La despedida
Aquella negra noche, de cielo estrellado la miré a los ojos,
agazapadas de las escasas pero inquisidoras miradas que nos
veían con recelo al pasar, sentía el calor de su cuerpo diminuto
pegado al mío, ella 18 años, yo apenas 17; miré sus ojos de luna, de
ese color tan gris que contrastaban con su piel morena, -si
nuestros padres nos vieran- dijo y yo solo atiné a abrazarla aun
mas fuerte contra mi pecho, podía sentir como su corazón latía
fuerte como un ferrocarril desbocado; -no lo pienses más,
vámonos; lejos de ellos, lejos de los míos, hagamos una vida
juntas- tomé su cara y dejamos el mundo arder en aquel beso, nos
fundimos en un abrazo de esos que te roban el aliento. - ¿Y
Humberto?- su voz me trajo de nuevo a la fría realidad, -él no te
ama, él te engaña cada que puede y lo seguirá haciendo cuando
tenga oportunidad y lo sabes, y aún más tu sabes que no lo amas,
que no eres feliz con él, tu me amas a mí tanto como yo a ti- mi voz
sonó con la fuerza de mil huracanes, en el silencio de la noche ella
me contesto - te amo- se me dibujo en el rostro una sonrisa.
-Te estaré esperando, el tren sale a las 5 de la mañana- puse en su
mano un boleto, aquel era la llave a nuestra nueva vida, lejos del
pequeño pueblo de calles empedradas y terregosas que nos vieron
crecer, atrás quedarían la iglesia del pueblo, los pequeños techos
de tejas rojos, las maestras del bachillerato que me habían acusado
con mis padres señalándome con la palabra prohibida, la que
ningún padre espera para su hija, lesbianas nos llamaron
despectivamente en pleno año 2000, en un pueblito
clavado en la sierra de Jalisco, aquello era no solo una ofensa sino
una palabra para marcarte, para segregarte; pero eso gracias al
cielo llegaría a su fin, en tan solo unas horas abordaríamos el tren
hasta la ciudad de México el cual tendría como destino final
una nueva vida.
Regresé a casa y entre a hurtadillas, en el rincón de mi habitación
escondido de mi madre, tenía una mochila con algunos
pantalones, una sudadera y una chamarra; no ocupaba más. Me
recosté en la cama, entrecerré mis ojos y vino a mi memoria el
recuerdo cálido del palpitar de su corazón acelerado, el roce de
sus labios besándome.
Dormí sólo unas pocas horas, a decir verdad sólo dormité; entre a
la recámara de mis padres y los vi dormir tranquilamente dejé
sobre el buro de noche una pequeña carta de despedida, tomé
mi maleta y esa madrugada me fui de casa. Caminé hasta la
estación apretando el boleto contra el bolsillo de mi blusa de
franela, soplaba un viento frío he de reconocer que me fui
llorando todo el camino, estaba por llegar a la estación me faltaba
tan solo una cuadra, cuando sentí un jalón de la mochila y vi caer
en cámara lenta mi cuerpo contra el suelo.