Ouroboros - SP

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Summary

En un mundo donde la guerra ha reemplazado a la infancia, Hael Cross fue criado para convertirse en un arma. Forjado desde niño entre sangre, pérdidas y campos de batalla, aprendió a matar antes que a sentir. A los quince años ya es un General temido, alguien que avanza hacia la muerte sin miedo… o quizá sin importar si vive o muere. Pero tras un enfrentamiento que lo deja al borde del abismo, Voss comienza un viaje inesperado. En su camino conocerá aliados, enemigos y seres que desafían todo lo que creía entender sobre sí mismo y sobre el mundo. Cada encuentro abrirá grietas en la coraza que construyó durante años, obligándolo a cuestionar si aún queda algo humano dentro de él. Mientras la guerra continúa consumiéndolo todo, Voss deberá descubrir qué significa realmente ser fuerte: convertirse en el monstruo perfecto para sobrevivir… o recuperar aquello que perdió hace mucho tiempo. Aunque quizá ya sea demasiado tarde para ambas cosas.

Genre
Action/Scifi
Author
Josué
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1 - Guerra

Monte Beru, año 4500

Estoy cayendo de un risco. No siento nada, ni una pizca de temor. Aunque no sé si es porque

sé que no me pasará nada peor... o más bien porque no me molesta el hecho de morir.

Los niños de este mundo nacen sabiendo lo que es la guerra.

Es una basura total.

Ni ahora, cayendo, puedo comprender el sentido de seguir con vida en todo esto. Nunca supe

por qué peleé tanto desde tan joven. Supongo que solo soy una pieza más en el tablero.

8 años antes...

La guerra ya estaba consolidada hacía mucho tiempo. Cuando tenía solo 7 años, ingresé a la

“escuela”, que por obvias razones en dicho lugar no enseñaban nada sobre matemáticas o cosas

así. Las enseñanzas estaban dirigidas únicamente a volverte una máquina de matar, sin miedo, sin

dudas, solo a aniquilar lo que sea que tengas enfrente.

Siempre viví bajo la sombra de mi abuelo y mi padre, altos rangos, parte de la facción del

patriarca Zeldris. Mi familia, los Cross, éramos parte de su rama principal.

El sistema tenía sus rangos, como todo en Abyss. Los bajos, Iniciados, Intermedios,

Avanzados, carne de cañón con distinto nivel de entrenamiento. Muertes innecesarias en cualquier

escenario real, si me preguntas. A muchos solo les preocupan estos estúpidos rangos, viven y

mueren por ellos como si la guerra distinguiera entre un Iniciado o un Guardián, es solo que uno

es más difícil de matar que otro.

Era una maldita molestia vivir con la mirada expectante de los instructores que esperaban

siempre el doble de mí. Aunque realmente nunca me costó dar ese esfuerzo “extra”, tener en la

familia a dos de las personas más fuertes de una facción no fue en vano.Desde que pude mantenerme en pie empezó mi entrenamiento; mi padre y mi abuelo sabían

muy bien la basura que me esperaría en el sistema militar de Abyss.

La primera prueba en esta llamada “Academia” era matar a un prisionero de guerra, malditos

sádicos. La mayoría de los niños no lo lograban y eran designados a clases inferiores, entrenados

como cadetes enviados directamente a los Iniciados, pero unos pocos sí lo hicimos, por lo que nos

asignaron a las clases superiores después de algunas otras pruebas de rendimiento, meras

formalidades sin significado real en combate.

Al ser seleccionado para la mejor clase me enseñaron a no sentir ni una pizca de miedo,

temor o arrepentimiento, me enseñaron a que todo era necesario para la guerra. Para cuando tenía

12 los instructores determinaron que ya poseía la fuerza y capacidad de un alto rango de la milicia,

por lo cual me graduaron anticipadamente dándome un rango muy alto para un niño de 12 años,

General... Qué rayos les pasaba por la cabeza. General no es cualquier cosa, para llegar ahí desde

los rangos bajos la mayoría se pasa la vida entera. Después de los generales están los Heraldos,

todos o casi todos los que conozco o son viejos que nunca lograron llegar a ningún lado, o llevan

años esperando que alguien los note lo suficiente para ascenderlos a los Élites. Y después de los

Élites todavía quedan los Maestros y Guardianes, que son otra cosa completamente distinta, el

tipo de gente que no necesita que le expliques por qué merece respeto. Encima de todos, Zeldris.

A mí me saltaron todos esos rangos inferiores de golpe, solo para mandarme al matadero, o en sus

palabras, a dirigir uno de los frentes de batalla...

Al inicio fue difícil hacer que los estúpidos de rango bajo a mi mando me hicieran caso. Usé

la fuerza cuantas veces fue necesario para disciplinar a mis hombres, hasta que entendieron por

qué tenía ese puesto.

La verdad hubiera hecho lo mismo, ¿quién rayos confiaría en un mocoso? O más bien, ¿quién

lo puso en esa posición? Parece que el líder del maldito planeta se tomó unas pequeñas vacaciones

o delegó muchas cosas a gente imbécil. Aunque sorprendentemente nos fue muy bien en el campo

de batalla, así que no eran tan imbéciles...

Tras 3 años de servicio me había convertido en uno de los Generales más respetados y

efectivos de todo el planeta. Para mí no era muy impresionante, al fin y al cabo fui forjado para la

guerra, nunca conocí nada más. Mi vida era la guerra misma.Todo eso nos lleva hasta este momento en el Monte Beru. Lideraba un gran ejército, todos

ellos en su mayoría Avanzados y otros Generales, estábamos comisionado a eliminar una gran

legión de demonios de alto rango, todo parecía una batalla de "rutina", nada que no hayamos visto

antes.

— Guerreros de Abyss... sé que algunos quieren un discurso motivacional, pero bajo mi guardia

eso jamás pasará... ahora bien, si no quieren volverse cenizas... no se atrevan a morir.

Nunca he sido conocido por ser empático, mucho menos por hablar de más. Pero aun así

todos eran enérgicos a la hora de batalla. Siempre daban el cien por ciento o hasta más por el

equipo, de las pocas cosas que me dan orgullo.

Empezó la batalla, nos lanzamos de frente contra las hordas de demonios, grandes monstruos

deformes y asquerosos. Durante unos cortos 30 minutos de pelea habíamos arrasado con un gran

porcentaje de ellos... pero ocurrió algo que ni yo esperé.

Se escuchó un estruendo golpear el suelo, lo hizo temblar. Del horizonte apareció un ser

mucho más grande que los demonios que liquidamos antes, no había duda, era un demonio de

categoría especial. Solo un Élite para arriba podría contra tal bestia... aun así no me eché para

atrás, sabía lo que tenía que hacer.

— LARGO DE AQUÍ TODOS... ES UNA ORDEN — Grité con todas mis fuerzas.

— Pero general, no podemos... — Dijo uno de ellos preocupado, pero a la vez con miedo en su

mirada.

— Cállate y vete, no quiero verte hasta que termine con esto... ¿entendido? — Lo miré con los

ojos brillando en rojo haciendo que corriera del miedo.

Por lo menos si iba a morir alguien solo sería yo. Corrí hasta el demonio haciendo uso de mi

técnica personal, “Vórtice Voss”, estado que maximiza mis habilidades físicas porcentualmente,

causando que mis ojos destellen en rojo intenso. Cada vez que me acercaba más podía notar lo

tremendamente fuerte que era, desprendía una sed de sangre que logró abrumarme como pocos

han logrado hacerlo, pero aun así no me importaba. Tenía una armadura negra con muchas espinas,

utilizaba una espada proporcional a su tamaño, su cuerpo se notaba bajo la armadura

extremadamente musculado, de su casco salía una estela verde. El cielo nublado refractando algunos rayos del sol hacían que su armadura brillara. Al parecer me estaba esperando. A menos

de 10 metros de él me miró fijamente.

— JAJAJA, por fin un juguete para entretenerme un rato... — Dijo el demonio aumentando esa

sed de sangre.

— Soy el gran Berfegor, amo del planeta Fardin... y hoy vine aquí a acabar con este sucio

planeta. ¡JAJAJAJA!

No sé cuántas veces escuché eso, pura palabrería.

— No importa quién seas, si no soy yo será otro el que te extermine, basura de otro planeta...—

no recuerdo realmente si lo dije o lo pensé.

— Pequeño cachorro engreído, tú no me podrías vencer ni en 500 años... ¡AAAAHH!

Del suelo tomó un gran escombro, levantándolo como si nada. Con la misma facilidad me

lanzó el enorme pedazo a tal velocidad como si arrojara una pequeña piedra. Apenas pude

esquivarlo, tanto que logró rozar mi armadura, arrancándome parte de la pechera y haciéndome

rodar en el suelo sin control.

Tras recorrer algunos metros pude recuperar el control y saqué una de mis dos armas, Vork,

una espada de diámetro mediano, delgada y afilada, extremadamente resistente. la usé para

aferrarme a la tierra debajo de mí.

Así que después de lograr detenerme me dispuse a correr de nuevo hacia él, lo que no me

esperaba era que él igual correría hacia mí. En un instante estaba frente a mí a punto de darme un

gran golpe; su golpe era tan poderoso que su cuerpo se deformó al cargarlo contra mi. No tuvo ni

que usar su espada para sacarme volando muy alto, solo pude cubrirme con mi Vork, pero, aun

así, las partes que protegían mis brazos fueron destruidas.

El maldito demonio me alcanzó en el aire de un solo salto, mi instinto al verlo fue lanzarle

una ráfaga de cortes que impactaron limpiamente haciendo que Berfegor tuviera un sangrado

importante.

Pero creo que eso en vez de jugar a mi favor lo hizo enfurecerse aún más. Me tomó del brazo

y con toda su fuerza me lanzó hacia abajo para que impactara contra el suelo.Al caer, creé un cráter, todo se veía blanco, no podía respirar, no sentía mi brazo, un dolor

agudo en mi espalda se dejó notar rápidamente. Tras unos segundos mi vista se empezó a aclarar,

al mirar hacia arriba estaba Berfegor, con una sonrisa macabra, era asqueroso, nada en el mundo

es más asqueroso que un sucio demonio...

— ¿Ya te cansaste de jugar pequeño? ¿No vas a entretenerme más? ¡JAJAJAJAJA! ¿QUÉ

PENSABAS AL CORRER DIRECTAMENTE HACIA MÍ?... Un error que te saldrá muy caro.

Me dio una patada que sin mucho esfuerzo me lanzó al borde del Monte Beru.

— Una basura como tú no merece ser asesinado por mi espada...

Tambaleándome intenté sacar mi Veth, una versión más pequeña que la Vork, pero en mis

manos mucho más letal, desgraciadamente estaba tan lastimado que me fue imposible realizar

algún movimiento antes de que me diera un empujón hacia el vacío...

Y eso nos lleva a este preciso momento. El Monte Beru es uno de los más altos de todo el

planeta Main, la caída de seguro me mataría. Siempre está rodeado de nubes grises y una extrema

humedad junto a una niebla que hace difícil la visión desde cualquier altura.

Pero de la nada una soga me tomó del cuello incrustándose fuertemente, hiriéndome y

asfixiándome. Cuando me jalaron hacia arriba desde uno de los caminos que se dirigían a la cima

del monte, sentí como si me clavaran miles de agujas en todo el cuerpo, el jalón fue tan fuerte que

perdí el conocimiento unos segundos. Cuando recuperé la conciencia, estaba atado de brazos y

piernas y con la soga aún en el cuello.

Torpemente pregunté...

— ¿Pero qué caraj...? ¿Qué pasó?...

La voz de una mujer resonó detrás de mí.

— Prácticamente te salvamos, o algo así. Te vimos caer, no te hubiéramos rescatado de no ser

porque vimos tu uniforme... Un General de la facción de Zeldris, eso rara vez se encuentra

fácilmente. Y al parecer tienes más o menos mi edad, ¿cómo llegaste a un rango tan alto siendo

tan joven?...

— ¿Quiénes son ustedes?... — Dije desconfiado.Un hombre se paró frente a mí, no podía verlo bien por completo, pero por sus botas supe

perfectamente de dónde venían. Facción de Taclot.

— Despertaste muy preguntón, ¿no? Somos de la facción de Taclot. Yo soy el Sargento Alfa

Astroz. No te pediré que lo recuerdes, de todos modos no tengo la certeza de que sigas vivo

mucho tiempo después de que te llevemos con Taclot, este regalo sí que le gustará.

— Déjenme ir si es que no quieren morir... — Dije con un tono serio pero débil a la vez. Estaba

cansado, adolorido, lastimado por todos lados, no sé si hubiera sido capaz de escapar o siquiera

correr algunos metros en ese estado.

— ¿Soltarte? Primero dime cómo te llamas. — Dijo con una pequeña sonrisa en su rostro.

El tipo no era tan alto, pero se veía que tenía muy buen entrenamiento. A simple vista se

notaba, cabello negro y corto, con un uniforme pulcro de las filas de Taclot. Aun así, no me daba

confianza en absoluto. Aunque me pareció innecesario decirles mi nombre aun así lo hice, eso me

daría tiempo de planear una estrategia para poder escapar.

— Hael... Hael Cross...

— ¿Con que un Cross? Aún mejor para nosotros... Este sin duda es nuestro día Ermes.

¡JAJAJAJA!

El tipo llamado Ermes era un extranjero, se veía a simple vista que no pertenecía a la zona.

Al igual que Alfa portaba un uniforme perfecto, era más alto y corpulento que él. Tenía cara de

saber exactamente lo que estaba pasando, aunque no dijera nada todavía.

— Ya déjenme ir... última oportunidad...

Solo quería probar si funcionaba la intimidación.

— Mira cómo estás, amigo. Debes estar muy seguro de ti mismo si dices esas cosas estando en

tanta desven... ¡DÓNDE SE FUE! — Gritó Ermes.

No sé de dónde saque las fuerzas. Como un rayo alcancé mi Veth, corté las cuerdas y

utilizando una de mis técnicas más especiales de movilidad, “Cero”, realmente no miré hacia

dónde me dirigía, solo quería escapar. Al querer detenerme choqué contra un árbol gigante

abriendo un hueco en él.— Carajo, de donde salió este árbol, no lo recordaba, por lo menos no me vieron...

Al momento de relajarme, las entrañas del árbol se rompieron dejándome caer hasta un pozo

de agua subterránea. Tras tratar de salir a la superficie de diferentes formas, estaba perdiendo el

conocimiento de nuevo, ahora sí parecía mi fin, hasta que choqué con algo, y al voltear vi dos ojos

grandes y brillantes, color morado intenso, anormal, nunca había visto algo así...

Solo pensé en ese momento:

"¿Qué es eso?"

Tres días después...

Desperté con un dolor intenso en todo el cuerpo. El techo era roca húmeda. No era mi

campamento, no era ningún lugar que reconociera.

Intenté moverme y me arrepentí de inmediato.

— Quieto. — Una voz seca sonó a mi izquierda. — Tienes dos costillas fisuradas y el brazo

derecho apenas está respondiendo. Si te levantas de golpe lo único que vas a lograr es caerte.

Era ella. La que me enlazó como si fuera ganado. Estaba sentada con la espalda contra la

pared, afilando algo sin mirarme.

— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

— Tres días.

— ¿Me encontraron dentro del árbol?

— Sí.

— ¿Y mis armas?

Silencio, su rostro lo decía todo. Siguió afilando. Ahí supe dónde estaban.

Decidí no insistir, apenas podía procesar lo que había visto debajo del agua. Quien fuera que

me había encontrado dentro de ese pozo no quería ser visto en ese momento. Nada de lo que estaba

pasando me agradaba.— ¿Dónde están los otros?

— Alfa está de guardia. Ermes consiguiendo comida. — Hizo una pausa breve. — Soy Kat.

No respondí. Tampoco me pareció necesario.

— ¿No vas a decir nada? — preguntó sin cambiar el tono, como si le diera exactamente igual

la respuesta.

— Ya sé cómo te llamas.

Otro silencio. Esta vez más cómodo que el anterior.

Al cuarto día pude ponerme de pie sin que mi cuerpo suplicara la extinción. Alfa entró justo

cuando lo lograba, me miró de arriba abajo con esa expresión que tienen los líderes cuando evalúan

sin querer parecer que evalúan.

— Buena señal. — Dijo simplemente. — Necesitamos bajar el monte. El camino son otros

cuatro días caminando, más si vas a ese ritmo.

— Voy a mi ritmo o no voy.

— Técnicamente no tienes opción. — Se encogió de hombros sin rastro de malicia. — Eres

nuestro prisionero a fin de cuentas.

—Ya escapé una vez, que te dice que no lo intentaré de nuevo.

— Ya caíste dentro de un árbol y casi mueres, dudo mucho que quieras probar suerte otra vez

con esas heridas.

No respondí. Tenía razón y eso era lo más molesto.

Ermes apareció en la entrada con algo que olía a comida real. Lo dejó frente a mí sin

preguntar si quería.

— Come. — Dijo con la autoridad tranquila de alguien que no concibe que le digan que no. —

Un General de Zeldris flaco y roto no le va a impresionar a nadie, mucho menos a Taclot.

— No me interesa impresionar a Taclot.— Claro que no. — Sonrió. — Pero te interesa sobrevivir, ¿no?

Lo miré. Era difícil no confiar en ese tipo, no sentía ni una pizca de hostilidad, raro en alguien

que se dedique a la guerra.

Comí de todas formas.

El descenso empezó al quinto día. El Monte Beru desde abajo es otra cosa completamente

distinta, la niebla se espesa, los sonidos cambian, cada paso en el camino de piedra suena diferente

como si el monte supiera que vas bajando y no le gustara.

Alfa llevaba el paso al frente. Ermes cerraba la fila. Kat caminaba a mi lado sin hablar, lo

cual agradecí más de lo que esperaba.

— ¿Siempre eres tan callada? — pregunté en algún punto del segundo día de descenso, sin

saber exactamente por qué.

— ¿Siempre eres tan preguntón cuando no tienes nada útil que decir? — respondió sin voltear.

Alfa soltó una carcajada desde adelante.

— Llevan dos días juntos y ya se hablan igual. Qué tierno.

— Cállate. — dijimos los dos al mismo tiempo.

Otra carcajada. Ermes desde atrás se limitó a sonreír.

No volví a preguntar nada por el resto del día, pero algo en ese intercambio se quedó

conmigo, incómodo y sin nombre, como la mayoría de las cosas que no sé cómo procesar.

La noche del sexto día Ermes hizo fuego y nos sentamos alrededor sin que nadie lo

propusiera, simplemente pasó.

— ¿Por qué un Cross está dirigiendo un frente de batalla solo? — preguntó Alfa de la nada,

mirando el fuego. No era una pregunta hostil, era genuina.

— Porque soy bueno en lo que hago.

— Eso no responde la pregunta.Tenía razón. Pero no tenía intención de explicarle la política interna de la facción de Zeldris

a los soldados de Taclot.

— ¿Por qué les importa?

— No nos importa. — dijo Kat desde el otro lado del fuego. — Solo es raro. Los Cross no

operan solos.

Me quedé callado. Sabía más de lo que aparentaba, al parecer ellos tenían información de

cuando las 3 facciones trabajaban juntas.

— Mi familia ya no opera. — dije finalmente.

Nadie preguntó más. Ermes puso más leña al fuego. Alfa asintió despacio como si eso

explicara muchas cosas que no iba a mencionar en voz alta.

Kat me miró un segundo, solo un segundo, y luego volvió a ver las llamas.

No necesitó decir nada. Yo tampoco.

El séptimo día llegamos a la base del monte. La niebla era tan densa que apenas se veía a

tres metros de distancia. Y en medio de esa niebla, el árbol. Ese maldito árbol de nuevo. No había

forma de que fuera otro, el hueco que yo mismo había abierto seguía ahí, en la corteza. No sé qué

me inquietó más, si el hecho de que estuviera ahí o que no me extrañara para nada, como si algo

en el fondo supiera que esto no había terminado con los ojos morados en el pozo.

Algo se movió adentro.

Los cuatro nos detuvimos al mismo tiempo.

— ¿Qué fue eso? — murmuró Alfa con la mano ya en su arma.

No respondí. Sabía exactamente qué era. O más bien, sabía que no lo sabía, pero lo había

visto antes, en ese pozo, en esos ojos morados que fueron lo último que recordaba antes de

despertar en la cueva.

— Yo entro. — dije.

— No vas a... — empezó Alfa.— Yo entro. — repetí con un tono que no dejaba espacio para discusión, el mismo tono con el

que le daba órdenes a mi batallón.

Se miraron entre ellos. Ermes fue el primero en soltar su posición defensiva. Alfa tardó un

poco más, pero hizo lo mismo.

Kat simplemente no hizo nada.

Entré solo.

Continuará...