CAPÍTULO I : ENCUENTRO
"Porque los fantasmas existen, viven entre nosotros y son tan reales como tú y yo".
—Ed Warren.
El cepillo dental se movía con círculos enérgicos sobre las muelas de Nate, removiendo los restos de azúcar. Tenía el mal hábito de comer golosinas por las mañanas antes de lavarse los dientes, así que aprovechaba para hacer todo de una vez.
Frente al espejo del baño, una mujer con la cabeza empapada en sangre lo miraba fijamente. Él continuó con lo mío, actuando como si ella no estuviera ahí.
—¿Puedes verme? —preguntó la aparición con intensidad—. A que sí puedes.
Nate ignoró su presencia por completo. Desde que tenía memoria veía cosas; específicamente, muertos. A veces creía que la película de
El Sexto Sentido
se había inspirado en su propia vida. La mujer, movida por una evidente curiosidad, se le acercó y soltó un grito:
—¡Marco!
—Polo —contestó él, dejando salir el aire de sus pulmones en un bufido de fastidio. Nunca podía tener una mañana tranquila.
—¡Ja! Niño, ¿así que también puedes escucharme? ¿Por qué me ignoras?
Los hermanos subieron primero. El chico fantasma fue detrás de Nate; la cercanía de la aparición era tal que el estudiante comenzó a sentir una pesadez real en la espalda.
—No estoy muerto, por eso puedes verme —habló el fantasma, posicionándose justo a su lado en el pasillo del autobús.
—Te dije que sigas la luz. No habrá más dolor allá, ve en paz.
—¡Que no soy u —replicó ofendido.
—Eso dicen todos.
Nate suspiró en su dirección. Tomando las casi nulas fuerzas que le quedaban tras una terrible noche en vela por los exámenes, delineó una cruz imaginaria en el aire con la mano.
—Vaya en paz —repitió, dando por terminado el encuentro.
—Vamos, Nate, ya llegamos.
Leo lo tomó del brazo y lo jaló hasta la entrada de la escuela en cuanto el autobús se detuvo.
—No sé qué te sucede hoy, actúas más raro de lo normal —dijo Leo, alargando las letras—. Pero eres mi hermano y te apoyo. Nos vemos en la hora del almuerzo, ¡suerte en los exámenes! —le dio unos golpecitos en el hombro y se fue sonriendo, tan alegre como de costumbre.
Nate caminó hacia los casilleros y, de la nada, el fantasma del autobús apareció para tirar todos sus libros al suelo. Los alumnos que caminaban por el pasillo se voltearon de inmediato en cuanto sonó el estruendo de las cosas al caer.
—No me ignores —sentenció el misterioso chico—. Mira, te aseguro que no estoy muerto, sólo debo acostumbrarme a esto y listo. Me verás aquí pronto. Adiós.
Desapareció del mismo modo que todos los espíritus que deambulaban por el mundo.
Nate entró a sus clases de soporte de estructuras. ¿En qué momento había escogido arquitectura? Ah, ya lo recordaba: solía ver videos en YouTube de personas que hacían maquetas perfectas y su cerebro creyó que sería igual de fácil para él.
—Muchachos, revisé sus exámenes —anunció el profesor desde el frente—. No puedo decir que son los mejores, pero tampoco los peores. Pongamos más empeño la próxima vez.
Mientras el docente repartía las hojas, Nate sintió un miedo terrible de ver su nota. Estaba seguro de que obtendría un seis, a pesar de que se había matado estudiando. Levantó la hoja con temor y se topó con un glorioso ocho; esas horas leyendo de madrugada debían dar frutos.
—Los que tengan una calificación arriba de siete pueden retirarse. Los que tengan menos, por favor esperen para que arreglemos este asunto de los resultados y atender quejas.
Nate metió sus cosas a la velocidad de la luz en la mochila y salió al pasillo en busca de sus amigos.
—Dime por favor que pasaron sus exámenes —les pidió Nate al alcanzarlos.
—En efecto. No con las mejores calificaciones, pero sí, sobrevivimos —respondió Gale con una sonrisa de alivio—. Nos costó media vida, pero el ocho de Nate nos da esperanza a todos.
—Yo casi colapso en la tercera pregunta —añadió Jhani, cerrando su libreta de golpe—. Necesito comida y café de inmediato si quieren que sobreviva a las clases de la tarde.
—Vamos a la cafetería entonces —comentó Nate encogiéndose de hombros, agradecido por la normalidad de sus amigos. Con ellos podía olvidarse por un momento de los espíritus que lo acechaban en cada esquina.
El grupo buscó una mesa a las orillas del gran lugar. Gale y Jhani se sentaron juntos a un lado, mientras Nate se acomodaba frente a ellos. Los tres mantenían sus hojas de examen boca abajo sobre el tablón de madera, como si tuvieran entre manos cartas de póker de alta tensión.
—Bien, no podemos seguir aplazando esto —dijo Jhani, tamborileando los dedos nerviosamente—. A la cuenta de tres las volteamos. Si alguien reprobó, el resto paga el café de la tarde para amortiguar el dolor. ¿Trato?
—Trato —coincidieron Nate y Gale al unísono.
—Una... dos... ¡tres! —cantó Jhani.
Tres hojas de papel crujieron al darse la vuelta al mismo tiempo sobre la mesa. Los ojos de los tres saltaron de una hoja a la otra, procesando los números marcados en tinta roja.
—¡Un siete! —celebró Jhani, soltando un grito ahogado y alzando los puños—. ¡Estoy viva! No sirvo para las estructuras complejas, pero el universo se apiadó de mí.
—Yo saqué un seis —suspiró Gale, dejándose caer contra el respaldo de la banca con una mezcla de alivio y agotamiento—. Literalmente pasé arrastrándome. Si el profesor hubiera revisado con más rigor mis cálculos de soporte, ahora mismo estaría buscando vacantes para trabajar en un circo.
—Por favor, Gale, si tú casi te desmayas en la tercera pregunta —se rió Jhani, dándole un empujón amistoso—. Pero hay que admitir que nuestro arquitecto estrella aquí presente nos salvó la vida a todos.
Ambos miraron el papel de Nate, donde brillaba un glorioso ocho.
—El ocho de Nate es el verdadero pilar de este equipo —aseguró Gale con total honestidad, estirando la mano para darle un choque de palmas a su amigo—. En serio, Nate, gracias. Tus apuntes de la madrugada fueron lo único que me salvó de recursar la materia. Estudiar contigo en la biblioteca hace que esta carrera maldita sea soportable.
—Opino lo mismo —añadió Jhani de corazón, mirando a Nate con cariño—. Sé que a veces te presionas de más y te encierras en tu propio mundo por el estrés, pero siempre encuentras tiempo para explicarnos lo que no entendemos. Gracias por no dejarnos atrás.
Nate sonrió de verdad, sintiendo cómo el pecho se le aligeraba. Odiaba ver muertos, odiaba la pesadez de sus mañanas, pero estar con ellos era su cable a tierra. Gale y Jhani lo conocían desde el primer semestre. Sabían que Nate tenía días donde se quedaba estático mirando a la nada, o que a veces murmuraba cosas entre dientes cuando el cansancio lo sobrepasaba. Nunca lo habían juzgado. Al contrario, simplemente habían aprendido a protegerlo y a integrarlo, creando un vínculo sólido donde se cuidaban entre todos.
—No fue nada —respondió Nate, encogiéndose de hombros, conmovido por sus palabras—. Saben que si yo caigo, caemos todos. Somos un equipo. Además, Gale, no sirves para el circo, le tienes miedo a las alturas.
—Buen punto —admitió él, provocando la risa de los tres.
Fue en ese momento cuando el ambiente de la cafetería cambió. Una corriente helada recorrió la columna de Nate. Levantó la vista y se topó con el chico del autobús. Se había materializado de golpe, sentándose en la banca justo al lado de Gale y Jhani, observando a Nate con una sonrisa ladina.
—Vaya, qué frío hizo de golpe —murmuró Gale, abrazándose a sí mismo por el repentino descenso de temperatura en el salón. Jhani asintió, frotándose los brazos con extrañeza.
Nate clavó una mirada de absoluto fastidio en dirección al chico sin vida. Desvió la mano disimuladamente hacia su oreja, acomodándose un audífono inalámbrico inexistente, una vieja táctica que usaba para que la gente no lo tomara por loco cuando se veía obligado a interactuar con un espíritu en público.
—¿Por qué será? —habló Nate en voz alta, fingiendo que respondía a una llamada telefónica invisible, mientras mantenía los ojos fijos en el espectro.
El fantasma cruzó los brazos sobre la mesa, ignorando por completo a Gale y a Jhani, para clavar sus ojos brillantes en Nate.
—Te dije que me verías en unos días —sentenció el espíritu—. Y no me voy a ir hasta que admitas que puedes escucharme.
—Ya te dije que te vayas al más allá, no me interesa tu vida —siseó Nate con la voz más baja y monótona que pudo modular, pretendiendo dictar un mensaje de voz en su celular, el cual sostenía sobre la mesa.
—¿Todo bien, Nate? —interrogó Gale, arqueando una ceja al ver que su amigo miraba fijamente al espacio vacío al lado de Jhani, en lugar de mirar su pantalla.
Jhani lo observó con confusión. Estaban acostumbrados a que Nate tuviera arranques de distracción o que hablara solo por el estrés de la carrera, pero esta vez su lenguaje corporal estaba extrañamente rígido.
—Sí, todo bien... Es un cliente de las maquetas. Hay personas que de verdad deberían aprender a descansar y no molestar a esta hora —disimuló Nate, colgando la "llamada" ficticia y fulminando al espectro con la mirada para que se callara de una vez.