Seis Ojos, Cero Sentido Común
La Universidad Metropolitana de Tokio no era una institución académica ordinaria. Era un ecosistema diseñado para albergar a los monstruos del mañana, disfrazados con uniformes de preparatoria adaptados a un ambiente universitario. Aquí, las facultades no se dividían solo por disciplinas de estudio, sino por la naturaleza del poder que ostentaban sus alumnos.
En la Facultad de Ciencias Políticas y Control Social, el orden era una religión. Y su deidad indiscutible era Makima.
Makima, estudiante de tercer año y presidenta vitalicia (por aclamación silenciosa y un miedo generalizado) del Consejo Estudiantil. Su presencia dictaba el clima del campus. Si Makima caminaba por el pasillo B, los estudiantes del pasillo B dejaban de respirar más de lo estrictamente necesario. Su uniforme siempre estaba inmaculado: la falda plisada negra que se ajustaba con precisión milimétrica a su cintura y caderas, la camisa blanca impoluta, y esa trenza roja que caía por su espalda como una soga lista para ejecutar al que se atreviera a desafiarla. Sus ojos, con esos peculiares anillos dorados, observaban el mundo no como un lugar para vivir, sino como un tablero de ajedrez donde todos eran peones.
Todos, excepto la mayor molestia de la Facultad de Artes Ocultas.
Satoru Gojo era el caos hecho estudiante. Heredero de un linaje intocable, portador de los Seis Ojos y usuario de la técnica del Infinito, Gojo caminaba por la vida con la arrogancia de un dios que se aburre los fines de semana. Su cabello blanco desafiaba las leyes de la física, sus gafas de sol redondas ocultaban una mirada que calculaba el mundo a nivel atómico, y su boca... su boca era un arma de destrucción masiva de la paciencia ajena.
Y Gojo había decidido que Makima era su proyecto personal.
Esa tarde, la biblioteca principal, un santuario de silencio que Makima supervisaba personalmente, fue profanada. Las puertas dobles de roble macizo se abrieron de una patada.
—¡Maki-maki! ¡Dime que me extrañaste!—
La voz de Gojo resonó, rebotando contra los estantes de caoba y haciendo que varios estudiantes de primer año escondieran la cabeza bajo sus libros. Makima, sentada en la cabecera de una gran mesa de estudio, no alteró el ritmo de su pluma sobre el papel.
Makima finalmente levantó la vista. Sus ojos anillados se encontraron con los azules de Gojo. No había irritación en ella, solo un cálculo frío. —¿Qué observación?—
Gojo sonrió de oreja a oreja, retrocediendo un paso para señalarla de arriba abajo con ambas manos, como si presentara el premio mayor de un programa de concursos.
—Es sobre física cuántica y geometría espacial, Maki-maki. Mis Seis Ojos me permiten ver la estructura de la realidad, ¿sabes? Y he llegado a la conclusión científica de que las curvas de tu uniforme, específicamente en la región posterior... desafían la física euclidiana—. Gojo alzó la voz, asegurándose de que los pocos estudiantes que quedaban lo escucharan.
—¡Ese culazo tuyo es una anomalía gravitacional! ¡Altera la curvatura del espacio-tiempo en el campus! ¡Es una obra de arte que necesita ser alabada por la historia!—
El silencio en la biblioteca se volvió tan denso que casi se podía masticar. Los estudiantes contuvieron el aliento, esperando una explosión, sangre, o que Makima simplemente borrara a Gojo de la existencia.
Makima no pestañeó. Su expresión no cambió. —Es un comentario vulgar, infantil e irrelevante. Si eso es todo tu 'aporte académico', puedes irte.—
Gojo chasqueó la lengua. —Eres demasiado estoica. A veces me pregunto si eres real o solo una ilusión muy bien esculpida.—
Y entonces, Gojo hizo lo impensable. Llevado por su infinita arrogancia, confiando en que la técnica del Infinito lo protegía de cualquier daño físico, extendió la mano derecha. Fue un movimiento rápido, audaz y descarado. Su mano aterrizó directamente sobre el culo de Makima, dándole un apretón firme.
—¡Comprobado! Eres real,— dijo Gojo, con una sonrisa ladeada.
Por un microsegundo, nada pasó. Gojo pensó que había ganado. Que había logrado romper su compostura.
Pero Gojo había olvidado un detalle crucial: el Infinito filtra las amenazas que viajan a través del espacio (masa, velocidad, energía). Makima no atacaba a través del espacio. Makima atacaba a través de la jerarquía existencial.
Los ojos dorados de Makima se iluminaron. No hubo movimiento físico. No levantó un dedo.
De repente, el mundo de Gojo se invirtió. Sus Seis Ojos enviaron una señal de alarma catastrófica a su cerebro. La información colapsó. No sintió un impacto externo; sintió que la gravedad dentro de su propia mano se multiplicaba por mil.
Un crujido espantoso resonó en la sala silenciosa.
—¡Agh...!— Gojo ahogó un grito, cayendo de rodillas. Su mano derecha, la que seguía posada sobre la falda de Makima, estaba siendo aplastada por una fuerza invisible e interna. Era como si sus propios huesos hubieran decidido rebelarse contra él por orden de ella.
Makima se puso de pie lentamente. Miró hacia abajo, hacia el "Dios" de la Facultad de Artes Ocultas, ahora postrado a sus pies, sudando frío y con los dientes apretados por el dolor.
—El Infinito es una técnica fascinante, Gojo—. dijo Makima, su voz todavía suave, casi un susurro, pero resonando en el cráneo de Satoru como una campana fúnebre. —Te separa del mundo. Pero yo no estoy en el mundo, Satoru. Yo soy el mundo que te aplasta—.
La presión aumentó. Gojo sintió que sus falanges estaban a punto de volverse polvo.
—¿Entiendes tu lugar ahora?— preguntó ella.
—M-Maki-maki...— Gojo forzó una sonrisa, aunque le temblaba la mandíbula. —E-eres muy dura...—
Makima no sonrió. La presión desapareció tan rápido como llegó. La mano de Gojo cayó a su costado, inútil, palpitante y magullada.
—Vete, perro molesto. Y no vuelvas a ladrar en mi biblioteca—.
Makima recogió sus papeles, dio media vuelta y salió de la sala, sus caderas balanceándose con una cadencia hipnótica y amenazadora. Gojo se quedó de rodillas, acunando su mano rota, con los ojos muy abiertos detrás de sus gafas.
Debería haber sentido miedo. Debería haber sentido humillación.
Pero en cambio, Satoru Gojo miró la figura de Makima alejarse, observando cómo la falda se ceñía a ese trasero que acababa de casi costarle la extremidad, y una sonrisa demente se dibujó en su rostro.
—Maldita sea,— susurró para sí mismo. —Valió cada centímetro de hueso roto. Quiero hacerlo de nuevo.—
El campus entero se enteró de que Gojo apareció al día siguiente con la mano vendada y una férula. Shoko Ieiri, su compañera de facultad, se había burlado de él sin piedad mientras usaba su técnica inversa para curar las microfracturas. Gojo no le dijo qué había pasado, pero las sonrisas sádicas que le dirigía al aire eran suficientes para que Suguru Geto, su mejor amigo, decidiera mantener la distancia.
Para Gojo, la experiencia había sido reveladora. Había encontrado un muro que no podía atravesar, una fuerza que no podía simplemente desviar matemáticamente. Makima no era solo "fuerte"; era un absoluto. Y Satoru Gojo tenía un problema psicológico muy grave con los absolutos: sentía la necesidad biológica de profanarlos.
Durante las siguientes dos semanas, la dinámica en la Universidad Metropolitana cambió, pero no hacia la paz que Makima esperaba. Gojo se convirtió en una sombra ruidosa. No volvía a intentar tocarla... no físicamente. Pero la acosaba visualmente de una manera que solo alguien con los Seis Ojos podía hacer.
Makima estaba en la cafetería, bebiendo su café negro. Gojo estaba a tres mesas de distancia, sentado al revés en su silla, con la barbilla apoyada en el respaldo, mirándola. No miraba su cara. Miraba directamente a la curva de su cadera y nalgas contra la silla de plástico.
Makima estaba en los jardines exteriores, supervisando una inspección de los comités. Gojo estaba colgando boca abajo de la rama de un roble centenario a cincuenta metros de distancia, usando su visión mejorada para observar la perfección matemática del balanceo de su falda.
—Es hipnótico,— le dijo Gojo a Geto una tarde, mientras espiaban desde la azotea de la facultad de ingeniería. —No lo entiendes, Suguru. Con los Seis Ojos veo el flujo de energía maldita, la densidad de los materiales, la fricción del aire. Y cuando ella camina... es como si el universo entero se organizara alrededor de ese culote. Es la Proporción Áurea manifestada en carne—.
Geto suspiró, frotándose las sienes. —Satoru, eres un asqueroso degenerado. Y ella te va a matar. Literalmente. Ya te rompió la mano—.
—Me la fracturó, es diferente. Y además,— Gojo se bajó las gafas, sus ojos brillando con una mezcla de locura y anticipación, —ahora sé cómo funciona. Su poder es autoritario. Si ella se siente superior, te controla. Así que el truco es que yo sea tan impredecible, tan rápido y tan inherentemente incatalogable, que su cerebro no tenga tiempo de establecer la jerarquía antes de que yo ya haya...— Hizo un gesto de agarre con las manos en el aire.
—Estás planeando manosear a la presidenta del consejo estudiantil otra vez,— dijo Geto, horrorizado. —Estás planificando un asalto táctico a su trasero, eso una locura ridícula Satoru—.
—Es por la ciencia, Suguru. Por la ciencia y la gloria de sentir de nuevo esas nalgas—.
Makima, por supuesto, no era ajena a la mirada de Gojo. Sentía el peso de los Seis Ojos sobre ella en todo momento. Era una molestia constante, como un mosquito zumbando cerca de la oreja en una noche de verano. Sin embargo, ella no reaccionaba. Ignorar era otra forma de dominio. Mostrar incomodidad era ceder terreno, y Makima nunca cedía.
Pero en el fondo, la persistencia de Gojo empezaba a agrietar un porcentaje microscópico de su infinita paciencia. Estaba esperando el momento para darle una lección que no pudiera curar con técnica inversa.
La oportunidad para el desastre perfecto llegó un martes, durante la Semana de la Integración Inter-Facultades.
El Club de Botánica Experimental (una subdivisión de la Facultad de Bio-Ingeniería) había estado jugando con tierra impregnada de energía residual maldita y fertilizantes químicos prohibidos. El resultado fue un estallido orgánico. A las tres de la tarde, una masa de enredaderas carnívoras con dientes del tamaño de dagas rompió el techo del invernadero principal y comenzó a arrastrarse por el patio central, engullendo postes de luz y asustando a los estudiantes de primer año.
La alarma sonó. Makima llegó al patio en menos de dos minutos, flanqueada por los miembros de su consejo. Su rostro era una máscara de hielo.
—Desplieguen el cordón de seguridad. Que nadie cruce el perímetro de la plaza sur,— ordenó, su voz amplificada por los altavoces del campus, sonando con una calma aterradora.
Miró a la planta gigante, que ahora estaba intentando derribar la estatua del fundador de la universidad. Makima no llevaba armas. No las necesitaba. Se quitó la chaqueta marinera con elegancia, dejándola en manos de un tembloroso vicepresidente.
—Presidenta, ¿qué hacemos? ¡La Facultad de Artes Ocultas no llega!—
—No son necesarios,— respondió ella.
Makima dio un paso adelante. Levantó una mano. A su alrededor, la atmósfera se volvió densa. Ocho estudiantes del club de Kendo que estaban huyendo se detuvieron en seco, sus espaldas se enderezaron de manera antinatural, y sus ojos perdieron el brillo, reemplazados por el vacío del control absoluto. Makima los había convertido en marionetas. Los dirigió hacia las enredaderas como infantería prescindible para ganar tiempo.
Pero antes de que pudiera aplastar a la planta gigante desde adentro con su técnica, el cielo pareció distorsionarse.
—¡Llegó la caballería! ¡Y la belleza también!—
Satoru Gojo descendió flotando desde el techo de la biblioteca, envuelto en su Infinito, riendo a carcajadas. Pasó volando por encima de la monstruosidad vegetal, esquivando un latigazo de espinas con una pirueta innecesariamente llamativa.
Aterrizó justo al lado de Makima, levantando una nube de polvo.
—Llegas tarde, Gojo. Y estás interrumpiendo mi control de la situación,— dijo Makima, sin mirarlo, enfocada en la masa verde.
—Oh, por favor. Ibas a mandar a esos pobres idiotas del Kendo a ser abono,— Gojo sonrió. —Déjamelo a mí. He estado practicando mi técnica de poda.—
Sin esperar respuesta, Gojo extendió los brazos. —Rotación Avante: Azul—.
Una esfera de energía destructiva, un vacío que obligaba al mundo a colapsar sobre sí mismo, se formó en la punta de sus dedos. La disparó directamente al centro de la masa vegetal. El impacto fue devastador. La planta gigante chilló (si es que las plantas pueden chillar) mientras la mitad de su biomasa era borrada de la existencia, absorbida por la anomalía espacial.
Sin embargo, las raíces subterráneas de la planta reaccionaron por instinto de supervivencia. El suelo debajo de Makima y Gojo reventó. Docenas de gruesas lianas llenas de espinas salieron disparadas hacia ellos.
Gojo ni se inmutó. Las lianas se estrellaron contra su Infinito, deteniéndose a milímetros de su piel, incapaces de tocarlo.
Makima, por su parte, no tenía una barrera pasiva. Pero no la necesitaba. Cuando una liana masiva se dirigió a aplastarla, ella simplemente cruzó los brazos y susurró:
—Aplasta—.
La liana implosionó violentamente en el aire, derramando savia verde, destruida por la fuerza invisible de su control.
Lucharon espalda con espalda. O, mejor dicho, destruyeron la amenaza compartiendo el mismo espacio. Gojo aniquilando materia a nivel atómico; Makima borrando la voluntad y la estructura física con puros comandos autoritarios. Era una danza letal entre el caos y el orden absoluto.
—Tengo que admitirlo, presidenta,— gritó Gojo por encima del estruendo de la destrucción, —hacemos un buen equipo. Tú te ves fabulosa destrozando cosas, y yo...— Gojo se giró para mirarla, bajando un poco sus gafas. —...yo sigo sin poder quitarle los ojos de encima a tu retaguardia. Es fascinante cómo la tela de la falda resiste la tensión de tus movimientos. ¡Deberían darle un premio Nobel al sastre!—
Makima aplastó la última enredadera principal, reduciéndola a un charco de savia humeante. El patio quedó en silencio, salvo por el sonido de los escombros cayendo.
Respiró hondo, alisó su camisa blanca y finalmente se volvió hacia Gojo. Su mirada era letal.
—¿Terminaste de decir estupideces?—








