Capítulo primero: Las ganas de viejos conocidos.
Historias de los que no pudieron resistirse.
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Capítulo 1: Las ganas de buenos conocidos;
La primera línea, es sobre una chica que ha visto a este hombre por muchos años, deambulando entre la escuela, el trabajo y entre sus amistades. Durante la secundaria jugando fútbol, durante la preparatoria leyendo libros y en el trabajo distante.
Hasta que un día de pronto, él mandó un mensaje y comenzaron a hablarse, según él sin conocerse, pero ella ya lo sabía todo.
Después de tantos años con esa dinámica, dónde se hablan sin verse, como espectros que susurran a través de sus teléfonos. Llegó el día en qué él, ansioso por verla, tocó a su puerta.
Sin embargo, había un problema con este chico, su nombre era Rigel y jamás tuvo el toque gentil en hacer las cosas. En cierta forma, Dionne lo sabía y por eso cuando después de tanto bromear al respecto lo encontró parado frente a su puerta tragó saliva.
—Te dije que vendría—saludo él sin inmutarse.
—No lo hiciste. — Respondió ella aún perpleja desde el marco de su puerta.
—Bueno, iba a decirte que vendría—se burló el.
Ella lo dejó pasar, haciéndose a un lado, llevándolo a dentro como un secreto peligroso, quizás lo era, luego de tantos años de hablarse y restringirse, ahí estaba.
—Yo amm…¿Quieres agua?—pregunto solo señalando su cocina con la mano extendida, su mano temblaba un poco y Rigel se dió cuenta.
—¿Crees que vine desde tan lejos por un vaso de agua?— se cruzó de brazos y la miró de pies a cabeza.
Enfocándose en sus caderas y en su cuello por un instante más largo que en el resto de su cuerpo.
—Ay dios…— dijo ella fingiendo que se cubría con sus brazos.
—Que dulce me leíste la mente — respondió Rigel con una sonrisa divertida— si vine por el agua.
Ella se giró para ir a la cocina, en parte porque tenía la mente en blanco y en parte porque quería hacer tiempo. Sin embargo, Dionne sintió los brazos de Rigel envolviendo su cintura, se puso rígida como un poste.
Las manos del hombre apretaron con firmeza su cintura, acercándola a él con firmeza y ternura. Sus manos, lento como el fuego que cocina, se guío así mismo a sus caderas. Dionne sintió el aliento de Rigel acariciar su cuello y subir despacio hasta su oreja.
—Es lo que esperabas, ¿No? — susurró en su oído y ella cerró los ojos.
Le dió vergüenza contestar y en el fondo Rigel la conocía tan bien que sabía que Dionne no lo diría, que su vergüenza no la dejaría aunque él insistiera. Sabía que tenía tantas ganas como él, quería que se lo dijera, escucharlo de su boca y así poder soltarse sin temor a herirla.
Colocó una de sus manos en su vientre, Dionne la sintió igual a una compresa caliente. Comenzó a subirla lentamente, pasando entre sus pechos y sujetándola del cuello con firmeza. La hizo mirar hacia arriba y ella se estremeció al verse tan cerca de sus labios.
—Solo asiente… ¿Es lo que esperabas no?— preguntó en un murmullo suave, mientras subía su agarre hasta su mentón.
Dionne se mordió los labios y sin poder contener más el deseo, el mismo que charlaron durante años, asintió.
Él le robó el primer beso, cerniéndose sobre ella y encendiendo la primera chispa, una chispa que estalló en una explosión de ganas contenidas al fin liberadas.
Rigel acarició sus piernas, sus muslos y pasó por debajo de su vestido.
Ella sintió su calidez golpear entre sus muslos, ansioso como un depredador que atrapó al fin a su presa, por puro instinto se acercó más a él y Rigel apretó sus caderas con firmeza sin dejar de besarla.
—~Hm~ — gimió suavemente.
Al estar tan juntos, Dionne sintió sintió su corazón, golpeando su pecho como un tambor.
La mente de la mujer iba más deprisa que su cuerpo, sintió el contraste entre lo que hacía y lo que sentía emerger de él. La firmeza casi ruda de sus manos contra el frenético latir de su pecho. Estaba asustado, igual que ella, pero no por eso iba a detenerse. Ninguno de los dos lo haría.
Si él no la hubiera girado, y levantado en brazos para que ella envolvíera sus piernas a su cintura, habría creído que en realidad se trataba de un chico asustadizo fingiendo ser rudo.
Ella metió sus manos entre su cabello negro y se concentró en besarlo, en perderse en ese beso perfecto que buscaron tener durante años. Años de relaciones fallidas fueron borradas de inmediato solo por eso, sus gemidos emergiendo y mezclándose era toda la señal que faltaba.
Iba a pasar, aunque ambos estuvieran ansiosos. Al fin pasaría.
Él apretó sus muslos al levantarla, ella envolvió sus brazos sobre su cuello y entonces él se separó un poco y la miró de frente.
Sus ojos almendrados se reflejaban mutuamente, el no pudo contenerse, Dionne tampoco quería que lo hiciera.
—No quiero parecer un animal, pero si no me detienes, no me detendré yo, eres tal y como le imaginé que serías.— dijo Rigel con el rostro abochornado. —¿Quieres hacer algo más divertido?
—No quiero detenerte. —fue todo lo que pudo decir aún con su vergüenza, asintió una vez más.
La llevó a su habitación en brazos, Dionne sólo pudo señalar cuál era su cuarto cuando Rigel irrumpió en el. La recostó en la cama sin despegarse de sus labios.
Las manos de Dionne no sabían que tocar, si sus brazos o sus cuello, mientras él se quitaba la camisa, Dionne comenzó a desabotonar su vestido. Sin camisa él se abrió paso entre sus piernas antes de que ella se diera cuenta, pegando su pectoral desnudo en contra de ella.
—Ay dios… — Balbuceó Dionne y amarró sus piernas a las caderas de Rigel. Fue interrumpida de nuevo por la pasión del beso constante.
El roce de la manos de Rigel contra sus piernas subió despacio, por sus muslos y sujetando sus glúteos. Su otra mano, escaló a Dionne desatando un moño que ataba el pecho de su vestido, revelando al fin sus senos.
Cerró su mano sobre uno de ellos, reclamando la textura tersa y suave de su piel, acarició ambos con urgencia y firmeza. La piel vainilla de Dionne enloquecía al hombre desesperado, cuya calidez ya tocaba la entrepierna de la mujer, erizando su piel expectante.
Ella cerró los ojos, cuando la mano que sujetaba sus muslos tomó su ropa interior y la deslizó hacia abajo. Escuchó un cinturón desabrocharse con un tintineo metálico y frío que tocó su piel caliente por un segundo, antes de caer lejos de la cama en alguna parte. Sin contención.
Un segundo después, la mano de Rigel se apretó sobre su cuello. Expuesta y desnuda, ella abrió sus piernas, él tocó con su verga a la entrada de su sexo. Y entonces, comenzó a entrar, moviéndose con firmeza en un palpitante ritmo hambriento, hambriento por ella. La sujetó de la cadera con fuerza en cada uno de sus dedos y entró despacio hasta llenarla por completo.
Ella abrió la boca, conteniendo apenas un gemido suave, él gruñó suavemente, cayendo sobre ella, besando su cuello.
—Al fin.— gruñó él y entonces comenzó a moverse.
El rítmico sonido de sus sexos chocando comenzó lento, y poco a poco aumentó su velocidad, ella hundió sus uñas en su espalda. Él soltó un gemido mezclado con el dolor de su agarre.
—Ay, ¿te lastimé?— balbuceo ella, Rigel negó con la cabeza.
—No, pero si te gusta rudo…
Rigel se levantó sin salir de su interior y sin detenerse de mover su abdomen. Se sujetó con firmeza de su cadera y su cuello, ella sintió la presión. Y comenzó a subir su ritmo tanto que la cama comenzó a moverse, Dionne sintió su verga por completo, tuvo que contenerse para no gemir.
—Sueltate. — dijo Rigel sin contenerse tampoco.
Extendió sus manos y apretó sus senos, cerrando sus dedos sobre sus pezones. Su verga caliente no resistió hasta arrebatarle el placer de su boca.
— Ahh ~ ahhh hah!~ — gimió ella y Rigel sonrió satisfecho.
Emocionado, Rigel tomó una de sus piernas y la recargó en su brazo. Mirando sus senos ondular entre cada embestida de su verga, la sujetó del cuello y apretó sin apartar la mirada de la expresión placentera de Dionne, ver hasta donde resistía.
Pero ella manejaba el hambre que Rigel tenía por ella, por eso, cuando paso media hora de sexo hambriento y animal, Rigel sentía que terminaba, la sensación mojada que sentía en Dionne, aunque ella era tan deliciosa que sentía que podría seguir por siempre. Comenzó a abrumarlo, sobre todo tras sentir como ella se estremecía y gemía más fuerte.
—¡Carajo! — Rugió Rigel.
Se abalanzó sobre ella y la tomó de las manos, alzando su cadera en el aire, aplastando su verga con todo su peso dentro de ella. Dionne sabía lo que venía, el se la estaba cogiendo con mucha intensidad, haciéndola mirar como entraba y salía dentro de ella.
—~ Si, ~ que rico~ — gimió perdida en la intensidad del momento. Apretándolo con su panocha lo hizo gemir.
Rigel no pudo contenerse y cuando estaba a punto de correrse, salió de su vagina, colocando su miembro pegado a su abdomen y corriéndose sobre ella. Conteniendo los gemidos de placer que se convirtieron en alientos robados.
Terminaron ambos sudados, Dionne encima de Rigel, besándose mientras el jugaba con su sexo entre sus dedos, robando aún algunos gemidos de la mujer.
—¿Seguimos? — preguntó él, miento uno de sus dedos en el ella.
—Hmm~ si..— murmuró ella. — Pero me dejaste esto…
Ella señaló su abdomen y agregó que tendría que bañarse. Ella retrocedió y se fue a la ducha, Rigel vio el movimiento de sus caderas mientras se marchaba. Desnudas, miró sus nalgas desaparecer en el pasillo del cuarto de baño.
Dionne se metió directo en la ducha y abrió la regadera, aún tratando de contener el aliento. Pensando en lo que acababa de pasar, escuchó pasos acercándose y abrió la puerta.
—¿Rigel?
—Te acompañaré. — respondió de inmediato, entrando a la regadera.
Ella no supo cómo reaccionar, el agua tibia caía sobre sus pechos. Rigel se colocó detrás de ella.
—Dijiste que si hace un momento y yo no podía esperar más. — dijo extendiendo sus manos alrededor de sus senos.
Ella rió y se pegó más a él, sintiendo su verga gruesa tocar sus muslos. Bajó la mano y comenzó a acariciarlo.
—¿No puedes esperar cinco minutos?— preguntó sabiendo lo que diría.
—Espere muchos años, un segundo es demasiado.
Dionne abrió las piernas y él se inclinó un poco para poder meterla una vez más. El sonido del agua entre las embestidas de sus pieles húmedas resonaba como aplausos. Por segunda ocasión, cogieron hasta sentirse satisfechos y salir de la ducha.
Esa fue la primera vez que se vieron en años, charlaron largo rato después de eso y devoraron una cena para cuatro solo ellos dos. Mientras cenaban, Rigel no dejaba de mirarla. Aún la deseaba, aún después de estar juntos, sin embargo, no podía quedarse.
—¿Nos volveremos a ver?—preguntó Dionne, temiendo la respuesta. Si pasaron años antes de verse, deberían pasar más años para verse de nuevo.
¿No funcionaba así?
Rigel en cambio, respondió sujetando su mejilla con suavidad, ella cerró los ojos sintiendo la calidez de su mano. Parecía que se burlaría una vez más, como era costumbre en él, pero no. No se burló para nada.
—Después de lo de hoy, da gracias que me marché por ahora. —contestó visiblemente contento.
«¿Cómo no iba a estarlo?» pensó Dionne.
Aquellos encuentros frenéticos y voraces se volvieron constantes, aún a día de hoy.
Ellos no lo sabían, pero sus encuentros frenéticos y apasionados solo comenzaban, aún a día de hoy, Rigel visita a Dionne, porque aunque no pueden estar juntos, lo importante es que solo entre ellos pueden satisfacerse.
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