Chapter 1
El puto sol me odia.
Lo sé porque está ahí, jodidamente brillante, directamente en mi cara mientras intento concentrarme en el puto campo de entrenamiento. Como si no fuera suficiente con tener a medio puto curso mirándome, esperando que explote, apostando mentalmente a qué minuto voy a mandar a la mierda a alguien.
Siempre ganan.
Catorce minutos. Ese es mi récord actual. Catorce minutos en entrenamiento sin mandar a la mierda a nadie. Kirishima lleva la cuenta, el imbécil cree que no me doy cuenta. Lo hace en una libreta verde —verde, como el puto Deku, porque todo en mi vida tiene que volver a él— y anota algo cada vez que grito.
Hoy voy a romper mi récord. Lo sé. Lo siento en los huesos.
No he dormido bien en tres días. "Bien" es una palabra de mierda, porque "bien" para mí significa cuatro horas sin despertarme empapado en sudor con el puto eco de una explosión en los oídos. Anoche fueron dos. Dos horas. Me pasé el resto mirando el techo, contando las grietas, sintiendo cómo mi propia sangre hacía demasiado ruido.
Zum zum zum. Como malditas abejas dentro de las venas.
—¡Bakugo! ¡Concéntrate!
Aizawa me escupe la orden como si fuera fácil. Como si no llevara veintisiete horas despierto haciendo cálculos mentales de cuánta nitroglicerina puedo sudar antes de que mi cuerpo decida que ya está bien, que se acabó, que se va a parar.
Que se joda mi cuerpo. Yo decido cuándo se acaba.
—Estoy concentrado, mierda —gruño, apretando los puños. Las pequeñas explosiones crepitan en mis palmas, más débiles de lo que deberían. Las noto. Las noto todos los putos días un poco más débiles.
Pero nadie lo ve.
Nadie mira lo suficientemente cerca.
Todos ven al perro rabioso. Nadie ve al perro que lleva tres días sin comer porque le da asco la comida, que le da asco todo, que le da asco su propia existencia pero no sabe ser otra cosa que esto.
—Hoy trabajamos en parejas —anuncia Aizawa, y mi estómago se retuerce porque conozco esa mirada. Esa puta mirada que me lanza cuando sabe que voy a querer matar a alguien. —Bakugo con Midoriya.
Claro.
Claro que sí.
El universo tiene un sentido del humor de mierda.
Siento la mirada de Deku antes de verlo. Esa maldita forma que tiene de mirarme como si yo fuera un rompecabezas que lleva quince años intentando armar. Como si pudiera verme. Como si supiera.
—Kacchan...
—No empieces —le corto, y mi voz suena más rota de lo que quería. Más áspera. Más cansada.
Mierda.
—Solo quería decir...
—Que no me jodas, Deku. Hagamos el puto ejercicio y ya. Tú corres, yo exploto, y luego cada uno a su mierda.
Asiente. Siempre asiente, el muy imbécil. Pero hay algo en sus ojos hoy que me hace querer rayarle la cara. No es lástima. Nunca es lástima con él, y eso es lo que me jode. Es... preocupación. Preocupación genuina, como si le importara un carajo si vivo o muero.
Debería odiarlo por eso.
Lo odio.
Creo.
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El ejercicio es una mierda. Típico de Aizawa: simulación de rescate con villanos falsos, escombros falsos, gritos falsos. Todo falso excepto el modo en que mis brazos tiemblan cuando levanto una viga de cemento falso.
—¡Kacchan, a tu izquierda!
Ya lo sé, maldito nerd. Veo al villano simulado antes de que Deku abra la boca. Una explosión mediana. Suficiente para mandarlo a volar sin matarlo. Mis explosiones solían ser perfectas: la cantidad justa, la presión exacta. Ahora son como un puto volcán que olvidó cómo erupcionar.
La explosión sale más débil. El villano simulado apenas se tambalea.
—¿Eso es todo? —se burla el robot, porque estos putos aparatos tienen sentido del humor programado.
—¡Cállate!
Otra explosión. Más grande. Mis palmas arden y eso es bueno, el dolor es bueno, el dolor significa que todavía puedo. El robot vuela por los aires y se estrella contra una pared falsa.
—Kacchan, eso fue... excesivo.
—No me digas lo que es excesivo, Deku. Yo decido lo que es excesivo.
Pero mis manos tiemblan. Las escondo en los bolsillos de mi traje. Las explosiones están saliendo mal hoy. Mierda. Todo está saliendo mal.
—Tu respiración está irregular —dice Deku, acercándose con esa puta libreta en la mano. ¿Cuándo la sacó? ¿Cuándo tuvo tiempo de anotar algo? —Desde el minuto tres, tu frecuencia cardíaca aumentó un veinte por ciento sin esfuerzo físico proporcional. ¿Estás bien?
—¿Qué te he dicho de analizarme, maldito friki?
—Que no lo haga. Pero lo hago igual.
Eso me saca de quicio. La calma con la que lo dice. La forma en que no aparta la mirada. Sus putos ojos verdes clavados en los míos como si pudieran verme la mierda del alma.
—Pues deja de hacerlo o te reviento.
—Me revientas igual, así que...
—¡Te voy a matar, Deku!
Y esa vez sí que la explosión es grande. Demasiado grande. Sale de mis palmas como un rugido que no sabía que tenía dentro, y por un momento el mundo es solo naranja y dolor y un zumbido en los oídos que ahoga todo lo demás.
Cuando el humo se disipa, Deku está en el suelo. No llorando. No herido. Solo... mirándome. Con esa puta expresión que dice lo sabía, sabía que algo andaba mal.
—Kacchan...
—Cállate.
—Tus manos...
—¡Que te calles!
Pero miro mis manos. Están quemadas. No las quemaduras normales de siempre, esas que cierro con crema y voluntad. Estas son diferentes. La piel está agrietada, gris, como si algo por dentro se estuviera pudriendo.
Las escondo otra vez.
—No es nada.
—No es nada —repite él, como si probara las palabras. Como si fueran veneno. —No es nada, dices, mientras tus explosiones pierden potencia, mientras no duermes, mientras...
—¿Cómo sabes lo del sueño?
Se queda callado. Eso me da la respuesta.
—¿Me has estado vigilando, maldito acosador?
—Te he estado viendo —corrige, y el cambio de palabra me golpea en el puto estómago. —Hay una diferencia, Kacchan. Vigilar es para enemigos. Verte es para...
—¿Para qué?
—Para personas que me importan.
El suelo se mueve. No literalmente. El suelo está ahí, estable, de mierda de hormigón. Pero algo dentro de mí se mueve, se agrieta, y no sé si es el corazón o el cerebro o ese puto lugar donde guardo todas las cosas que no quiero sentir.
—No me importas —miento.
—Lo sé —dice él, y se levanta, y se acerca, y no debería acercarse porque cuando alguien se acerca yo exploto, es lo único que sé hacer, es lo único que aprendí a hacer. —Mientes igual.
—Deku...
—Sí. Lo sé.
Cierra los ojos. Respira hondo. Y luego dice algo que no esperaba:
—No tienes que fingir conmigo.
Y ahí es cuando pasa.
No sé qué pasa. No sé si es el cansancio, o el hambre, o las malditas abejas en las venas, o la forma en que me mira. Pero algo se rompe. Algo dentro de mí se rompe, y no puedo controlarlo, y de repente estoy gritando pero no es un grito de furia, es un grito de no puedo más, no puedo más, no puedo más.
—¡Déjame en paz! ¡Todos déjenme en paz!
Caigo de rodillas. No me doy cuenta hasta que siento el hormigón raspando mis rodillas a través del traje. Mis manos están en llamas, pero no de explosiones. Tiemblan. Tiemblan como putas hojas y no puedo detenerlas.
—Kacchan...
—No. No. No me toques. Si me tocas, te mato. Te juro que te mato.
No me toca.
Pero se sienta frente a mí. En el suelo. En medio del puto campo de entrenamiento, con todos mirando seguramente, con Aizawa observando desde lejos, con el mundo entero viendo al Rey Explosión Asesino arrodillado y temblando como un maldito niño.
—Solo respira —dice Deku. Su voz es calmada. Demasiado calmada. Como si hubiera ensayado esto. Como si llevara años esperando este momento. —Respira conmigo. ¿Puedes hacer eso?
—No necesito que me enseñes a respirar, imbécil.
—Entonces no te enseño. Respiramos juntos.
Inspira. Su pecho se eleva.
Odio su puta paciencia.
Expiro. Mi pecho se hunde.
Inspira. El puto sol ya no me ciega. Tal vez se ha movido. Tal vez son las lágrimas. ¿Estoy llorando? Mierda. Mierda. Mierda.
Expiro. Las abejas en las venas se calman un poco.
—Una más —dice Deku. —Solo una más.
—Ya me sé respirar, maldito nerd de mierda.
—Lo sé. Pero a veces lo olvidamos. Todos.
Inspiro. Expiro.
El temblor disminuye. No desaparece. Nunca desaparece del todo. Pero disminuye lo suficiente para que pueda mirar a Deku a los ojos sin querer gritar.
—¿Qué soy? —pregunto. Mi voz suena rota. Como un disco rayado. Como un puto villano derrotado. —¿Qué carajo soy si no puedo controlar esto?
Deku sonríe. No es una sonrisa feliz. Es una sonrisa triste, de esas que duelen, de esas que dicen te entiendo más de lo que crees.
—Eres Kacchan —dice, como si eso fuera una respuesta. —Y eso es suficiente.
—No lo es —susurro.
—Lo será.
No sé si miente. No sé si yo miento cuando digo que no me importa. Pero en este momento, con las rodillas raspadas y las manos quemadas y el puto sol ahora escondido detrás de una nube, casi le creo.
Casi.
Luego Aizawa se acerca y el momento se rompe, porque el mundo real existe, y en el mundo real yo soy Bakugo el explosivo, Bakugo el furioso, Bakugo el que nunca llora.
—¿Terminaron su ceremonia? —pregunta el profesor, con su tono de que le importa tres mierdas pero en realidad le importa porque se quedó mirando sin intervenir.
—Sí —dice Deku, levantándose y tendiéndome una mano. La misma mano que he rechazado miles de veces. La misma mano que sigo queriendo tomar.
No la tomo.
Pero tampoco la aparto.
—Bakugo, a mi oficina después de esto —ordena Aizawa. —Y Midoriya, deja de seguirle a todas partes.
—No le sigo —miente Deku, con una cara de puto inocente que me dan ganas de explotarlo.
—Claro que no. Y yo soy All Might.
Aizawa se va. Los estudiantes que estaban mirando se dispersan. Y yo sigo en el suelo, con las manos aún temblando, con el pecho aún apretado, con la certeza de que algo dentro de mí se ha roto para siempre.
O tal vez se ha roto la costra que lo cubría.
Tal vez eso es peor.
—Kacchan...
—Ya vete, Deku.
—No.
—Te he dicho...
—Y yo te he dicho que no. —Se arrodilla otra vez. Esta vez no frente a mí, sino a mi lado. Sin tocarme. Sin invadir mi espacio. Solo... estando. —Cuando quieras levantarte, me levanto contigo. Mientras tanto, me quedo aquí.
—Eso es patético.
—Lo sé.
—Eres un maldito acosador.
—También lo sé.
—...Quédate donde estás. No te muevas.
—No me muevo.
Y nos quedamos así. En el suelo. Con el sol moviéndose y las sombras alargándose. Con el mundo entero girando alrededor de dos chicos rotos en un campo de entrenamiento vacío.
Uno que nunca aprendió a pedir ayuda.
Otro que nunca aprendió a no darla.
Y yo, Bakugo Katsuki, por primera vez en quince años, dejo que alguien se quede.
No digo gracias. No digo nada. Pero cuando Deku suspira aliviado, casi imperceptiblemente, sé que lo ha entendido.
Que mi silencio también es un grito.