La Elegida
La luz de la puerta del establo se cortó de golpe, y una silueta alta y ancha llenó el vano hasta tragarse la claridad de la tarde. No era un hombre cualquiera el que se recortaba contra el sol; era una presencia, algo que entraba antes que él y que hizo resoplar a la yegua más cercana como si también ella reconociera la cercanía de un cazador.
Él se quedó en el umbral, con ropas tan sencillas que cualquiera lo habría confundido con un caballerizo más, de no ser por la forma en que la autoridad trascendía en él sin que hiciera nada por mostrarla. Llevaba un buen rato observándola sin que ella lo advirtiera, y esa era justamente la clase de ventaja que más saboreaba: mirar a una mujer mientras se cree sola, cuando todavía no ha compuesto el gesto para los ojos de otros.
Afuera, la capital entera hervía con el perfume de doscientos sueños de ambición y de azahares. Marcaw, la joya del imperio, su capital, se vestía de gala para la Ceremonia de la Elegida, y entre el rumor de las faldas inmensas y el aleteo nervioso de los abanicos, aquella muchacha había buscado el único rincón donde, para ella, era natural respirar. Los establos olían a heno dulce, a sudor de caballo y a cuero aceitado, y ella se movía entre las cuadras con una gracia propia de quien no se sabe observada, ajena al torbellino de doncellas que se alejaba hacia los jardines.
Tenía el cabello del color del trigo viejo, suelto a medias sobre unos hombros de una blancura que el rubor de las mejillas teñía como tiñe el primer sol a la nieve. Acariciaba el cuello de un alazán con una familiaridad que ninguna noble bien criada se habría permitido, hablándole por lo bajo, y al desconocido le bastó verla así un instante para sospechar que la fragilidad de esa muchacha estaba en la superficie, pero que debajo había otra cosa, agazapada, esperando.
La oyó despedir al viejo caballerizo con una calidez que no tenía nada de fingido. «La yegua es de buen temperamento, mi señora», dijo el hombre con la cabeza gacha, y ella le respondió que se lo agradecía, que la belleza debía ir siempre de la mano de la bondad. Lo dijo sin la entonación hueca de quienes recitan fórmulas aprendidas, y eso le interesó, saber que lo decía de verdad.
Esperó a que el caballerizo se alejara entre reverencias y se acercó. Sus pasos sonaron secos sobre el silencio de la cuadra.
—Un animal magnífico. Buena elección.
Su voz era grave, como arena derramada sobre seda. Ella se volvió, y la luz de la antorcha le cayó de lleno en la cara. La serenidad de aquel rostro lo alcanzó primero, pero lo que de verdad lo golpeó vino enseguida, una punzada baja y sorda que lo dejó persuadido de que ella debía haberla sentido también.
—¿Me permitís acompañaros en vuestro paseo, mi señora?
Era una cortesía y los dos lo sabían, porque sus ojos grises, despojados de toda formalidad, eran los de quien está hecho para tomar lo que desea sin molestarse en pedirlo. Ella lo recorrió entera con una curiosidad que temía resultar descarada, deteniéndose en la mandíbula firme bajo las ropas modestas y en esa mirada que la desnudaba sin el menor disimulo.
—No quisiera ser una carga —contestó.
—Una carga, jamás. Un alivio para la monotonía. —Y el nombre que le ofreció fue tan falso como la humildad de su atuendo—: León, para serviros.
Ella hizo una breve reverencia.
—María Vladímirovna.
Sin más palabras, él ensilló su propio corcel, un animal oscuro y nervioso que obedecía al menor apretón de sus muslos, y salieron juntos a la luz blanca de la tarde.
El silencio entre ambos se volvió espeso a medida que dejaban atrás las cuadras. Él cabalgaba medio paso por detrás, con la vista clavada en la nuca de ella, en el vello fino que se le rizaba con la humedad de la piel, pero lo que de verdad lo desarmaba era la manera en que el cuerpo de aquella muchacha se fundía con el del animal. No iba sentada de lado, como manda el recato, sino a horcajadas, y montaba como si hubiera nacido sobre una silla.
—Montáis con una destreza poco común —dijo, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
Ella no volvió la cabeza.
—Mi padre dice que no es propio de una dama. Pero en la intimidad de nuestros bosques, ¿quién va a juzgarme?
Él no respondió. Prefirió estudiarla, y entonces lo vio: un apretarse involuntario de las piernas contra el flanco de la yegua, el roce de la tela contra el cuero de la silla, la respiración que se le quebraba un instante antes de que ella, con un tirón suave de las riendas, se adelantara a un trote más vivo. No huía de él. Huía de sí misma, de algo que le nacía por dentro, y a él le costó no sonreír al comprender lo que pasaba entre las piernas de esa muchacha.
La alcanzó en un recodo del camino, donde ella debió detenerse, agitada, con las mejillas encendidas y las piernas todavía temblando contra el cuero. Acercó su caballo hasta que el calor de su propia presencia se cerró sobre la de ella, y en el rostro de la muchacha un destello de pánico mezclado con otra cosa le sorprendió, algo oscuro y líquido y ardiente que lo dejó sin aire.
¿Será posible?, pensó, mientras la sangre le subía como brasa. ¿Esta doncella esconde una fiera a punto de despertar?
María apartó la vista y se acomodó el vestido con manos que querían parecer serenas, aunque el temblor de sus yemas la traicionaba.
—Más adelante hay un claro —dijo él con un gesto de la cabeza—. Podemos descansar.
Al desmontar, las manos de ambos se rozaron, la de él grande, áspera, caliente, la de ella pequeña y suave, que al sentirla desparramó un escalofrío que le recorrió el brazo entero. Se sentaron sobre un tronco caído. El bosque olía a tierra mojada y a flor de tilo.
—Decíais que no sois una carga —empezó él, arrancando una brizna de hierba que deshizo entre los dedos sin mirarla—, pero vuestro silencio en el camino pesaba como una armadura. ¿En qué pensabais?
Ella jugueteó con un pliegue del vestido.
—Es la libertad. Lo extraño que es sentirla tan cerca, con la atención del reino entero encima.
—Una libertad peligrosa, imagino.
—¿Y ningún joven caballero ha intentado robárosla?
María sonrió con una sombra de tristeza.
—Mi corazón es mío. Estoy aquí por deber. El feudo donde vivo queda lejos de las grandes ciudades, allí no hay caballeros que me reclamen. Vine por la ceremonia, lo que por fortuna me hace una más entre doscientas. Por eso quiero aprovechar estos días, mientras el aire todavía sabe a posibilidad. —Y mientras lo decía le volvió a la memoria la voz de su hermano Alejandro la mañana de la partida: mantente invisible, deja que otras ambicionen.
—¿Tan poco os estimáis? —preguntó él, y la curiosidad era auténtica.
—No es falta de estima. Es realismo. —Por primera vez lo miró de frente, y en los ojos le ardía esa chispa que él le había encendido casi sin proponérselo—. El rey Basilio es un guerrero. Buscará una reina poderosa, y yo soy solo la hija de un boyardo del sur que sabe montar a horcajadas y soñar entre los árboles.
Él dejó pasar un largo momento. El sol se filtraba entre las hojas y le jugaba en las hebras del cabello.
—Quizá el rey esté cansado de la corte y de la diplomacia —murmuró, y lo dijo como quien desliza una advertencia.
Dejó que la tensión se acumulara entre ellos, espesa como la savia bajo la corteza, y la miró sin apuro.
—Quizá lo que busca es un claro en el bosque donde despojar a alguien de su falsa inocencia.
María no respondió. Bajó la vista a sus propias manos, todavía tibias del roce de las de él, y algo en su pecho se negó a calmarse. Tendría que haberse levantado en ese momento, montar y regresar con las otras doscientas, con sus abanicos y su ambición prudente, y olvidar que aquel desconocido existía. Lo sabía tan bien como sabía montar. Pero sin embargo no se movió, y al no moverse comprendió que algo se le había soltado por dentro esa tarde, eso mismo que su hermano le había advertido que guardara bajo llave, y que ya no iba a saber cómo volver a encerrar.








