PROLOGO

Era un día gris, llovía afuera como nunca antes, parecía que el cielo se caería a pedazos. Fue entonces cuando el gerente de The Mask llegó al bar, cubriendo su cuerpo con un paraguas. Entró al lugar, prendió las luces y, mientras esperaba a que sus empleados llegaran, comenzó a limpiar la barra, hasta que de pronto escuchó un ruido en la cocina. Sin pensarlo, Yoongi sacó su arma y fue decidido a sacar a quien fuera que estuviera ahí por la fuerza; no pretendía dispararle, solo al suelo o al techo para asustar al posible ladrón y hacer que se fuera.
Entró a la cocina, apuntó con el arma y gritó con furia contenida: — ¡LÁRGATE, LADRÓN DE MIERDA! ¡AQUÍ NO SON ADMITIDAS LAS RATAS, FUERA!
El chico, que se veía muy, demasiado joven, alzó los brazos como si lo estuvieran arrestando y se giró lentamente. Al ver su rostro, Yoongi bajó el arma de inmediato.
—Perdón que me haya metido aquí —dijo el joven con voz suave y temblorosa—. Mire... no tengo dinero, ni dónde vivir, ni familia, ni nada...
Yoongi guardó el arma, aunque mantuvo la postura rígida y desconfiada — ¿Crees que esto es beneficencia pública, o qué? ¡ES UN CLUB NOCTURNO, NIÑO!
— ¡Lo sé, señor! Pero... tengo mucha hambre, frío y no tengo dónde dormir... deme comida, un techo y trabajo... ¡no se preocupe por el pago! Con tener comida en mi estómago y un techo donde dormir estoy conforme —pidió desesperado, con los ojos brillantes de súplica.
Yoongi guardó silencio, viendo lo bello que ese chico lucía: joven, hermoso e indefenso. Por el contrario, ese chico hermoso también miraba a Yoongi con admiración; le parecía muy guapo, sobre todo esa mirada felina y oscura que tenía Yoongi en sus ojos marrón oscuro.
— ¿Cómo te llamas, chico? —dijo secamente, rompiendo el momento.
— Jung Hoseok... pero si usted gusta, hyung, puede llamarme Hobi —dijo y sonrió lentamente.
Yoongi tuvo que apartar la mirada. No quiso admitirlo, pero esa era la cosa más hermosa, tierna y dulce que jamás había visto en sus treinta y tres años de vida.
— ¿Cuántos años tienes? —le preguntó, curioso por la apariencia tan juvenil que tenía.
—Treinta y dos años, hyung —contestó con naturalidad.
Yoongi se sorprendió. Ese chico no parecía ser mayor de edad, parecía un adolescente de no más de diecisiete años, pero resultaba que esa belleza de hombre tenía ya treinta y dos años.
—Está bien... no suelo hacer esto, pero... viendo que necesitas ayuda, yo te ayudaré —cedió al fin—. Allá arriba hay un pequeño cuarto de servicio, puedes quedarte ahí. Necesito meseros, así que bien puedes serlo. Pagarán bien los clientes por ver a un chico tan guapo como tú... ah, y la comida, el agua y todos los servicios las pagas tú de lo que ganes. ¿De acuerdo? Y mi nombre es Yoongi.
— ¡Sí, sí, muchas gracias! —sin pensarlo, Hobi se le fue encima y lo abrazó con fuerza, lleno de gratitud.
Yoongi sintió con ese sutil contacto, como si una brasa ardiendo le quemara la piel, no correspondió al abrazo, pero tampoco se alejó… desde entonces, algo cambió en él, algo frío, retorcido y oscuro.








