Uno
La casa vibraba.
Desde la habitación del fondo, los sonidos eran brutales, sin ningún tipo de pudor. La cama golpeaba rítmicamente contra la pared, un bum-bum-bum constante y salvaje que hacía temblar los cuadros del pasillo. Los gemidos de la mujer eran agudos, entrecortados, casi animales. Y por encima de todo, el sonido inconfundible de piel contra piel: húmedo, fuerte, obsceno.
Jeongguk tenía a la chica boca abajo, las rodillas clavadas en el colchón y el culo levantado. La sujetaba con fuerza de las caderas, los dedos hundidos en su carne mientras la follaba con embestidas profundas y brutales. Cada vez que entraba hasta el fondo, su pelvis chocaba contra las nalgas de ella con un plap sonoro y húmedo que resonaba en toda la casa.
—¡Joder, sí! ¡Así, Jeongguk! ¡Más fuerte, carajo! —gritaba la chica, la voz rota de placer. Su cara estaba enterrada en las sábanas, el pelo pegado a la espalda sudorosa. Tenía el culo rojo de las palmadas que él le había dado minutos antes.
Jeongguk gruñó como respuesta, una sonrisa torcida en los labios. Sudaba. Los músculos de su abdomen se marcaban con cada embestida. Su polla gruesa desaparecía completamente dentro de ese coño empapado que lo apretaba como un puño caliente. Sacó casi todo el grosor solo para volver a clavársela de una sola estocada, tan fuerte que la chica soltó un grito ahogado.
—¿Te gusta que te folle como a una puta, eh? —le dijo con la voz ronca, inclinándose sobre ella para morderle el hombro—. Dilo.
—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Soy tu puta, Jeongguk! ¡Fóllame más duro!
Él se rio, bajo y oscuro, y aceleró el ritmo. La cama crujía peligrosamente. El sonido de sus huevos golpeando contra el coño mojado de ella se mezclaba con los gemidos cada vez más altos. La chica estaba chorreando; cada vez que Jeongguk salía, un hilo brillante de sus jugos se estiraba entre ellos.
En la habitación de al lado, Jungkook apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula.
Estaba tirado en su cama, con los auriculares puestos a todo volumen, pero ni siquiera el trap más fuerte lograba tapar los ruidos. El plap plap plap constante se le metía en la cabeza. Cada gemido, cada insulto sucio, cada golpe de la cabecera contra la pared le llegaba clarísimo.
—Hijo de puta… —murmuró, quitándose los auriculares de un tirón.
Se pasó las manos por la cara. Estaba sudando, y no precisamente de calor. El sonido era asquerosamente claro: la forma en que su hermano gemelo se estaba cogiendo a esa golfa, cómo ella pedía más, cómo Jeongguk le respondía con esa voz grave y arrogante que usaba siempre cuando follaba.
Jungkook se levantó de golpe. Llevaba solo unos pantalones de chándal negros, el torso desnudo. Su cuerpo era idéntico al de su hermano: mismo abdomen marcado, mismos brazos tatuados, misma altura. Pero su expresión era completamente diferente: furia contenida, mandíbula tensa, ojos oscuros.
Caminó hasta la puerta de su habitación y la abrió de un tirón. El pasillo se llenó aún más con los sonidos. Ahora podía escuchar hasta el chapoteo húmedo cada vez que Jeongguk la penetraba.
—¡Jeongguk! —gritó hacia el fondo del pasillo, la voz cargada de irritación—. ¡Bájale al puto volumen, carajo!
Del otro lado solo se escuchó una risa ronca seguida de una palmada fuerte en el culo de la chica y un gemido más agudo.
Jungkook apretó los puños. Sabía perfectamente cómo era su hermano: cuando se ponía así, no paraba hasta dejar a la chica temblando y sin poder caminar derecho. Y siempre traía a casa a las más ruidosas. Las más putas.
Se metió de nuevo en su habitación, agarró una camiseta negra cualquiera y se la puso con movimientos bruscos. Tomó las llaves de la moto y la billetera. No iba a quedarse ahí escuchando cómo su hermano gemelo se tiraba a otra golfa como si el mundo se fuera a acabar.
Antes de salir, se detuvo frente a la puerta de la habitación de Jeongguk. El ruido era ensordecedor ahora. La chica estaba gritando que se iba a correr, suplicando que no parara.
Jungkook golpeó la puerta con el puño, fuerte.
—¡Jeongguk, pedazo de hijo de puta! —gritó—. ¡Cuando vuelva, más te vale que no encuentre a ninguna de tus amiguitas aquí! ¡Ni una sola! ¿Me oíste, imbécil?
Del otro lado solo se escuchó la risa entrecortada de su hermano y un gemido particularmente largo de la chica, seguido de un plap especialmente fuerte.
Jungkook maldijo por lo bajo, abrió la puerta principal de un tirón y salió dando un portazo tan fuerte que hizo vibrar las ventanas.
El aire fresco de la noche le golpeó la cara mientras bajaba las escaleras hacia el garaje. Todavía podía escuchar, aunque más lejano, los gemidos de esa golfa y los gruñidos de su hermano.
Se subió a la moto, encendió el motor con un rugido y aceleró sin mirar atrás.
—Maldito degenerado… —masculló entre dientes mientras salía a la calle a toda velocidad.
Dentro de la casa, Jeongguk sonrió con los dientes apretados, sin dejar de follar a la chica con fuerza brutal. Había escuchado perfectamente a su hermano.
Y eso solo lo puso más cachondo.








