El vecino del perro
La tarde era calurosa y el aire olía a pasto recién cortado. Gustavo estacionó el auto en la puerta de su casa y se quedó mirando las tejas de la entrada. Mariela insistía en que las cambiará, él insistía con la desidia, subir al techo le daba una pereza casi existencial. Pero la desidia se evaporó en cuanto la vio. Ella estaba en la vereda, de espaldas a la calle, sacudiendo la alfombra del living, moviéndose con energía y con una especie de ritmo. Llevaba unas calzas negras, tan ajustadas que la luz del sol revelaba sin pudor el relieve de su ropa interior. El vaivén de sus caderas tenía una cadencia natural. Estaba concentrada, sin pensar en si alguien la estaba mirando. Desde la esquina, el vecino de la calle de atrás pasó caminando con su perro. Gustavo lo vio antes de que el hombre lo viera a él. Los ojos del vecino estaban clavados en las caderas de Mariela. Caminaba como hipnotizado por el vaivén, ajeno a todo. Gustavo bajó del auto con un gesto de sorpresa.
—Buenas tardes —dijo cuando el vecino pasó junto a él.
El hombre dio un respingo. Sus ojos encontraron a los de Gustavo y en un instante el hombre sintió toda la vergüenza del mundo. Balbuceó un saludo, tironeó al perro y caminó a paso acelerado. Dobló la esquina con una prisa que se pareció más a una huida. Gustavo lo miraba alejarse con una sonrisa de costado y meneando la cabeza, después se acercó a Mariela por detrás. Le apoyó la mano en la cadera.
Ella giró apenas.
—Gus… estamos en la calle. ¿Qué hacés?
—Nada. Estoy en mi casa.
—Sí, pero… —miró hacia la esquina— hay gente, no da.
—Ya sé que hay gente.
No retiró la mano enseguida. Mariela lo miró un segundo más.
—¿Qué te pasa?
—Nada, después te cuento.
A la noche el calor seguía. El aire acondicionado no alcanzaba. En el cuarto, Mariela ya se había acostado, el pelo cubriendo la almohada. Gustavo se metió en la cama y apagó la luz. Se quedó un rato en silencio.
—El tipo de hoy —dijo al final.
—¿Cuál? —respondió ella, sin moverse.
—El del perro, el que pasó cuando estabas afuera.
Mariela giró la cabeza.
—Ah, sí. ¿Qué pasó con él?
—Te estaba mirando. Pero, no como mira cualquiera.
Mariela hizo una mueca leve.
—Bueno, los hombres miran, Gus. Tampoco es algo nuevo.
—No, ya sé. Pero esto era distinto. Era medio… —buscó la palabra— medio impune. Como que le chupaba un huevo todo.
—¿Cómo que le chupaba un huevo?
—Y sí, estaba ahí, parado, mirándote el culo como si no existiera nadie más. Ni yo, ni la calle, ni nada. Era incómodo de ver.
Silencio.
—¿Incómodo para vos? —preguntó ella.
—No sé si incómodo. —se acomodó—. Fue raro. Me pasó algo raro.
Mariela se dio vuelta para mirarlo mejor.
—¿Raro cómo?
—No me molestó.
Ella lo miró fijo.
—¿Cómo que no te molestó?
—No. O sea… sí, me llamó la atención. Pero no me enojé. No me salió enojarme.
—Y… debería, ¿no? —dijo ella, medio en broma, medio en serio.
—No sé lo que “debería”. —la miró—. No me salió, Mariela.
—Eso es raro, Gus.
—Sí, ya sé que es raro.
Pausa.
—¿Y qué te salió entonces?
—Te va a parecer más raro, pero creo que me gustó.
Mariela se quedó quieta.
—Pará… ¿me estás hablando en serio?
—Sí.
—¿Te gustó ver a un tipo mirándome así?
—Sí. —Se corrigió— No, bueno, no sé si “verlo” exactamente. Más bien llo que generaba la escena.
—No entiendo.
—Yo tampoco lo termino de entender. —admitió—. Pero me pasó eso.
Silencio más largo.
—No sé si me gusta lo que estás diciendo —dijo ella, más bajo.
—Yo tampoco lo sé —respondió él, sincero.
—Entonces no sé para qué lo decís.
—Porque si no lo digo me queda dando vueltas en la cabeza y es peor.
Mariela se pasó una mano por la frente y se recostó mirando al techo.
—No me pasa esto desde hoy. Hoy fue como la excusa.
—¿La excusa para qué?
Gustavo se apoyó sobre un curso y la miró directamente a los ojos.
—Maru, creo que me calienta pensarte con otro tipo.
La habitación quedó en silencio. Mariela no respondió enseguida.
—No sé si quiero escuchar esto —dijo.
—Está bien.
—No, no está bien… —se acomodó— es fuerte, Gustavo. No es una boludez.
—Ya sé que no es una boludez.
—¿Y qué querés? ¿Que vaya y me agarre al primero que pasa?
—No, pará. No dije eso.
—¿Entonces qué dijiste?
Gustavo se quedó en silencio.
—No sé si es buena idea hablar de esto.
—Entonces no lo hablemos.
—Ya lo estamos haciendo —dijo él.
—Esto es raro, Gus. —Mariela hizo otro silencio—. Y no sé si está bien. Te lo digo en serio. Hos hecho muchas cosas en la cama y fuera de ella, hemos “jugado” de maneras muy locas y zarpadas, pero ésto que me decís… No sé, me da un poco de cosa —dijo ella.
—Puede ser.
—¿Puede ser? ¿Eso es todo?
—¿Qué querés que te diga? ¿Que está todo bajo control? No, no lo está.
—A mí me da miedo —dijo ella luego de un instante.
—A mí también.
—¿En serio?
—Sí. No soy tan “open mind” como parece.
—Entonces no sé por qué estás hablando de esto.
—Porque también me calienta.
Silencio.
—No sé si quiero pasar por eso —dijo ella, más despacio.
—Yo tampoco sé si quiero que pase de verdad —respondió él—. Pero pensarlo, imaginarlo, me calienta.
Mariela giró la cabeza hacia el techo. Se quedó callada un instante largo antes de hablar de nuevo.
—A mí hoy me pasó algo raro también —dijo ella.
—¿Qué te pasó?
—No lo vi como lo viste vos. Pero… lo sentí. Viste, como cuando sabés que te están mirando.
—Sí.
—Bueno. Eso. Y… —dudó— la verdad, no me molestó.
Gustavo no dijo nada.
—¿Te gustó? —preguntó él al final.
Mariela tardó en responder.
—No sé si me “gustó”… —hizo una pausa— pero sí, la verdad que el tipo me mirara así no me fue indiferente.
El silencio cambió.
—Es raro decir ésto..
—Sí.
—Porque suena a cualquier cosa.
—No, no suena a cualquier cosa —dijo él—. Suena a que sos honesta.
Mariela lo miró.
—No quiero que esto nos joda.
—Yo tampoco.
—Entonces hay que tener cuidado.
—Sí.
Ninguno de los dos sonó convencido. Se quedaron en silencio un rato antes de seguir hablando.
—¿Cómo era? —preguntó ella.
—¿Quién?
—El vecino.
Gustavo soltó aire por la nariz.
—Un tipo común. Medio apagado. Pero cuando te miraba el culo parecía encendido.
—¿Y te parece que le gusto?
Gustavo hizo un gesto burlón con la boca de costado.
—Maru, el tipo no podía dejar de mirarte. Era obvio.
Ella sonrió apenas, incómoda. Se acercó a él y lo besó. Primero despacio, después con más ímpetu. Se abrazaron y jadearon. Se buscaron con las manos y con el cuerpo todo.
—¿En qué estás pensando? —preguntó él, con la voz más baja.
—En cómo me miraba —dijo ella.
Gustavo apretó la mandíbula.
—A mí me está volviendo loco eso.
—A mí también —dijo ella, y esta vez no dudó.
Se quitaron la ropa casi con desesperación e hicieron el amor con una energía que parecía quemarlos. Se movían rápido y respiraban agotados.
—No pares —dijo ella con la voz entrecortada.
Gustavo se movía fuerte y Mariela arqueaba la cintura acompasada con el ritmo de él. Los jadeos y la agitación fueron creciendo. Finalmente llegaron al orgasmo en un gemido que los dejó sin aliento.
Se quedaron los dos quietos, respirando agitados. Luego de un instante Mariela apoyó la cabeza en el pecho de Gustavo.
—La próxima vez —dijo ella, todavía agitada— voy a estar en la vereda.
Gustavo no respondió enseguida.
—¿Para qué?
—Para verlo. Para ver qué pasa.
Silencio.
—¿Y si pasa algo que no nos gusta? —preguntó él.
—Y… lo veremos —dijo ella—. Pero no tengo ganas de hacer como que no pasa nada.
Gustavo cerró los ojos. Después los abrió y miró hacia el techo mientras acariciaba el cabello de Mariela.








