Steven Universe - Diamantes

Summary

Diamantes Nos encontramos en el universo de Steven Universe. En el corazón de un agujero negro nace Black, la primera y más antigua de todas las Diamantes. Desde un planeta joven y salvaje, ella inicia sola la creación de un imperio que crecerá hasta abarcar estrellas enteras. Con el paso del tiempo nacerán otras ocho Diamantes. Nueve en total. Cada una con su propia ambición y carácter. Bajo el mando de Black, el Imperio Gemal se expande sin límites. Esta es la historia del origen de las nueve Diamantes, del imperio que Black construyó, de las guerras que desató y de la revolución que una de ellas -Rosa- provocará en la Tierra. Una rebelión que, años después, dará origen a un pequeño híbrido llamado Steven Universe. Fuerte inspiración en "Steven Universe: Black" de Blue32112. (Todos los derechos de autor a sus respectivos autores, Cartoon Network y Rebecca Sugar)

Genre
Scifi
Author
will-sans
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Origen en el Corazón del cosmo


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Hace millones de años, en una región remota del cosmos, una estrella masiva llegó al final de su vida. En su colapso final, estalló en una deslumbrante supernova, esparciendo elementos pesados y partículas subatómicas por el vacío. Entre estos fragmentos, átomos de carbono fueron eyectados a velocidades inimaginables, impulsados como semillas en la inmensidad del espacio.

Uno de estos fragmentos fue atrapado por la gravedad de un agujero negro primitivo cercano. Durante incontables siglos, la colosal presión y las fuerzas extremas comprimieron estos átomos en una estructura cristalina perfecta, dando origen a un diamante negro minúsculo, denso y puro.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de ser devorado por el horizonte de eventos, una colisión cósmica alteró su destino. Dos agujeros negros chocaron, liberando una onda gravitacional tan poderosa que expulsó el diminuto diamante al espacio interestelar, convirtiéndolo en una joya errante entre las estrellas. Su existencia desafiaba las fuerzas capaces de consumir mundos enteros.

Durante millones de años, el diamante viajó sin rumbo, atravesando nebulosas y cinturones de asteroides, absorbiendo radiación cósmica y sufriendo cambios sutiles en su composición molecular. En su interior, un fenómeno insólito comenzó a manifestarse: la energía acumulada en su estructura cristalina generó fluctuaciones cuánticas, una especie de proto-conciencia.

Tras eones de errancia, el diamante fue atraído por la gravedad de un planeta joven y fértil, un mundo de océanos vastos y montañas colosales. Al entrar en la atmósfera, descendió como un meteoro, surcando el cielo en un espectáculo de luz y energía. Sin embargo, en lugar de desintegrarse, atravesó la corteza del planeta y quedó sepultado en una caverna oculta, donde descansó en silencio durante incontables eras.

A lo largo del tiempo, el planeta cambió. Terremotos estremecieron la tierra, océanos se formaron y se evaporaron, montañas emergieron y fueron erosionadas. Y, con cada alteración del entorno, la estructura cuántica del diamante reaccionaba, absorbiendo y adaptándose a cada transformación del mundo exterior.

Hasta que, un día, un evento extraordinario iluminó el cielo...

El planeta pasó por una tormenta cósmica, bañando su superficie en una oleada de radiación que despertó a su flora y fauna, y también al diamante enterrado. Fue en ese instante que su proto-conciencia se activó por completo: una estructura cristalina sin ojos ni oídos, pero capaz de percibir las vibraciones del mundo a su alrededor. Por primera vez, sintió que existía.

Enterrado en una grieta profunda y estrecha, el diamante permanecía inmóvil. No sentía impaciencia ni frustración, solo una curiosidad latente por el mundo exterior. Sabía, de algún modo, que su forma actual era incompleta, como si aún no tuviera el espacio suficiente para ser lo que realmente era.

Con cada vibración del suelo, cada leve desplazamiento de las rocas a su alrededor, la conciencia del diamante se afinaba. Percibía las distancias a su alrededor, notando cómo la presión de la tierra restringía su potencial. No era el momento de despertar todavía; primero, las piedras y el suelo debían moverse. Hasta entonces, seguiría esperando, paciente e inmóvil, como parte del flujo natural del planeta.

Aunque un derrumbe abrió parte de la caverna, el diamante todavía sentía que no era suficiente. El espacio disponible aún limitaba su expansión. Era como si su forma completa estuviera atrapada dentro de sí misma, esperando la libertad para surgir por completo. Sin espacio, su figura permanecía latente.

El tiempo siguió su curso. Otro terremoto más fuerte finalmente agitó los cimientos de la caverna. El techo cedió, y las rocas se desplomaron, dejando la caverna completamente abierta hacia la superficie. Por fin, había espacio suficiente.

En ese instante, el diamante reaccionó. Un pulso de energía oscura surgió de su núcleo, como si un latido cósmico despertara por primera vez en su interior. Luego, sin previo aviso, una luz pura y radiante estalló desde su centro, proyectándose en todas direcciones con la fuerza de un nacimiento estelar. Las paredes de la caverna temblaron.

La luz comenzó a cambiar, moldeándose con precisión. No era solo una explosión de energía; era un diseño, un patrón antiguo que tomaba forma con propósito y armonía. Líneas doradas y plateadas se entrelazaron en el aire, esculpiendo una silueta imponente y majestuosa. Un torso, largos brazos elegantes, piernas firmes como columnas de obsidiana.

De la esencia misma del diamante emergió un rostro sereno pero lleno de poder, con ojos que reflejaban la inmensidad del cosmos. Su cabello fluía como una cascada de sombra y brillo, como si la noche misma se hubiera tejido en su ser. Ahora completa, su nueva forma exhaló por primera vez, sintiendo la gravedad del mundo en su piel recién creada.

Dio un paso adelante. Su pie tocó el suelo con suavidad, pero el impacto se sintió como el eco de una era que acababa de despertar. La caverna que había sido su cuna ahora se sentía demasiado pequeña, demasiado limitada. No miró atrás. Sin dudarlo, avanzó hacia la luz del exterior, dejando tras de sí el pasado de piedra y oscuridad.

Había nacido.

Al salir de la caverna, Diamante Negro quedó deslumbrada por el vasto mundo que se extendía ante sus ojos. Inmensas montañas recortaban el horizonte, mientras praderas ondulantes se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El viento movía la hierba y en el aire flotaba un aroma fresco, desconocido para ella.

-¿Dónde... estoy? -susurró.

El sonido de su propia voz la sorprendió. No sabía de dónde provenía aquella necesidad de hablar, pero le resultaba extrañamente natural.

Dio un paso, luego otro, con cautela. La tierra bajo sus pies era firme, pero no dura. Sintió la frescura de la hierba al rozar su piel y se agachó, observando cómo cada brizna respondía a la brisa. Pasó la mano sobre ellas y sintió un leve cosquilleo.

Se incorporó lentamente y giró la cabeza hacia el cielo. Era vasto, infinito, un lienzo de azul surcado por nubes perezosas que flotaban sin rumbo. Se quedó observándolas por un momento, fascinada. ¿Qué eran? ¿Por qué se movían?

Un sonido la distrajo. Un leve zumbido. Volteó rápidamente y vio una pequeña criatura flotando en el aire. Se acercó con cautela, observando el aleteo de lo que pronto identificaría como un insecto. Extendió una mano, y la diminuta criatura, como si percibiera su curiosidad, se posó en su dedo.

Por un instante, Diamante Negro contuvo el aliento. Sus alas eran delicadas, casi translúcidas. Con un leve movimiento de su mano, el insecto alzó vuelo de nuevo y desapareció en la brisa.

Todo esto... la intrigaba.

Un reflejo en el agua captó su atención, llevándola hasta un lago. Se arrodilló en la orilla y miró su reflejo. Examinó su rostro, trazando con los dedos la forma de su mandíbula y la suave curvatura de sus labios. Sus ojos eran profundos con forma de diamante, llenos de una luz extraña... pero lo que más llamó su atención fue el diamante en su frente.

-¿Quién... soy?

La respuesta vino de manera instintiva, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser dicha:

-Soy... Diamante Negro.

Su nombre.

No sabía de dónde venía, pero al pronunciarlo sintió que encajaba a la perfección con su existencia.

Se puso de pie y miró más allá del lago. Fue entonces cuando la vio.

Una montaña colosal, su silueta dominando el paisaje. Se alzaba imponente contra el cielo, y por alguna razón, la atrajo de inmediato. Era sólida, fuerte, una presencia inamovible.

-Se ve increíble...

Diamante Negro, sin pensarlo, comenzó a correr. El viento azotó su rostro, pero en lugar de resistirlo, lo abrazó. Su velocidad era increíble, su cuerpo se movía con una ligereza.

Dio un salto, y en ese instante, algo inesperado ocurrió.

Su cuerpo se elevó con facilidad, mucho más alto de lo que había imaginado. Mientras ascendía, sintió que la gravedad no la tiraba de vuelta con brusquedad, sino que la sostenía con suavidad. Su descenso fue lento, casi como si flotara.

-¿Qué...? -murmuró, con los ojos muy abiertos.

El suelo se acercaba, pero no sentía temor. Al contrario, su caída era serena, controlada, como si el mundo mismo estuviera adaptándose a su presencia. Tocó tierra con suavidad, como una pluma posándose sobre la hierba.

-Wow... -susurró, mirando sus manos.

Apenas podía creer lo que acababa de suceder. Era como si la gravedad misma obedeciera su voluntad. Se quedó un momento en silencio, procesando lo que acababa de descubrir. Luego, una sonrisa se formó en su rostro.

Intrigada por este nuevo poder, continuó su camino, pero ahora con una sensación renovada de emoción y curiosidad. Mientras avanzaba, su mirada recorría el paisaje con admiración, notando detalles que antes había pasado por alto: la forma en que las hojas se mecían con el viento, la luz del sol filtrándose entre las nubes, el eco de su propio movimiento resonando en el valle.

Mientras caminaba con una sonrisa, el cielo comenzó a teñirse de tonos azul oscuro y violeta. Poco a poco, la noche cayó sobre la tierra, envolviendo todo en sombras. Solo la luna y las estrellas permanecían brillando en lo alto, proyectando un tenue resplandor sobre el paisaje.

Diamante Negro sintió la falta de luz y, justo en ese instante, algo ocurrió. Desde la gema incrustada en su frente, un brillo suave pero firme emergió, iluminando a medida a que avanzaba.

-¿Eh...? -murmuró, deteniéndose por un momento.

Le tomó por sorpresa, pero no había miedo en su reacción, solo asombro. Observó cómo la luz respondía a su mirada, siguiendo la dirección en la que enfocaba su atención. Fascinada por esta nueva habilidad, decidió seguir adelante, permitiendo que su propia luz guiara su camino.

Después de un rato, la silueta de la gran montaña se alzó ante ella. Su tamaño era imponente, un coloso de roca que se elevaba hacia el cielo nocturno. Diamante Negro escaneó la superficie con la vista, buscando una posible entrada. No encontró nada a los lados, pero entonces, al levantar la mirada, distinguió una abertura más arriba, un acceso oculto entre las rocas.

-Ahí está... -susurró para sí misma.

Se frotó las manos, preparándose para el ascenso. Extendió los dedos, asegurando su agarre, y comenzó a escalar. Sin embargo, a mitad de camino, un pequeño error en su agarre hizo que resbalara. No cayó desde muy alto, pero el impacto la hizo tocarse la cabeza con una leve mueca de molestia.

-Auch... -susurró, sentada en el suelo por un momento.

Tras pensarlo un instante, decidió cambiar de enfoque. Retrocedió unos pasos, tomó una gran bocanada de aire y luego saltó con todas sus fuerzas. Su cuerpo se elevó con agilidad, alcanzando una zona más estable desde donde podía escalar con mayor facilidad.

Al subir, por poco perdió el equilibrio, pero logró aferrarse justo a tiempo.

-Eso estuvo cerca... -suspiró, aliviada.

Antes de continuar, giró la cabeza y dirigió una última mirada al valle del que había venido. Desde ahí, podía ver el lugar donde había despertado, pequeño en la distancia. Luego, su vista se alzó hacia la luna. Su luz plateada la envolvía, hipnotizándola por un instante. Algo en esa imagen la llenaba de una sensación extraña, como si hubiera algo que debía recordar... o algo que aún debía descubrir.

Sacudiendo la cabeza, salió de su ensimismamiento. No era momento de detenerse. Se enfocó nuevamente en la escalada y, tras unos minutos más de esfuerzo, logró llegar a la entrada de la montaña.

Finalmente, estaba dentro.

Diamante Negro se detuvo en la entrada de la cueva y miró hacia atrás. Las praderas se extendían como un manto de sombras ondulantes, bañadas por la fría luz de la luna. El viento susurraba entre la hierba, como si el mundo le ofreciera un último respiro antes de sumergirse en lo desconocido. Suspiró, permitiendo que la imagen se grabara en su mente.

La curiosidad ardía en su interior como un fuego inextinguible. Sus pasos resonaban en la caverna. El ambiente era húmedo y sereno, con estalactitas que parecían esculturas milenarias y cristales diminutos que parpadeaban con el reflejo de su propia luz.

Se detuvo un instante, maravillada por las pequeñas gemas incrustadas en la pared. Eran frágiles, diminutas, pero aún así resplandecían con una fuerza inesperada.

-Wow... -susurró, sintiendo la magia del lugar.

Siguió su camino, pero la oscuridad se volvía más densa, tanto que ni la luz de su gema podía perforarla. Entonces, algo captó su atención: un reflejo intermitente que respondía a su brillo. Medio enterrado en la roca, un objeto relucía débilmente. Con delicadeza, Diamante Negro se acercó y comenzó a extraerlo. La piedra cedió poco a poco hasta liberar a la gema. Era una ónix negra, envuelta aún en fragmentos de roca.

Fascinada, la sostuvo en alto, contemplándola con los ojos llenos de asombro. Por un momento, sintió que ese hallazgo tenía un significado especial, aunque no sabía exactamente cuál.

Pero su emoción se desvaneció en un suspiro. Bajó la gema lentamente y, con ella, su mirada. La soledad la envolvió como un manto helado.

Cerró los ojos, y en ese instante, una lágrima solitaria resbaló por su mejilla. Cayó en la superficie pulida de la ónix negra, desapareciendo como si la gema hubiera absorbido su melancolía.

Diamante Negro se detuvo, observando con asombro cómo la gema flotaba en el aire. Su luz oscura vibraba con energía desconocida, y ante sus ojos, comenzó a tomar forma. Una silueta humanoide emergió de la luz, difusa al principio, hasta que finalmente sus rasgos se definieron. Dos ojos brillantes se abrieron lentamente y se posaron en ella con un reconocimiento profundo.

Diamante Negro dio un paso atrás, su instinto le gritaba que estuviera alerta, pero algo en la presencia del ser le impedía sentir miedo.

La figura avanzó con cautela, como si intentara tocarla, pero se detuvo, inseguro. Hasta que, con voz firme y llena de determinación, declaró:

-Yo te protegeré, mi Diamante.

Las palabras resonó en la cueva como una promesa inquebrantable.

Diamante Negro se quedó en silencio, procesando lo que acababa de presenciar. Era la primera vez que algo así ocurría, y aunque su naturaleza le decía que debía cuestionarlo, una parte de ella sentía que este ser le pertenecía de alguna forma.

El recién nacido hizo un saludo de gema y habló de nuevo.

-Soy Ónix, mi Diamante. Y mi deber es protegerla.

Diamante Negro frunció levemente el ceño, aún asimilando la situación.

-¿De dónde saliste?

Ónix sonrió con confianza.

-Usted me dio la vida, mi Diamante.

Diamante Negro abrió más los ojos, sorprendida por su respuesta. Lo miró con detenimiento, analizando cada detalle de su nueva presencia. Ónix, al notar su escrutinio, desvió la mirada con una leve expresión de vergüenza.

-¿Pero cómo lo hice? -insistió ella.

-No lo sé... Simplemente sucedió -respondió con serenidad.

Diamante Negro suspiró. No estaba satisfecha con la respuesta, pero tenía todo el tiempo del mundo para descubrirlo. En este momento, lo más importante era decidir qué hacer a continuación.

-Está bien -dijo con firmeza-. Sigamos.

Empezó a caminar, y Ónix, sin dudar, la siguió de cerca.

-¿A dónde nos dirigimos, mi Diamante? -preguntó con curiosidad.

-No lo sé -respondió sin detenerse.

Ónix no dijo nada más, pero en su expresión se notaba su determinación. Iluminó el camino con el brillo de su gema, asegurándose de no perder la oportunidad de ser útil.

El viaje apenas comenzaba.

La cueva era un laberinto sin fin. Estalactitas colgaban como dagas cristalinas y arroyos subterráneos murmuraban con voces ancestrales. Al llegar a uno de estos arroyos, Diamante Negro tomó distancia y saltó con precisión y elegancia, aterrizando intacta en el otro lado.

Ónix observó impresionado.

-Ahora te toca a ti -le dijo ella con una leve sonrisa.

Ónix miró la distancia. No era un salto complicado, pero su cuerpo aún se sentía inexperto. Tomó impulso y saltó, alcanzando el borde con lo justo. Sin embargo, la inestabilidad casi lo hizo caer. Diamante Negro reaccionó al instante, sujetándolo antes de que perdiera el equilibrio.

Ónix bajó la mirada, avergonzado. Se suponía que él debía protegerla, y sin embargo, ella había sido quien lo salvó.

-Lo haré mejor la próxima vez -aseguró con seriedad.

Diamante Negro solo sonrió.

Siguieron avanzando hasta que encontraron una bifurcación.(En resumen es cuando el camino se divide o una desviación - Bifurcacion)

-Espérame aqui -sugirió Ónix-. Voy a inspeccionar los caminos.

Diamante Negro asintió, observando cómo Ónix analizaba ambos pasadizos.

-¿Por cuál vamos? -preguntó al regresar.

Ella meditó por un momento antes de señalar el de la izquierda.

-Por ahí -Dice la diamante señalando la izquierda.

-Muy bien -respondió Ónix con convicción-. Yo iré primero.

Diamante Negro arqueó una ceja con diversión.

-¿Por qué tanta seguridad? -Dice sonriendo.

Ónix sonrió con natural confianza.

-Si hay peligro, lo enfrentaré por usted.

Sus palabras la tomaron por sorpresa. La seriedad en su voz, la certeza en su postura... Ónix estaba allí para que ella no se sintiera sola, y sin embargo, actuaba como si su propósito fuera algo mucho más grande.

Caminaron por un pasaje estrecho hasta encontrar un puente natural de piedra que cruzaba un abismo sin fondo.

Ónix avanzó sin vacilar y se giró solo para asegurarse de que Diamante Negro lo seguía.

-Ten cuidado -le advirtió ella.

Onix le da una sonrisa.

-No soy yo quien debería preocuparse.

Extendió su mano hacia ella.

-Yo la guiaré.

Diamante Negro sonrió ante el gesto y tomó su mano. Cruzaron el puente juntos, con Ónix liderando.

Al otro lado, el pasaje se abrió en una inmensa cámara subterránea. Cristales de todas las formas y tamaños cubrían las paredes, reflejando la luz de sus gemas como si fueran estrellas en un cielo eterno. La escena era sobrecogedora.

-Es... hermoso -susurró Diamante Negro, con los ojos muy abiertos.

Ónix también estaba impresionado, aunque su atención estaba más en su Diamante que en la cueva.

-Increíble... -murmuró.

-Sin duda, lo mejor que he visto en mi existencia -dijo ella con una sonrisa.

Permanecieron en silencio, disfrutando del momento.

Pero Ónix, con una nueva determinación en su interior, finalmente habló:

-Sigamos. Aún hay más por explorar.

Diamante Negro le sonrió y asintió.

El camino se volvió cada vez más intrincado. Estalactitas brillaban con una luz natural, arroyos ocultos susurraban entre las piedras y el suelo se volvía más irregular. Después de horas de exploración, sintieron un cambio en el ambiente.

Una brisa fresca.

Entonces, al final del pasadizo, vieron una luz.

Diamante Negro se emocionó.

-¡Mira allá! -exclamó, acelerando el paso.

Ónix la siguió sin dudar. Mientras avanzaban, notaron otros pasajes que parecían descender aún más en la montaña, pero el deseo de ver qué había afuera era más fuerte.

Finalmente, cruzaron la salida.

Frente a ellos, un valle inmenso se desplegaba como un lienzo dorado bajo el sol del mediodía. Ríos serpenteaban a través de la tierra, la vegetación cubría el suelo con una alfombra verde, y a lo lejos, picos nevados se alzaban majestuosos contra el horizonte.

Diamante Negro miró maravillada.

-Es hermoso...

Ónix, analizando el terreno con precisión, agregó:

-Y vasto.

Luego, con seguridad, dijo:

-Estoy listo para cualquier cosa.

Ambos contemplaron el paisaje con una sensación indescriptible de libertad.

Entonces, Diamante Negro le preguntó:

-¿Qué crees que haya más allá?

Ónix la miró con determinación.

-Lo que sea... siempre la protegeré.

Ella sonrió con aprobación.

-Sigamos adelante.

-Sí.

Ambas comienzan a descender hacia el valle, dejando atrás la cueva. El paisaje era hermoso: inquietantes colinas verdes se mezclaban con llanuras rocosas y el viento soplaba suavemente. Mientras caminaban, divisaron un árbol inmenso. A Diamante Negro se le ocurrió una idea: saltar hasta la cima. Con su altura promedio, era un reto interesante.

Ónix notó que su diamante miraba fijamente la copa del árbol y se preguntó qué estaba planeando. Antes de poder preguntar, Diamante Negro tomó impulso y saltó, alcanzando la cima con facilidad. Ónix se alarmó.

-¡Mi diamante, tenga cuidado! -exclamó.

-Tranquila -respondió Diamante Negro con una sonrisa confiada.

Ónix la observó descender lentamente, como si la gravedad la favoreciera. Intrigada, intentó imitarla, logrando saltar alto y desplazarse entre los árboles. Diamante Negro rió al verla intentarlo, pero Ónix tuvo dificultades al bajar. Estaba aprendiendo a manejar sus habilidades.

Caminaron un rato más hasta que divisaron un bosque oscuro a lo lejos. A medida que se acercaban, la atmósfera se volvía más sombría.

-Eso se ve interesante. ¡Vamos! -dijo Diamante Negro emocionada.

Ónix frunció el ceño.

-Ese lugar me da mala espina, pero si usted quiere ir, la acompañaré.

-No creo que pase nada malo -respondió Diamante Negro con confianza.

Al entrar en el bosque, la luz del sol se desvaneció bajo el follaje, el aire se volvió pesado y una espesa niebla apareció. Las ramas crujían bajo sus pies, y cada paso se hacía más difícil.

-Este lugar se siente extraño -murmuró Ónix, sintiendo la necesidad de proteger a su diamante. Instintivamente, llevó su mano a su gema y materializó una espada.

Diamante Negro la observó fascinada.

-¿Cómo hiciste eso?

-Solo lo sentí y ocurrió -respondió Ónix.

Diamante Negro lo intentó también y materializó una guadaña negra, apoyándola en su hombro con una sonrisa satisfecha.

-Es como si estuviéramos en un sueño, ¿no lo crees? -comentó Diamante Negro con un tono infantil.

-O en una pesadilla -respondió Ónix, poniéndose en alerta.

El bosque se tornó cada vez más denso y silencioso. Diamante Negro frunció el ceño.

-Ya no me gusta este lugar.

-¿Quiere que volvamos?

-Sí.

Cuando giraron para regresar, el silencio se hizo más pesado. Entonces, Diamante Negro se detuvo en seco.

-¿Escuchaste eso? -susurró.

Ónix asintió, con la mandíbula apretada. Algo las acechaba. De pronto, una sombra se movió entre los árboles.

-¡Prepárate! -ordenó Ónix, empuñando su espada.

El ataque llegó sin aviso. De entre las sombras emergió una criatura enorme, con garras afiladas y ojos ambarinos que brillaban en la oscuridad. Su cuerpo parecía hecho de humo y hueso, moviéndose con rapidez inhumana. La bestia se lanzó hacia ellas.

Ambas saltaron, esquivando el ataque. La criatura se ocultó en la niebla y luego atacó a Diamante Negro. Ella bloqueó con su guadaña en el último segundo. Ónix aprovechó y arremetió con su espada, pero la bestia esquivó hábilmente y retrocedió.

Diamante Negro saltó para contraatacar, pero la criatura se desvaneció en la bruma.

-Esto no es justo -se quejó Ónix.

-De espaldas -ordenó Diamante Negro.

Se colocaron espalda con espalda, esperando. Entonces, la bestia reapareció y atacó directamente a Diamante Negro. Ella bloqueó, pero esta vez la criatura atrapó su arma. Ónix intentó aprovechar la oportunidad para atacarlo, pero el monstruo la repelió con facilidad.

La fuerza del enemigo era abrumadora. Diamante Negro cedió y fue lanzada contra un árbol. La bestia la atravesó con sus garras.

Ónix gritó con desesperación: -¡Mi diamante!

Diamante Negro apenas pudo mirarla antes de que su cuerpo se desvaneciera en un destello de luz, dejando solo su gema.

La bestia volvió a camuflarse en la niebla. Ónix corrió hacia la gema de su diamante. Tenía que decidir: ¿luchar o huir? Entre lágrimas, tomó la decisión más sensata. Agarró la gema y corrió en dirección a la salida del bosque.

La bestia no perdió el tiempo y la persiguió. Era rápida, pero Ónix esquivaba sus ataques con saltos ágiles. Corrió sin detenerse hasta que llegó al final del bosque. Al salir al valle, la criatura se detuvo y, como si perdiera el interés, desapareció entre las sombras.

Ónix, con lágrimas en los ojos pero determinada, siguió corriendo hasta la entrada de la montaña.

Onix llegó a la entrada de la cueva, sosteniendo la gema de su creadora. Las lágrimas caían sin control, la culpa lo consumía. Había fallado, no pudo protegerla, no pudo hacer más.

Durante siete días, no se separó de la gema, sintiéndose cada vez más inútil.

Pero en el séptimo día, la gema comenzó a brillar intensamente. Onix retrocedió, asombrado, mientras una figura humanoide emergía, creciendo hasta los 30 metros. Diamante Negro había regresado.

-Bienvenida -murmuró Onix, su voz rota.

-Muchas gracias -respondió Diamante Negro, abriendo los ojos y observando su nueva forma.

Onix no podía evitar bajar la cabeza, abrumado por la culpa. Finalmente, dijo:

-Lo siento... No pude protegerte.

Diamante Negro se sentó a su altura y, con una sonrisa, le respondió:

-No me fallaste, Ónix. Hiciste lo que debías y me protegiste.

Poco a poco, la culpa de Ónix se disipó. Por primera vez en días, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

[Fin del capítulo 1]