Silueta en los pinos
La oscuridad invadía entre las grietas de los árboles de pino. El suelo era iluminado por el reflejo de la luz de luna en los restos de nieve, y yo la miraba distraído. Me había tomado más tiempo que de costumbre buscando leña, por lo que había caído la noche sin que me diera cuenta.
Buscaba tranquilidad en el bosque que saludaba a la primavera después de un invierno duro y largo. Las corrientes de viento azotaban mi espalda mientras miraba hacia el cielo, que por primera vez en meses estaba completamente despejado. A lo lejos alcanzaba a ver la fina línea de humo que salía de la chimenea de mi hogar.
En él esperaban mi madre y mi tía, probablemente buscando restos de calor junto a las brasas de lo que fue un buen fuego. Apenas había podido levantar una pila de troncos casi secos. Me preguntaba cómo sería irnos a la ciudad, un lugar donde sería más fácil conseguir un buen trabajo, o donde al menos pudiéramos dejar de preocuparnos por qué comeremos al día siguiente.
—Será mejor que deje de preocuparme por cosas que no puedo controlar y siga recogiendo leña —pensé.
Continué mi recorrido por el camino de gravilla que conectaba con la carretera principal del pueblo de Uppsala. Desde allí se levantaba la gran catedral, un edificio imponente y gigantesco que parecía observar por sus ventanas iluminadas con lámparas de aceite a todos los pobladores del pueblo. Sus ladrillos rojos se encontraban deteriorados después de años de tormentas y nieve. Las cúpulas que coronaban las dos torres principales parecían levantarse hasta las nubes, más allá del horizonte.
Aquí era donde asistían los estudiantes de diversas disciplinas. Todos los días los veía caminar con prisa, cargando cientos de libros distintos, a veces también con papeles de pergamino casi volando de estos. Siempre tuve curiosidad de saber qué se encontraba entre todas esas páginas, qué conocimientos podrían albergar. Yo no podría unirme a ellos, no con una familia que mantener, no después de la desaparición de mi padre y la profunda depresión que esto le causó a mi madre.
Apresuré el paso. El frío empezaba a ser más cruel con mis manos, las cuales apenas sentía. Mi nariz había desaparecido de mi rostro y un bloque de hielo había tomado su lugar.
Al bajar una pequeña pendiente la reconocí: en el costado del camino, un pino retorcido siempre me saludaba al llegar, el cual podía ver desde la ventana de mi habitación. La apariencia de mi hogar no era vistosa. Había tablas de madera enmohecidas y el inclinado techo retenía siempre la nieve en lugar de hacerla resbalar.
Al percatarme de este detalle, noté que el hilo de humo había desaparecido. La leña se había terminado. Eso me preocupaba, ya que mi tía debía encargarse de que eso no ocurriera.
Pateé ligeramente la desatendida puerta de madera que debía proteger la entrada de mi hogar, esperando así que mi tía se acercara a abrirme
No contestó nadie
—¿Hola?… —dije, mientras dejaba en el suelo los troncos de madera que había recolectado.
Mi garganta empezaba a sentirse seca y en mis oídos mis latidos se escuchaban mucho más fuertes.
Mi pulso se aceleró y mi cuerpo se tensó. No me había dado cuenta de que la casa estaba a oscuras.
Tomé el pomo de la puerta con fuerza y empujé.
—¿Tía Emilija, estás ahí? —El interior estaba oscuro. Solo la luz de la luna podía hacer que viese mi silueta en el suelo de madera. Todo estaba en su lugar: los tarros donde habíamos bebido té más temprano, el plato de mamá con el caldo de verduras a medio terminar, su cuchara en el suelo. Las ventanas estaban todas abiertas, al igual que la habitación.
—¿Tía… Mamá? —pronuncié levantando un poco más la voz—. ¿Dónde están?
Di vueltas por la casa con pasos torpes y bruscos, abriendo las puertas de un golpe una a una. Me dirigí al patio trasero con rapidez y miré en todas direcciones, buscando algún indicio de su paradero.
Fue entonces cuando, a la lejanía, entre la oscuridad de los pinos, vi una silueta. Alta y encorvada, sus extremidades eran de tamaños y grosores distintos y su cabeza era anormalmente grande, con lo que parecía ser una melena que llegaba a los amplios y huesudos hombros de la criatura.
Entonces esta volteó hacia mí.
Yo la miré a los ojos.
Aun a la distancia pude distinguir aquellas pupilas muertas, de aspecto lechoso y lúgubre. Las cuencas eran enormes para aquellos pequeños ojos, y el sitio donde debía ir la nariz estaba vacío. En los costados de la cabeza sobresalían dos piezas metálicas que brillaban a la luz de la luna.
Nos miramos.
Entonces alguien jaló de mi ropa y cubrió mi boca.
—¡Maat, estás vivo, gracias a Dios estás bien! —susurró mi tía Emilija—. ¡Tenía tanto miedo de que eso te hubiera encontrado, tardaste mucho más que de costumbre, así que fui a buscarte! ¿Dónde diablos estabas?
De los ojos de mi tía resaltaron unas pocas lágrimas de alivio. Entonces miró al exterior, y vimos cómo la silueta nos observaba desde la lejanía. Tomó mi mano, jaló de mí hacia la entrada, y en cuanto recuperé el equilibrio, salimos de casa
Con rapidez cruzamos el camino de gravilla a toda la velocidad que el frío nos permitía.
—¿Dónde… está… mamá? —dije con el poco aire que podía exhalar al correr.
Mi tía no respondió. En su lugar, miraba a nuestras espaldas a cada segundo, sosteniendo su largo y viejo vestido. Volteamos en una pequeña avenida y a lo lejos vimos el puente de piedra para cruzar el río. Mientras corríamos hacia este, me percaté de que, aun entre todos los pinos, la catedral se observaba con claridad. Subimos al puente y tomamos un respiro en la mitad. Estábamos agotados.
—¿En dónde está mamá? —dije mientras me apoyaba en el costado del puente. El sudor frío recorría mi frente. Mis piernas aún estaban temblorosas después de haberme congelado por completo al ver “aquello” a los ojos.
—La dejé en casa de Alma… —dijo perdiendo el aliento. Se recompuso y me miró mientras castañeaba los dientes—. Lo que fuera ese demonio, estuvo rondando la casa. En cuanto tuve la oportunidad salí con ella y fui a buscar refugio en casa de Alma. Ella nos acogió, pero tú no estabas, y sabía que volverías a casa. ¿No estás herido?
Se acercó y me tomó de las mejillas para revisarme. Estaba temblando. Sus manos se sentían como hielo en mi cara, sus dedos apenas podían moverse. Ella temblaba. Sus lágrimas se habían congelado en sus arrugadas mejillas y sus ojos me dejaban ver la profunda preocupación que le había causado. No podía hacerle preocupar otra vez.
—Vayamos con Alma. Necesito ver a mamá. Además, no estamos seguros de que aquello se haya ido. Estaremos más seguros cerca del pueblo —miré a mi tía, y ella asintió con la cabeza—. Adelante, hay que darnos prisa.
Caminamos apresurados entre calles desiertas con altos árboles de pino a los lados de la cuneta. Mis ojos recorrían velozmente en busca de cualquier ruido ajeno al viento helado. Mientras más nos adentramos en el camino, menos árboles eran visibles, hasta que el paisaje de pino fue reemplazado por lotes llenos de maleza con bardas de madera y algunos animales ganaderos en estas.
Pronto nos acercamos a una de las chozas más próximas al camino y mi tía tocó la puerta con cautela. En el interior se oyeron algunos pasos, después el pomo de la puerta giró lentamente. Un par de cansados ojos color verde se asomaron por la puerta y se sorprendieron al vernos. Entonces la puerta se abrió por completo.
—Vamos, pasen rápido o se saldrá el calor —una mujer pequeña y encorvada nos tendió rápidamente dos mantas gruesas. Olían a grasa y carbón.
—Muchas gracias, Alma, Dios bendiga tu hogar —exclamaba mi tía mientras enrollaba su cuerpo alrededor de esta.
Entonces vi a mi madre. Sentada y cubierta hasta el cuello con una manta, su mirada estaba perdida en algún punto del fogón metálico. Era una mujer silenciosa, siempre sumida en sus pensamientos. En ocasiones reaccionaba a lo que se le decía y era capaz de responder, pero conforme pasaban los meses, parecía reducir la capacidad que tenía de conversar como una persona común.
Me acerqué al fogón en el centro de la choza, al lado de ella, y me cubrí completamente también. Apenas podía sentir mis dedos. Miré su rostro, blanco cenizo, sucio de hollín, con unos ojos grises pálidos. Murmuraba para sí misma algo que no era capaz de entender.
—Prepararé un poco de té, aguarden aquí —Alma se dirigió rápidamente a sus utensilios y rellenó la tetera en el barril del rincón. La choza era irremediablemente oscura, olía a madera húmeda y hollín en todos lados. El calor de las brasas no era suficiente para calentarnos a todos. Grandes sombras se dibujaban en las paredes a causa de la tenue luz que salía del fogón.
—Aquel demonio estaba cerca de mi casa, Alma. Mire sus ojos —soltó mi tía de repente.
Alma giró la cabeza mirando directamente hacia los ojos de mi tía. La expresión en su rostro era severa.
—No digas blasfemias en mi hogar, Emilija. No puedes entrar deseándome el bien y después hablarme de demonios y monstruos —Alma se notaba enfadada. Era una mujer dura.
—Discúlpame, Alma… —mi tía tomó un respiro—. Tengo que pedirte que nos recibas esta noche. Prometo que no seremos ninguna molestia. No tenemos forma de volver a casa en este momento —dijo casi en un susurro, su cuerpo aún resintiendo las consecuencias de correr en el aire helado de la noche.
Alma nos miró a los dos, casi como si estuviera analizando los riesgos de ser amable con nosotros.
—Emilija… yo… no puedo. Si mi esposo… si Mikael los viera… —su voz era tenue y se percibía la inseguridad en ella.
—Te lo ruego, Alma. Te pagaremos, como sea que podamos, pero te pagaremos —dijo mi tía con su último aliento.
Entonces un ataque de tos cristalina le obligó a arrodillarse en el suelo. Al toser, un silbido atravesaba su garganta y formaba una acústica espantosa. Mi tía intentó cubrirse la boca para calmar la tos, y en ese momento una mancha de sangre le cubrió las palmas. Entre toda la sangre se podían ver claramente escamas cristalinas. Ya había presenciado esta escena antes, pero era difícil de mirar.
Alma miró la escena sin moverse ni apartar la vista. Suspiró con pesadez.
—Muerta no serás de ayuda. Descansen junto a la caldera, pero mañana al amanecer tendrán que irse. Es todo lo que puedo ofrecerles, Emilija —se dio la vuelta y se dirigió a la habitación de al lado para traernos una cobija gruesa.
Mi tía intentó recomponerse con dificultad. Se acercó al barril con agua y me miró.
—Maat, ayúdame a lavar mis manos, por favor.
Me levanté de mi lugar junto a mamá y busqué un tarro donde recolectar el agua. Nos dirigimos a la puerta trasera y le ayudé a limpiar sus manos. La sangre se fundía con la nieve, dándole un color anormal. Aparté la mirada de inmediato.
La noche transcurrió con tranquilidad. Mi madre balbuceaba de vez en cuando y mi tía descansaba lo que tanto necesitaba. El fogón se mantuvo encendido toda la noche.
A la mañana siguiente, el esposo de Alma murió.