Capítulo 1
Antes de que el tiempo tuviera nombre, el firmamento no era un vacío, sino un lienzo de fuego sagrado.
En un mundo saturado de magia, donde los monstruos y las criaturas de cuento ya no despertaban el asombro de nadie, la vida transcurría con una monotonía pesada. A las afueras del Sacro Imperio de Cenzolo —Centzonxolotlan—, existía una aldea llamada Rur-Kotan (ルㇿコタヌ), un rincón olvidado por el brillo de la capital. Allí vivía Ertan Sorkaya (Эртан Соркая). El joven, de complexión delgada, piel canela vibrante y un cabello largo y puntiagudo que caía en mechones desordenados sobre su rostro, permanecía de pie en medio de su hogar. Miraba hacia la nada, atrapado en un bucle de pensamientos que no lograba aterrizar.
Tenía que decidir entre asistir al entrenamiento de la caballería o quedarse ahí, dejando que las horas se diluyeran como tantas otras veces, sin un propósito claro. Le dio más vueltas de las necesarias, no porque la elección fuera crucial, sino porque ninguna de las dos opciones le despertaba el más mínimo interés. Al final se movió; no por convicción, sino porque quedarse quieto empezaba a sentirse igual de vacío.
Se vistió con una lentitud casi dolorosa, como si cada prenda pesara el doble. El suéter negro de manga larga, confeccionado en cuero, se ajustó a su torso con un leve crujido, haciendo resaltar las franjas blancas que rodeaban sus bíceps. Con cuidado, acomodó el arnés en forma de X que sostenía su arma reglamentaria, un rifle de soldado modelo Steyr-Mannlicher M95/30. En el centro de su pecho, el núcleo mágico emitió un pulso tenue y rítmico, casi imitando un segundo corazón: bastaban dos pulsaciones para levantar el escudo; dos decisiones rápidas para aferrarse a la vida. Tras ponerse el pantalón de mezclilla café mostaza, se ajustó el cinturón cruzado del que colgaba la Espada de la Cruz de la Victoria. Se detuvo un segundo a observar el grabado en latón: Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus. Hubo un tiempo en que esas palabras le infundían respeto y deber; hoy, no le provocaban absolutamente nada. Se calzó las botas de cuero gastado y cruzó el umbral.
El aire gélido de la mañana le golpeó el rostro sin contemplaciones. Afuera, rompiendo la quietud, lo esperaba su capitán y entrenador, Asika Vortas (Асика Вортас). Asika era un hombre esculpido por los estragos de la guerra, de barba canosa y uniforme impecable, cuyo brazo derecho había sido reemplazado por una prótesis de tombaga. La superficie dorada del metal no brillaba con elegancia, sino con una opacidad densa, cargada de una historia que prefería no contar.
—¡Llegas tarde otra vez! ¡Es la octava vez en este mes! —la voz del capitán tronó en el aire, pero detrás del grito no solo había furia; había un cansancio viejo, una preocupación genuina que se disfrazaba de disciplina—. ¡¿Qué demonios te pasa por la cabeza, Ertan?!
Ertan lo miró de reojo, con una apatía que habría desquiciado a cualquiera.
—No volverá a pasar —murmuró, apagado, fijando la vista en el suelo para evitar los ojos del viejo.
Asika apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración al ver a un muchacho tan joven tirar su vida por la borda. Se hizo a un lado con un bufido áspero.
—¡¿Eres estúpido o te haces?! —gruñó, aunque el tono llevaba un matiz de derrota—. Entra de una buena vez antes de que pierda la paciencia y te acomode la cara.
Ertan obedeció sin chistar, arrastrando los pies hacia el campo de entrenamiento. Asika comenzó la lección del día sobre combate cerrado. Desglosaba cada guardia y cada estocada con una precisión militar impecable, pero para Ertan las palabras del capitán eran solo un eco distorsionado, un ruido de fondo. Sus ojos se desviaron hacia una mariposa que revoloteaba cerca del perímetro. La siguió con la mirada, perdiéndose en una duda existencial: ¿volaba por voluntad propia o solo seguía una inercia biológica? ¿Había un propósito en su aleteo, o simplemente se movía porque no sabía hacer otra cosa? Se preguntó si él no estaba haciendo exactamente lo mismo. Las órdenes de Asika llegaban, sus músculos respondían por puro reflejo, pero su mente estaba a kilómetros de distancia.
Mientras tanto, lejos de esa burbuja de apatía, los engranajes del Imperio de Yuka-Tkare (𑀬𑀼𑀓𑀢𑁆𑀓𑀸𑀭𑁆) se movían con una disciplina aterradora. La legión Ñke-Wakam (𑀜𑁆𑀓𑁄𑀯𑀓𑁆𑀱𑁊) había marchado desde la capital, Spāre (𑀲𑁆𑀧𑀸𑀭𑁆), avanzando con una parsimonia implacable, como si supieran que el destino de la frontera ya estaba escrito y firmado.
Pasado el mediodía, buscando forzar a los cadetes a espabilar, Asika los llevó a las praderas colindantes para una práctica de caza menor contra los Alp (ᚁᚊ). A simple vista, aquellas criaturas parecían inofensivas masas informes que se arrastraban torpemente entre la maleza. Sin embargo, en los frentes de guerra se les conocía como los "parásitos del aliento": entidades rastreras que se alimentaban de la energía vital y devoraban los sueños de cualquiera que bajara la guardia.
—¡Fuego a los rezagados! —ordenó Asika, vigilando los flancos—. Individualmente son escoria, ¡pero si permiten que se agrupen, les van a drenar el núcleo mágico en cuestión de segundos!
Ertan dio un paso al frente, encaró el rifle con una técnica perfecta y disparó. El Alp maldito estalló, deshaciéndose en una brea oscura que la tierra absorbió de inmediato. Volvió a amartillar, disparó de nuevo. Mismo resultado. Era un tirador letal, pero operaba en modo automático.
Asika se le acercó por el costado, observándolo con una mezcla de orgullo reprimido y honda amargura.
—Buen tiro, Sorkaya —dijo el capitán, bajando la voz, despojado por un momento de su fachada gritona—. Pero estás actuando como si tu cuerpo estuviera aquí y tu alma ya se hubiera muerto.
Ertan no replicó. Se limitó a limpiar el cañón de su Steyr-Mannlicher y desvió la mirada hacia el horizonte. Había algo extraño en el ambiente. No era un peligro visible, sino una presión invisible que erizaba los vellos de la nuca, un presentimiento amargo que se rehusaba a tomar forma.
El camino de regreso a Rur-Kotan se cubrió de un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a articular palabra cuando las primeras columnas de humo negro rasgaron el cielo, ni cuando el olor llegó poco después: un tufo denso, acre, inconfundible a carne y madera quemada. Al coronar la colina, el horror les deshizo las entrañas.
La aldea de Rur-Kotan ya no existía. Solo quedaban escombros devorados por las llamas, vigas colapsadas y los últimos lamentos de una población que ya no pedía auxilio, sino que se ahogaba en su propia sangre.
Ertan se congeló. Sus ojos vagaron desesperados intentando localizar los restos de su hogar, algún árbol conocido, cualquier punto de referencia que le devolviera la cordura y le dijera que aquello era una pesadilla. No encontró nada. El fuego lo había homogeneizado todo. Era como si el mapa hubiera sido borrado.
Frente a la carnicería, la legión invasora presenciaba el caos con una serenidad militar que helaba la sangre. Y detrás de las filas enemigas, se alzaba una aberración que desafiaba toda lógica humana.
El Bakunawa (ᜊᜓᜃᜓᜈᜏ).
Su sola presencia distorsionaba el espacio, obligando al aire a volverse denso y pesado a su alrededor. La mítica criatura se desplazaba entre las estructuras calcinadas con una gracia aterradora, como si el fuego fuera su elemento y no su destrucción. En las leyendas de otros pueblos, el Bakunawa era el devorador de lunas, una deidad caótica que no respondía ante reyes ni imperios; algo a lo que se le rezaba o se le temía desde el refugio de una cueva. Verlo allí, reducido a una simple pieza de artillería viviente, obedeciendo órdenes de hombres mortales, era una blasfemia que quebraba cualquier esperanza.
Asika dio un paso al frente. Sus ojos de veterano escanearon la escena y asumieron la realidad en un milisegundo: estaban superados en número, en poder y en posición. No había victoria posible.
—¡Dispérsense! —bramó el capitán, y esta vez su voz no buscaba disciplinar, sino salvarlos—. ¡Huyan! ¡Repliégense a la capital, a Centzonxolotlan! ¡Muévanse!
Era una orden de retirada. Una orden para darles el mañana que a él ya se le había terminado.
Pero Ertan permaneció estático, con las pupilas dilatadas, atrapado en el limbo de la negación. Su mente se negaba a procesar las cenizas de su mundo y sus piernas no respondían.
De repente, un violento tirón lo arrancó de su parálisis. Asika lo había sujetado con fuerza del cabello, obligándolo a sostenerle la mirada. En los ojos del viejo capitán ya no había rastro de la furia militar; lo que Ertan vio en ese rostro curtido fue una desesperación profundamente humana, el miedo pavoroso de un maestro —de un padre adoptivo en el fondo— que se niega a ver morir a su alumno.
—¡Mírame, muchacho! —le gritó Asika, con la voz quebrada por la urgencia y la emoción—. ¡O sales vivo de esta puta carnicería, o juro por mi madre que yo mismo bajo al infierno a buscarte! ¡No te voy a dejar descansar ni muerto, ¿me oyes?! ¡Así que corre! ¡Sobrevive...! ¡Y haz que mi maldita muerte valga algo!
La mano de tombaga del capitán tembló levemente sobre el hombro de Ertan, transmitiéndole un calor metálico y desesperado.
—Tienes toda la vida para quebrarte después, Ertan. Ahora no. ¡Corre!
Con un rugido de rabia pura, Asika lo empujó con todas sus fuerzas hacia el sendero trasero.
Ertan tropezó, dio un paso en falso, luego otro, hasta que el instinto primario de supervivencia se encendió en sus músculos y empezó a correr como nunca antes lo había hecho. A sus espaldas, el infierno se desató por completo: el chocar del acero, los estallidos de la magia elemental, los gritos de guerra de sus compañeros y el rugido ancestral del Bakunawa, que resonaba no como el de una bestia salvaje, sino como el lamento de un dios encadenado y obligado a matar.
Ertan no miró atrás. No por cobardía, sino porque comprendió que si giraba la cabeza un solo segundo, la poca fuerza que le quedaba en las piernas se evaporaría en el humo.
Corrió sin detenerse, devorando kilómetros en la penumbra, hasta que el resplandor de los incendios dejó de teñir las nubes y los ecos de la batalla se ahogaron en la distancia. Cuando finalmente sus pulmones colapsaron y se detuvo, la oscuridad de la noche forestal lo envolvió por entero.
Su respiración era un silbido errático y doloroso; sus manos temblaban incontrolablemente. Se llevó una mano temblorosa al pecho: bajo la tela texturizada del cuero, su núcleo mágico seguía latiendo con la misma constancia obstinada de siempre.
Y entonces, en medio de la negrura y el silencio, Ertan experimentó algo que no había sentido en años.
No fue una furia ciega. Tampoco un valor heroico.
Fue dolor.
Un dolor agudo, punzante y devastador que comenzó a desgarrar la gruesa capa de apatía que lo había mantenido anestesiado del mundo. Las lágrimas, calientes y silenciosas, finalmente limpiaron el hollín de sus mejillas.
Miró hacia el horizonte oscuro. No tenía un rumbo fijo. No sabía cómo cruzar las tierras enemigas, ni qué demonios haría si conseguía llegar con vida a los muros de la capital.
Sin embargo, mientras daba el primer paso firme hacia la penumbra, una certeza débil pero inquebrantable comenzó a arder en su interior. Asika le había regalado un mañana, y él no iba a permitir que esa sangre se secara en vano. No iba a olvidar.
Ahora el mundo le importaba. Y esa herida abierta lo volvía increíblemente vulnerable... pero también, la criatura más peligrosa de la frontera.