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Don't Forget | Jeon Jungkook

Summary

Es peor que la muerte; verla viva, pero convertida en una extraña para mí, como si todo lo que alguna vez fuimos hubiera sido borrado por el olvido, y yo... soy solo una sombra en su vida que ya no existe.

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Chapters
1
Rating
n/a
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18+

Unico

El viento aúlla en las montañas, pero yo ya no escucho nada. La mansión en la que he vivido durante siglos, un refugio que antes me ofrecía consuelo, ahora es solo una tumba vacía. Cada rincón de estas paredes se siente como una trampa; no puedo escapar de lo que he hecho. No hay puertas para salir del dolor, ni ventanas para dejar entrar la esperanza.

MiYeon yace inmóvil en la cama, su piel pálida como la luna que tantas veces hemos admirado juntos. Pero ahora, la luna es solo un testigo lejano de mi fracaso. Ella respira, sí, pero cada inhalación suya es apenas perceptible. El leve ascenso de su pecho es la única señal de que sigue viva. Si es que esto puede llamarse vida.

Yo, Jeon Jungkook, he visto nacer y morir civilizaciones. He visto cómo imperios caen y cómo el tiempo se curva, pero jamás he sentido un vacío como este. MiYeon era mi todo, mi razón de existir en este interminable mundo. Y ahora, por mi egoísmo, ella se está apagando.

Recuerdo el día en que decidió ser mía, cuando aceptó mi marca. Sabía que siendo humana no sería fácil para ella. Sabía que su cuerpo frágil no estaba hecho para soportar el peso de lo que yo soy. Pero la codicia que sentí al pensar en tenerla para siempre me cegó. Nunca debí marcarla. Nunca debí condenarla a esta vida.

Intenté advertirle, pero ¿cómo podía negarle lo que ella pedía con tanta pasión? MiYeon siempre fue fuerte, decidida, y pensé, estúpidamente, que su amor sería suficiente para sostener el poder de la marca. Ahora me doy cuenta de lo estúpido que fui. El poder de la eternidad no es algo que los mortales puedan soportar.

Me acerco a su cama. La luna ilumina su rostro, que parece tan sereno, como si simplemente estuviera durmiendo. Pero han pasado semanas. Semanas de silencio. De desesperación. Me arrodillo a su lado, tomándola suavemente de la mano. Su piel está fría. Casi tanto como la mía.

—MiYeon —susurro, aunque sé que no me escucha. Mi voz apenas suena en este cuarto lleno de sombras—. Perdóname.

Mis dedos trazan los contornos de su rostro, ese rostro que tantas veces besé, el rostro que me daba paz en medio de la tormenta que es la inmortalidad. Y ahora, me da miedo. Miedo de que nunca despierte. Miedo de que la he perdido para siempre.

He intentado todo. Consulté a los sabios más antiguos de nuestra especie. He viajado a tierras lejanas en busca de soluciones. La respuesta siempre es la misma: los humanos no están hechos para soportar la marca de un inmortal. Su alma, su energía vital, se agota lentamente. Si no se despierta pronto, su espíritu se desvanecerá por completo, dejándome solo con su cuerpo vacío.

El peso de esa posibilidad me consume. La eternidad, que antes me parecía un regalo, ahora es una maldición. ¿Cómo soportaré los siglos sin ella? ¿Cómo viviré con el hecho de que la condené con mis propias manos?

Mis pensamientos son interrumpidos por un leve sonido. No es más que un susurro, un suspiro apenas audible, pero para mí es como un trueno. Me congelo, esperando, deseando que haya sido ella. Pero nada cambia. MiYeon sigue inmóvil, su pecho sube y baja débilmente, pero no hay más señales de vida consciente en ella.

Siento la rabia crecer en mi interior, como un fuego que amenaza con consumirlo todo. Me levanto de golpe, alejándome de su lado antes de hacer algo que pueda arrepentirme. El instinto vampírico, el hambre que siempre ha estado conmigo, parece más fuerte ahora. Como si mi propia desesperación me estuviera tentando a ceder a lo que realmente soy: un monstruo.

—¡Maldita sea! —grito, golpeando la pared con tal fuerza que esta se resquebraja. Pero el dolor físico no es nada comparado con el que llevo dentro. Si tan solo pudiera cambiar lugares con ella. Si pudiera darle mi vida, mi energía, lo haría sin dudarlo. Pero este no es un cuento de hadas. Yo soy eterno y ella... ella es efímera.

Me desplomo en el suelo, mi cabeza entre las manos. Siento los recuerdos arrastrarme de nuevo. La primera vez que la vi, caminando sola por las calles de Seúl, su sonrisa ilumina cada rincón oscuro que había en mi alma. Era tan diferente a todos los demás. Había algo en ella que me hizo sentir algo que no había sentido en siglos: humanidad.

Y ahora, por querer aferrarme a esa sensación, la he destruido.

—No puedo perderte, MiYeon —murmuro, la voz rota—. No puedo.

En lo más profundo de mi ser, siento una lágrima caer. No he llorado en más de quinientos años. Los vampiros no lloran, o al menos no deberían hacerlo. Pero aquí estoy, roto, desmoronado, observando cómo la única cosa en mi vida que me importa se desvanece lentamente.

Mis pensamientos se ven interrumpidos nuevamente, pero esta vez no por un sonido, sino por un sentimiento. Algo cambia en la habitación. El aire se vuelve más denso, más frío, y una presencia familiar pero olvidada llena el espacio. Me giro lentamente, mi mirada fija en el cuerpo de MiYeon.

No, no es su cuerpo. Es algo más. Una sombra se desliza por su piel, como si su energía estuviera siendo drenada de su ser, más rápido de lo que antes había percibido. Y de repente lo entiendo: esto no es solo el resultado de la marca. Hay algo más en juego, algo oscuro, algo que yo no vi antes.

Me acerco de nuevo a la cama, el corazón latiendo furiosamente en mi pecho muerto. Coloco mi mano sobre la suya, y en ese contacto, siento el frío de una fuerza maligna. Algo, o alguien, la está reteniendo en este estado.

—¿Quién eres? —gruño, mis colmillos brillando bajo la luz de la luna—. Muéstrate.

No obtengo respuesta. Solo silencio. Pero ahora sé que hay una batalla más allá de lo que puedo ver, y no voy a quedarme quieto mientras ella lucha sola. No sé quién o qué está detrás de esto, pero voy a destruirlo. Por ella. Porque no puedo perderla.

La única pregunta que me queda es: ¿cuánto tiempo me queda antes de que sea demasiado tarde?

El frío de la noche se cierne sobre mí mientras vuelo a través de las montañas. Mi velocidad es más rápida de lo que ha sido en siglos, pero no es suficiente.

Nada lo es. Mi mente es un torbellino, atrapada entre el terror y la furia. ¿Una bruja? ¿Por qué una bruja querría hacerle esto a MiYeon? La idea se me clava en el pecho como una estaca, provocando una nueva ola de desesperación. No entiendo. No puedo entenderlo, pero algo me dice que no me detenga, que siga luchando.

Los sabios. Ellos deben tener respuestas.

La mansión de los sabios vampiros está oculta en las profundidades de un bosque antiguo, donde incluso los humanos más valientes no se atreven a aventurarse. Aterrizo frente a sus puertas de hierro ennegrecido y golpeo con tal fuerza que el eco de mi llamado resuena en las sombras. Mi paciencia, tan larga como mi existencia, se ha agotado. Necesito respuestas y las necesito ahora.

Las puertas se abren lentamente, chirriando como si no hubieran sido usadas en siglos. Dentro, la luz de las velas parpadea, proyectando sombras en las paredes de piedra. Tres figuras se deslizan hacia adelante. Los sabios. Los más antiguos de nuestra especie. Su piel es aún más pálida que la mía, sus ojos vacíos, como si hubieran visto demasiado mundo y ya nada los afectara. Se mueven con la lentitud de quienes han dejado de medir el tiempo.

—Jeon Jungkook —dice uno de ellos, su voz grave resonando en el aire—. Has venido a buscar respuestas.

—Mi esposa está muriendo —digo sin rodeos, mi tono cortante. No tengo tiempo para formalidades—. Algo la está reteniendo, algo oscuro. He visto sombras deslizándose sobre su piel. Esto no es solo la marca... Hay algo más.

Ellos intercambian miradas, sus rostros impasibles como siempre. Odio esa calma, esa distancia que siempre han mantenido con el resto de nosotros.

Como si fueran superiores, como si el dolor fuera algo que ya no les tocara.

Pero ahora lo necesito. Necesito lo que saben, lo que han aprendido en sus interminables años.

—La marca es fuerte, sí —murmura otro —. Pero lo que describes no es natural. La energía de la marca puede ser devastadora para los humanos, pero no genera sombras. No crea esa sensación de maldad. Algo externo está interfiriendo.

Mis manos se tensan en puños. Estoy a un segundo de estallar. He recorrido medio mundo para escuchar lo que ya sospechaba. Pero ellos continúan.

—Esto... podría ser obra de una bruja.

El silencio se espesa en la habitación tras esas palabras. Mi furia, siempre latente, arde con fuerza renovada.

—¿Una bruja? —escupo las palabras con incredulidad y rabia—. ¿Para qué una bruja querría el alma de MiYeon? ¿Qué podría ganar con esto?

—No lo sabemos con certeza —responde el más antiguo—. Pero las brujas son seres complejos, sus motivaciones a menudo son incomprensibles para los nuestros. Pueden trabajar por poder, por venganza o incluso por capricho. Lo que está claro es que lo que describes no es un simple ataque. Parece un vínculo. Su alma está atrapada.

Esas palabras me golpean con la fuerza de mil años de errores. ¿Su alma está atrapada? La imagen de MiYeon, inmóvil, vulnerable, indefensa en esa cama me desgarra. No puedo... no puedo permitir que esto siga así.

—Entonces, ¿qué debo hacer? — pregunto, con una voz más dura de lo que pretendía—. ¿Cómo la libero?

—Debes encontrar a la bruja responsable —dice uno de ellos, con la misma calma sepulcral—. Solo quien lanzó el hechizo puede romperlo.

La furia hierve en mis venas. La imagen de una bruja escondida en las sombras, manipulando el alma de MiYeon como si fuera un juguete, Ilena mi mente. No sé quién es, no sé por qué lo ha hecho, pero juro que la encontraré. Y cuando lo haga, la destruiré.

—Buscaré a cada bruja en este maldito pueblo. No descansaré hasta que la responsable pague —gruño, mi voz baja, llena de promesas de violencia.

Uno de los sabios me mira fijamente. Hay algo en su mirada, una advertencia velada.

—Ten cuidado, Jeon Jungkook. Las brujas no son criaturas fáciles de enfrentar. Juegan con fuerzas que incluso nosotros, los inmortales, no comprendemos por completo.

—No me importa —digo con frialdad—. Solo quiero que MiYeon despierte. No hay nada que no esté dispuesto a hacer.

Sin decir una palabra más, me doy la vuelta y salgo de la mansión. La noche se siente más oscura, más fría. Pero también más viva con la promesa de lo que vendrá.

Horas después.

El pueblo está en silencio cuando llego, pero el silencio es solo superficial. Las brujas están aquí. Lo sé. Puedo sentir la energía oscura en el aire, como un manto invisible que cubre las calles. Bajo mis órdenes, mis hombres ya se han movilizado. Cada bruja será encontrada, traída ante mí. No habrá escondite lo suficientemente profundo, ningún hechizo lo suficientemente poderoso. No hay fuerza en este mundo que me detenga ahora.

La furia es un torrente imparable dentro de mí. Si pudiera arrancarle el alma a cada bruja con mis propias manos para salvar a MiYeon, lo haría sin vacilar. Pero no puedo arriesgarme a matar a la responsable antes de saber cómo liberar a mi esposa. Así que las necesito vivas. Por ahora.

Cuando el primero de mis hombres regresa, lleva consigo a una mujer. Pequeña, delgada, con ojos que brillan con algo más que miedo. Me acerco a ella, y el hedor de la magia oscura es inconfundible.

—Tú, bruja —gruño, mi voz más baja y peligrosa de lo que pretendía—. ¿Qué has hecho con MiYeon?

Ella me mira, sus labios temblando, pero no dice nada. Mi paciencia, ya delgada, se rompe. La tomo por el cuello y la levanto del suelo, sosteniéndola con una mano. El miedo en sus ojos se intensifica, pero sigue en silencio.

—Habla —ordeno—. O juro por todo lo que soy que te haré desear la muerte.

—No... no sé nada... —balbucea ella, sus palabras entrecortadas por la falta de aire—. No he tocado a tu esposa...

—¿Mentiras? —la sacudo con fuerza, sintiendo mi control desvanecerse—. Sé que fue una de ustedes. ¡Dime quién!

—¡Por favor! —grita ella, las lágrimas rodando por su rostro—. No sé quién fue... pero... pero escuché rumores...

Me detengo. Aflojo un poco la presión, lo suficiente para que hable.

—¿Qué rumores?

—Hay... hay una bruja. Nueva. Ha estado haciendo cosas extrañas... hechizos que ni siquiera las ancianas del aquelarre reconocen. Es poderosa... mucho más de lo que debería ser... —la bruja jadea, desesperada—. ¡Tal vez fue ella!

Mi mente se acelera. Una bruja nueva, alguien con poderes inusuales. Eso encaja. Si es ella, si es la responsable, la encontraré. Y cuando lo haga, no habrá misericordia. Solo destrucción.

La ira me consume mientras vuelo sobre los tejados oscuros del pueblo. Mi mente es un torbellino de pensamientos furiosos, impulsado por la desesperación. Esta bruja... esta maldita bruja tiene las respuestas que necesito. Y juro que, cuando la encuentre, no habrá lugar en este mundo en el que pueda esconderse. Ni sombra que la proteja de mi furia.

El pueblo está sumido en el silencio nocturno, pero mi presencia es como una tormenta que se avecina. Los pocos humanos que se atreven a caminar por las calles no se atreven a levantar la vista, no se atreven a mirarme. Mi rabia es palpable, casi tangible en el aire que rodea mis pasos. No soy un hombre en este momento. Soy una bestia desatada.

—Aquí —susurra uno de mis hombres, señalando una pequeña casa al borde del bosque. Apenas una choza. Desde fuera no parece más que un montón de madera podrida y musgo. Pero el hedor a magia oscura es inconfundible. Esto es lo que he estado buscando.

Me acerco a la puerta de la cabaña, mis sentidos alertas. Escucho el sonido de la madera crujiendo bajo mi peso, el leve siseo de un fuego en el interior. Pero hay algo más... algo que me retuerce las entrañas. Es una presencia oscura, una energía que late bajo la superficie de este lugar.

Sin perder más tiempo, empujo la puerta con un solo golpe. El metal de la cerradura se parte en pedazos, y entro.

La luz de las velas parpadea en el interior, arrojando sombras que se retuercen en las paredes. Al fondo, sentada en una mesa, está ella.

La bruja.

Es más joven de lo que imaginaba. Su cabello negro y largo cae en desorden, y sus ojos oscuros me observan con una mezcla de desafío y miedo. No necesita presentarse. Lo sé. Esta es la responsable. Esta es quien ha puesto a MiYeon al borde de la muerte.

—Sabes por qué estoy aquí —digo, mi voz baja, goteando veneno.

Ella me mira, una sonrisa amarga en sus labios.

—Lo sé —responde, su tono más frío de lo que hubiera esperado—. He estado esperándote.

Las palabras me irritan más allá de lo soportable. No tengo tiempo para juegos. En un parpadeo, estoy frente a ella, tomándola por el cuello con una mano y levantándola del suelo como si no pesara nada. Sus pies cuelgan en el aire, sus manos se aferran a mi brazo, pero no me detengo. Mi paciencia se ha agotado.

—Deshaz lo que has hecho —gruño, acercando su rostro al mío, lo suficiente como para que vea el abismo de furia en mis ojos—. O te juro que te haré desear la muerte.

Ella se ríe, una risa vacía, como si la amenaza no le importara en absoluto. La suelto con violencia, dejándola caer al suelo. Se tambalea pero se recupera rápidamente, frotándose el cuello donde mis dedos habían dejado marcas. Su risa se desvanece, pero sus ojos siguen fijos en mí, desafiantes.

—No puedes matarme, Jungkook —dice, el nombre saliendo de sus labios como una maldición—. Porque soy la única que puede salvarla.

—¿Por qué? —espeté, mi furia creciendo con cada segundo—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué ganas con esto? ¡Ella no te ha hecho nada!

La bruja ríe otra vez, esta vez más amarga, más oscura.

—¿Que no me ha hecho nada? —se burla, su voz ahora cargada de resentimiento—. Ella te robó. MiYeon te robó a ti, Jungkook. Tú... tú debías ser mío. Desde el principio, desde siempre. Pero entonces apareció ella, con su cara inocente, su fragilidad... ¡Y tú la elegiste a ella!

La sorpresa me golpea como una ola helada. ¿De dónde viene todo esto? No recuerdo haber visto a esta bruja en mi vida, ni mucho menos haber tenido una conexión con ella. Pero mientras ella continúa hablando, las piezas comienzan a encajar.

—Hiciste de ella tu esposa, cuando yo era la que te merecía. Yo soy fuerte. Yo podría haber soportado tu marca. Pero tú... tú me rechazaste. Y ahora ella está en mi camino, ella... y esa cosa que crece dentro de su vientre.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Por un segundo, el mundo parece detenerse. Esa cosa... Esa cosa en su vientre.

—¿Qué estás diciendo? —le exijo, mis colmillos extendiéndose de pura rabia.

—¿No lo sabías? —dice, su voz ahora teñida de burla—. Oh, Jungkook, eres más ignorante de lo que pensaba. MiYeon está embarazada. Está esperando a tu hijo.

Mis pensamientos se disuelven en un caos total. El latido. Ese leve pulso que siempre sentía cuando tocaba el vientre plano de MiYeon, cada vez que me acercaba a ella en las últimas semanas.

No lo comprendí. Pensé que era un eco de mi propia desesperación, mi deseo de sentir algo más que su cuerpo vacío.

Pero era él. O ella. Nuestro hijo.

La realidad me golpea con tanta fuerza que casi me tambaleo. MiYeon... embarazada. MiYeon llevando dentro de ella una vida que yo jamás pensé posible. No sabía que esto podía pasar. Los vampiros no crean vida. Y sin embargo, allí estaba, creciendo dentro de ella.

—¿Qué has hecho? —mi voz ahora es un susurro envenenado, un rugido contenido por el horror de lo que estoy descubriendo.

—He puesto a MiYeon en un estado en el que lentamente morirá, junto con esa cosa dentro de ella. Y cuando eso suceda, todo volverá a ser como debía ser. Tú serás mío. Siempre lo has sido.

La furia me consume por completo, como un fuego incontrolable que devora todo a su paso. En un parpadeo, la tomo de nuevo por el cuello, levantándola hasta que sus pies apenas rozan el suelo.

—Deshaz el hechizo. Ahora —escupo, apretando con más fuerza.

La bruja jadea, luchando por respirar, pero se ríe entre dientes.

—Lo haré... lo haré, pero... —se detiene, tosiendo—. Habrá un precio.

—No me importa el precio —respondo, con los colmillos expuestos—. Lo que sea, lo pagaré.

—Cuando rompa el hechizo —continúa, su voz apenas un susurro—, MiYeon vivirá... pero los recuerdos de ti... de todo lo que compartieron... desaparecerán. Nunca te recordará, Jungkook. Para ella, será como si nunca hubieras existido.

La gravedad de sus palabras me golpea con fuerza, tanto que casi suelto su cuello. MiYeon... olvidándome.

Olvidando todo lo que fuimos, todo lo que vivimos. Cada beso, cada promesa, cada susurro en la oscuridad. Todo barrido de su mente, como si yo fuera solo un sueño olvidado.

Un abismo de miedo se abre dentro de mí. No puedo perderla, no de esa manera. ¿Pero qué opción tengo? Si no hago esto, MiYeon morirá. Y con ella, nuestro hijo. No puedo permitirlo. No puedo ser tan egoísta como para preferir sus recuerdos sobre su vida.

Respiro profundamente, mis manos temblando con la furia y la desesperación contenidas. La miro directamente a los ojos, mis propios ojos llenos de odio.

—Hazlo —digo, mi voz rota—. Pero si intentas engañarme, si le haces algún daño más, te juro que no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de mí.

La bruja asiente lentamente, con una sonrisa amarga y victoriosa en sus labios. Me doy cuenta de que, aunque he ganado, también he perdido.

Ella extiende una mano, murmurando palabras en un idioma que no entiendo. La energía en la habitación cambia. Siento el aire volverse más pesado, más denso. Y luego, todo se calma.

—Está hecho —dice la bruja, su voz débil—. Ahora vete. Y despídete de tu esposa, si aún puedes.

Me quedo allí, inmóvil, mientras la realidad de lo que acaba de suceder me aplasta. MiYeon despertará. Vivirá. Pero no sabrá quién soy. No recordará nuestro amor, ni nuestra vida juntos. Para ella, seré un extraño.

Y mientras salgo de esa choza, dejo atrás algo más que una bruja derrotada. Dejo atrás la única parte de mí que alguna vez fue humana.

El viento frío de la noche me envuelve mientras regreso al castillo. Cada paso que doy retumba en mis oídos como si el mundo entero estuviera anunciando mi derrota. Las sombras de los árboles parecen burlarse de mí, estirándose, danzando en la penumbra, susurrando palabras de condena. No puedo sacudir la sensación de que he perdido, de que todo lo que amaba, todo lo que me importaba, se ha disuelto entre mis dedos, como arena arrastrada por el viento.

El vuelo de regreso es una tortura. Cada segundo que pasa, cada centímetro que me acerca a MiYeon es como un cuchillo que se clava más profundo en mi pecho. He salvado su vida, pero la he perdido de otra manera. La imagen de sus ojos vacíos, mirándome sin reconocimiento, me persigue. Mi mente no deja de repetirme lo que la bruja me dijo, como una maldición que no puedo sacudirme: Nunca te recordará, Jungkook. Para ella, será como si nunca hubieras existido.

El pensamiento me destroza. Nunca, ni en los mil años que llevo caminando por esta Tierra, había sentido un dolor tan profundo. He perdido amigos, he perdido compañeros, he visto morir imperios y he visto caer reinos. Pero perderla a ella… de esta manera… es algo que nunca podría haber imaginado.

Y entonces, mi hijo. Nuestro hijo. Algo que nunca creí posible. Una vida que, sin saberlo, había comenzado a formarse en el vientre de MiYeon. Un pequeño latido que yo había sentido pero no había comprendido. ¿Qué haré si, cuando despierte, decide marcharse? ¿Si toma a nuestro hijo y me deja solo? El miedo me consume. No puedo perderlos, no a los dos. No a ella y al ser que nunca conocerá mi rostro, mi voz. La desesperación me arrastra hacia un abismo del que no puedo escapar.

Mis manos se aferran a mi cabello mientras atravieso los grandes portones del castillo. Mi mente está llena de preguntas sin respuestas, temores que no puedo enfrentar. El eco de mis pasos retumba por los pasillos vacíos, y cada paso me acerca más a la realidad que me aterra. Ella no me recordará.

Subo las escaleras hacia nuestra habitación, mi cuerpo tenso, mi pecho ardiendo de angustia. Cada paso hacia esa puerta es una batalla perdida, una guerra que no puedo ganar. La puerta se abre ante mí, y allí está ella. MiYeon. Mi esposa. Mi amor.

Su cuerpo sigue inmóvil en la cama, su piel pálida bañada por la luz plateada de la luna que entra a través de las grandes ventanas. Parece frágil, más pequeña de lo que la recuerdo. Como si todo este tiempo, todo este sufrimiento, la hubiera reducido a algo delicado, algo que podría romperse con un solo susurro. Mi corazón se contrae en mi pecho, y me acerco lentamente.

Me arrodillo a su lado, mis manos temblorosas buscando las suyas. Sus dedos están fríos, pero todavía vivos. Su pulso es débil, pero está ahí. No puedo soportarlo. Siento las lágrimas empezar a llenar mis ojos, un peso en mi garganta que no puedo tragar.

—Por favor… —susurro, apretando sus manos con las mías, como si pudiera transferirle todo mi amor, toda mi desesperación—. Por favor, MiYeon, no me olvides. No me dejes. No… no puedo hacer esto sin ti.

Las lágrimas ruedan por mis mejillas, calientes, pesadas, como si cada una de ellas llevara el peso de mil años de errores. El inmortal que nunca debería haber llorado, ahora se derrumba, impotente ante la crueldad del destino.

—Tú eres… eres todo lo que tengo. Eres todo lo que soy. —Mi voz se rompe, apenas un susurro desesperado—. No puedo perderte. No de esta manera. No después de todo.

Mi frente se apoya en la suya, y por un segundo me permito sentir su cercanía. Pero incluso en ese instante, todo me parece vacío. Siento que el destino ya ha tomado una decisión, una cruel ironía para un ser que ha vivido mil vidas y que, sin embargo, no sabe cómo vivir sin ella.

Entonces, siento algo. Un pequeño movimiento. Un leve temblor en su mano.

Me aparto con incredulidad, con miedo. Miro sus dedos, sus delicados dedos moviéndose lentamente, como si estuvieran despertando de un sueño eterno. Mi corazón late frenéticamente en mi pecho, y por un instante, hay esperanza. Pero esa esperanza está teñida de un miedo insoportable.

MiYeon abre lentamente los ojos. Su respiración se hace más profunda, más regular. El color comienza a regresar a sus mejillas. Es un milagro. Está despertando.

Pero entonces… lo veo. La mirada en sus ojos no es la mirada de alguien que ha encontrado el amor de su vida tras un largo sueño. No es la mirada de MiYeon regresando a mí. Es una mirada vacía, una mirada desconcertada. Y antes de que pueda decir una sola palabra, ella rompe el silencio.

—¿Por qué lloras?

Esas palabras me golpean como un martillazo en el pecho. Su tono es suave, pero hay algo ausente en su voz. No hay calidez, no hay amor, no hay reconocimiento. Es como si estuviera hablando con un extraño.

Mi garganta se cierra, y las lágrimas que creía ya agotadas vuelven a fluir, más fuertes que nunca. Me esfuerzo por mantenerme firme, pero la realidad me aplasta. No me recuerda.

No soy nada para ella.

Intento hablar, pero las palabras no salen. El nudo en mi garganta es demasiado fuerte, el dolor es demasiado grande. No soy el hombre al que ella despertó esperando ver. Soy un fantasma, un extraño. Y entonces, después de un silencio que me destroza por dentro, ella hace la pregunta que termina de destruirme.

—¿Quién eres?

Esas dos palabras son la última estaca clavada en mi corazón inmortal. Todo se oscurece a mi alrededor. El castillo, el mundo, el tiempo… todo deja de tener sentido. No hay nada más que ese abismo de desesperación en el que caigo sin remedio. MiYeon, mi MiYeon, no sabe quién soy. El amor de mi vida, la razón por la que he soportado siglos de soledad, me ha sido arrebatada, no por la muerte, sino por el olvido.

Me desplomo a su lado, incapaz de contener la avalancha de dolor. Las lágrimas caen sin cesar mientras me aferro a su mano, como si al tocarla pudiera traer de vuelta los recuerdos, la conexión, el amor que una vez compartimos.

—Soy… soy Jungkook —logro decir entre sollozos, mi voz rota, llena de una tristeza insondable—. Soy… soy tu esposo.

Pero ella solo me mira, sus ojos confundidos, sin una chispa de reconocimiento. No hay nada. Ningún vestigio del amor que alguna vez nos unió.

Mi voz se apaga. Me siento como un niño perdido, sin saber qué hacer, sin saber cómo seguir. La esperanza que había albergado de que todo podría arreglarse, de que podríamos superar esto, se ha desvanecido. MiYeon está aquí, viva, pero el precio ha sido su alma, su corazón, todo lo que alguna vez fuimos. Y lo peor de todo es que, aunque la he salvado, la he perdido para siempre.

—No me recuerdas… —susurro finalmente, el dolor sofocando mis palabras—. MiYeon… mi amor… me has olvidado.

Ella no dice nada. Solo me mira. Y yo, roto, perdido, soy tragado por la oscuridad del abismo de un amor que ha sido borrado de la existencia. Un amor que, para ella, nunca fue.

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