CAPÍTULO 1: El eco en las dunas
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo del desierto con un tono rojizo y violento que anunciaba la llegada de una noche helada.
En medio de esa inmensidad árida, la paz se rompió de golpe.
El rugido ensordecedor de varias maquinarias alteradas y el crujido de roces metálicos resonaron con fuerza por encima del silbido del viento, levantando una inmensa cortina de polvo dorado.
Eran dos fuerzas colisionando en lo que parecía una persecución a muerte: un viejo y maltratado vehículo que huía desesperadamente por las dunas, mientras dos transportes hostiles le pisaban los talones, acortando distancias a cada segundo.
Dentro del coche que lideraba la huida, la potencia del motor modificado era lo único que lograba competir contra el ambiente sofocante. Los neumáticos derrapaban de forma violenta sobre las crestas de la arena, amenazando con volcar el chasis en cualquier momento.
—¡Yuko, aún seguimos sin perderlos! ¡Y esquiva el bache de la izquierda!
La chica se aferró al tablero con una mano mientras con la otra intentaba deprisa estabilizar un radar digital improvisado cuya pantalla parpadeaba en verde. El movimiento brusco sacudió su corto cabello gris, que apenas le rozaba los hombros.
—¡Vas a romper la suspensión delantera y no nos queda metal para soldar otra!
Al volante, la joven conductora de baja estatura y tez morena soltó una carcajada hiperactiva que denotaba más adrenalina que miedo.
Con los ojos oscuros fijos en el parabrisas agrietado, Yuko dio un volantazo seco. El coche se inclinó peligrosamente en dos ruedas antes de volver a impactar contra el suelo firme del desierto.
—¡Pides mucho con este camino tan rocoso y la arena no deja ver bien! —Aceleró a fondo—. ¡Preocúpate por decirme hacia dónde ir y déjame conducir a mí, Ren!
Detrás de ellas, los perseguidores —una motocicleta armada y una camioneta pick-up con blindaje— se emparejaron a la retaguardia.
De un momento a otro, las ráfagas de fuego iluminaron el atardecer. Las balas de los saqueadores repicaron contra la carrocería como granizo de metal, perforando la chatarra.
—¡Ríndanse, malditas ratas! —rugió uno de los saqueadores desde la camioneta, asomándose por la ventana con un arma automática—. ¡Dejen el maldito coche y tal vez los dejemos respirar!
—¡Sosténganse!
Daiki, el chico más robusto y alto del grupo, dio un paso firme en la caja abierta del vehículo.
Sus músculos se tensaron al límite mientras alzaba una inmensa y pesada placa de metal blindada que él mismo había arrancado de un contenedor días atrás. Con un esfuerzo sobrehumano, posicionó la placa para bloquear la ráfaga que iba directo hacia la cabina.
Las balas impactaron contra su escudo improvisado, saltando chispas a centímetros de su rostro, pero el chico no retrocedió ni un solo milímetro. Era un muro inamovible.
—¡Aiden, no voy a poder retenerlos para siempre si esa camioneta nos embiste!
Aiden Myler, un joven de cabellera rubia y ojos verdes que lideraba el grupo, analizó la situación con una calma helada que contrastaba con su apariencia juvenil.
Sabía que un paso en falso significaría la muerte de su tripulación, de su familia. No iba a permitir que nadie más muriera bajo su guardia.
—Ryo, ¿estás listo? —Aiden desenfundó una vieja pistola de mano, desgastada por el uso.
A su lado, el chico de cabello azul oscuro mostró una sonrisa confiada mientras sacaba un arma corta idéntica de su cinturón; ambas eran simples piezas de chatarra militar que habían encontrado en un búnker abandonado semanas atrás.
—¡Hagámoslo ahora, hermano! —Ryo quitó el seguro con un chasquido.
—¡Ahora!
Aiden se asomó por la ventanilla lateral y abrió fuego continuo contra el parabrisas de la camioneta líder. No buscaba matar al conductor, sino cegarlo. Los impactos agrietaron el vidrio del perseguidor, obligándolo a dar un frenazo instintivo.
Aprovechando el desconcierto, Ryo calculó el balanceo del coche y disparó con precisión quirúrgica directo al neumático delantero de la motocicleta que intentaba flanquearlos.
El neumático reventó con un estallido. El conductor de la moto soltó un grito de pánico antes de que su máquina volcara de forma espectacular en el aire, arrojándolo sobre una duna de arena blanda.
Ryo volvió a cubrirse dentro del coche, soplando el cañón de su arma.
—¡Uno menos! —festejó—. Pero esa fue mi última bala.
Sin embargo, la camioneta de los saqueadores se recuperó rápido. El conductor, enfurecido, pisó el acelerador a fondo.
—¡Los voy a aplastar! —bramó el saqueador por la ventanilla, emparejando su vehículo para embestirlos y sacarlos de la ruta.
Daiki se preparó para el impacto, cubriendo el flanco con su propio cuerpo y el escudo.
Fue entonces cuando, desde el techo del vehículo, emergió una figura que parecía fundirse con el polvo del desierto. Llevaba una capucha desgastada y una bufanda que le cubría por completo el rostro, dejando oculto cualquier rastro de su identidad.
No dijo una sola palabra. No emitió un solo suspiro.
El encapuchado deslizó un rifle de asalto de entre los pliegues de su capote con una velocidad fantasmal. Apuntó en medio del violento vaivén del coche y jaló el gatillo dos veces.
Dos disparos secos resonaron por encima del motor.
Los dos neumáticos del lado derecho de la camioneta enemiga estallaron en mil pedazos. El vehículo de los saqueadores perdió el control de inmediato y dio varias vueltas de campana en la arena antes de quedar completamente destrozado y rezagado en la distancia.
A través de la densa cortina de polvo, solo se alcanzaba a ver cómo los tripulantes se arrastraban con dificultad fuera de la cabina abollada, quejándose y cubriéndose las heridas en medio de la nada.
El encapuchado bajó el arma, observó el horizonte durante unos segundos y volvió a tomar asiento en silencio en el techo, dejando que el viento meciera su capa.
—¡Gracias, Gero! —gritó Ren desde su asiento a través de la ventana, pasando una mano por su suéter verde para limpiarse el sudor mientras revisaba el radar—. ¡Yuko, dobla en ese cañón de roca, nos dará cobertura contra la tormenta!
─ ⚙ ─
Dos horas más tarde, asegurándose de que nadie más los seguía, el motor del coche finalmente descansaba.
El grupo se había refugiado en una pequeña cueva oculta entre las formaciones rocosas del desierto de Broken. El contraste térmico ya se hacía notar; el calor sofocante del día empezaba a ser reemplazado por un frío que calaba hasta los huesos.
Una pequeña fogata improvisada iluminaba las paredes de piedra, proyectando largas sombras. El cansancio era evidente en los rostros de todos.
Ren se sentó cerca del fuego, acomodándose el cinturón de su short de mezclilla y estirando las piernas, cubiertas por unas largas medias blancas que le llegaban hasta el muslo para protegerse de la brisa helada.
—De verdad, qué buen tiro te armaste allá afuera, Gero —dijo Ryo mientras limpiaba el cañón de su pistola con un trapo sucio, mirando hacia el rincón más oscuro de la cueva—. Si no fuera por ti, esa camioneta nos saca del camino.
Allí, sentado con las piernas cruzadas y apoyado contra la roca, el encapuchado acomodaba sus cartuchos en un silencio sepulcral.
Al escuchar las palabras de Ryo, la figura de la capucha alzó levemente la cabeza desde la oscuridad. Hizo un sutil gesto con la cabeza hacia él, una especie de mudo reconocimiento a esa rutina de supervivencia que compartían.
—Tan callado como siempre. Ni una sola palabra —comentó Yuko, cruzada de brazos junto a la fogata—. Llevamos un tiempo viajando juntos y ni siquiera sabemos cómo luce. ¿Cómo sabemos que no es un androide viejo que encontramos por ahí?
Yuko rió al no poder evitar pensar en lo divertido y conveniente si ese fuera el caso.
Aiden, que hasta el momento había estado fuera de la cueva revisando que fuera seguro, escuchó esto último e intervino en la conversación con una sonrisa ligera, tratando de aliviar el ambiente.
—No es un androide. Ellos no tienen esa puntería bajo una tormenta de arena —dijo, mirando al encapuchado con respeto—. Además, está con nosotros y nos cuidamos mutuamente. Eso es lo único que importa.
Yuko soltó un suspiro y estiró las piernas hacia el fuego mientras su expresión se volvía un poco más seria.
—Ya lo sé... Es solo que, no sé ustedes, pero siento que nos han estado exigiendo más que de costumbre los últimos días. Jamás nos habían intentado cazar tanto ni nos habían visto como un objetivo tan directo. Digo, ni siquiera tenemos tantos recursos que digamos como para que arriesguen sus transportes por nosotros.
Ryo, que seguía pasando el trapo sucio por el cañón de su pistola, levantó la mirada con una sonrisa de medio lado, compartiendo una chispa de picardía en los ojos.
—Quizá esos tipos estén asustados y no quieran arriesgarse con trabajos mayores en otras rutas.
—¿Asustados? ¿Por qué razón estarían asustados esos salvajes?
Ryo bajó el arma, inclinándose hacia adelante para que el fuego iluminara su rostro desde abajo, dándole un aire teatral a sus palabras.
—He escuchado rumores en los últimos asentamientos. Dicen que “La Parca” ha sido vista merodeando por estos mismos senderos últimamente. Esos carroñeros no quieren arriesgarse a que se les aparezca en medio de la nada, así que ahora solo limpian las rutas secundarias por miedo.
Al escuchar ese nombre, un escalofrío pareció recorrer el lugar.
—¿L-La Parca? —susurró Yuko, mientras miraba de reojo las sombras profundas de la cueva.
—La misma. Dicen que es una sombra implacable que viaja sola por el desierto. No deja testigos, no tiene piedad y se gana la vida borrando del mapa a cualquiera que tenga un precio sobre su cabeza.
Ryo bajó la voz para añadirle drama.
—Cuentan que, si logras ver el reflejo de su acero en la arena, ya estás muerto antes de poder parpadear. Dicen que ni siquiera es humano, sino un demonio nacido de la misma guerra.
Contagiada por el misticismo del relato, Yuko abrió los ojos de par en par y, presa del nerviosismo, se abrazó fuertemente a Ren mientras soltaba un quejido ahogado y escudriñaba la oscuridad del cañón exterior.
Ren, por su parte, se limitó a rodar los ojos con escepticismo ante semejante leyenda y se dejó abrazar por su amiga de mala gana; acto seguido, clavó una mirada fulminante en Ryo y lo culpó en silencio por la absurda situación que acababa de provocar.
Daiki observó la escena y soltó una risotada ronca, cruzándose de brazos y restándole total importancia al asunto con un gesto de la mano.
—Por favor, Ryo, no les metas cuentos de camino a las chicas. Esa supuesta Parca es solo un rumor del bajo mundo, una leyenda urbana para asustar a los conductores novatos. Nadie la ha visto de verdad y ha vivido para contarlo.
Ryo soltó una carcajada limpia, rompiendo la atmósfera de misterio que él mismo había creado, y apuntó a Daiki con el trapo.
—Bueno, aunque lo mejor para nosotros es que sí se trate solo de eso. Pero por si las dudas, mejor que Gero siga teniendo buena puntería.
Desde la esquina más oscura, el encapuchado alzó levemente dos dedos de su mano derecha en un sutil gesto, indicando que no habría problema con eso.
Aiden soltó una pequeña risa, contagiado por la típica interacción de sus compañeros, pero la diversión desapareció de su rostro tan rápido como llegó. Desvió la mirada hacia el fuego, reflejándose en sus ojos verdes, repitiendo el nombre en un murmullo apenas audible, solo para sí mismo.
—La Parca... —se perdió un poco en sus pensamientos de solo imaginarlo.
«Es difícil creer que alguien así exista en verdad»
La conversación continuó durante un rato entre risas cortas y quejas de Ryo sobre el hambre que tenía, hasta que el cansancio finalmente los venció a todos. Uno a uno, los chicos buscaron un rincón cómodo en la cueva para acomodarse.
Aiden esperó a que todos estuvieran instalados y, tras asegurarse de que Daiki y Gero mantendrían los ojos abiertos un rato más, se recostó contra la pared de piedra y cerró los ojos.
El desgaste físico lo arrastró al vacío de inmediato.
Al principio, el descanso fue un alivio absoluto. El peso en sus párpados desapareció y la constante tensión de sus músculos cedió ante la calidez de las brasas, sumergiéndolo en un letargo profundo y pacífico donde el eco del desierto finalmente se apagó. Por un par de horas, su mente encontró una tregua perfecta, flotando en la nada.
Pero esa paz no estaba destinada a durar.
Poco a poco, la quietud comenzó a distorsionarse y la tranquilidad de la cueva desapareció en su mente. La oscuridad de su inconsciente se volvió densa, asfixiante.
De pronto, el silencio fue quebrado por una serie de sonidos distantes, pero dolorosamente familiares que acosaban en su cabeza.
Escuchó el rugido ensordecedor de las llamas devorando una estructura y pisadas apresuradas que se acercaban con violencia. En medio del caos sonoro, el chirrido metálico y pesado de una compuerta hidráulica cerrándose de golpe resonó como una sentencia.
«¡Aiden!»
Se filtró una voz distanciada por el metal, una voz de mujer que se escuchaba demasiado agitada.
Él intentó gritar en su propio sueño, alcanzar la procedencia de ese sonido, pero el estallido brutal de una explosión masiva ahogó cualquier intento, dejando un zumbido agudo y ensordecedor que pareció recuperar el control absoluto de su mente.
Aiden se despertó de golpe, con la respiración entrecortada y el corazón palpitándole con violencia en el pecho. Estaba empapado en sudor frío.
Instintivamente se llevó una mano al rostro, tratando de detener el temblor de sus dedos en la penumbra de la cueva, iluminada apenas por las brasas agonizantes de la fogata.
Al abrir los ojos del todo, se dio cuenta de que no estaba solo. Ren estaba despierta, sentada a un par de metros observándolo con una profunda extrañez en sus ojos claros. Incluso Ryo se había removido al escuchar su respiración agitada.
Aiden tragó saliva. Sintiéndose expuesto y odiando la idea de mostrar debilidad ante las personas que dependían de él, forzó una sonrisa ligera y se pasó una mano por el cabello rubio.
—Estoy bien, chicos —dijo con la voz un poco ronca—. En serio, no me miren así. Solo fue un mal sueño. No se preocupen por mí, sigan durmiendo.
Ren lo miró fijamente, preocupada, pero creyendo al final en las palabras de su amigo y volviendo a acostarse.
Aiden miró con angustia sus manos temblorosas y un pensamiento amargo cruzó su mente:
«¿Se detendrán alguna vez...?»
Dió un gran suspiro pesado y se recostó de lado, contemplando las últimas brasas de la fogata mientras cerraba los ojos.
El desierto afuera seguía siendo un lugar implacable, pero mientras estuvieran juntos, tenían un hogar.
─ ⚙ ─
Mientras tanto, en la profunda y asfixiante oscuridad de la noche, las dunas de Broken se convertían en un escenario hostil.
El viento soplaba con una violencia brutal, arrastrando ráfagas de polvo helado que silbaban con fuerza entre las grietas de las estructuras derruidas y las rocas desgastadas por el tiempo. No se veía un solo rastro de vida a kilómetros a la redonda.
Sin embargo, desafiando la inclemencia de la tormenta que comenzaba a gestarse, una silueta solitaria avanzaba a paso firme por un desolado sendero de tierra batida.
El viento golpeaba con fuerza los pliegues de su desgastada capa, agitando la tela como un eco fúnebre en medio de la nada.
La figura no se detenía, no dudaba, ni parecía inmutarse ante el frío cortante que calaba los restos del viejo mundo. Avanzaba en absoluto silencio, perdiéndose gradualmente entre la neblina de polvo y la penumbra.
Se movía como si el desierto mismo le perteneciera, guiada por un destino que, sin saberlo, estaba a punto de colisionar con el de los viajeros de la cueva.







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