Prólogo
Cada dos crones, el universo volvía a comenzar.
No era un nacimiento, ni una muerte. Era un reinicio silencioso, una corrección perfecta donde todo regresaba a su estado original. Las guerras se borraban. Los nombres se disolvían. Las decisiones dejaban de importar. Solo las constelaciones, los dioses y la Madre Cosmo —origen y final de todo lo que existe— conservaban memoria de esa danza eterna.
Las estrellas registraban cada ciclo con paciencia infinita, tejiendo un archivo invisible donde quedaban grabadas todas las vidas, incluso aquellas destinadas a desaparecer sin dejar rastro. Para los mortales, el tiempo avanzaba en línea recta. Para el universo, siempre fue un círculo.
Hasta que algo cambió.
En uno de esos reinicios, una decisión fue tomada con la intención de preservar el equilibrio. Un acto que no pretendía romper el ciclo, sino asegurarlo. Pero el equilibrio no es sinónimo de control, y lo que fue concebido como corrección sembró una grieta imperceptible.
El reinicio ocurrió.
Pero no fue completo.
Fragmentos de memoria, ecos de voluntades antiguas y vínculos que no debían persistir atravesaron el umbral del nuevo comienzo. El universo siguió su curso, pero algo quedó fuera de lugar, como una nota discordante en una melodía perfecta.
Fue entonces cuando el cielo se abrió.
Lo que los mortales confundieron con una lluvia de estrellas fue, en realidad, la llegada de aquello que no debía existir en ese ciclo. Bestias nacidas de pactos olvidados, portadoras de un poder que no respondía al tiempo ni al olvido. No llegaron como castigo, ni como salvación. Llegaron como consecuencia.
Y el universo, que todo lo recuerda, no hizo nada para detenerlas.
Porque no todas las decisiones pueden deshacerse.
Y no todos los errores desaparecen con un nuevo comienzo.
Esta vez, el reinicio no borró las consecuencias.








