Capítulo 1 Renacer
Estamos en el siglo XIX más exactamente en el año 1832 en la Republica de la Nueva Granada, en esta época existían muchas supersticiones de creencias, porque las mujeres no tenían ni voz ni voto, sujetas siempre a las decisiones de los hombres. Donde se dictaba para ellas la obediencia y sumisión ante sus esposos, pues alguna mala postura podía ser causal para ser abandonadas, encerradas o en el peor de los casos acusadas de brujería para ser llevadas a una cruel muerte.
Pero en este tiempo en medio de la maleza en una de las dos casas grandes construidas a las afueras de la ciudad de Santiago de Cali, se encuentra una joven mestiza de una cabellera negra ondulada llamada Angélica, que está enfrentando un desafío más que le ha planteado la vida a su corta edad de dieciséis años. Esta joven se encuentra en pleno combate con los hombres del ejército que necesitan capturar al grupo de rebelde al cual pertenece, pero que ella misma decidió delatar por decisión propia ante las autoridades para redimir su camino.
Por toda la casa se escuchan las descargas de fusil, aunque también se ve como sus compañeros rebeldes que son igual de jóvenes que ella, tratan de defenderse junto al comandante un hombre mayor de cuarenta años. Parece que este enfrentamiento no va a terminar para nada bien, aunque para Angélica haber entregado información de la ubicación y decir al ejercito cuando debían llegar es el acto más correcto y sensato que ha podido hacer en estos últimos años de vida, ya que en su camino tuvo un acontecimiento catastrófico que cambio su rumbo y ahora solo quiere corregir en lo que se había dejado convertir antes de tomar la decisión de dejar este mundo.
El enfrentamiento sigue, aunque se nota que el ejército va ser el ganador ante los rebeldes, ya que los superan en números de hombre y armas, pero el comandante Cristóbal no pierde las esperanzas porque prefiere morir antes de ser capturado, ya que su arrogancia y prepotencia siempre lo ciegan ante la realidad. En medio de los balazos Angélica sale de la casa y se dirige al matorral donde encuentra atrás de una gran piedra a su otra compañera de lucha Mercedes. Ellas dos son las únicas mujeres del grupo, pero Angélica nota que ella tiembla de miedo y por ende ha quedado paralizada sin deseo alguno de moverse del lugar donde está, por ello la joven decide hablar para que se mueva y pueda huir de ese lugar sin ser lastimada.
-Mírame Mercedes, si quieres salir con vida debes dejar el miedo a un lado. – dijo Angélica.
-No puedo - respondió Mercedes con voz temblante - si tenemos suerte una bala del enemigo nos quita la vida y si no sabes las cosas horribles que nos pueden hacer.
-Tranquila, prometo que le voy ayudar a salir de aquí para que busque a sus parientes sin que nadie la lastime. – aseguró Angélica en un tono de certeza y tranquilidad.
-¡Cómo puedo buscarlos, si salgo de aquí viva no tengo dinero ni si quiera para poder comprar comida! – exclamó Mercedes con furia dejando salir algunas lágrimas.
-Debemos dirigirnos a la cueva – comentó Angélica con calma – el comandante Cristóbal tiene un escondite donde guarda monedas de oro para que salga de aquí y sobreviva.
Ante estas palabras Mercedes se convence de que tiene una esperanza y por esta razón decide que es momento de moverse y no dejar que el miedo la paralice. Toma la mano de su compañera Angélica para salir ambas corriendo hacia el lugar donde queda la cueva, protegiéndose cada una la espalda con el arma de fuego y los cuchillos que llevan consigo.
Después de atravesar varios obstáculos logran llegar a la cueva, las dos miran desde lejos acercándose poco a poco, porque no quieren sorpresas de soldados o de compañeros rebeldes. Cuando están completamente seguras que no hay peligro deciden entrar para comenzar a cavar un profundo hueco donde finalmente hallan un baúl el cual abren para encontrar las bolsas de monedas de oro. Al terminar de sacar las bolsas Angélica decide entregar todo a su compañera Mercedes, sin embargo, esta compañera de lucha no lo acepta porque quiere que Angélica se queda con alguna bolsa, pero ella le explica que el camino a donde se va a dirigir no necesita dinero. Finalmente, Mercedes deja de insistir para despedirse de Angélica con un tierno abrazo y luego corre para perderse ante el horizonte de los árboles.
Cuando Angélica está sola decide que es el momento para dirigirse a una pequeña quebrada cercana la cual había observado cada vez que salía de las casas a cumplir las misiones. Este lugar le parecía lleno de paz sin ningún brote de maldad, un sitio en donde su plan se podía realizar. Al llegar y estar al frente de la quebrada saca del costado del lado derecho el arma de fuego que pone en su mano izquierda y con la derecha sostiene una medalla que tiene la imagen de una cruz la cual ella acaricia suavemente con sus dedos.
De esta forma deja salir un suspiro que le deja sentir una gran calma en su corazón, así que por última vez da un vistazo a la quebrada admirando como el agua corre, para luego en su mente pedir perdón por decidir arrebatarse la vida con el arma que sostiene en su mano izquierda, pero la verdad es que ya no tiene nada que perder ni porque luchar, porque en su corta edad ha perdido todo hasta la esperanza.
Mientras Angélica admira la quebrada con serenidad a unos pasos atrás se encuentra un joven de piel blanca, cabellera negra con ojos color miel llamado Gabriel que la observa y se acerca lentamente. Sin notar la presencia de aquel joven Angélica sigue mirando la quebrada, pero cuando se dispone a colocar el arma en su cabeza es golpeada por Gabriel con un palo de madera, provocando que caiga inconsciente al suelo. En ese momento llega a la escena un soldado del ejército que al notar que el rebelde que esta tirado en el suelo es una mujer se llena de miedo, sin embargo, el joven Gabriel lo tranquiliza para que no diga nada y mejor lo ayude a sacar a esta joven mujer de ese lugar sin que sus otros compañeros del ejército se enteren que es una damisela, ya que ambos son conscientes de que todos los militares son hombres y como caballeros deben protegerla para que ninguno trate de sobrepasarse con ella, camino de vuelta al lugar de encarcelamiento.
Luego Angélica despierta en una celda de prisión con una venda y un fuerte dolor de cabeza, pero este dolor es opacado por el emocional, ya que se siente frustrada porque termino encerrada en aquel lugar. En ese instante se acuerda de su medalla para comenzar a buscarla, pero no la encuentra, lo cual empieza a desesperarla, sin embargo, ella decide en ese momento tranquilizarse para pensar que debe enfrentar este encierro y buscar una solución que le favorezca.
Cae la tarde y por el pasillo comienza Angélica a escuchar pasos firmes que se dirigen a su celda de prisión hasta que un soldado se detiene y abre la celda dando paso de entrada al joven Gabriel que llega con una expresión intimidante para indagar a Angélica sobre el grupo rebelde al cual pertenecía.