Uno
Nabi abrió los ojos lentamente, sintiendo primero el peso de una mirada que parecía perforarle la piel. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas gruesas. Y ahí estaba él: Jungkook, apoyado sobre un codo a su lado, observándola con esa intensidad que ya se había vuelto habitual. Sus dedos largos y tatuados recorrían con lentitud el contorno de su cintura, bajando por la curva de su cadera, como si estuviera memorizando cada milímetro de su cuerpo. Otra vez.
—Buenos días, mi vida —murmuró él con voz ronca, aún cargada de sueño y de algo más oscuro. Se inclinó para depositar un beso posesivo en su cuello, inhalando profundamente su aroma—. ¿Dormiste bien?
Nabi tragó saliva y forzó una sonrisa suave. Ocho meses de matrimonio y todavía no se acostumbraba a esa versión de él. Durante el noviazgo, Jungkook había sido el hombre perfecto: cariñoso, juguetón, detallista. Le regalaba flores sin motivo, la hacía reír hasta que le dolía el estómago y la miraba como si fuera lo más preciado del universo. Pero desde el día en que firmaron los papeles y él deslizó el anillo en su dedo, algo cambió. Como si el matrimonio hubiera activado un interruptor invisible. Ahora su amor venía acompañado de cadenas invisibles.
—Sí, dormí bien —respondió ella en voz baja, intentando moverse. Pero la mano de Jungkook se cerró inmediatamente sobre su cadera, impidiéndole escapar.
—Quédate un poco más —ordenó suavemente, aunque el tono no admitía réplica. Sus dedos se deslizaron bajo la tela de su camisón, acariciando la piel desnuda con una mezcla de ternura y hambre—. Me gusta verte así, recién despertada. Solo mía.
Nabi sintió un escalofrío. No era miedo exactamente, sino una opresión en el pecho que crecía día a día. Amaba a Jungkook. Lo amaba con todo su ser. Pero ese amor empezaba a asfixiarla.
Cuando por fin logró levantarse, caminó hacia el baño sintiendo su mirada clavada en la espalda. Se duchó rápido, eligiendo un vestido ligero y cómodo para el día cálido que se anunciaba. Al salir, Jungkook ya estaba vestido: jeans oscuros, camisa negra ajustada que marcaba sus músculos y esa expresión de calma controlada que ocultaba tormentas.
—Voy a ir al centro comercial —anunció Nabi con fingida naturalidad, mientras se ponía los pendientes frente al espejo—. Necesito comprar algunas cosas para la casa y… quiero caminar un rato.
El silencio que siguió fue pesado. Jungkook se acercó por detrás, rodeándola con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Sus ojos se encontraron en el reflejo del espejo.
—Yo te acompaño —dijo sin titubeos. No era una oferta. Era una afirmación.
—Jungkook… —Nabi suspiró, girándose entre sus brazos para mirarlo de frente—. Puedo ir sola. No tardaré mucho. Solo quiero un poco de aire, caminar entre la gente.
La expresión de él se endureció. Sus manos bajaron hasta su cintura, sujetándola con firmeza, casi con fuerza. No le hacía daño, pero el mensaje era claro: no iba a soltarse.
—¿Sola? —repitió, como si la palabra le ofendiera—. Nabi, eres mi esposa. Todo lo que tienes, todo lo que eres, es mío. ¿Por qué querrías ir sola? ¿Hay algo que no quieres que vea?
—No es eso —protestó ella, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con subir—. Es que… a veces me siento asfixiada. No me dejas ni respirar, Jungkook. Desde que nos casamos, no he tenido ni un solo momento para mí. Me vigilas, me llamas cada hora, revisas mi teléfono…
—Porque te amo —interrumpió él, acercando su rostro hasta que sus frentes se tocaron. Su voz bajó a un susurro peligroso, cargado de emoción—. Antes de casarnos no entendía lo que significaba tenerte para siempre. Ahora lo sé. Y no voy a arriesgarme a perderte. Eres mía, Nabi. Mía. ¿Lo entiendes?
Ella cerró los ojos, derrotada. El corazón le latía con fuerza. Recordaba las discusiones de las últimas semanas, las lágrimas, las reconciliaciones apasionadas en las que él le hacía el amor como si quisiera marcarla para siempre. Jungkook nunca le había puesto una mano encima con violencia, pero su control era absoluto. Monitoreaba sus gastos, sus mensajes, sus ubicaciones. Sabía con quién hablaba y durante cuánto tiempo. Y siempre, siempre, necesitaba tocarla. Como si el contacto físico fuera la única forma de asegurarse de que ella no desaparecería.
—Está bien —susurró finalmente, rindiéndose—. Vamos juntos.
Jungkook sonrió, victorioso, y la besó con profundidad, como si sellara un pacto. Sus manos bajaron hasta sus muslos, apretando posesivamente.
—Esa es mi chica.
El trayecto en el auto fue silencioso. El lujoso SUV negro avanzaba por las calles de la ciudad mientras Jungkook tamborileaba los dedos sobre el volante con un ritmo irregular, casi nervioso. Su otra mano descansaba firmemente sobre el muslo de Nabi, subiendo y bajando lentamente, acariciando la piel expuesta bajo el vestido. No la soltaba ni siquiera en los semáforos. Cada tanto, giraba la cabeza para mirarla, inhalando su perfume como si fuera oxígeno.
Nabi miraba por la ventana, fingiendo interés en el paisaje. Por dentro, su mente era un torbellino. Recordaba cómo, durante el noviazgo, Jungkook le había contado sobre su infancia difícil, sobre las pérdidas que había sufrido. “Nunca más quiero sentir que algo bueno se me escapa”, le había dicho una noche. En aquel entonces le había parecido romántico. Ahora entendía el peso real de esas palabras.
—Te ves hermosa hoy —dijo él de repente, apretando ligeramente su muslo—. Ese vestido te queda perfecto. Pero la próxima vez avísame antes de elegirlo. Me gusta saber qué llevas puesto.
Nabi asintió sin mirarlo. El centro comercial se acercaba. Por un momento, imaginó perderse entre la multitud, respirar libremente aunque fuera unos minutos. Pero sabía que no sucedería. Jungkook caminaría a su lado, con la mano en su cintura o entrelazada con la suya, marcando territorio delante de todos. Sonreiría, sería encantador con los vendedores, y nadie sospecharía que, detrás de esa fachada perfecta, su esposa se estaba ahogando lentamente.
Cuando aparcó el auto, Jungkook apagó el motor pero no se movió. Se giró hacia ella, tomando su rostro entre las manos con una delicadeza engañosa.
—Dime que me amas —exigió en voz baja.
—Te amo, Jungkook —respondió Nabi, y era verdad. Lo amaba. Pero también le tenía miedo a lo que ese amor estaba haciendo con ella.
Él sonrió, satisfecho, y depositó un beso largo en sus labios.
—Bien. Porque yo te amo más de lo que puedes imaginar. Y nunca, jamás, te dejaré ir.
Abrió la puerta del auto y extendió la mano hacia ella, esperando. Nabi la tomó, sintiendo cómo los dedos de él se cerraban alrededor de los suyos como un grillete cálido y aterciopelado.
El centro comercial los esperaba, lleno de gente y posibilidades. Pero para Nabi, solo era otro escenario donde su esposo demostraría, una vez más, que ella le pertenecía por completo.








