las cosas podían torcerse.

Víctor apareció de nuevo.

—VIP. Ustedes dos.

Los ojos de Alice brillaron.

—Las mejores propinas —susurró.

Subieron por la escalera lateral. Arriba, el ambiente cambiaba. El aire era más pesado, más denso. Allí no se iba solo a beber; se iba a sentirse intocable. Sofás de cuero, mesas bajas, botellas premium alineadas como trofeos silenciosos.

Marina, una de las chicas del área, les indicó las zonas.

—Katherine, a la barra. Ayuda a Sofia.

Llegar hasta ahí fue una pequeña guerra. Empujones suaves, cuerpos demasiado cerca, perfumes caros mezclados con alcohol. Cuando por fin se colocó detrás de la barra, Sofía hizo una mueca apenas disimulada. Katherine lo notó.

No dijo nada.

En minutos, varios hombres se acomodaron frente a ella. Katherine sabía lo que veían: su piel cobriza contrastando con la camisa blanca, el cabello largo cayendo en ondas oscuras, los ojos intensos que parecían observar más de lo que mostraban.

El área VIP empezó a vaciarse cuando muchos bajaron a la pista. Katherine estaba sirviendo un old fashioned cuando un hombre se sentó frente a ella. Traje oscuro, mirada calculadora y manos grandes.

—Whisky. Solo —ordenó.

Ella sirvió un Macallan con movimientos precisos, controlados.

—Rápida —comentó él—. Me gusta eso.

—Gracias.

—No eres de aquí.

Katherine levantó la vista.

—¿Qué hace una rusa tan hermosa en Barcelona?

—El trabajo en bares es entretenido —respondió con calma—. Y flexible.

—Entonces estás acostumbrada a las noches largas.

El tono final cambió. Katherine lo reconoció de inmediato. Era el mismo que había escuchado demasiadas veces en otro lugar.

—Me gusta este trabajo —dijo, dejando el vaso frente a él—. Y debo continuar.

Intentó alejarse, pero la mano del hombre se cerró alrededor de su brazo.

—Conozco una mejor forma de ganar dinero —susurró el hombre, inclinándose lo suficiente para invadir su espacio—. Solo acompáñame a mi auto.

La presión de sus dedos alrededor de su brazo no fue brusca, pero sí firme y bastó para que todo dentro de Katherine cambiara de forma casi imperceptible.

No fue miedo lo que apareció, sino algo mucho más antiguo y preciso.

Su cuerpo se ajustó apenas un milímetro hacia atrás, su respiración se volvió más lenta, más controlada y su mirada descendió con una naturalidad inquietante hasta detenerse en la yugular del hombre, donde el pulso marcaba un ritmo claro, constante… vulnerable.

El cálculo fue inmediato.

Un movimiento limpio, el ángulo correcto y la fuerza justa.

Demasiado fácil.

Su mano libre descendió por reflejo, buscando una navaja que ya no estaba ahí y ese vacío fue lo único que logró interrumpir la secuencia perfecta que su mente ya había trazado.

—Suéltame —dijo entonces.

No hubo temblor en su voz, ni rastro de súplica, solo una advertencia baja, contenida, cargada de una violencia que no necesitaba demostrarse para ser real.

El hombre dudó.

Fue un instante breve, casi imperceptible, pero suficiente.

—Si vuelves a tocarla, no sales de aquí—intervino Sofía, apartándolo con firmeza.

El hombre se levantó insultando, pero se fue.

—¿Estás bien? —preguntó Sofía.

—Sí —respondió Katherine—. Solo necesito un momento.

Fue directo al baño de empleados y cerró con seguro. Se miró al espejo: su rostro estaba sereno, y eso era lo que más la inquietaba. La asesina seguía ahí, agazapada, esperando una excusa para volver a matar.

—No puedes volver a ser esa persona —murmuró—. No aquí. No ahora.

Respiro hondo y salió.

Las horas pasaron. El bar se vació lentamente hasta que, a las seis de la mañana, cerraron. Víctor repartió los sobres. El de Katherine pesaba lo suficiente. Alice casi saltó de emoción al recibir el suyo.

Se cambiaron y salieron juntas. El amanecer las golpeó de frente. Alice hablaba sin parar sobre número de teléfonos y sus próximas citas. Y Katherine solo la escuchaba con una sonrisa mientras caminaba.

Al girar una calle, se detuvo.

Sintió una presión familiar entre los omóplatos, un peso invisible que solo siente quien ha sido cazador y presa. El aire traía un aroma que no pertenecía al puerto de Barcelona: el olor metálico del aceite de armas y un rastro casi imperceptible de tabaco ruso.

Se giró con rapidez, escaneando los balcones. No vio a nadie, pero notó el reflejo fugaz de un coche negro doblando la esquina sin luces.

—¿Todo bien? —preguntó Alice, observándola con curiosidad.

Katherine tardó un segundo en responder, lo suficiente para ordenar su expresión antes de asentir con una calma que no sentía.

—Sí —dijo finalmente—. Solo estoy cansada.

Y siguieron caminando.

Katherine no se equivocaba,

Alguien la observaba.

Desde hace mucho tiempo.