Capítulo 1
Unas manos pálidas, temblorosas, tomaban un frasco transparente que contenía un pequeño escarabajo; el hombre lo agitó con fuerza hasta dejar el escarabajo con la panza hacia arriba, moviendo sus patitas.
—No me sirves —con su dedo anular le dio unos cuantos golpes al contenedor, reclinó su cuerpo en la silla mientras veía en su terrario una de sus dos tarántulas; en la otra pecera pequeña, su mascota favorita: una cucaracha de Madagascar. Arrastró la silla hacia donde ella se encontraba, soltó un suspiro soñador.
—Te amo tanto, Dorotea —le susurró al contenedor mientras metía la mano para sacarla; sus patitas recorrieron sus manos, su piel se erizó al instante. Él la dejó en su escritorio mientras acariciaba la parte dura de la espalda de Dorotea; la cucaracha parecía estar acostumbrada a él porque, en lugar de correr, solo se quedaba en ese lugar sintiendo el dedo pasar por su espalda. Veía la cucaracha fijamente; entonces, de manera apresurada, bajó sus pantalones junto con su ropa interior dejando caer todo, tomó a su amiguita, la puso en la punta de su carne blanda. De su boca salió un suspiro de satisfacción al sentir las patas de Dorotea hormiguear en todos lados; era muy diferente al escarabajo aquel, que no hacía nada. El insecto se movía en todos lados, parecía estar asustada, queriendo aferrarse a algo, pero a él solo lo hacía suspirar; entonces, volteó, sus ojos conectaron con el escarabajo aún volteado.
—Te daré otra oportunidad, pero esta vez te ayudará Dorotea para que sea justo —mientras la cucaracha seguía intentando estabilizarse en el entorno extraño, él metió una mano al frasco, después sacó el escarabajo sin nombre, lo puso en la base de su órgano, dejó que caminara.
—Eso está mejor —susurró; realmente era algo que le gustaba hacer. Las patas del escarabajo eran más suaves; cerró los ojos sintiendo a ambos insectos, hasta que, en un intento de no caerse, el escarabajo lo mordió con sus mandíbulas. En lugar de molestarse, soltó un suspiro; amaba el cosquilleo que subía, las patas arrastrándose por su piel. Estaba a punto de reventar su labio de tan fuerte que lo estaba mordiendo, hasta que sus ojos se abrieron: esto ya no era suficiente, ya no le bastaba.
Tomó a Dorotea, al escarabajo y los lanzó a ambos en la misma pecera, se daba golpes en la cabeza; no había podido terminar, no sabía por qué, si antes eso le era suficiente, para él eso ya no lo era. Quería más, quería volver a sentir esa calidez viva que lo había vuelto loco, pero estaba tan enfurecido con el que portaba la calidez que no pensaba buscarlo para repetir la experiencia. No quería darle el gusto de volver a tocarlo, tenía que conformarse arreglándoselas solo con lo único que le quedaba. Subió sus pantalones a trompicones, corrió hasta el patio trasero de su casa, escarbó con las manos, llenando sus uñas de tierra, ignorando el dolor, hasta que se cansó; su cuerpo temblaba, tal vez de rabia o de desesperación, se dejó ver el cuerpo en estado de putrefacción; desprendía un olor que le hacía picar la nariz, pero para él era perfume. Inhaló fuertemente, relamió sus labios; líquido amarillento salía de todas partes de ese cadáver a medio comer por los gusanos, era grasa de la piel. En lugar de disgustarse, el hombre sonrió; tocó la piel de la mujer, en su mano se vino un pedazo de carne. De sus ojos aún abiertos salían larvas blanquecinas; en la boca abierta se veía un nido de cucarachas. El hombre sacó un cuchillo, perforó una parte de la pierna, la que más corroída estaba, metió su órgano por ese lugar, soltó un suspiro de satisfacción; para él eso era mejor que premiar a alguien que se había portado mal. Los gusanos empezaron a trepar desde la unión de la pierna y su pene; él no se asqueó, en su nuca sentía unos ojos clavados, sabía quién era, solo sonrió. Abrió la boca de la chica con un crujido seco, sacó dos cucarachas que pataleaban en la mano de él, las puso en su cuello; cuando terminó de profanar el cuerpo lo tapó, no sabía por qué sentía que el castigo lo había recibido él, se llevó a sus dos nuevas amigas a su habitación, llevaba tierra sobre sí, un olor a muerte; un olor a desesperanza humana, un olor que da náuseas.