Prológo
Al norte del Reino de Montaumart, se encuentra una hermosa y bulliciosa ciudad mercante llamada Heartpond; la cual había sido erigida en el centro de un valle espectacular. Su ubicacion geográfica la hacía propicia para el comercio y para ser cosmopolita pues viajeros de todo el reino pasaban por allí. Aunque no fuera la capital del reino, tampoco tenía nada que envidiarle, realmente. Al suroeste de la ciudad se hallaba el gran bosque, allí se podían encontrar distintas especies de árboles que son la fuente primordial de la actividad económica de Heartpond, pues sus grandes aserraderos son conocidos por todo lo ancho de Montaumart. Desde grandes abedules hasta frondosos robles, desde altos álamos hasta increíbles cedros; distintos tipos de árboles constituían el gran bosque que alimentaba las despensas del pueblo; eran objeto de muchísimo valor pues sin ellas los artesanos no tendrían material con el que trabajar o los arquitectos no tendrían con qué construir bellezas arquitectónicas.
En el gran bosque también habían varias plantaciones de gusanos de seda, pues se trataba de otra gran importante actividad económica de la que dependían los ciudadanos de Heartpond. No solo creaban hermosas prendas sino también se dedicaban a la exportación de la misma. Por ello, había una pequeña guarnición cerca siempre pendiente de que nadie quisiera hacerle daño. Eran conocidos por ser los mejores en la sericultura.
Por los caminos empedrados de Heartpond iba caminando una sonriente semielfa, meneando su canasta llena de compras al son de una cancioncilla que iba tarareando. El sol inclemente como solo podía ser a principios de año, algunas gotas de sudor iban resbalando por su frente. Sin embargo, eso no la detenía pues sabía que tenía una misión muy importante en sus manos: las compras para el Festival de la Luna Azul. Cada tres años se celebraba por toda la ciudad, todas las posadas de Heartpond habían decidido compartir dicho evento y así evitar confrontaciones innecesarias. No importaba a la posada que fueras, pues cada una ofrecería bailes y banquetes. Sin embargo, todos sabían que los mejores festivales los organizaba The Glorious Pig. “Modestia aparte, ahí es donde trabajo” pensó divertida.
La semi elfo agradeció al viento por empezar a soplar, se sentía toda pegajosa. Volteo la vista hacia donde provenía la brisa. Al este de la ciudad de Heartpond se encontraba el Lago de los mil pasos, un destino muy aclamado por todas las parejas de dicha ciudad pues ofrecía cierta privacidad y espectacularidad. Había una gran piedra caliza en el medio del lago, tan grande como 3 burdeles juntos; allí se alzaba una palmera solitaria, muchos jóvenes iban nadando hasta allí para pasar largas horas juntos. El agua era tan cristalina que no importaba la profundidad, siempre se podía ver con claridad. Varios juncos crecían a las orillas del lago; y si ibas en la estación propicia podrías llegar a ver a las garzas y patos y a algunas ranitas. Achico la mirada y pensó en todas las veces que había ido allí, pero nunca duraba más que un soplo. Se lamentó por no tener tanta suerte en el amor como otros.
Desde que tenía memoria había vivido en la ciudad, nunca había tenido el valor suficiente para salir de sus puertas. Se sentía a gusto y a salvo; además no tenía el corazón para dejar a quienes quería, pues sentía que les debía tanto.
Volteo la mirada mientras escuchaba unas risas, eran unos adolescentes que planeaban causar problemas al este de la ciudad donde estaba la mina, era una curiosa y tonta tradición que tenían todos allí. Lograr pasar al campamento sin que la guarnición se diera cuenta. Se rió para sí, pues aunque era una tonta tradición, seguro era lindo sentirse parte de algo más grande que uno. Miro hacia el cielo, como anhelando algo que no sabía qué era exactamente, pero aún así su corazón se acongojaba.
Volvió a chequear la cesta, sentía como si algo se le estuviera olvidando, pero no recordaba que era. Se acarició la barbilla mientras repetía la lista y la comparaba con lo que había comprado. La dueña de la Posada había confiado en ella para esto, no quería fallarle; no solo porque odiaba fracasar sino porque la mirada de decepción de ella era algo que no podía afrontar. Se masajeó la frente, necesitaba tranquilizarse. Miró nuevamente al cielo y luego sintió su piel pegajosa, se sentía ligeramente sofocada.“Tal vez, un trago me vendría bien…Sí, así también puedo descansar de este inclemente sol…” pensó decidida mientras emprendía la marcha hacia aquella ansiada taberna.
Apartó la mirada mientras se adentraba en la zona de los burdeles, aún no se acostumbraba a ver a aquellas chicas semidesnudas posando provocativamente en los escalones. Aunque no las juzgaba, la hacían sentir incómoda. Detestaba tener que pasar por allí cada vez que quería ir a la taberna, lamentablemente era el camino más directo que había.
Allí vio como una gran construcción de piedra se alzaba imponente, atrayendo las miradas de todo aquel que se acercaba. El gran letrero todo estropeado colgaba pobremente; el dibujo de un par de tarros de cerveza chocaban entre sí. Un par de borrachos estaban dormitando en la entrada, negó con repudio ante aquella visión pues apenas eran las doce del mediodía como para ya estar así de mal. Entró con cuidado de no pisarlos, ella no lo sabía; pero algo iba a cambiar en su vida para siempre.