Chapter PRÓLOGO | Dulce Porcelana, Amarga Carne by cristoper134 at Inkitt
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DULCE PORCELANA, AMARGA CARNE

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Summary

Dulce Porcelana, Amarga Carne Aldenmoor huele a canela y sus paredes respiran. Hace tres años, Belia prometió llevar a su amigo Valen a ver las estrellas desde la cima de la montaña alta. Tres días después, él desapareció. Ahora tiene quince años, sus padres han sido convertidos en muebles, y la ciudad que conoció ha sido devorada por algo que transforma la carne en porcelana y el dolor en azúcar. Para cumplir la promesa que lleva tres años clavada en el pecho tendrá que cruzar una ciudad irreconocible, enfrentarse a lo que el castillo ha hecho con el rey y la reina, y destruir el Núcleo que mantiene todo unido. El problema es que dentro de ese Núcleo late algo que reconoce. Y debajo de las ruinas, algo todavía pulsa. Una historia sobre lo que sobrevive cuando todo lo demás es devorado.

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PRÓLOGO

— LA PROMESA

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La oscuridad llegó primero.

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Antes de cualquier imagen. Antes de cualquier sonido. Solo la negrura absoluta de algo que todavía no ha decidido si va a mostrarte algo o si prefiere dejarte ahí, suspendido en la nada, sin referencia ni orientación. Y debajo de esa negrura, tan abajo que costaba distinguirla del silencio, una respiración. Alguien que respiraba con demasiado cuidado. Con la clase de precisión que no es natural sino aprendida, cultivada noche tras noche hasta convertirse en instinto: controlar la respiración era la primera línea de defensa contra un mundo que escuchaba.

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Y con esa respiración, apenas perceptible, algo dulce.

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No era un olor todavía. Era menos que eso: la sombra de un olor, la promesa de que en algún lugar cercano algo se cocía a fuego lento, algo con azúcar y con canela, algo que en cualquier otra circunstancia habría anunciado una cocina cálida y una mesa puesta. Aquí, en la negrura sin forma que precede al primer recuerdo, ese dulzor no anunciaba nada bueno. Simplemente estaba. Como llevaba estando, sin que nadie en Aldenmoor lo supiera todavía, desde mucho antes de esta noche.

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El cementerio de Aldenmoor estaba en el extremo norte de la ciudad, separado de las últimas casas por un muro de piedra gris que tenía más años que cualquier persona que lo hubiera tocado. En verano desaparecía bajo la hiedra y uno podía fingir que era simplemente una pared verde, parte del paisaje cuidado que la ciudad se empeñaba en mantener. En invierno, la hiedra moría y el muro mostraba sus grietas sin pedir disculpas, con la honestidad tosca de las cosas que llevan demasiado tiempo en pie.

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Era una noche de finales de otoño. El frío tenía ese carácter particular de los fríos de Aldenmoor: no el frío seco de las montañas, sino algo más denso, más húmedo, que se pegaba a la ropa y se instalaba allí con la paciencia de quien sabe que no va a ser expulsado fácilmente. El suelo del cementerio, visible desde el muro, era tierra oscura con las primeras heladas de la temporada dibujando patrones blancos y frágiles alrededor de las lápidas más antiguas. El pasto entre las tumbas había dejado de crecer semanas atrás y yacía aplastado contra la tierra como algo que se había rendido.

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Y bajo todo eso, mezclado con la tierra húmeda y la piedra fría, ese hilo constante de azúcar tostada que venía de los faroles.

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Los faroles de Aldenmoor no eran faroles ordinarios. Nadie en la ciudad se detenía a pensar en ellos con la atención que merecían, porque llevaban ardiendo desde antes de que la mayoría de los vivos hubiera nacido, un regalo del Rey a su pueblo generaciones atrás: luz cálida, constante, que nunca necesitaba aceite ni mecha, que ardía con una llama ámbar que no titilaba con el viento. La gente los llamaba faroles de azúcar por el olor dulce que desprendían al arder, un aroma que se había vuelto tan parte del paisaje sensorial de la ciudad como el olor a piedra mojada o a pan recién horneado del mercado. Un capricho bonito. Una rareza que hacía de Aldenmoor un lugar un poco más cálido que las ciudades vecinas.

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Nadie se preguntaba de dónde salía ese azúcar. Nadie se preguntaba por qué ardían sin consumirse. Las cosas bonitas rara vez invitan a esa clase de preguntas.

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Belia tenía doce años y estaba sentada sobre el muro con las piernas colgando hacia afuera, hacia la calle, alejadas del cementerio. No miraba las tumbas. Miraba hacia arriba.

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El cielo sobre Aldenmoor esa noche era el cielo original, sin contaminar todavía, sin la niebla espesa que meses después lo borraría por completo. Las nubes corrían hacia el este empujadas por un viento alto que no llegaba a la calle, y entre ellas las estrellas asomaban con esa claridad que solo existe cuando uno se aleja lo suficiente del centro de la ciudad, de los faroles de azúcar que ahogaban las estrellas sin que nadie pareciera notarlo.

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Desde el norte, desde la altura del muro, se veían bien.

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A su lado estaba Valen.

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Belia lo había conocido a los siete años, cuando su familia se mudó a la casa de la calle del Tilo, dos puertas más abajo de la de los Ashmore. Recordaba el día exacto con una nitidez que otros recuerdos de esa edad no tenían: las cajas todavía sin abrir en la sala, el olor a madera nueva del suelo recién puesto. Y en medio de ese caos doméstico, un golpe en la puerta.

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Valen había aparecido en el umbral de su casa nueva el primer día, con el chaleco de cuero de su padre que le quedaba dos tallas grande y una expresión de curiosidad absolutamente carente de timidez, y le había preguntado si quería ver el nido de cuervos que había descubierto en el tejado del molino abandonado. No se había presentado primero. No había preguntado su nombre. Había ido directo al asunto que le importaba, como si dar rodeos fuera un desperdicio de un tiempo que ambos podían estar usando mejor.

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Belia había dicho que sí antes de procesar del todo la pregunta. Eso estableció el tono de todo lo que siguió.

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El molino abandonado estaba al otro lado del arroyo que dividía el barrio, y llegar hasta el tejado requería trepar por una escalera de mano medio podrida que Valen aseguraba, con la confianza absoluta de quien nunca ha tenido motivos para dudar de sí mismo, que aguantaría perfectamente. Aguantó. Los cuervos, al final, resultaron ser menos interesantes que la vista desde arriba: los tejados de Aldenmoor extendiéndose hacia el sur como un mar de pizarra gris, y más allá, la silueta oscura de la montaña alta.

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—Desde aquí se ve mejor que desde cualquier otro sitio —había dicho Valen aquella primera tarde, sin mirarla a ella sino al horizonte—. La gente vive aquí abajo y no levanta la cabeza casi nunca. Se están perdiendo casi todo.

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Belia no supo qué responder. Pero algo en la frase se le quedó pegado, de la misma forma en que ciertas canciones se quedan pegadas sin que uno decida memorizarlas.

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Durante cinco años habían sido inseparables con la intensidad peculiar de los niños que reconocen en otro algo que en casa no encuentran: alguien que pensaba de forma torcida, que encontraba las preguntas más interesantes que las respuestas. Valen veía las cosas de otra manera. No mejor ni peor. Solo desde un ángulo que Belia no habría encontrado sola y que, una vez que lo conoció, no pudo dejar de usar.

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Valen explicándole, a los ocho años, que el motivo por el que a la gente le daba miedo la oscuridad no era la oscuridad en sí, sino la certeza repentina de que uno siempre había estado rodeado de cosas que no podía ver del todo. Valen convenciéndola, a los nueve, de que apoyara la oreja en su pecho para escuchar cómo sonaba un corazón "que no funcionaba del todo bien". Valen a los diez años, ya con la tos que no se iba, diciéndole que prefería las tardes nubladas porque el cielo tenía "más capas" si uno se molestaba en mirar de verdad.

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La enfermedad había aparecido cuando él tenía diez años.

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No de golpe. Las enfermedades que importan nunca llegan de golpe: llegan primero como cansancio, como tos que no termina, como el color de la piel cambiando gradualmente hacia algo más traslúcido. Los padres de Valen habían llevado al médico del gremio, luego al boticario, luego al herborista del mercado sur, luego a la anciana que vivía detrás de la iglesia. Ninguno había podido darle un nombre preciso a lo que consumía los pulmones de Valen desde adentro. Solo podían describir el resultado: los pulmones se llenaban de algo, lentamente, y el proceso era irreversible, y su destino final no era incierto aunque su velocidad sí lo fuera.

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Valen lo sabía. Nadie se lo había dicho directamente —los adultos de Aldenmoor tenían esa costumbre de hablar alrededor de las cosas difíciles en lugar de nombrarlas— pero Valen lo sabía de la misma forma en que uno sabe cualquier cosa que ocurre dentro de su propio cuerpo. Lo sentía en el peso de los pulmones cuando intentaba correr. Lo sentía en las mañanas en que levantarse de la cama requería toda la determinación de la que era capaz.

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Y lo había aceptado.

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Esa era la cosa que Belia encontraba más difícil de comprender y más imposible de dejar de admirar en él: la aceptación. No la resignación pasiva de alguien que ha tirado la toalla. Algo mucho más activo: una urgencia tranquila, la comprensión de que el tiempo disponible era finito y concreto, y que esa finitud no era una tragedia sino simplemente un parámetro, y que dentro de ese parámetro todavía había cosas que quería hacer y ver antes de que su cuerpo dejara de permitírselo.

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Belia recordaba una tarde, meses antes de la noche del muro, en que había intentado —torpemente— preguntarle si tenía miedo. Valen se había quedado callado un rato largo.

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—A veces —había dicho al fin—. Pero no del final. Tengo miedo de quedarme con ganas de ver cosas. Eso sí me da miedo.

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—¿Qué cosas?

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—El mar, tal vez. Nunca lo he visto. Y la montaña. Desde aquí abajo, con los faroles y la niebla que a veces se junta en el valle, uno nunca ve el cielo completo. Nunca ve el color que de verdad tiene. Quiero verlo una vez. Antes de irme.

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Belia no había dicho nada esa tarde. Guardó la conversación de la misma forma en que guardaba todo lo que Valen decía cuando hablaba así, con esa voz baja y sin dramatismo, como quien enumera hechos y no confesiones.

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Esa noche, sobre el muro del cementerio, Valen parecía más delgado que la última vez que Belia lo había visto con buena luz. Su espalda estaba encorvada por el peso constante de los pulmones que ya no cumplían del todo su función. El chaleco heredado de su padre le colgaba aún más que antes. Sus manos, delgadas, con las venas azuladas claramente visibles incluso en la oscuridad, descansaban sobre el borde áspero del muro.

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Pero sus ojos estaban más abiertos que nunca.

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Belia lo miraba de reojo. Trataba de no hacerlo con demasiada frecuencia, porque Valen notaba esa clase de miradas y no le gustaban: la mirada de la lástima, del pobre niño que se está muriendo. A Belia le costaba controlarla. Había noches en que lo miraba y veía con demasiada claridad la diferencia entre el Valen de hace dos años y el Valen de ahora, y esa diferencia tenía la forma específica del tiempo que se acaba.

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El viento pasó entre las grietas del muro con un silbido bajo y sostenido. Valen levantó la vista hacia el cielo.

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—¿Ves el color? —dijo.

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Belia miró hacia arriba.

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—¿Qué color?

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—Del cielo. Entre las estrellas. No es negro. —Hizo una pausa. No porque buscara las palabras, sino porque respirar bien entre frases le costaba más de lo que quería que costara—. La gente dice que el cielo de noche es negro. Pero no lo es. Es otra cosa. Algo que no tiene nombre exacto.

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Belia miró con más atención. Tenía razón. No era negro exactamente. Era algo más profundo y más denso, algo que tenía casi una textura, casi un peso.

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—Es un oscuro que se puede sentir —continuó Valen—. Que tiene temperatura. Que hace que uno entienda, de verdad entienda en el cuerpo y no solo en la cabeza, qué tan grande es todo. —Señaló hacia el sur, hacia la montaña alta que se recortaba en el horizonte—. Desde allí arriba se ve todavía mejor. Sin los faroles. Sin la niebla. El universo del color que realmente es.

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—¿Has subido? —preguntó Belia.

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—No. Mis pulmones no me lo han permitido todavía. Pero quiero hacerlo. Quiero ver eso una vez. Desde allí arriba. Antes de que mi cuerpo decida que ya terminó.

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Lo dijo sin dramatismo. Con la misma voz tranquila con que decía todas las cosas que importaban, como si la importancia de una cosa no requiriera que la voz la subrayara.

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Belia lo miró. No de reojo esta vez, sino directamente. Valen seguía mirando hacia el horizonte sur, hacia la silueta de la montaña, con los ojos más abiertos que nunca.

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Algo se movió dentro del pecho de Belia. No exactamente una decisión. Más bien el reconocimiento de que ya estaba tomada, tal vez desde el primer día en que un niño con un chaleco demasiado grande le había preguntado si quería ver un nido de cuervos.

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—Vamos juntos —dijo—. Antes de que cumplas trece años. Los dos. Te lo prometo.

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Las palabras salieron con la seriedad absoluta de quien acaba de firmar el contrato más importante de su vida. Sin calificaciones, sin condicionantes, sin el añadido nervioso de si podemos o si el tiempo lo permite que los adultos siempre insertaban en las promesas para dejarles una salida. Solo la promesa. Entera.

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Valen la miró entonces. Y sonrió. No la sonrisa amplia de quien recibe una buena noticia, sino algo más pequeño y más sólido: la sonrisa de quien acaba de recibir exactamente lo que necesitaba y sabe que puede confiar en ello.

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—Trece años —repitió, como si probara el sonido de la fecha—. Bien. Trece años, entonces.

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El viento pasó una vez más entre las grietas del muro. Y con él, tan tenue que ninguno de los dos lo notó, ese mismo hilo dulce que llevaba semanas instalado en el aire de Aldenmoor sin que nadie lo hubiera señalado todavía como algo digno de atención.

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Las estrellas siguieron en su lugar, indiferentes y permanentes, mirando hacia abajo sobre el cementerio de Aldenmoor y sobre los dos niños sentados en su muro y sobre la promesa que acababa de existir entre ellos.

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Tres días después, Valen desapareció.

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El primer día transcurrió sin señales. Belia fue a buscarle a su casa por la mañana, como hacía habitualmente, y la madre de Valen le dijo que todavía dormía y que volviera por la tarde. Belia volvió por la tarde. La madre le dijo que había salido a dar un paseo corto. Belia esperó media hora en el umbral, luego se fue. Nada que no pudiera explicarse por uno de los días malos que Valen tenía a veces.

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El segundo día Belia notó que algo era diferente aunque no podía todavía nombrarlo con precisión. La casa de los padres de Valen tenía las contraventanas cerradas, cosa rara en una mañana sin lluvia. Cuando llamó a la puerta, tardaron en abrir más de lo habitual, y la madre que apareció en el umbral era una versión ligeramente incorrecta de la madre que Belia conocía: los mismos rasgos, la misma ropa, pero con algo retirado de los ojos. Le dijo que Valen estaba descansando. Que no podía recibir visitas. Que Belia debería volver en unos días.

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Cerró la puerta antes de que Belia pudiera responder.

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Belia se quedó en la calle frente a la casa durante varios minutos. Mirando la puerta cerrada. Escuchando si había sonidos dentro que pudieran decirle algo. No escuchó nada. Y la ausencia de sonido en una casa donde siempre había habido alguno era, en sí misma, una forma de información.

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El tercer día llegaron los heraldos del Rey.

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Aparecieron por la mañana temprano, dos figuras con las capas de color burdeos del servicio real y los cuernos de anuncio colgados al costado. Se apostaron en la plaza central, frente a la fuente de piedra, y esperaron a que hubiera suficiente gente reunida. Cuando consideraron que el número era adecuado, el más alto de los dos desenvolvió un pergamino con el sello del Rey en lacre rojo y leyó en voz clara y sin inflexión emocional, la voz de alguien que ha aprendido a mantener el texto separado de sí mismo.

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El pergamino decía que un grupo de jóvenes del reino había partido hacia el norte. Que habían sido contratados para trabajar en un reino lejano con salarios justos y condiciones dignas. Que la corona garantizaba su bienestar. Que se esperaba correspondencia regular y que cualquier preocupación debía dirigirse al escribano del castillo.

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El heraldo enrolló el pergamino. Los dos se fueron por donde habían venido, con el paso regular de quienes han cumplido su función y no tienen ninguna razón para quedarse.

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La gente se dispersó despacio. Belia estaba entre ellos. Había buscado en la cara del heraldo alguna grieta en la compostura. No encontró nada. Solo, mucho después, recordaría un detalle que en el momento no le pareció importante: el olor que los heraldos dejaron a su paso al retirarse. El mismo hilo de azúcar tostada que llevaba semanas en el aire de la ciudad, tan familiar ya que nadie se detuvo a preguntarse por qué dos hombres del castillo debían oler exactamente igual que los faroles de las calles.

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Esa tarde, los padres de Belia fueron al castillo.

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Belia los vio salir con la cara de quienes han tomado una decisión después de discutirla. Los esperó de pie, junto a la ventana, mientras la luz cambiaba y la calle se vaciaba y el frío de la piedra se filtraba a través del vidrio.

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Los vio volver cuando ya era noche cerrada.

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Venían más cerca el uno del otro de lo habitual, con una proximidad que no era afecto sino contención mutua. Su padre tenía los hombros caídos de una manera específica: el hundimiento de alguien que ha depositado algo y no ha recibido lo esperado a cambio. Su madre miraba el suelo con una concentración que no tenía nada que ver con mirar dónde pisaba.

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Entraron. Se quitaron los abrigos en silencio.

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Sus ojos eran los que habían cambiado más. No había lágrimas. Había algo más difícil de leer: un vaciamiento, como si algo que antes ocupaba espacio detrás de los ojos hubiera sido retirado durante esa visita.

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—¿Qué pasó? —preguntó Belia.

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Su madre la miró. Abrió la boca. La cerró.

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—Valen está bien —dijo su padre, finalmente, con la voz plana de quien dice lo que tiene que decir y no lo que sabe—. Está en el norte. Así lo dicen.

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—¿Lo vieron? ¿Hablaron con alguien que lo hubiera visto?

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Nadie respondió. Su padre se fue hacia la cocina. Su madre se sentó junto a la chimenea apagada.

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Belia se fue a su cuarto. Se sentó en el borde de la cama. Pensó en el muro del cementerio. En las estrellas visibles entre las nubes. En la voz de Valen diciendo quiero ver eso una vez, desde allí arriba, antes de que mi cuerpo decida que ya terminó, con la misma tranquilidad con que se comenta el tiempo que hace.

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Pensó en la promesa.

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La guardó dentro de sí de la misma forma en que se guarda una astilla debajo de la piel, en un lugar donde no es posible olvidarla porque duele siempre, y al menor movimiento, más.

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Durmió poco. Soñó menos.

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Al día siguiente Valen seguía sin aparecer.

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Y al siguiente.

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Y al siguiente.

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Y en cada uno de esos días, sin que Belia ni nadie en Aldenmoor se detuviera a notarlo del todo, el olor a azúcar tostada que salía de los faroles de la ciudad se hizo, apenas, un poco más denso que el día anterior.

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Fin del Prólogo.

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Strong Dialog

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