Prólogo
Mis tacones resuenan contra el piso de la catedral. Al ser cerca de la medianoche, el lugar está casi vacío. Me detengo a la mitad del pasillo, admirando lo amplia que es: cada detalle antiguo, los majestuosos vitrales decorados con imágenes religiosas… toda ella es una obra de arte construida por la mano del hombre.
El olor a incienso me trae recuerdos hermosos, aunque vienen acompañados de sentimientos amargos. Camino hasta el altar de las velas para encender una, pero no me detengo a hacer ninguna plegaria. Aguardo a que el confesionario se desocupe para poder entrar. Apenas puedo distinguir el rostro masculino detrás de las rejillas; seguramente él tampoco puede notar el mío, debido al pequeño velo negro que llevo como tocado.
—Bendígame, padre, porque he pecado, y ha pasado mucho tiempo desde mi última confesión —anuncio con una voz tan suave como el terciopelo.
—Aquí estoy, hija mía, para escucharte —su voz, masculina y rasposa, resuena en el interior de ese espacio estrecho.
—He perdido la batalla contra el pecado de la ira. No he sido capaz de perdonar a mis enemigos.
Aprieto con fuerza la tela de mi vestido, justo sobre mi regazo.
—El odio solo se convierte en más odio y, al final, todo eso terminará cayendo sobre ti.
Le noto el movimiento de las manos, que se rascan la cabeza, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Entonces, seguramente en el pasado alguien debió odiarme demasiado, y ahora está cosechando lo que sembró. ¿Incluso así seré castigada, a pesar de que mis acciones no son más que el reflejo de lo que otros hicieron antes?
Lo oigo suspirar con pesadez.
—Dios entregó a su Hijo a la humanidad, y fue Jesús quien soportó el dolor y la humillación. Aun así, murió cargando con todos nuestros pecados.
—Tal vez ahora esté arrepentido al ver en lo que nos hemos convertido.
Relajo las manos y aliso la falda de mi vestido con un movimiento sutil y lento.
—Todo lo que hacemos está dentro del plan de Dios. Todo está escrito, hasta que llegue el final de los tiempos y el nacimiento de un nuevo mundo.
En mis labios se dibuja una sonrisa apenas perceptible.
—Entonces, también está dentro de sus planes que continúe con mi venganza. Gracias, padre; ahora me siento mucho mejor. No olvidaré rezar diez avemarías.
Me levanto y salgo del lugar, pero escucho sus pasos que me siguen de cerca.
—¡No! Eso no fue lo que quise decir, hija mía.
Me detengo un momento y giro apenas la cabeza, alcanzando a ver su semblante perturbado. Mi vestido negro, ceñido al cuerpo, y mi tocado en forma de velo, no son prendas apropiadas para estar en la iglesia. Sé que hay algo en mí que lo incomoda profundamente.
—¿Qué cosa eres tú?
—Una creación, hecha a imagen y semejanza del demonio.
Continúo mi camino, y lo único que se escucha a mi alrededor son mis pasos, que retumban con fuerza en cada rincón de este santuario dedicado a Dios.