Saquenme de este maldito Isekai

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Summary

Olvídate de las diosas benevolentes. Olvídate de las habilidades trampa rotas, las pantallas de estado y los predecibles harenes de fantasía. En este mundo implacable, la reencarnación no es una bendición: es una ejecución brutal en bucle. Arrancado de su vida ordinaria en la Tierra, nuestro protagonista se despierta en un bosque primordial con nada más que unos lentes destrozados, un teléfono muerto y cero guía. Él no es el Elegido. Es literal carne de cañón. Cada rincón de este reino oscuro lo quiere muerto. Lobos feroces del tamaño de autos, goblins grotescos que se alimentan de carne podrida y una sociedad cruel de traficantes de esclavos que trata la vida humana como mera mercancía. ¿Su única ventaja? Un reinicio temporal activado por su propia muerte. Pero la muerte está lejos de ser un escape fácil. Cuando sus "puntos de guardado" comienzan a actualizarse en los momentos más agonizantes —atrapándolo en bucles infinitos de trauma e impotencia— se da cuenta de que sobrevivir no se trata de convertirse en un dios todopoderoso. Es una lucha desesperada contra un mundo diseñado para romper su mente. Él no quiere salvar este mundo. Solo quiere escapar de él.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El precio de las expectativas

—¿Dónde... dónde coño estoy?

Mi propia voz sonó extraña, ahogadapor un eco de árboles y hojas secas. Me froté las sienes. El dolor de cabezaera insoportable, la clase de migraña que te da cuando mezclas alcohol barato ymalas decisiones. Lo último que recordaba era estar cruzando un túnel peatonalde regreso a casa tras salir de clases. Debí desmayarme. Debí tomar de más.

Me llevé la mano al bolsillo y saquéel teléfono. Pantalla intacta, pero arriba, donde debían estar las barras deseñal, solo había un cruel: Sin servicio.

—Qué mierda... —murmuré, mirando a mialrededor.

No había edificios. No había asfalto.Solo un bosque denso, antiguo y oscuro que parecía tragarse la poca luz deldía. Decidí caminar. En la Tierra, si caminas en línea recta, tarde o tempranoencuentras una vía, un poste de luz o alguien a quien pedirle indicaciones.Pero tras lo que parecieron horas, el paisaje no cambió. Solo árboles, raícesque me hacían tropezar y un silencio sepulcral que empezó a ponerme los pelosde punta.

Entonces escuché el crujido de unarama.

Me giré de golpe. A unos veintemetros, entre la maleza, se perfilaba una silueta. Mis ojos intentaron enfocar,pero todo era una masa borrosa. En mi última caída, mis lentes se habíanestrellado contra una roca; sin ellos, el mundo a más de un metro era unmanchón inútil. Desesperado, saqué del bolsillo el pedazo de cristal más grandeque había sobrevivido de la montura. Me lo pegué al ojo derecho, usándolo comoun monóculo improvisado.

El estómago se me cayó a los piescuando logré enfocar.

No era un perro. Era un lobo, perosus proporciones estaban mal. Era demasiado grande, del tamaño de un cochepequeño, con un pelaje negro como el carbón y unos ojos que brillaban con unainteligencia maligna y hambrienta.

El pánico me congeló. Me deslicélentamente detrás del tronco de un roble grueso. Podía escuchar sus pisadaspesadas sobre la hojarasca. Me estaba buscando.

«Dios, ayuda. Dios, por favor...¿Qué hago?», mi mente, frita por el miedo, intentó buscar desesperadamentequé hacer. Recordé haber visto en algún video de internet que correr contra undepredador era una sentencia de muerte. «Si corres, eres presa. Muévetelento».

Tragué saliva, salí de mi esconditemilímetro a milímetro y extendí una mano temblorosa, intentando mantener la vozfirme.

—Tranquilo... tranquilo, perrito. Note haré daño... Buen chico...

El monstruo ni siquiera parpadeó. Nohubo advertencia, no hubo gruñido. Solo un destello de dientes amarillos y unsalto inhumano.

—¡¡AHHHHHGGGG!!

El dolor fue una explosiónincandescente. Sus mandíbulas se cerraron sobre mi antebrazo izquierdo,triturando la carne y el hueso con la facilidad de quien muerde una galleta.Escuché el crujido de mi propio radio rompiéndose. Grité hasta desgarrarme la garganta.Por alguna razón, el lobo me soltó tras ese primer bocado, dejando un rastro debaba negra sobre mi piel rota, y se alejó unos metros, observándome como quienmira un juguete defectuoso.

—Mi brazo... mi brazo, no, no, no...—sollozé, presionando la herida de la que brotaba sangre a chorros.

El instinto animal de supervivenciase apoderó de mí. Di la vuelta y corrí. Corrí como nunca lo había hecho en miputa vida, ignorando las ramas que me azotaban la cara mientras chorreaba uncamino de sangre en el suelo. Pero el cuerpo humano tiene límites. A los pocosminutos, la pérdida de sangre me pasó factura. La vista se me nubló, laspiernas se me volvieron de gelatina y caí de bruces contra el fango.

Cuando abrí los ojos, apenas un hilode consciencia me quedaba. Lo primero que vi fueron las patas enormes. Luego,el hocico del lobo gigante, rodeado por otros tres de su misma especie.Monstruos de pesadilla.

En un acto de pura desesperación,estiré la mano derecha, agarré un puñado de piedras y se las arrojé a la cara.No les hicieron ni cosquillas.

El lobo líder se abalanzó sobre mipecho. Lo último que escuché fue el crujido de mis propias costillasrompiéndose, seguido de unas fauces cerrándose en mi garganta. El dolor fue tandenso e inimaginable que mi cerebro simplemente se apagó en la oscuridadmientras me ahogaba en mi propia sangre.

—¡¡¡NOOOOOO!!!

Me levanté de golpe, dando un jadeoviolento que me rasgó los pulmones. Caí de rodillas sobre el musgo, arqueándomepor completo mientras una arcada seca me sacudía el cuerpo. Terminé vomitandoun hilo de saliva amarga, hiperventilando, con las manos aferradas al pecho.

Me toqué el cuello y el torso deforma frenética, buscando los agujeros de los colmillos, las costillas rotas,el brazo desgarrado. No había nada. La piel estaba intacta, pero mi sistemanervioso seguía gritando. El dolor fantasma estaba ahí, un eco helado que medecía que, hace solo un segundo, me habían desgarrado la tráquea. Estaballorando del puro horror psicológico.

—¿Un... un sueño? —susurré,limpiándome las lágrimas con manos temblorosas.

Miré a mi alrededor. El mismo árbol.El mismo suelo cubierto de hojas. La misma luz filtrándose entre las copas. Eraexactamente el mismo maldito lugar del principio. Una realización espantosa megolpeó: no iba a quedarme a comprobar si los lobos eran reales o unaalucinación.

Corrí en la dirección opuesta, con elcorazón martilleando en mis oídos. El miedo me guio hasta la ladera de unapequeña colina, donde la boca oscura de una cueva se abría entre las rocas. Sinpensarlo dos veces, me deslicé dentro.

Me senté en el suelo de piedra,abrazando mis rodillas, intentando procesar la locura. Había visto suficientesseries y leído suficientes historias para saber de qué iba esto, aunque menegara a aceptarlo. Un bosque medieval, lobos gigantes y revivir en el punto deinicio. Un isekai. Pero no era divertido. Dolía. Dolía de verdad. Decidíque lo más inteligente era quedarme allí. Alguien vendría a buscarme. Solotenía que esperar el rescate.

Pero el rescate no llegó. Llegó lanoche.

La oscuridad de la cueva se volvióabsoluta, y con ella, el frío y el miedo. Al mirar hacia el exterior de laentrada, la luz de la luna reflejó algo allá afuera: dos pares de ojosbrillantes, fijos en la entrada.

Los lobos me habían rastreado.Estaban vigilando la salida.

Atrapado, preferí la oscuridaddesconocida de la cueva antes que volver a sentir sus dientes en mi cuello. Mearrastré hacia el interior, tanteando las paredes húmedas. A los pocos metros,un olor rancio y nauseabundo me golpeó la cara. Era el hedor inconfundible dela carne podrida. Me tapé la boca con la camiseta para contener las náuseas.

La tenue luz de la luna apenasalcanzaba a iluminar el fondo de la galería. Agaché la cabeza y volví a pegarmeel fragmento de cristal al ojo, agudizando la vista en la penumbra.

Allí estaba. Sobre el suelo yacía elcadáver descompuesto de lo que parecía un antiguo viajero, con la ropa hechajirones. Andrajoso y asqueroso. Y junto a él, de espaldas a mí, una criaturadevoraba lo que quedaba de sus restos.

Era un ser verde, de no más de unmetro de altura, con orejas puntiagudas y una piel costrosa y cubierta demugre. Sus hombros se movían al ritmo de unos ruidos húmedos de masticación ycrujidos de huesos que me revolvieron el estómago.

«Un goblin», pensé, sintiendoun frío helado en la nuca. Pero no era el monstruo caricaturesco de los animes.Esto se veía grotesco, salvaje y real.

No me moví. No toqué nada. Sabía quesi hacía el más mínimo ruido, esa cosa se giraría y me mataría. Mis ojosescanearon desesperadamente el suelo alrededor del cadáver del viajero. A unpar de pasos de la criatura, medio oculta por el polvo, brillaba la empuñadurade hierro de una daga oxidada.

Con el corazón haciendo tanto ruidoque temí que me descubriera, di un paso felino hacia el frente. Luego otro. Elolor a putrefacción era tan denso que me hacía llorar los ojos. Me agachémilímetro a milímetro, estiré la mano y mis dedos cerraron alrededor del mangode metal de la daga. Estaba frío.

Tomé aire, levanté el arma con ambasmanos y, con todo el peso de mi cuerpo, la descargué sobre la espalda de lacriatura.

¡CHUCK!

La hoja oxidada penetró la carne,pero chocó en seco contra la columna vertebral del bicho, quedando atascada porcompleto. El goblin soltó un chillido agudo, un graznido inhumano que resonó enlas paredes de la cueva. Presioné el mango con desesperación, pero no salía.Estaba desarmado.

Antes de que pudiera reaccionar, elbicho se giró con una furia salvaje. Sus ojos inyectados en sangre me miraron yse me lanzó encima, tacleándome las piernas. Su puñal mugriento se hundióprofundamente en mi pantorrilla derecha.

—¡¡¡AHHHH!!! —el grito se me escapó,desgarrador.

El goblin comenzó a retorcer el armadentro de mi músculo. El dolor me nubló la vista. Tumbado de espaldas, con lacriatura intentando morder de forma frenética mi rostro mientras soltaba babaácida, estiré la mano derecha a ciegas por el suelo. Mis dedos palparon unapiedra pesada y húmeda. La agarré y, con la poca fuerza que me quedaba, ladescargué contra el lateral de su cabeza.

¡CRACK!

El goblin gimió, pero no saltó. Le diotra vez. Y otra. Y otra. El sonido del hueso rompiéndose se mezcló con mispropios llantos de terror puro, hasta que el chillido del monstruo se convirtióen un goteo húmedo y cesó. Su cuerpo colapsó inerte sobre mi pecho.

Estaba temblando en medio de lapenumbra, hiperventilando, bañado en la sangre negra y pastosa del bicho que secolaba directamente dentro del agujero de mi pantorrilla.

Afuera, un gruñido bajo rompió elsilencio de la noche. El olor a sangre fresca y el escándalo de la pelea habíanalertado a los lobos. Escuché el sonido de garras pesadas rascando la piedra dela entrada. Estaban entrando.

El pánico me dio una descarga deadrenalina. Empujé el cadáver del goblin a un lado, me arrastré por el sueloaguantando las lágrimas de dolor y, usando mis manos empapadas de fluidos demonstruo, esparcí la sangre pastosa por las paredes de la entrada, esperandoque mi estúpida teoría de los animes sobre camuflar el olor funcionara.

Luego, regresé al cadáver delviajero. Con cuidado de no tocar la carne descompuesta, arranqué un trozo de sucapa vieja, mohosa y llena de suciedad, y me la amarré con toda la fuerza quepude alrededor de la herida abierta para taponar la hemorragia.

Me arrastré hasta el rincón másprofundo y oscuro de la cueva, pegué la espalda a la pared y me tapé la bocacon ambas manos.

En la entrada, la silueta de unacabeza enorme tapó la luz de la luna. El lobo líder metió la mitad de su cuerpoen la cueva. Lo escuché olfatear. El sonido de su respiración profunda llenó elaire. Bufó, confundido por el olor rancio de la sangre de goblin que cubría lasparedes. Sus ojos brillaron en la oscuridad, escaneando el interior. Estaba asolo tres metros de mí.

Cerré los ojos con fuerza,conteniendo un sollozo, rezando a cualquier dios existente para que no avanzaramás. Mientras tanto, debajo del trapo mugriento, un ardor infeccioso y febrilempezó a latir con fuerza, ramificándose como veneno caliente desde mi piernahacia el resto de mi cuerpo.

Por suerte, el lobo finalmente semarchó.

Escuché sus garras alejarse sobre lapiedra exterior y, por primera vez en horas, solté el aire que retenía en lospulmones. Lloré en silencio, un llanto de puro alivio. Miré al techo oscuro dela cueva y juré por lo más sagrado que si salía vivo de este bosque, iría a laiglesia todos los domingos de mi vida a agradecer. No aguanté más. El cansanciome arrastró a un sueño pesado y plagado de pesadillas.

A la mañana siguiente, salí de lacueva arrastrando la pierna derecha. Curiosamente, la herida del goblin no seveía tan mal, pero mi cuerpo entero protestaba. Cojeaba espantosamente, no poruna infección real, sino por el dolor fantasma. Mi sistema nerviososintonizaba impulsos de agonía; sentía el eco de los colmillos del lobotriturándome las costillas y la carne de la pantorrilla palpitando como sitodavía tuviera el puñal clavado.

Caminé sin rumbo durante una hora,sollozando, hasta que un sonido celestial me hizo detener: el trote de unoscaballos. Una carretera de tierra. Una carreta.

—¡Eh! ¡Ayuda! —grité, saliendo a lavía.

La carreta se detuvo. Había cuatrohombres arriba. Mi alivio duró un segundo; todos llevaban espadas, armaduras decuero gastadas y caras de pocos amigos. Intenté pedirles ayuda, pero de mi bocasolo salieron palabras en español que para ellos eran puro ruido. Ellos merespondieron en un idioma rudo y agresivo. No nos entendíamos.

Empecé a hacer señas. Los hombres semiraron entre sí. Uno de ellos se bajó y se me acercó. Yo sonreí, pensando queiba a ayudarme.

Entonces, su mirada bajó a mi cuello.

El sol hizo brillar la cadena deplata que mi mamá me había regalado. El tipo sonrió, mostrando unos dientespodridos. Miró mi cojera, mi cuerpo tembloroso. Me vio como una presajodidamente fácil.

No hubo advertencia. Su mano se moviócomo un látigo.

Un destello plateado cruzó mi visión.Antes de que pudiera procesarlo, una calidez húmeda y torrencial comenzó abrotar de mi cuello. Me llevé las manos a la garganta, pero el líquido calientese filtraba entre mis dedos. Caí de rodillas, intentando respirar, pero solotragaba mi propia sangre. El sabor metálico me inundó la boca mientrasescuchaba sus risas burlonas alejándose con mi cadena de plata.

—¡¡¡AHHHH!!!

Desperté de golpe en el musgo. Elinicio. Otra vez.

Me arrastré por el suelo, arañando latierra, hiperventilando mientras me presionaba el cuello con las dos manos.Estaba liso, intacto, pero la sensación de morir ahogado en mi propia sangrenunca sería agradable. Me encogí de lado, cayendo en una desesperaciónabsoluta. El pánico de saber que todo en este maldito mundo quería asesinarmeme quebró la mente por completo.

Rompí en un llanto histérico,sollozando sin poder parar mientras llamaba a los míos en la soledad delbosque.

—¡Mamá!... ¡Papá!... ¡Hermano!...¡Por favor! ¿Qué coño hice yo para merecer esto? ¿Por qué me pasa esto a mí?—grité al cielo, resignado y destruido.

Estaba haciendo tanto ruido, sumidoen mi miseria, que mi propio llanto atrajo a la segunda carreta. Esta vez eraun solo hombre, un anciano de barba canosa que transportaba cestas llenas deverduras. Su mirada era de desconfianza, pero no de malicia.

Recordando la lección, enterré micadena de plata en el fango de un pisotón antes de que me viera. El viejo mehabló en su idioma incomprensible. Me acerqué señalando mi boca y negando conla cabeza, fingiendo ser mudo para que no sospechara. El viejo parecióapiadarse, suspiró y me hizo un gesto para que subiera a la parte trasera,junto a las papas.

Al subir, una oleada de calma merecorrió. Me acurruqué entre las canastas. Mientras avanzábamos, vi a lo lejosuna bifurcación con dos letreros con letras raras. El viejo tomó la ruta de laderecha. Cerré los ojos, agotado por el desgaste mental, y me quedé dormido.

Qué estúpido fui.

Desperté de golpe por un tirónviolento en las muñecas. Intenté moverme, pero una cadena de hierro me quemabala piel. Estaba tirado en el suelo de un calabozo subterráneo, húmedo y oscuro,rodeado de decenas de personas en harapos y golpeadas.

«Esclavos. El maldito viejo mevendió como esclavo», pensé, sintiendo que el estómago se me retorcía.

No iba a pasar por esto. Tenía unpoder, ¿no? Podía reiniciar. Me puse de pie como pude, ignorando las cadenas, ycon toda la fuerza de la desesperación, arremetí de cabeza contra la pared depiedra de la celda para romperme el cráneo y volver al bosque.

¡PAM!

El impacto fue brutal, pero el huesofrontal es duro. No me maté. Solo conseguí fracturarme la frente, abrirme unaceja y caer al suelo de espaldas, mareado, con la sangre cegándome el ojoderecho. Me quedé allí, gimiendo, incapaz de ponerme en pie para dar el segundogolpe. El dolor era insoportable y la vista se me apagó en un desmayo pastoso.

Cuando volví a abrir los ojos horasdespués, el dolor de cabeza era una tortura. Sentí algo húmedo y frío en lafrente. Al enfocar la vista, vi a una esclava joven, de mi edad, limpiándome lasangre con un trozo de tela húmeda. Tenía unos ojos tristes pero profundamentehumanos.

Me alejé de ella de un empujón,arrastrándome hacia la esquina de la celda, respirando agitado.

—¡Aléjate! ¡No me toques! —le gritéen español. No confiaba en nadie. El tierno viejo de las verduras me habíasonreído antes de encadenarme. Esta tipa seguro quería algo de mí.

Ella retrocedió, asustada, levantandolas manos en señal de paz. Antes de que pudiera decir nada, la reja de la celdase abrió con un crujido metálico. Dos guardias corpulentos entraron mirándomecon furia. Habían visto el rastro de sangre en la pared.

¡¿Pre... ti... kahn?! —bramóuno, dándome una patada tremenda en las costillas que me dejó sin aire.

Me molieron a palazos. Me golpearonhasta dejarme la espalda ensangrentada y los labios partidos. Aprendí lalección a la fuerza: para los guardias, yo era mercancía cara; intentar dañarmea mí mismo era dañar su propiedad, y eso se pagaba con dolor.

Cuando los guardias se fueron,dejándome tirado en el suelo hecho una masa de moretones, la chica volvió aacercarse despacio. No me habló, solo me dejó un cuenco con un poco de agualimpia cerca de la mano.

Me quedé mirándola, masticando mipropia sangre. No iba a quedarme aquí a ser el juguete de nadie. Esperé a quecayera la noche profunda y todos durmieran. Con cuidado de no hacer ruido conlos grilletes, me arrastré hacia los barrotes. Forcé mi propio cuello contra elespacio entre dos tubos de hierro, bloqueando mi tráquea, usando el peso de micuerpo para asfixiarme a mí mismo.

El proceso fue lento, agónico. Mispulmones ardían, mi cerebro suplicaba por oxígeno. Aguanté. Aguanté hasta quela oscuridad me tragó por completo.

«Ahora sí... despierto en elbosque...»

Un tirón violento me sacudió. Abrílos ojos de golpe, dando un jadeo salvaje.

Esperaba ver árboles, el cielomatutino, sentir el olor a musgo. Pero lo primero que llenó mis fosas nasalesfue el hedor a sudor y orina. Mis manos no tocaban tierra; tocaban la piedrafría. Miré hacia arriba. Los mismos barrotes de hierro. La misma celda.

El horror me congeló la sangre. Metoqué la frente; no había herida, no había moretones de los palazos. Habíaregresado en el tiempo, sí... pero solo unas horas. El maldito "punto deguardado" se había actualizado en el momento exacto en que los guardias mearrojaron dentro de la celda.

Estaba atrapado. El escape de lamuerte ya no servía para huir del cautiverio.

Pasaron los meses. El tiempo sevolvió una masa gris de hambre y abusos. Tras aceptar que no podía escaparmuriendo, mi paranoia hacia la chica desapareció por puro cansancio. Se llamabaMila. Ella fue la única que no me dejó morir de inanición. Compartía suscostras de pan conmigo y, por las noches, empezó a enseñarme palabras básicasseñalando cosas.

—Ua...— decía ella, señalandoel charco de agua de la celda.

—Agua... — repetía yo, con la garganta seca.

Ella me enseñó el idioma parasobrevivir. Mila se convirtió en mi único lazo con el mundo real, mi únicaamiga. Hasta que llegó aquella tarde de tormenta.

Mila no aguantó más el hambre.Consiguió una ganzúa vieja de los trabajos forzados y trató de abrir la rejadel patio durante el cambio de guardia. Yo le rogué con la mirada que sedetuviera, pero la desesperación la había vuelto loca. No llegó ni a los tresmetros.

Un guardia la descubrió. Escuché elgrito del hombre, el sonido de las botas y, antes de que pudiera parpadear, unalanza larga de hierro le atravesó la espalda, saliendo por su pecho en unestallido rojo.

Mila cayó al suelo de rodillas,mirándome con los ojos abiertos, perdiendo la vida bajo la lluvia.

Algo dentro de mí se rompió parasiempre. Agarré la daga oxidada que había logrado mantener oculta entremis harapos durante meses y, antes de que los guardias me atraparan, me laclavé directamente en el corazón.

«Voy a salvarte», pensé. «Tengoque regresar antes de que salgas al patio».

El tirón del reinicio me sacudió elalma. Abrí los ojos de golpe.

Pero no estaba en la celda por lanoche. Estaba tirado en el barro del patio. La lluvia me caía en la cara. Y asolo un metro de mí, el cuerpo de Mila caía al suelo con la lanza atravesada enel pecho, mirándome con ojos moribundos.

—No... no, no, no... —balbuceé,arrastrándome hacia ella, tomando su cabeza entre mis manos. Su sangre calienteme manchó los dedos—. ¡Regresa! ¡Tengo que regresar antes!

Desesperado, tomé la daga del suelo yme corté el cuello ahí mismo ante la mirada atónita de los guardias.

Reinicio.

Abro los ojos. El barro. La lluvia.El sonido de la lanza atravesando su carne. El cuerpo de Mila cayendo en misbrazos.

Reinicio.

Abro los ojos. Siento sus últimosespasmos. Su cuerpo enfriándose en mis manos bajo la lluvia.

El Punto de Guardado se habíaactualizado exactamente un segundo después de que el guardia lanzara elataque mortal. No importa cuántas veces me suicidara; el maldito poder meregresaba siempre al instante exacto de su muerte. Estaba condenado a verlamorir, una, otra y otra vez, en un bucle infinito de sangre, impotencia y lluvia.