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MI appartieni - Jenlisa

Summary

Pertenecer a la aristocracia seguro que era un pase a muchos beneficios y lujos en una época convulsa. Gozar de buen vestir, de una vivienda que se jacta de arquitectura neoclásica y disponer de cualquier capricho que le gustase, no era lo que le garantizaba a Lisa la plena libertad. Tampoco le otorgaba ese sentido de pertenencia que parecía escaparse de su entorno solitario y marchito. Al final, ¿qué le pertenecía realmente que pudiera sustraerse del peso del apellido Cerratti? Criada bajo la religión católica y los labores del hogar que iban desde el calor de la cocina, el lavado y largos paseos por el campo que no eran más que para la encomienda de sustentar los servicios de la casa, era la única realidad para Jennie. Entregada a una cosecha de vides y una familia que intentaba reponerse de la quiebra no le llevó a menos que proveer algunas liras a través del pan y de lo que nadie sabe que oculta en una sacristía. Lo que para ella era de la normalidad de su vida, pronto choca con la verdad que le detendría: que nada de lo que hacia le pertenecía, y ella tampoco pertenecía a ese destino impuesto. La vida de ambas jóvenes se cruzó en una noche de tormenta. Sin sospechar que el destino las obligará a reencontrase veinte años más adelante. Pero, ¿podrán estas jóvenes pertenecerse en la libertad de un amor que era una infamia para la época?

Status
Ongoing
Chapters
53
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝒫𝑅𝒪𝐿𝒪𝒢𝒪

Valle dei Molini Costermano, Verona Italia 1905

La calesa avanzaba a duras penas rumbo a una pendiente que le hacia más pesado su ascenso. El traqueteo constante, ante la rigurosidad del camino empedrado, terminaba por simular un movimiento brusco cual parecía terminar con el desarme del empobrecido y viejo carruaje de madera. El cielo parecía desplomarse soltando una lluvia brava volviendo el paisaje en un borrón gris.

Desde el pescante, un joven fustigaba las riendas de cuero curtido con la desesperación de quien quiere llegar a casa ante la tarde menguante que ya no le permitía ver camino. Tal pensamiento le crispó el cuerpo ya enjuagado en el agua, sintiendo la fría madera bajo su cuerpo castigarlo con otro traqueteo. Y luego un clamor de quien pide pausa se filtraba desde la cabina, donde apenas el cuerpo de una mujer reposaba en unos cojines de arpillera, donde algunas gotas de lluvia se filtraban por las cortinas burdas de lona y empañaban su rostro exudado.

—¡Paulo! —aquel nombre desgarró la garganta de la joven cuyo cuerpo no soportaría otro bache que terminaba con una punzada bajo su vientre—. ¡Ya no puedo más!

—¡Tranquila, Lucia! ¡Resiste, anima mía!

El desespero volvió contra el carruaje, en las riendas. La mula, de lomo hundido y respiración ronca, inclinaba la cabeza tomando impuso hasta que la calesa terminó la pendiente quedando en camino recto. Allí donde Paulo, aquel joven, avistó como una luz amarillenta, temblorosa, se acostaba con suavidad sobre el camino empedrado. Siguiendo su punto de partida, le dio forma a una cabaña empedrada de techo de paja.

—¡Ayuda! —De un tirón haló las riendas de cuero, frenando la mula. Yendo a la parte trasera miró a través de la cortina a su amada—. ¡Ya estamos a salvo, vita mía! He dado con una cabaña para reposar.

No bastó a que el desespero ante la imagen de su amada que no lograba mantener vista fija, con evidente dolor que volvía trémula su boca, le llevara a tocar con urgencia la madera de aquella cabaña. Hasta que la luz se expandió al abrirse la puerta, dando paso a una joven de cabellos oscuros quien le miró con recelo.

—Mi amada, mi Lucía… Necesita reposar, está en estado. Necesitamos de su ayuda, per favore.

La duda y desconfianza en la joven, se evaporó al instante que un alarido lleno de dolor proveniente de la calesa, le hizo mirar a su dirección.

—Creo que es el parto… el bebé —la angustia tiñó el rostro de Paulo, con el terror de lo que aquello significaba.

La joven de la cabaña no gesticuló palabra alguna, con un asentimiento dio paso. Y de un momento a otro ya se encontraban dentro, con el escaso calor de una fogata que ya se apagaba ante la falta de leña. Con la luz amarillenta de un par de velas. Con la joven Lucia reposada en un camastro de paja, pobre en cobijas y su cuerpo bañado en un sudor y temblor que no era buen presagio.

—No es su momento de parto —por primera vez habló aquella joven, y ante la gravedad de su tono y lo comunicado, Paulo deseo que no hubiera hablado—. Yo he dado a luz hace poco, y mi cuerpo no decía lo que el de esta joven grita.

Paulo se arrastró hasta la joven, quien yacía al lado de Lucia posando un pañuelo húmedo para tratar de bajar la calentura en el cuerpo. Juntando sus manos, arrodillado, suplicó por la vida de su amada y su hijo.

Per favore, ayúdeme. Ayúdela… Le pagaré.

En un acto de desespero, Paulo tomó un bolso hecho de saco sacando unas joyas que dispuso a la vista de la joven. Cierto pensamiento en la joven, le hizo desviar su atención a los ojos llorosos de Paulo, y luego al rostro perturbado de Lucia que murmuraba inentendible. Y con un asentimiento, prosiguió.

Pronto la noche cayó, la lluvia continuó acompasada por los truenos, por los gritos de Lucia, y el dolor que acallaba Paulo al sentir las uñas de su amada hincarse en su antebrazo. Sobre la pared ocre se mezclaban las sombras alargadas de ella, de la joven, y luego el llanto de un bebé apenas acallado por el contexto bullicioso. Paulo atrapó un jadeo tomando en un pañuelo al bebé. Sus ojos llorosos avistaron la vida, la promesa de felicidad al lado de Lucia y una criatura que parecía reconocerle acallando su llanto.

Pero otro llanto vibró y la sombra de otro bebé se formaba en la pared. Paulo, al girar su cuerpo, la sorpresa se acentuó en la boca de su estómago. Eran dos. Dos hijos con Lucia. El hecho que los llevó a huir colinas arriba deBardolino, no pudo apagar la alegría con la cual se aventuró hasta posarse al lado de Lucia.

—Son hermosos, Paulo —la voz de Lucia parecía un silbido de la brisa adentrándose por una ventana rota—. Y son nuestros.

—Nuestros, Lucia… —Se acercó llevando sus labios sobre una frente sudorosa, elevada en temperatura, depositando un beso y dejando caer una lágrima.

Al sentir un movimiento tras él, volvió su rostro sobre su hombro. Allí, envuelta en una manta desgastada, yacía la joven con otro bebé.

—Apenas cumplirá un mes mi bebé —informó ante la mirada de Paulo—. Apenas…

La mañana trajo una luz gris. Paulo entendió que aquel viaje había agravado la salud de Lucia. Esta aún seguía en cama y aquella fiebre de leche no abandonaba su cuerpo que tembloroso permanecía. Su mirada perdida por la ventana, esperaba la aparición de la joven, esa quien no encontró por la casa al despertar y quien había dejado a su bebé de casi un mes con una nota sobre él.

“Le he dado la vida, pero no creo poder alimentarle… Espero por el perdón de Dios y porque puedan darle algo a mi bebé”.

Le había dejado. Le había ayudado a traer al mundo a sus dos bebés a cambio de mantener y criar el suyo.

La situación parecía complicar su aventura que no era más que una condena que el padre de Lucia sentenciaría, y lo sabía. Sus pensamientos crecientes en mal augurio, fueron espantados cuando una corriente de aire golpeaba la puerta que se meció crujiendo. Sentía el correr de la brisa como quien huye de un mal que intenta alcanzarlo. Tan solo ese pensamiento de la brisa corriendo del sur, de donde venían, le hizo correr la ventana y postrarse al lado de Lucia quien amamantaba a uno de los bebés. Los otros dos yacían en la habitación contigua a la espera de su turno, junto a la fogata recibiendo calor.

—Perdón, Lucia.

La culpa comenzaba a asentarse en el cuerpo de Paulo, tomando la mano de Lucia entre las suyas, la dejó presionada contra su boca mientras un llanto se avecinaba estrangulando su garganta. Cuando la puerta se azotó en férreo golpe. No bastó en ponerse de pie cuando ya recibía un puño que se estrellaba contra su pómulo desequilibrando su cuerpo que cayó de bruces.

—¡¿Pensaste que te podrías esconder de nosotros, Falcone?! —Paulo alzó la vista advirtiendo a los Cerratti vestidos de negro: los hermanos y padre de Lucia, junto a otros hombres hacerse de la escena—. Tu calesa grita Falcone por todos lados, en la madera astillada, la mula vieja, y la pobreza que desbordas y con la cual esperabas condenar a mi hija.

Antes de que su voz hiciera eco en aquel lugar, todo se volvió negro para Paulo. Su cuerpo trató de defenderse, de acercarse al camastro donde yacía lucia y donde Constanzo Cerratti se acercaba tomando al bebé. Dándole una mirada que parecía escupirle.

—Lleven a Lucia al carruaje cuando terminen con él.

—No. No se la… Agrr…

Su mano alzada con la que pretendía hacerse de la de su amada que salía del camastro y se extendía en una palidez, saltó con premura hacia su pierna derecha, sujetando otra que le pisaba con rudeza sobre su rodilla.

Quizá el dolor, los golpes, la realidad cual parecía una pesadilla, le nubló la existencia a Paulo dándole tregua. No fue hasta que cierto llanto, hasta que cierta claridad, le hizo despertar sintiendo el sabor metálico de la sangre y dolores que parecían extenderse por todo su cuerpo. Como un animal herido, Paulo se arrastró por el suelo de tierra, hasta alcanzar el umbral de la habitación contigua.

Sus ojos, nublados por el llanto y los golpes, se posaron en las cestas de mimbre. El corazón se le detuvo: allí donde antes había un trío de respiraciones compasadas, ahora solo quedaba un eco incompleto. Dos bultos pequeños se removían bajo las mantas, pero la tercera cesta estaba volcada, vacía como un nido saqueado.

Cerró los ojos soltando un gemido que no era humano. Se habían llevado a Lucia, su luz y su cordura, y con ella, se habían llevado una parte de su descendencia sin siquiera saber a quién robaban. En ese instante, rodeado por el frío de una cabaña ajena y el llanto débil de los que quedaron atrás, Paulo Falcone comprendió la magnitud de la maldición: el amor le había dado la vida, pero el apellido Cerratti acababa de condenarlo a una muerte lenta que duraría el resto de sus días.

©Mi appartieni

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