A los pies de mi tía

Summary

Alex es un joven fetichista de pies femeninos, durante una visita a la casa de su tía Rachel, Alex no puede evitar sentirse atraído por los pies de su tía, ella lo nota y decide provocarlo para que le confiese su fetiche.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Parte 1

En el tranquilo pueblo de Willow Creek, un joven llamado Alex se acercaba a su 18. º Cumpleaños con una peculiar ilusión.

Alto, con una mata de pelo castaño y rizado y unos ojos que guardaban los secretos de mil historias jamás contadas, Alex caminaba con cierta gracia torpe que dejaba entrever lo más profundo de su ser. Su actitud tranquila y su naturaleza introspectiva le habían ganado la reputación de ser el enigma local. Sin embargo, no era su intelecto ni su aire misterioso lo que lo diferenciaba de sus compañeros. Era algo mucho más íntimo, un secreto que ardía en su interior como una llama silenciosa.

Alex siempre había sentido fascinación por los pies femeninos. Era una atracción que había empezado a florecer durante su infancia y que desde entonces se había convertido en un fetiche que lo consumía todo. La mera visión de unos piecitos bien arreglados asomándose a través de unas sandalias o el sonido de los tacones altos contra el pavimento podía acelerarle el corazón.

A pesar del aislamiento que le suponía su fetiche, había llegado a apreciar esta parte de sí mismo, explorándola en la intimidad de sus pensamientos y en los vastos paisajes digitales de internet. Sin embargo, nunca había podido compartir esta faceta con nadie, ni siquiera con sus amigos más cercanos, por miedo a las burlas o al rechazo.

El día que cumplió 18 años, sus padres decidieron que era hora de que ampliara sus horizontes sociales. Lo organizaron para pasar el verano con su tía, Rachel, en la bulliciosa ciudad de Nueva York.

Rachel era una exitosa empresaria, conocida por su ingenio y un estilo aún más refinado. A sus 40 años, tenía el cuerpo de una mujer de la mitad de su edad, gracias a su rigurosa rutina de gimnasio y una dieta disciplinada. Su belleza no pasaba desapercibida para Alex, pero fueron sus pies los que realmente lo cautivaron.

Eran talla 48, grandes para una mujer, con dedos largos y delgados que se estrechaban elegantemente. Rachel solía usar zapatos abiertos que realzaban a la perfección sus pies bien cuidados.

Alex llegó al apartamento de Rachel con una mezcla de emoción y temor. Siempre le había encantado pasar tiempo con ella; tenía una forma de hacerle sentir comprendido y aceptado que sus padres no podían. Rachel lo recibió con un cálido abrazo, Alex rápidamente notó a ese par de hermosos pies, que estaban enfundados en unos preciosos y elegantes tacones negros.

Al acomodarse en la sala, sus ojos estaban clavados a los pies de su tía, incapaz de resistirse al canto de sirena de tal par de bellezas. Sintió una extraña emoción, pero rápidamente se recordó a sí mismo que debía ser respetuoso. Rachel era de la familia, y sus sentimientos, por el momento, eran de pura admiración.

Durante los siguientes días, Rachel le enseñó la ciudad, llevándolo a galerías de arte y fiestas en azoteas, introduciéndolo a un mundo de sofisticación y cultura que Willow Creek jamás podría ofrecerle. Alex sintió que su confianza crecía, la sombra de su secreto se desvanecía lentamente mientras disfrutaba del bullicio de las calles y el anonimato de la ciudad.

Sin embargo, cada vez que Rachel cruzaba las piernas o se quitaba los tacones al final de un largo día, su corazón daba un vuelco.

No pudo evitar admirar cómo sus dedos se curvaban y se desenrollaban mientras los frotaba distraídamente, ajena al efecto que le causaban a su tímido sobrino.

Una noche, sentados juntos en su cómodo sofá, Rachel suspiró satisfecha y se recostó, dejando al descubierto sus pies descalzos. En esta ocasión ella captó la mirada fija de Alex y lo observó un instante con una sonrisa cómplice.

Él apartó la mirada, con las mejillas ardiendo de vergüenza. Rachel había notado sus frecuentes miradas y había empezado a sospechar que su interés era más que una simple admiración casual. Había visto cómo sus ojos seguían el arco de su pie, cómo se le cortaba la respiración cuando ella se frotaba los pies. A pesar de estar soltera y ocupada, Rachel no carecía por completo de experiencia romántica, y sabía que, a veces, los deseos podían tomar formas inesperadas.

Con una mirada amable y cómplice, Rachel le preguntó a Alex si le importaría darle un masaje de pies. Había notado la tensión en sus ojos, la forma en que se movía alrededor del tema de sus pies. Había decidido ofrecerle una salida, una forma de explorar su curiosidad en un entorno seguro y controlado.

El corazón de Alex latía con fuerza mientras asentía, sin saber cómo responder a su propuesta. La voz de Rachel era suave, despreocupada, como si el acto de dar un masaje de pies fuera lo más normal del mundo. Sin embargo, para él, era un momento que se encontraba entre un sueño hecho realidad y el más profundo de los tabúes.

Tomó sus pies entre sus manos, sintiendo la calidez de su piel y la suavidad de sus plantas. Rachel se recostó en el sofá, cerró los ojos y suspiró de placer mientras Alex comenzaba a masajearle los pies. Intentó evitar desviar la mirada, concentrándose en el programa de televisión que sonaba de fondo, pero fue en vano. Sus ojos se deslizaban hacia abajo, recorriendo las líneas de sus arcos y la elegante curva de sus dedos. El nerviosismo crecía en él, y temía que su excitación se notara a través de los pantalones. Nunca había estado tan cerca de los pies de una mujer, salvo en su imaginación.

Con cada caricia de sus pulgares en las plantas de sus pies, Alex sentía que su erección crecía. Se removió incómodo, intentando ocultar su erección de la vista de Rachel. Pero Rachel no era ajena a las sutilezas del deseo humano. Sus ojos permanecieron cerrados, pero una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios al sentir que la tensión en el aire se intensificaba. Decidió seguirle el juego, curiosa por ver hasta dónde llegaría.

“¿Todo bien, Alex?” La voz de Rachel era un ronroneo, con los ojos aún cerrados. “Tu masaje parece... muy concentrado.”

Alex tragó saliva con dificultad, con el pulso acelerado al darse cuenta de que había estado mirando sus pies. Se obligó a sostener su mirada. Esperando que ella no viera las ansias en sus ojos. “Es que... disfruto mucho dándote este masaje de pies, tía Rachel. Tus pies son tan... suaves.”