Capitulo 1 - Guerra
Monte Beru, año 4500
Estoy cayendo de un risco. No siento nada, ni una pizca de temor. Aunque no sé si es porque
sé que no me pasará nada peor... o más bien porque no me molesta el hecho de morir.
Los niños de este mundo nacen sabiendo lo que es la guerra.
Es una basura total.
Ni ahora, cayendo, puedo comprender el sentido de seguir con vida en todo esto. Nunca supe
por qué peleé tanto desde tan joven. Supongo que solo soy una pieza más en el tablero.
8 años antes...
La guerra ya estaba consolidada hacía mucho tiempo. Cuando tenía solo 7 años, ingresé a la
“escuela”, que por obvias razones en dicho lugar no enseñaban nada sobre matemáticas o cosas
así. Las enseñanzas estaban dirigidas únicamente a volverte una máquina de matar, sin miedo, sin
dudas, solo a aniquilar lo que sea que tengas enfrente.
Siempre viví bajo la sombra de mi abuelo y mi padre, altos rangos, parte de la facción del
patriarca Zeldris. Mi familia, los Cross, éramos parte de su rama principal.
El sistema tenía sus rangos, como todo en Abyss. Los bajos, Iniciados, Intermedios,
Avanzados, carne de cañón con distinto nivel de entrenamiento. Muertes innecesarias en cualquier
escenario real, si me preguntas. A muchos solo les preocupan estos estúpidos rangos, viven y
mueren por ellos como si la guerra distinguiera entre un Iniciado o un Guardián, es solo que uno
es más difícil de matar que otro.
Era una maldita molestia vivir con la mirada expectante de los instructores que esperaban
siempre el doble de mí. Aunque realmente nunca me costó dar ese esfuerzo “extra”, tener en la
familia a dos de las personas más fuertes de una facción no fue en vano.Desde que pude mantenerme en pie empezó mi entrenamiento; mi padre y mi abuelo sabían
muy bien la basura que me esperaría en el sistema militar de Abyss.
La primera prueba en esta llamada “Academia” era matar a un prisionero de guerra, malditos
sádicos. La mayoría de los niños no lo lograban y eran designados a clases inferiores, entrenados
como cadetes enviados directamente a los Iniciados, pero unos pocos sí lo hicimos, por lo que nos
asignaron a las clases superiores después de algunas otras pruebas de rendimiento, meras
formalidades sin significado real en combate.
Al ser seleccionado para la mejor clase me enseñaron a no sentir ni una pizca de miedo,
temor o arrepentimiento, me enseñaron a que todo era necesario para la guerra. Para cuando tenía
12 los instructores determinaron que ya poseía la fuerza y capacidad de un alto rango de la milicia,
por lo cual me graduaron anticipadamente dándome un rango muy alto para un niño de 12 años,
General... Qué rayos les pasaba por la cabeza. General no es cualquier cosa, para llegar ahí desde
los rangos bajos la mayoría se pasa la vida entera. Después de los generales están los Heraldos,
todos o casi todos los que conozco o son viejos que nunca lograron llegar a ningún lado, o llevan
años esperando que alguien los note lo suficiente para ascenderlos a los Élites. Y después de los
Élites todavía quedan los Maestros y Guardianes, que son otra cosa completamente distinta, el
tipo de gente que no necesita que le expliques por qué merece respeto. Encima de todos, Zeldris.
A mí me saltaron todos esos rangos inferiores de golpe, solo para mandarme al matadero, o en sus
palabras, a dirigir uno de los frentes de batalla...
Al inicio fue difícil hacer que los estúpidos de rango bajo a mi mando me hicieran caso. Usé
la fuerza cuantas veces fue necesario para disciplinar a mis hombres, hasta que entendieron por
qué tenía ese puesto.
La verdad hubiera hecho lo mismo, ¿quién rayos confiaría en un mocoso? O más bien, ¿quién
lo puso en esa posición? Parece que el líder del maldito planeta se tomó unas pequeñas vacaciones
o delegó muchas cosas a gente imbécil. Aunque sorprendentemente nos fue muy bien en el campo
de batalla, así que no eran tan imbéciles...
Tras 3 años de servicio me había convertido en uno de los Generales más respetados y
efectivos de todo el planeta. Para mí no era muy impresionante, al fin y al cabo fui forjado para la
guerra, nunca conocí nada más. Mi vida era la guerra misma.Todo eso nos lleva hasta este momento en el Monte Beru. Lideraba un gran ejército, todos
ellos en su mayoría Avanzados y otros Generales, estábamos comisionado a eliminar una gran
legión de demonios de alto rango, todo parecía una batalla de "rutina", nada que no hayamos visto
antes.
— Guerreros de Abyss... sé que algunos quieren un discurso motivacional, pero bajo mi guardia
eso jamás pasará... ahora bien, si no quieren volverse cenizas... no se atrevan a morir.
Nunca he sido conocido por ser empático, mucho menos por hablar de más. Pero aun así
todos eran enérgicos a la hora de batalla. Siempre daban el cien por ciento o hasta más por el
equipo, de las pocas cosas que me dan orgullo.
Empezó la batalla, nos lanzamos de frente contra las hordas de demonios, grandes monstruos
deformes y asquerosos. Durante unos cortos 30 minutos de pelea habíamos arrasado con un gran
porcentaje de ellos... pero ocurrió algo que ni yo esperé.
Se escuchó un estruendo golpear el suelo, lo hizo temblar. Del horizonte apareció un ser
mucho más grande que los demonios que liquidamos antes, no había duda, era un demonio de
categoría especial. Solo un Élite para arriba podría contra tal bestia... aun así no me eché para
atrás, sabía lo que tenía que hacer.
— LARGO DE AQUÍ TODOS... ES UNA ORDEN — Grité con todas mis fuerzas.
— Pero general, no podemos... — Dijo uno de ellos preocupado, pero a la vez con miedo en su
mirada.
— Cállate y vete, no quiero verte hasta que termine con esto... ¿entendido? — Lo miré con los
ojos brillando en rojo haciendo que corriera del miedo.
Por lo menos si iba a morir alguien solo sería yo. Corrí hasta el demonio haciendo uso de mi
técnica personal, “Vórtice Voss”, estado que maximiza mis habilidades físicas porcentualmente,
causando que mis ojos destellen en rojo intenso. Cada vez que me acercaba más podía notar lo
tremendamente fuerte que era, desprendía una sed de sangre que logró abrumarme como pocos
han logrado hacerlo, pero aun así no me importaba. Tenía una armadura negra con muchas espinas,
utilizaba una espada proporcional a su tamaño, su cuerpo se notaba bajo la armadura
extremadamente musculado, de su casco salía una estela verde. El cielo nublado refractando algunos rayos del sol hacían que su armadura brillara. Al parecer me estaba esperando. A menos
de 10 metros de él me miró fijamente.
— JAJAJA, por fin un juguete para entretenerme un rato... — Dijo el demonio aumentando esa
sed de sangre.
— Soy el gran Berfegor, amo del planeta Fardin... y hoy vine aquí a acabar con este sucio
planeta. ¡JAJAJAJA!
No sé cuántas veces escuché eso, pura palabrería.
— No importa quién seas, si no soy yo será otro el que te extermine, basura de otro planeta...—
no recuerdo realmente si lo dije o lo pensé.
— Pequeño cachorro engreído, tú no me podrías vencer ni en 500 años... ¡AAAAHH!
Del suelo tomó un gran escombro, levantándolo como si nada. Con la misma facilidad me
lanzó el enorme pedazo a tal velocidad como si arrojara una pequeña piedra. Apenas pude
esquivarlo, tanto que logró rozar mi armadura, arrancándome parte de la pechera y haciéndome
rodar en el suelo sin control.
Tras recorrer algunos metros pude recuperar el control y saqué una de mis dos armas, Vork,
una espada de diámetro mediano, delgada y afilada, extremadamente resistente. la usé para
aferrarme a la tierra debajo de mí.
Así que después de lograr detenerme me dispuse a correr de nuevo hacia él, lo que no me
esperaba era que él igual correría hacia mí. En un instante estaba frente a mí a punto de darme un
gran golpe; su golpe era tan poderoso que su cuerpo se deformó al cargarlo contra mi. No tuvo ni
que usar su espada para sacarme volando muy alto, solo pude cubrirme con mi Vork, pero, aun
así, las partes que protegían mis brazos fueron destruidas.
El maldito demonio me alcanzó en el aire de un solo salto, mi instinto al verlo fue lanzarle
una ráfaga de cortes que impactaron limpiamente haciendo que Berfegor tuviera un sangrado
importante.
Pero creo que eso en vez de jugar a mi favor lo hizo enfurecerse aún más. Me tomó del brazo
y con toda su fuerza me lanzó hacia abajo para que impactara contra el suelo.Al caer, creé un cráter, todo se veía blanco, no podía respirar, no sentía mi brazo, un dolor
agudo en mi espalda se dejó notar rápidamente. Tras unos segundos mi vista se empezó a aclarar,
al mirar hacia arriba estaba Berfegor, con una sonrisa macabra, era asqueroso, nada en el mundo
es más asqueroso que un sucio demonio...
— ¿Ya te cansaste de jugar pequeño? ¿No vas a entretenerme más? ¡JAJAJAJAJA! ¿QUÉ
PENSABAS AL CORRER DIRECTAMENTE HACIA MÍ?... Un error que te saldrá muy caro.
Me dio una patada que sin mucho esfuerzo me lanzó al borde del Monte Beru.
— Una basura como tú no merece ser asesinado por mi espada...
Tambaleándome intenté sacar mi Veth, una versión más pequeña que la Vork, pero en mis
manos mucho más letal, desgraciadamente estaba tan lastimado que me fue imposible realizar
algún movimiento antes de que me diera un empujón hacia el vacío...
Y eso nos lleva a este preciso momento. El Monte Beru es uno de los más altos de todo el
planeta Main, la caída de seguro me mataría. Siempre está rodeado de nubes grises y una extrema
humedad junto a una niebla que hace difícil la visión desde cualquier altura.
Pero de la nada una soga me tomó del cuello incrustándose fuertemente, hiriéndome y
asfixiándome. Cuando me jalaron hacia arriba desde uno de los caminos que se dirigían a la cima
del monte, sentí como si me clavaran miles de agujas en todo el cuerpo, el jalón fue tan fuerte que
perdí el conocimiento unos segundos. Cuando recuperé la conciencia, estaba atado de brazos y
piernas y con la soga aún en el cuello.
Torpemente pregunté...
— ¿Pero qué caraj...? ¿Qué pasó?...
La voz de una mujer resonó detrás de mí.
— Prácticamente te salvamos, o algo así. Te vimos caer, no te hubiéramos rescatado de no ser
porque vimos tu uniforme... Un General de la facción de Zeldris, eso rara vez se encuentra
fácilmente. Y al parecer tienes más o menos mi edad, ¿cómo llegaste a un rango tan alto siendo
tan joven?...
— ¿Quiénes son ustedes?... — Dije desconfiado.Un hombre se paró frente a mí, no podía verlo bien por completo, pero por sus botas supe
perfectamente de dónde venían. Facción de Taclot.
— Despertaste muy preguntón, ¿no? Somos de la facción de Taclot. Yo soy el Sargento Alfa
Astroz. No te pediré que lo recuerdes, de todos modos no tengo la certeza de que sigas vivo
mucho tiempo después de que te llevemos con Taclot, este regalo sí que le gustará.
— Déjenme ir si es que no quieren morir... — Dije con un tono serio pero débil a la vez. Estaba
cansado, adolorido, lastimado por todos lados, no sé si hubiera sido capaz de escapar o siquiera
correr algunos metros en ese estado.
— ¿Soltarte? Primero dime cómo te llamas. — Dijo con una pequeña sonrisa en su rostro.
El tipo no era tan alto, pero se veía que tenía muy buen entrenamiento. A simple vista se
notaba, cabello negro y corto, con un uniforme pulcro de las filas de Taclot. Aun así, no me daba
confianza en absoluto. Aunque me pareció innecesario decirles mi nombre aun así lo hice, eso me
daría tiempo de planear una estrategia para poder escapar.
— Hael... Hael Cross...
— ¿Con que un Cross? Aún mejor para nosotros... Este sin duda es nuestro día Ermes.
¡JAJAJAJA!
El tipo llamado Ermes era un extranjero, se veía a simple vista que no pertenecía a la zona.
Al igual que Alfa portaba un uniforme perfecto, era más alto y corpulento que él. Tenía cara de
saber exactamente lo que estaba pasando, aunque no dijera nada todavía.
— Ya déjenme ir... última oportunidad...
Solo quería probar si funcionaba la intimidación.
— Mira cómo estás, amigo. Debes estar muy seguro de ti mismo si dices esas cosas estando en
tanta desven... ¡DÓNDE SE FUE! — Gritó Ermes.
No sé de dónde saque las fuerzas. Como un rayo alcancé mi Veth, corté las cuerdas y
utilizando una de mis técnicas más especiales de movilidad, “Cero”, realmente no miré hacia
dónde me dirigía, solo quería escapar. Al querer detenerme choqué contra un árbol gigante
abriendo un hueco en él.— Carajo, de donde salió este árbol, no lo recordaba, por lo menos no me vieron...
Al momento de relajarme, las entrañas del árbol se rompieron dejándome caer hasta un pozo
de agua subterránea. Tras tratar de salir a la superficie de diferentes formas, estaba perdiendo el
conocimiento de nuevo, ahora sí parecía mi fin, hasta que choqué con algo, y al voltear vi dos ojos
grandes y brillantes, color morado intenso, anormal, nunca había visto algo así...
Solo pensé en ese momento:
"¿Qué es eso?"
Tres días después...
Desperté con un dolor intenso en todo el cuerpo. El techo era roca húmeda. No era mi
campamento, no era ningún lugar que reconociera.
Intenté moverme y me arrepentí de inmediato.
— Quieto. — Una voz seca sonó a mi izquierda. — Tienes dos costillas fisuradas y el brazo
derecho apenas está respondiendo. Si te levantas de golpe lo único que vas a lograr es caerte.
Era ella. La que me enlazó como si fuera ganado. Estaba sentada con la espalda contra la
pared, afilando algo sin mirarme.
— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
— Tres días.
— ¿Me encontraron dentro del árbol?
— Sí.
— ¿Y mis armas?
Silencio, su rostro lo decía todo. Siguió afilando. Ahí supe dónde estaban.
Decidí no insistir, apenas podía procesar lo que había visto debajo del agua. Quien fuera que
me había encontrado dentro de ese pozo no quería ser visto en ese momento. Nada de lo que estaba
pasando me agradaba.— ¿Dónde están los otros?
— Alfa está de guardia. Ermes consiguiendo comida. — Hizo una pausa breve. — Soy Kat.
No respondí. Tampoco me pareció necesario.
— ¿No vas a decir nada? — preguntó sin cambiar el tono, como si le diera exactamente igual
la respuesta.
— Ya sé cómo te llamas.
Otro silencio. Esta vez más cómodo que el anterior.
Al cuarto día pude ponerme de pie sin que mi cuerpo suplicara la extinción. Alfa entró justo
cuando lo lograba, me miró de arriba abajo con esa expresión que tienen los líderes cuando evalúan
sin querer parecer que evalúan.
— Buena señal. — Dijo simplemente. — Necesitamos bajar el monte. El camino son otros
cuatro días caminando, más si vas a ese ritmo.
— Voy a mi ritmo o no voy.
— Técnicamente no tienes opción. — Se encogió de hombros sin rastro de malicia. — Eres
nuestro prisionero a fin de cuentas.
—Ya escapé una vez, que te dice que no lo intentaré de nuevo.
— Ya caíste dentro de un árbol y casi mueres, dudo mucho que quieras probar suerte otra vez
con esas heridas.
No respondí. Tenía razón y eso era lo más molesto.
Ermes apareció en la entrada con algo que olía a comida real. Lo dejó frente a mí sin
preguntar si quería.
— Come. — Dijo con la autoridad tranquila de alguien que no concibe que le digan que no. —
Un General de Zeldris flaco y roto no le va a impresionar a nadie, mucho menos a Taclot.
— No me interesa impresionar a Taclot.— Claro que no. — Sonrió. — Pero te interesa sobrevivir, ¿no?
Lo miré. Era difícil no confiar en ese tipo, no sentía ni una pizca de hostilidad, raro en alguien
que se dedique a la guerra.
Comí de todas formas.
El descenso empezó al quinto día. El Monte Beru desde abajo es otra cosa completamente
distinta, la niebla se espesa, los sonidos cambian, cada paso en el camino de piedra suena diferente
como si el monte supiera que vas bajando y no le gustara.
Alfa llevaba el paso al frente. Ermes cerraba la fila. Kat caminaba a mi lado sin hablar, lo
cual agradecí más de lo que esperaba.
— ¿Siempre eres tan callada? — pregunté en algún punto del segundo día de descenso, sin
saber exactamente por qué.
— ¿Siempre eres tan preguntón cuando no tienes nada útil que decir? — respondió sin voltear.
Alfa soltó una carcajada desde adelante.
— Llevan dos días juntos y ya se hablan igual. Qué tierno.
— Cállate. — dijimos los dos al mismo tiempo.
Otra carcajada. Ermes desde atrás se limitó a sonreír.
No volví a preguntar nada por el resto del día, pero algo en ese intercambio se quedó
conmigo, incómodo y sin nombre, como la mayoría de las cosas que no sé cómo procesar.
La noche del sexto día Ermes hizo fuego y nos sentamos alrededor sin que nadie lo
propusiera, simplemente pasó.
— ¿Por qué un Cross está dirigiendo un frente de batalla solo? — preguntó Alfa de la nada,
mirando el fuego. No era una pregunta hostil, era genuina.
— Porque soy bueno en lo que hago.
— Eso no responde la pregunta.Tenía razón. Pero no tenía intención de explicarle la política interna de la facción de Zeldris
a los soldados de Taclot.
— ¿Por qué les importa?
— No nos importa. — dijo Kat desde el otro lado del fuego. — Solo es raro. Los Cross no
operan solos.
Me quedé callado. Sabía más de lo que aparentaba, al parecer ellos tenían información de
cuando las 3 facciones trabajaban juntas.
— Mi familia ya no opera. — dije finalmente.
Nadie preguntó más. Ermes puso más leña al fuego. Alfa asintió despacio como si eso
explicara muchas cosas que no iba a mencionar en voz alta.
Kat me miró un segundo, solo un segundo, y luego volvió a ver las llamas.
No necesitó decir nada. Yo tampoco.
El séptimo día llegamos a la base del monte. La niebla era tan densa que apenas se veía a
tres metros de distancia. Y en medio de esa niebla, el árbol. Ese maldito árbol de nuevo. No había
forma de que fuera otro, el hueco que yo mismo había abierto seguía ahí, en la corteza. No sé qué
me inquietó más, si el hecho de que estuviera ahí o que no me extrañara para nada, como si algo
en el fondo supiera que esto no había terminado con los ojos morados en el pozo.
Algo se movió adentro.
Los cuatro nos detuvimos al mismo tiempo.
— ¿Qué fue eso? — murmuró Alfa con la mano ya en su arma.
No respondí. Sabía exactamente qué era. O más bien, sabía que no lo sabía, pero lo había
visto antes, en ese pozo, en esos ojos morados que fueron lo último que recordaba antes de
despertar en la cueva.
— Yo entro. — dije.
— No vas a... — empezó Alfa.— Yo entro. — repetí con un tono que no dejaba espacio para discusión, el mismo tono con el
que le daba órdenes a mi batallón.
Se miraron entre ellos. Ermes fue el primero en soltar su posición defensiva. Alfa tardó un
poco más, pero hizo lo mismo.
Kat simplemente no hizo nada.
Entré solo.
Continuará...