ANESTHESIA

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Summary

Mi nombre es Zoe. Proveniente de una de las familias más influyentes y adineradas del país: los Miller, miembros de "La Élite", una organización del Estado que lidera la sociedad del Nuevo Mundo, la cual dejó atrás las guerras y el sufrimiento del pasado. Sin embargo, esa será la misma que en un futuro reducirá a la humanidad a un sinfín de explosiones, millones de cadáveres y el recuerdo de lo que alguna vez llegó a ser nuestro hogar. Así fue como perdí lo que parecía ser una vida perfecta. Todo comenzó con la llegada de Hache, primero en el mando entre las filas del ejército del país y uno de los más poderosos de "La Élite". Soberbio, pero con un atractivo que no parece terrenal: genes mejorados, rectificados y corregidos; inmune al dolor y fuerza desmesurada. "El ser humano mejorado", así lo conocían todos. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta de que él era más que una cara bonita... Una población anestesiada de felicidad se va a rebelar, y muy pronto descubrirán que ya nada es lo que parece. Ni siquiera Hache, el mayor de mis problemas.

Genre
Scifi
Author
Angela
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

UNDERWOOD

Octavo Equilibrio del Núcleo de Guerra, año 742.

Hache

Ella es fuego en todos los sentidos posibles, ella me sacó de mi zona de confort, me convirtió en alguien capaz de sentir, en alguien que se desarmó ante ella, en alguien capaz de poner el mundo a sus pies.

Estaba armado por una coraza que me hacia inmune a todo lo que sucedía a mi alrededor. Mi esencia era matar, eso me enseñaron desde que tengo uso razón, eso es lo que tengo dentro de mi... pero un día ella llegó y encontró algo que ni yo sabia que tenía.

Ella saca lo mejor de mí, ella es mi polo a tierra, es la parte de mí en la que hay luz a pesar de tanta oscuridad.

Ella me enseñó a amar sin excusas, con pasión y sin miedo. No me convertí en mejor persona, porque mi alma ya está condenada en el infierno, pero estoy dispuesto a quemarme en él con tal de hacerla feliz.

Es raro que de mí salgan estas palabras, digo, en un mundo como este las explicaciones sobran y las palabras se gastan rápido, pero al final somos humanos y siempre está esa ridícula sensación melancolía cuando estas apunto de perderlo todo.

Nunca me suelo arrepentir de nada, pero ahora solo puedo pensar en todas las formas posibles en que logre dañarla cuando ella buscaba arreglarme a mí.

Y ese fue nuestro gran problema... que ella nunca entendió que no era una reparadora de almas perdidas, y yo no tenía un alma que quisiera ser reparada.

—Es que no estaré toda la vida esperándote, y no es que no quiera, no puedo — sus palabras salen atropelladas, con la voz cargada de cansancio, como si hubiera estado guardándolas demasiado tiempo.

—No se trata de querer o poder. Estamos a un atentado más de que se desencadene una guerra joder... — respondo sin alterar el tono, la mirada perdida en el vacío y con el cansancio ya sobre los hombres, agotando las últimas energías que me quedaban para tratar de salvar lo que sea que sea esto.

—Sé la situación en la que estamos — dice refiriéndose al pleito que enfrenta hoy nuestra Esfera—, y he tratado de ayudarte en todo lo que he podido, pero tú solo encuentras la forma de apartarme.

—Mierda Zara, estudias medicina... como me pretendes ayudar o que — suelto tratando de que entendiera lo estúpida que estaba sonando —. Y no, no te estoy apartando, te estoy cuidando.

—Nunca te he pedido que me cuides, te he pedido que me involucres — su voz empieza a quebrarse, pero ya no lo puedo detener, el drama arranca sin que yo lo haya pedido —. ¿Cómo es posible que ni siquiera seas capaz de decirme lo que te está sucediendo? Cada mes que me pides, solo siento que te alejas aún más de mí — una lágrima le corre por la mejilla, y por un instante la culpa me golpea en el estómago —. Yo puedo ayudarte, podemos solucionar esto, pero no me apartes. Ya no sé en qué mundo estás, no sé qué te pasa... no sé en qué problema estás metido...

—No es un "problema", es una guerra — reitero, seco, armado de paciencia—. Es difícil tener una vida normal cuando millones de vidas dependen de tus decisiones, ese es el problema en el que estoy metido.

—¡YA, BASTA! YA SÉ LO DE LA GUERRA Y TODA ESA MIERDA! — explota, alzando la voz. Su rostro se enrojece, los ojos le brillan por las lágrimas —. Ya lo sé... siempre tu respuesta es esa. La usas como excusa porque no puedes aceptar que el amor se te acabó. Te escondes detrás de ella porque es más fácil que mirarme a la cara y admitir que ya no me amas — su llanto se intensifica, pero aún así me sostiene la mirada —. Ya no me miras igual... ¿crees que no lo noto?

—Estás equivocada, las cosas no son así, nena... — mi cabeza pesa como plomo, la fatiga me revienta por dentro —. No he tenido tiempo y...

—Cuando es amor, el tiempo nunca falta. Cuando falta, es porque no es amor lo que sientes — me corta de raíz. Empieza a recoger sus cosas con movimientos torpes, como si quisiera huir cuanto antes.

Carajo.

—¿Tan difícil es para ti entender que estoy cargando con una puta guerra civil? ¿Tan difícil es entender que soy el líder, y por eso al primero que quieren muerto es a mí? — reviento de golpe, escupiendo toda la mierda que llevo dentro. Mis palabras truenan en el silencio. —¡Dime!

Queda paralizada unos segundos.... Nunca le había hablo así, siempre había tenido el privilegio del Hache calmado y dispuesto a hablar.

—Es mejor que me vaya. Termina lo que tengas que hacer y me buscas cuando ya hayas encontrado tiempo... espero aún estar ahí para ti cuando eso suceda— murmura, quebrada.

Tiembla, la mirada clavada en el piso, intentando ocultar las lágrimas que le caen sin control. Mete lo que queda en su bolso lo más rápido que puede, casi a ciegas, y se dirige a la puerta.

—Espera, Zara — respiro hondo, luchando contra mí mismo. Me planto frente a ella, bloqueándole la salida.

La miro directo a los ojos. Esos malditos ojos que siempre logran derribarme, que me bajan el pulso y me hacen que sea menos hijo de puta. Oscuros, intensos, con ese brillo imposible de apagar.

La atraigo de la cintura, sosteniéndola con firmeza.

Lleva la mano a mi cara, ahueca mi mejilla con suavidad. Me mata esa contradicción, ella calmada, yo en ruinas.

—Eres y serás el amor de mi vida. Te aprendí a amar como nadie, te acepté como eres. Te amo, pero no más que a mí. Me haces daño, y nunca pensé que amarte dolería tanto.

Medio sonríe.

—Espero que encuentres a alguien que te ame lo suficiente para que no tenga que pasar por lo que yo pasé. Espero que encuentres a alguien con quien sí quieras compartir cada una de tus batallas — me besa la mejilla y se va, perdiéndose por el pasillo.

Y la dejo ir. Porque aunque sea mi vida, no voy a rogarle para que se quede en ella.

Porque tal vez el amor si se me acabó.

(...)

Toda mi vida he vivido en Underwood, la Esfera Central entre las demás existentes, la principal. En este distrito se concentran los cinco núcleos que sostienen la estructura de la sociedad debido a su importancia.

Cada núcleo representa una función clara y obligatoria dentro de la sociedad.

El de los Guerreros, responsables del control y la defensa; el de los Políticos, que dictan las leyes y decisiones; el de los Científicos, que investigan y mantienen la tecnología; el de los Comerciantes, que manejan los recursos; y el de los Espirituales, encargados de mantener la doctrina del equilibrio.

Desde que naces quedas atado a uno de ellos, sin opción de elegir. Esa es la base del orden... heredas tu núcleo, lo aprendes, lo repites, y lo transmites a los que vienen después.

Mi familia siempre ha pertenecido al Núcleo de Guerra. Es lo único que conocemos y lo único que se espera de nosotros. Ahora yo soy el Ministro de defensa, y mi tarea es simple, liderar soldados para que sean útiles, héroes si hace falta, valientes por obligación y lo bastante duros para arriesgar su vida sin pensarlo dos veces.

La cobardía no tiene lugar en mis filas.

El poder que tengo suele gustarme, pero el propósito que lo acompaña es una completa mierda. Para ser sincero, no tengo intención de salvar al mundo ni de arriesgar mi vida por gente que no vale la pena. Pero pertenezco a este núcleo, y soy el único con los huevos bien puestos para cargar con él.

No creo en la paz mundial ni en que la humanidad merezca ser salvada, pero creo en el equilibrio y este núcleo que ha estado bajo el mando de los Hobbes, se ha encargado de mantenerlo durante generaciones.

Desde pequeños somos sometidos a entrenamientos brutales para proteger a todas las esferas en caso de un ataque. Aquí los débiles nunca sirven y los inútiles se mueren. Nos convierten en máquinas de matar, en sobrevivientes programados para obedecer.

En una sociedad que depende del equilibrio, siempre ha habido desviados que deben ser eliminados. Aun así, los consideramos parte del propio equilibrio: son piezas rotas pero necesarias del orden natural.

Siempre ha habido buenos y malos, pero nunca una guerra abierta entre ambos bandos, ya que una guerra significa que el equilibrio se ha roto , y cuando eso pasa, todo se va al carajo, sin embargo, nunca habíamos estado cerca de hacerlo... hasta ahora.

Irónicamente me tocó estar del lado de los "buenos". Soy el defensor de los ciudadanos; un puesto que heredé de mis padres y que, en teoría, debería llevar con honor. La verdad, me importa una mierda.

No le tengo miedo a nada y a casi nadie le tengo respeto, pero no es algo que pueda decir abiertamente sin llegar a formar una rebelión en mi ejército.

Debido a los últimos atentados que ha sufrido Underwood por parte de los desviados, hoy llegaron nuevos refuerzos, quien en un mes harían parte de los llamados "Protectores de la Esfera".

Así que hoy decidí ser más hijo de puta de lo habitual y dejarles una memorable bienvenida, por lo que al primer imbécil que vea, primer imbécil que saco.

La formación era compacta, filas de chalecos oscuros y botas limpias, hombros alineados, miradas clavadas al frente. Algunos rostros estaban jóvenes, otros marcados por cicatrices; todos con la respiración contenida y las manos apretadas alrededor de las culatas.

Nadie hablaba; incluso el viento parecía esperar.

—Tropa 003 —entro llamando su atención—. Mi nombre es Ethan Hobbes, mejor conocido como Hache, su Ministro de la Defensa — me paro al frente —, y para su mala suerte, la persona que desearán nunca haber conocido.

De pronto, una risa corta —nerviosa, fuera de lugar— rompe la tensión. La señal exacta, el primer imbécil que me encontré.

Camino hacia el sonido con paso lento, sin prisa, listo para dar la primera lección.

Me planteo frente al que se había reído.

Silencio absoluto, cuerpos como estatuas.

Lo miro fijo.

—Identifíquese. —mi voz no alza el tono, pero llena el espacio.

—Keith —responde, intentando que la voz no le quebrara.

—El apellido, imbécil.

Hubo un microsegundo donde intentó recordar, donde la seguridad se le derrumbó.

— Lewis, señor. —dice finalmente, la palabra saliendo arrastrada.

—¿Tengo cara de payaso o cuál fue el chiste? —le escupo, lento—. Porque creo que fui el único que no lo entendió.

Lewis simplemente baja la mirada mientras sus dedos buscan la culata sin coordinación.

— Hice una maldita pregunta — reiteró sin perder el control.

—Disculpe, ministro. No volverá a suceder.

Claro que no volverá a pasar.

Asiento y doy media vuelta para regresar al sitio donde estaba, pero antes de dar los siguientes dos pasos saco la pistola de la parte de atrás de mi espalda y disparo.

Un tiro limpio a la pierna; lo veo doblarse y caer al suelo con un ruido sordo. Nadie grita, pero su compañera de al lado, deja escapar un jadeo.

Ella no duda y se lanza hacia él sin pensar.

—Un paso más y la siguiente eres tú preciosa —digo sin expresión, mientras vuelvo a mi lugar.

Sin ganas de desafiarme, retrocede.

El aire se espesa, el miedo se siente y ahí entiendo que la clase introductoria había quedado suficientemente clara por el día de hoy

—Primera lección, no hablen, no sonrían, no se muevan y mucho menos se reían — me encojo de hombros —, lo que pasa es que soy un tipo malhumorado.

Todos simplemente mantienen la mirada hacia el frente.

Recorro las filas sin detenerme y vuelvo a donde estaba Lewis tirado sin poder moverse.

— Segunda y última lección, como ya se dieron cuenta... — miró al soldado caído —. No me gustan las pendejadas.

Y me voy.

Que del resto se encargue el coronel.

Así que después de terminar con los nuevos soldados salgo de la central seguido por mi anillo de seguridad, quien me pone al tanto de los ataques que están sucediendo en este momento.

Apenas pongo un pie afuera, ellos ya estaban listos y en cuestión de segundos todos se encontraban en sus posiciones.

Los helicópteros de la base aérea también se encontraban en marcha cruzando el cielo, colgando los grupos de soldados que tomarían las posiciones en primera línea. Todo funcionando con precisión: órdenes en cadena, radios chirriantes y un tablero de tiempo que no admite demoras.

—Hache —me alcanza un sargento antes de que entre a la camioneta—. Ya hay hombres en el perímetro del aeropuerto, pero aún no hemos podido actuar. Están esperando la orden... pero el coronel no autorizó la intercepción —dice, mientras me pasa los últimos informes.

—Entren ya mismo. Hay civiles en el área, hay que evacuar lo antes posible —respondo subiendo a la G63 —Y el coronel queda revocado, quiero a todas las tropas siguiendo solamente mis órdenes.

Acomodo mi uniforme de operativos especiales, cierro el cierre con manos rápidas, y las seis G63 de mi convoy arrancan como bestias, blindaje, motores que rugen, luces cortando la ciudad.

—Señor, tiene cinco llamadas perdidas de la señorita Zara —uno de los hombres me informa desde la unidad trasera.

—Devuelva la llamada y cuando conteste diríjala a mi canal de comunicación —ordeno sin apartar la vista del frente.

Underwood siempre fue una ciudad de movimiento contenido; hoy huele a tensión.

Arrasamos las avenidas principales, cruzamos el CDB de la Esfera y, conforme salimos de la urbe, la ciudad cede espacio a franjas de vegetación que recortan el horizonte, esto quiere decir que estamos cerca del perímetro.

El auricular vibra.

—Hache... —la voz de Zara suena en mi oído—. Te he estado llamando por horas.

—Día pesado —digo sin dar más explicaciones—. ¿Por qué no vas a casa y me esperas para poder hablar las cosas mejor? Estoy en medio de un operativo.

—No llamo para eso —contesta con la voz apagada—. Llamo para despedirme, me voy...

—¿Cómo que despedirte? —mis sentidos se empiezan a agudizar, y mis hombres alrededor entienden lo mismo que yo —. ¿En dónde carajos estás?

—Ya abordé el avión, viajaré a la Esfera Occidental. Solo quería escucharte por...

—Bájate ya mismo de ese puto avión —la interrumpo, sintiendo la presión en la sien—. Hay una amenaza de atentado en el aeropuerto.

—¿Qué?

—¡Qué salgas de ahí, carajo!

—No puedo —su voz cambia por completo, ahora contiene miedo—. Cerraron las puertas... estamos a punto de...

Todo estalla en un silencio roto, la comunicación se pierde, suena un impactante ruido a distancia.

—¡Zara! —grito.

No responde.

—Ya voy para allá, nena.

Nada.

—¡Contesta, carajo! —trato de mantener la voz firme, pero el pánico me trepa al pecho.

—Ethan—me avisa uno de los soldados— Mire hacia el frente, llegamos tarde.

Levanto la vista. Una nube negra se eleva en el horizonte. Humo posterior a una explosión, mancha el cielo sobre el aeropuerto.

Y ahí estaba Zara.

(...)

( 6 meses después )

Ahora estoy en una de las cuantas reuniones que tenemos donde los líderes de los núcleos rendimos cuentas al Primer ministro.

El hombre está desorbitado y demandante por resultados, incapaz de controlar lo que pasa afuera.

— Seis meses han pasado y mi ciudad sigue sumergida en caos — escupe, con la vena de la frente a punto de estallar mientras me exige explicaciones —. Tienes el poder de todas las tropas de cada una de las esferas y aún así no veo eficiencia de tu parte.

—Estoy a cargo de mantener las Esferas seguras y de defendernos de los ataques, no de hacer diplomacia — respondo serio, sin levantar la voz —. O me dejas atacarlos y terminamos esto de una vez, o te sientas a hablar con ellos. Pero no me uses de mensajero.

—Eres el que ha tendido más contacto con ellos, por lo que...

—Pues entonces es hora de que lo empiece a hacer usted también— lo corto sin rodeos —. Es el primer ministro. Ya es hora de que se lo crea, ¿no?

—Señor — interviene mi mano derecha en todo el ejército —.Lo que el ministro Ethan realmente quiere decir es que desde nuestro Núcleo sentimos que estamos cargando solos con esta guerra y requerimos más apoyo de parte de ustedes. ¿No es así? — me mira.

— Ajá.

Su diplomacia me enferma. Cuando hay que decir algo, se dice y punto, sin pendejadas de por medio.

La científica que se encontraba también en la reunión, se levanta de su silla con una sonrisa prepotente de quien cree que tiene la respuesta a todo.

—Para que vean que la ciencia también está de su lado — nos mira tanto al general como a mí —. Quiero contarles que hemos venido avanzando en una forma de restaurar el equilibrio, pero a través de la investigación...

—Y eso nos ayuda en... ¿qué exactamente? — la interrumpo.

—Muchos de los avances de este mundo han empezado desde aquí, desde la ciencia. No nos subestime, señor Hobbes.

Ella proyecta unas gráficas y me dirige la palabra con esa falsa cortesía.

—Quiero que me describa lo que ve en pantalla, General López. Es tema de primera clase en la escuela, seguro podrá hacerlo.

López me mira, y sé que piensa lo mismo que yo. Aun así, responde con irritación contenida.

— Lo que veo es el orden jerárquico del equilibrio que adoptamos en las Esferas — fuerza una sonrisa.

— Correcto. — Ella gira hacia la pantalla —. Nuestros núcleos; los Guerreros, Políticos, Científicos y demás organizaciones, son sostenidos por las Esferas en un perfecto equilibrio. Las Esferas, a quienes aun suelen llamarles países todavía, conforman nuestro planeta. Y el planeta hace parte de un sistema de galaxias que forman el universo. Cada uno tiene su reflejo, su contraparte. Y al estar conectados todos, lo que pasa en uno se refleja en los demás. Si un núcleo no funciona, la esfera se rompe, y si la esfera se rompe, el planeta colapsa.

Otro científico aprovecha para meter su parte:

—Mientras ustedes están sumergidos en la guerra, nosotros seguimos con el objetivo de encontrar un planeta habitable como una segunda opción si el equilibrio se rompe y debemos abandonar el que tenemos ahora.

La pantalla cambia de nuevo.

— En medio de esta búsqueda encontramos algo peculiar — continúa ella —. Algo que parece insignificante, pero que para nosotros es un cambio total en la existencia. El equilibrio se ha estado perdiendo estos últimos meses. Y nos atrevemos a asegurar que esta vez no somos los culpables.

Su tono se endurece:

— El equilibrio no es un discurso, es una ley física. En la pantalla ven los porcentajes de masa oscura en comparación con energía vital a lo largo de siglos. Estables durante millones de años... hasta ahora. En un solo año, la masa oscura ha crecido un 0.01% más rápido. Puede sonar mínimo, pero en ciencia es una maldita locura.

El primer ministro resopla, cansado.

— Al grano, por favor.

—Teníamos entendido que eso solo sucedería si nuestro equilibrio se desbalanceaba, pero nuestro equipo se ha encargado de que esto no sucediera.

—Por lo que si nosotros no somos los causantes de esto, hay algo más que nos está llevando al final de la humanidad.

— Que haya un aumento de masa oscura, significa que hay desequilibrio y eso se refleja de esta manera allá arriba. Cuando un planeta sangra bombas, ataques, muertes... el universo lo compensa aumentando la masa oscura, sin embargo nuestra humanidad no ha estado en guerra desde hace muchos años.

— Bueno, cariño, ya hice mis cuentas — me levanto de la silla interrumpiendo—. Para cuando la masa oscura nos alcance, nosotros ya nos habremos matado entre todos. Así que gracias, pero me retiro.

— Hobbes, siéntese — me ordena el primer ministro, señalándome con fastidio. — Continúe.

Ella no me quita la vista de encima.

— A lo que quiero llegar es... dentro de la ley del equilibrio, todo tiene un opuesto. Si una Esfera cae, caen todas. Si el planeta entra en desequilibrio, arrastra a los demás. Si en un galaxia aumenta masa oscura, también aumenta en las otras. Y si un universo colapsa, ¿qué es lo que lo equilibra? ¿Cuál es su opuesto?

—¿Otro universo?

Silencio.

El ministro de Comercio rompe la tensión, frotándose la cara.

— No entiendo una mierda.

Otra científica toma la palabra, más didáctica.

— Por ejemplo. ¿Cuál es el reflejo de la Esfera Central?

— Las demás Esferas — responde Morgan con desgano.

— ¿Y el reflejo de nuestro planeta?

— Los otros planetas, los que conforman los sistemas.

Ella se acerca más a la mesa.

— Entonces... ¿Cuál es el reflejo del universo? ¿No tiene? ¿O todavía no los hemos descubierto?

(...)

Seis de la mañana.

Un día más.

Me despierto, hago café y trato de empezar con mi rutina diaria: ejercicio, ducha, desayuno.

Todo apunta a que será un día normal.

La muerte de Zara pesa como una maldita losa desde hace meses. Me culpo por lo que pasó; si no le hubiera hablando de esa forma, quizá no habría subido a ese avión.

Pero ahora los "si" no me sirven de nada. Tengo una guerra que evitar y no voy a dejar que la culpa me paralice.

Hoy viajo a la Esfera del Sur. Nuevas tropas me esperan, es la hora de asestar el golpe que nos dé la victoria y devolver el equilibrio.

Para no levantar sospechas decido moverme sin seguridad. Pasar desapercibido.

Pido un taxi. Es pequeño, más de lo que me gusta, pero voy justo de tiempo para llegar al aeropuerto.

—Buenos días, señor —me saluda el conductor mientras me ayuda con las maletas—. ¿Hacia dónde nos dirigimos?

—Hacia la Sexta Avenida de Underwood.

El tipo frunce el ceño, se detiene, me mira y baja la voz como si yo fuera un loco.

—¿Underwood? —pregunta confuso.

—Sí. ¿Puede continuar? —trato de no sonar impaciente; las ganas de estrellarle la cara contra el volante me rondan.

Pensar en Zara por las mañana me pone de malas últimamente.

—Señor... es que no conozco esa calle.

Me froto la cara ante la frustración, pero mantengo la compostura. Decido solo ir en buscar de otro taxi, asi que sin darle una respuesta, me bajo del coche guardando la poca paciencia que me quedaba.

El conductor también sale y me mira con una mezcla de preocupación y vergüenza.

—Disculpe —dice—. No es que no quiera llevarlo, pero en mis treinta años en San Francisco nunca he oído de esa avenida, pero si me guía lo puedo llevar.

Me quedo quieto. La frase me pega como un guantazo.

—¿San Francisco? —repito, seca y cortante.

—Sí. Norte de California —responde, apuntando la ciudad como si eso aclarara todo.

¿Qué carajos es San Francisco?