La invisibilidad del Agua

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Summary

La Invisibilidad del Agua Basada en hechos reales esta es la cruda y esperanzadora historia de Alejandra, una joven de diecisiete años que vive atrapada bajo el peso de un hogar gélido y un vacío emocional que nadie parece notar. Tras una ruptura devastadora que termina por fracturar su ya frágil autoestima, Alejandra encuentra en la escritura su única tabla de salvación frente a la soledad y la invisibilidad. Al romper el silencio, Alejandra emprende un difícil camino hacia el autodescubrimiento, donde aprenderá que para salir a la superficie y respirar, primero debe dejar de intentar ser perfecta y atreverse a ser, por fin, real

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: El Espejo y la Armadura de

Alejandra se detuvo frente al espejo de su habitación, observando cada centímetro de su piel con un desprecio aprendido. Sus dedos, delgados y temblorosos, rozaban la tela de su sudadera negra, buscando refugio en la calidez de la capucha que siempre usaba para ocultarse del mundo. "Demasiado flaca", "demasiado callada", "totalmente reemplazable", susurraba su voz interior, esa que conocía sus puntos débiles mejor que nadie y que siempre, sin falta, ganaba la batalla. El orden obsesivo de su habitación, con los cojines alineados y los libros milimétricamente organizados, era solo una mentira necesaria para calmar la ansiedad. El caos real, el que le impedía respirar, estaba atrapado dentro de ella, oculto tras una fachada de normalidad que le costaba la vida mantener.

Se observó fijamente, odiando la forma en que sus hombros caían por el peso de una tristeza que ni ella misma podía definir. ¿Por qué tengo una tristeza infinita?, se preguntó, mientras una lágrima solitaria se perdía en la tela de su ropa. No sé... Creo que quizás porque no tengo un hombro donde llorar. Se sentía como una intrusa en su propio cuerpo, alguien que no merecía el espacio que ocupaba. Cada vez que intentaba sonreír, su reflejo le devolvía una mueca de derrota que solo confirmaba sus miedos más profundos.

La habitación, aunque inmaculada, se sentía más bien como una celda de lujo donde ella era la única prisionera. Alejandra se sentó en el suelo, rodeada de sus cosas "perfectas", y comenzó a sentir esa presión en el pecho, como si estuviera bajo el agua, sin posibilidad de salir a la superficie. La soledad no era solo un sentimiento, era un estado físico que la acompañaba a todas partes, una sombra que se negaba a dejarla sola. Quería gritar, pero el miedo a ser juzgada o a romper el silencio de la casa era más fuerte. En ese rincón, entre sus cuatro paredes, Alejandra era solo un eco de lo que alguna vez pudo haber sido.

Recordó los días antes de que todo se desmoronara, cuando la esperanza no era una palabra tan lejana. Pero ahora, la idea de la "perfección" la perseguía como un fantasma, recordándole constantemente que nunca alcanzaría los estándares que se le exigían. Cerró los ojos, intentando visualizar una versión de sí misma que no estuviera constantemente rota, pero la imagen se desvanecía ante la realidad. Su autoestima, fragmentada por años de inseguridad, le dictaba que su valor dependía enteramente de cómo la percibieran los demás. Y en ese momento, se sentía invisible, insignificante y completamente sola frente al inmenso abismo que era su vida.

El silencio de la casa se le metía en los huesos, recordándole que no tenía a nadie con quien compartir ese dolor. Sus padres, encerrados en sus propios mundos, no tenían idea de la tormenta que Alejandra atravesaba cada segundo. La sudadera negra no era solo ropa; era una barrera entre ella y una realidad que le resultaba hostil y fría. Alejandra se abrazó a sí misma, buscando una calidez que su hogar nunca le había proporcionado. Estaba atrapada en un ciclo de autodesprecio del que no veía salida alguna.

Esa tristeza infinita, como ella la llamaba, no tenía una causa única, sino que era la suma de todas sus ausencias. La falta de un refugio emocional la dejaba desprotegida contra sus propios pensamientos destructivos. Alejandra sabía que, de alguna manera, era responsable de su propia infelicidad, aunque no supiera cómo dejar de ser así. La culpa la devoraba lentamente, haciéndola sentir que cada error era una confirmación de su falta de valor. Todo, desde su postura hasta su forma de hablar, estaba condicionado por ese miedo a ser vista como realmente era.

Finalmente, Alejandra se dejó caer sobre la alfombra, permitiendo que la oscuridad de la habitación la envolviera por completo. Ya no intentó luchar contra la tristeza; simplemente la dejó estar, como una invitada no deseada que se había instalado permanentemente en su vida. Se preguntó, una vez más, qué se sentiría ser libre de ese peso, pero no encontró respuesta alguna. En ese momento, solo existía el dolor, la soledad y la desesperación de una joven que no sabía cómo volver a empezar. El espejo, impasible, la observaba desde lejos, recordándole que, sin importar cuánto intentara cambiar, la chica del reflejo seguiría siendo la misma Alejandra rota de siempre.