Pequeño Ante La Leyenda by Elbuscado1 at Inkitt
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Pequeño Ante La Leyenda

Summary

Siegfried x Skallmut

Status
Complete
Chapters
1
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n/a
Age Rating
18+

Capitulo Unico

El paraíso de los dioses no estaba hecho para los hombres que nacieron con las manos manchadas de sangre, o al menos eso era lo que Okita Souji siempre había creído. Los jardines centrales del Valhalla se extendían ante él como un océano de colores imposibles: prados de un verde esmeralda que jamás se marchitaba, ríos de néctar cristalino que fluían desafiando la gravedad y árboles cuyas hojas emitían una suave luminiscencia dorada. No había viento frío, ni olor a pólvora, ni el hedor cobrizo de la muerte que impregnaba las calles de Kioto.

Okita caminaba en silencio, con las manos ocultas en las amplias mangas de su característico haori azul pálido. Apenas hace unas semanas, ese mismo cuerpo había sido llevado al límite absoluto de la existencia. Había cruzado espadas con Susanoo no Mikoto, el dios de las tormentas y el pináculo de la esgrima divina. Okita aún podía sentir el eco fantasmal de aquel combate vibrando en sus huesos: el rugido del viento cortante, el peso abrumador del Ame-no-Murakumo-no-Tsurugi, y el momento exacto en el que su *Onibi* —el fuego fatuo de su alma— había ardido más brillante que los relámpagos del mismísimo cielo. Había superado al dios. Había alcanzado el "Vórtice" de la espada, un reino donde la técnica humana había doblegado a la divinidad.

Era el Vencedor de la Décima Ronda. El salvador de la humanidad. Y, sin embargo, mientras caminaba junto a Skalmöld, sentía que su corazón latía con la misma torpeza de un niño asustado.

La valquiria caminaba a su lado, imponente y serena. Su altura superaba por mucho a la del joven espadachín, y su figura era una obra maestra esculpida por la mitología nórdica. Su cabello, del color del trigo bañado por el sol, caía en suaves ondas sobre una armadura ligera que se ceñía a sus curvas vertiginosas y a sus ropajes majestuosos. Skalmöld era una visión de poder y belleza, y el simple hecho de que hubiera aceptado pasear a solas con él llenaba a Okita de una cálida y extraña esperanza.

—Aún me cuesta creer la magnitud de lo que lograste en la arena, Souji —dijo Skalmöld de pronto, rompiendo el suave murmullo de las hojas doradas. Su voz era como el repicar de campanas de cristal—. Susanoo no Mikoto no era un dios cualquiera. Era la personificación del acero divino. Y tú... tú danzaste a través de su tormenta como si el viento mismo te obedeciera.

Okita sonrió, desviando la mirada hacia el suelo de mármol del sendero, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas. El orgullo floreció en su pecho.

—Él era fuerte. Más fuerte que cualquier cosa que haya enfrentado en vida —respondió Okita, y por un momento, la sombra del demonio asesino cruzó sus ojos—. Pero mi espada fue forjada en la desesperación y afilada por la enfermedad. Cuando no tienes nada que perder, el miedo desaparece. Quería demostrar que la voluntad humana puede cortar incluso los cielos.

Skalmöld se detuvo un instante y lo miró desde arriba. Sus ojos, profundos y ancestrales, brillaron con una genuina admiración.

—Y lo hiciste. Has asegurado la supervivencia de tu raza un poco más. Eres un verdadero héroe, Souji. Un guerrero digno de las leyendas.

Esas palabras fueron como miel para el alma fracturada de Okita. Durante toda su vida mortal, solo fue considerado un perro rabioso del shogunato, un genio asesino que murió pudriéndose en una cama por la tuberculosis. Pero aquí, ahora, frente a esta mujer divina, él era un héroe. Se sintió gigante. Sintió que, tal vez, este era su premio: la oportunidad de tener una vida, una relación real, amorosa y pacífica al lado de alguien que comprendía el peso de la espada.

Pero los dioses, y el destino, tienen un sentido del humor retorcido.

Continuaron su paseo entre las arboledas de cerezos eternos, pero la atmósfera pacífica se quebró abruptamente. No fue un sonido lo que alertó a Okita, sino una presión espiritual masiva. Fue el instinto primario del asesino que advierte la presencia de un depredador ápice.

Una densa bruma blanca comenzó a arremolinarse en el cruce del jardín. De entre las sombras de la luz divina, emergió una figura que hizo que el aire mismo pareciera volverse denso y pesado.

Okita tensó todos los músculos de su cuerpo. Su mano derecha se movió instintivamente hacia su cadera izquierda, buscando una katana que había dejado en sus aposentos. Había derrotado al dios de las espadas, sí, pero la entidad que se acercaba desprendía un aura completamente distinta. No era técnica ni precisión; era pura, cruda y salvaje fuerza mítica.

Era Siegfried. El Héroe de los Nibelungos. El Asesino del Dragón Fafnir.

Sus pasos hacían vibrar ligeramente el suelo de mármol. Era un hombre colosal, de proporciones casi monstruosas, pero envuelto en una belleza trágica y varonil. Sus músculos estaban marcados por las cicatrices de mil batallas antiguas, y su cabello desaliñado le daba el aspecto de un rey exiliado. El pecho de Okita se oprimió. Sabía quién era. Todos en el torneo conocían los susurros: el semidiós prisionero en el Tártaro, el mata dragones... y el amante secreto de la hermana mayor de las valquirias, Brunhilde.

El cambio en Skalmöld fue instantáneo. La sonrisa amable que le había dedicado a Okita se transformó en algo mucho más intenso, febril y devoto. Sus ojos se abrieron de par en par, brillando con una luz que a Okita le heló la sangre.

—¡Siegfried! —exclamó Skalmöld. Su voz había perdido su compostura celestial, sonando casi como el de una mujer mortal desesperada. Dio un paso rápido hacia él, dejando a Okita atrás, en su sombra.

El coloso se detuvo. Sus ojos perezosos y feroces se posaron en la valquiria, y una sonrisa lánguida y seductora se dibujó en sus labios.

—Skalmöld... —La voz de Siegfried era un trueno suave, profunda y vibrante—. Pensé que las hermanas estarían sumidas en el pánico tras la décima ronda. Pero verte aquí, tan deslumbrante como una mañana en Midgard, es un alivio para mis ojos cansados.

—¿Qué haces fuera de los confines de las cámaras privadas? ¿Brunhilde sabe que estás caminando por estos jardines a la vista de los dioses menores? —preguntó Skalmöld, acercándose tanto a él que la proximidad resultaba abrumadora.

Siegfried soltó una carcajada ronca.

—A veces, los barrotes y las estrategias de tu hermana mayor me asfixian. Necesitaba caminar libremente. Además... —Sus ojos se desviaron lentamente, descendiendo hasta posarse en Okita—. Veo que estás muy bien acompañada.

La mirada de Siegfried pesaba toneladas. Okita, el hombre que partió en dos las técnicas de Susanoo, de repente sintió que se encogía. Frente a este hombre forjado en sangre de dragón y magia antigua, Okita Souji no era un dios de la espada. Era solo un mortal de un metro setenta.

—Oh, disculpa —dijo Skalmöld, girándose ligeramente, como si hubiera olvidado por completo que Okita estaba allí—. Siegfried, él es Okita Souji, representante de la humanidad. Souji... él es Siegfried.

Okita enderezó la espalda, luchando contra la intimidación opresiva que emanaba del héroe. Hizo una reverencia tensa y milimétrica.

—Es un honor conocer a la leyenda. He escuchado los relatos sobre el héroe del Tártaro —dijo Okita, su tono neutro y firme, intentando proyectar la dignidad del Shinsengumi.

Siegfried lo miró desde sus casi dos metros de altura. Extendió una mano gigantesca, cubierta de callosidades endurecidas y venas marcadas. Cuando Okita la tomó, sintió el calor sobrenatural de la sangre de Fafnir corriendo bajo la piel del héroe.

—El niño que degolló a la tormenta —dijo Siegfried con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Brunhilde tenía razón en apostar por ti, pequeño espadachín. Eres afilado. Pero recuerda que las espadas más afiladas también son las más frágiles.

—*"Pequeño espadachín"*. *"Niño"*.—

Okita apretó los dientes, manteniendo su expresión inescrutable. No era un insulto directo, era algo mucho peor: era una verdad condescendiente. Siegfried no lo veía como un igual, ni siquiera como una amenaza. Lo veía como una herramienta útil que su amante, Brunhilde, había utilizado en el tablero de ajedrez. Y al mirar a Skalmöld, Okita notó con horror cómo ella miraba a Siegfried. La admiración de antes había desaparecido; esto era adoración.

---

La presencia de Siegfried había convertido a Okita en un fantasma en su propia cita. Durante los siguientes minutos, el héroe y la valquiria hablaron en un idioma de murmullos y medias sonrisas que dejaba a Okita completamente marginado. Hablaban de antiguos salones en el Valhalla, de tensiones entre los dioses nórdicos, de secretos que el joven humano no podía ni debía comprender.

Lo que más perturbaba a Okita no era sentirse excluido, sino la densa tensión que flotaba entre ambos. Siegfried era el hombre de Brunhilde. ¡Todo el Ragnarok, la masacre, la salvación de la humanidad, giraba en torno al deseo egoísta y desesperado de Brunhilde por salvar a este hombre! Y, sin embargo, la forma en que Skalmöld se inclinaba hacia él, la forma en que su pecho rozaba casi el brazo del gigante cuando reía... había algo profundamente oscuro y traicionero en el ambiente.

Finalmente, Siegfried pareció recordar que tenía el tiempo contado.

—Debo regresar a las sombras antes de que mi ausencia cause un escándalo innecesario, o antes de que Brunhilde mande a destrozar el Valhalla buscándome —murmuró, su tono cargado de un humor cínico.

—Ten cuidado, Siegfried. Por favor —Skalmöld dio medio paso hacia él. Su voz era un susurro ahogado, lleno de una preocupación que jamás le había mostrado a Okita.

Siegfried asintió. Y entonces, ignorando por completo la presencia del capitán de la primera unidad del Shinsengumi, se despidió.

El coloso se inclinó sobre la valquiria. Okita, con sus ojos entrenados para captar los movimientos de las hojas a la velocidad del rayo, observó cada milisegundo de la acción. Vio cómo la respiración de Skalmöld se cortaba. Vio cómo Siegfried cerraba los ojos y rozaba la comisura de sus labios contra los de ella. No fue un beso completo, fue un roce lento, agónico y cargado de una electricidad pecaminosa.

Al separarse milimétricamente, Siegfried bajó su enorme mano derecha y la entrelazó brevemente con la de Skalmöld. Usando solo las yemas de sus dedos, acarició el dorso de la mano de la valquiria y luego deslizó su toque por los nudillos de ella, trazando líneas invisibles de posesión.

—Disfruten de su paseo —dijo Siegfried en voz baja, lanzándole una última mirada de soslayo a Okita, una mirada que decía: *Ella es mía. Ellas son mías.*

Y sin más, el Asesino de Dragones se dio la vuelta y desapareció entre la niebla del jardín.

Okita Souji se quedó de pie, petrificado. Sus manos, ocultas bajo el haori, estaban cerradas en puños tan apretados que sus uñas se clavaban en sus palmas hasta sangrar. El silencio que siguió a la partida de Siegfried fue ensordecedor.

---

Retomaron la caminata. El sonido de sus pasos sobre el mármol era el único ruido en el infinito jardín. Skalmöld parecía estar flotando, con la mirada perdida y las mejillas teñidas de un intenso carmesí. Okita, por su parte, sentía que una tormenta oscura y venenosa, peor que la de Susanoo, se arremolinaba en su interior.

No pudo contenerse más. Su naturaleza era atacar cuando el enemigo dejaba una apertura.

—Esa... fue una interacción muy cercana, considerando que él es el amante de Lady Brunhilde —soltó Okita. Su voz fue fría y cortante, perdiendo toda la timidez de los minutos iniciales.

Skalmöld se detuvo, sorprendida por el tono del joven, pero luego su expresión se suavizó en una sonrisa teñida de melancolía y resignación.

—¿Acaso te sorprende, Souji? —suspiró ella, mirando hacia el cielo brillante—. El Valhalla es antiguo. Las leyes del parentesco, la moral y la lealtad se difuminan cuando estás frente a una fuerza de la naturaleza.

—Es una traición —replicó Okita, incapaz de entender. En el Shinsengumi, la traición se castigaba con el seppuku.

—No lo entiendes —respondió Skalmöld con suavidad, girándose hacia él. Sus ojos brillaban con una honestidad brutal que desgarró las defensas del espadachín—. Siegfried no es solo un hombre, ni siquiera es solo un héroe. Es el epicentro de nuestros mitos. Él mató al dragón, se bañó en su sangre. Absorbió la esencia pura y salvaje del mundo. Cuando estás cerca de él... sientes un magnetismo irresistible. Es el instinto, Souji. Un poder primordial que arrastra a cualquiera que lo mire.

La valquiria caminó unos pasos más, abrazándose a sí misma, perdiéndose en el recuerdo del tacto de Siegfried.

—Él es de Brunhilde, sí. Ella inició el Ragnarok, rompió la paz de los eones, arriesgó sus propias almas y las de nosotras, sus hermanas, solo para liberarlo. Y aunque todas lo sabemos... ninguna de nosotras la culpa. ¿Sabes por qué? Porque si alguna de nosotras tuviera la mitad de la voluntad de Brunhilde, haríamos exactamente lo mismo. Él tiene una nobleza y una masculinidad tan abrumadora que hace que todo lo demás perezca frágil e insignificante.

Cada palabra era un clavo en el ataúd del ego de Okita.

—*"Frágil e insignificante"*.—

Okita era un genio de la espada. Podía cortar a un dios a la velocidad de la luz. ¿Pero qué importaba eso? Su fuerza era técnica. Su fuerza provenía de la miseria, de la desesperación por no morir de una enfermedad en su juventud. Siegfried, en cambio, era un titán bendecido por el mito. Era un símbolo de protección, de poder absoluto. ¿Cómo podía un humano, por más dios que hubiera asesinado, competir con el magnetismo de un ser que hacía que las deidades femeninas traicionaran sus votos y sacrificaran el universo por él?

Okita bajó la cabeza. El orgullo que había sentido por su victoria sobre Susanoo se evaporó, dejándolo vacío y minúsculo.

—Entiendo —dijo Okita, en un susurro áspero. Se detuvo en seco, sintiendo que no podía dar un paso más a su lado sin vomitar la bilis emocional que le quemaba la garganta—. Discúlpame, Skalmöld. El calor del jardín... me ha secado la boca. Vi una fuente con copas de néctar un poco más atrás, cerca del pabellón. Iré a buscar algo de beber para ambos. Dame un momento.

Skalmöld parpadeó, sacada de su ensoñación.

—Oh, por supuesto, Souji. Te esperaré aquí, bajo la sombra de ese sauce llorón.

---

Okita caminó a paso rápido, alejándose de ella. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, se apoyó contra el tronco de un fresno y cerró los ojos, respirando agitadamente. Su mano temblaba mientras agarraba la empuñadura imaginaria de su espada.

—*«Cálmate»*—, se ordenó a sí mismo. —*«Eres Okita Souji. Cortaste al dios de la tormenta. Ella aceptó pasear contigo. Solo está deslumbrada por la leyenda de ese bastardo. Sigue adelante. Eres un guerrero.»*—

Tragó saliva, forzándose a calmar los latidos de su corazón. Tras varios minutos de meditación marcial, su rostro recuperó esa frialdad estoica y calculadora. Recogió dos copas de plata finamente labradas, las llenó con el brillante néctar dorado de los dioses, y comenzó su camino de regreso.

Sus pasos de asesino eran absolutamente silenciosos. No perturbaba ni una brizna de hierba. A medida que se acercaba al claro donde se erguía el inmenso sauce llorón de hojas plateadas, ensayó una sonrisa amable.

Pero antes de cruzar la última barrera de arbustos, escuchó un sonido que paralizó su cuerpo.

Era un jadeo. Húmedo, bajo, sofocado. Un gemido arrastrado que no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza.

Okita se detuvo. Sus instintos le gritaban que huyera, pero la curiosidad masoquista y destructiva del ser humano lo obligó a asomarse lenta y silenciosamente a través del follaje dorado.

La escena que se reveló ante sus ojos destrozó hasta el último fragmento de su espíritu.

Siegfried no se había ido. Había regresado por otra ruta, en silencio.

Ahora, el Héroe de los Nibelungos estaba de espaldas a la posición de Okita, acorralando a Skalmöld contra el inmenso tronco del sauce llorón. La escena parecía un cuadro mitológico de proporciones colosales y una intimidad abrumadora.

La armadura superior y la ropa de la valquiria habían sido apartadas, dejando al descubierto la inmensidad pálida y perfecta de sus senos desnudos. Siegfried, imponente y brutal, la sujetaba por la cintura con un brazo, pegando los cuerpos de ambos. El gigante había inclinado su cabeza y estaba hundiendo su rostro de lleno en el escote de la deidad.

Okita observó, mudo y horrorizado, cómo los labios del semidiós que había matado al dragón besaban ávidamente, con una pasión carnal y posesiva, la piel desnuda de los pechos de Skalmöld. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados en un éxtasis silencioso, y sus manos estaban enredadas con desesperación en los gruesos cabellos de Siegfried.

Era un amor sucio, clandestino, una traición a todo por lo que la humanidad estaba luchando. Pero, sobre todo, era una exhibición de poder puro.

Desde su posición, escondido entre los arbustos, Okita vio la escala de la situación. Vio la majestuosidad de la valquiria, la inmensidad colosal de Siegfried, la forma en que el héroe dominaba el cuerpo de ella como si le perteneciera por derecho divino.

En ese momento, la perspectiva de Okita colapsó. La imagen visual en su mente se distorsionó. A pesar de haber matado a Susanoo, a pesar de sus hazañas, frente a la inmensidad física y la lujuria arrolladora de estos dos seres de leyenda, Okita se sintió literal y metafóricamente diminuto. Se sintió como un insecto irrelevante, un muñeco sin peso, como si todo su ser pudiera caber, olvidado e insignificante, en el espacio de ese abrazo al que él jamás podría aspirar.

El Shinsengumi, la espada, la victoria de la humanidad... nada de eso importaba en el reino del amor y la devoción de los dioses. Él siempre sería un niño asesino que murió escupiendo sangre.

Las manos de Okita temblaron. Las finas copas de plata comenzaron a inclinarse. El néctar dorado se derramó en silencio, resbalando por sus dedos infantiles, cayendo gota a gota sobre la tierra inmaculada del Valhalla, como lágrimas de un dios que llora su propia impotencia.

No hubo rabia. No hubo gritos. Ni siquiera el instinto de desenvainar su espada y atacar al hombre que lo había humillado. Solo hubo una devastación fría y absoluta.

Okita Souji soltó las copas, que cayeron sobre el musgo suave sin hacer ruido. Dio un paso atrás, luego otro. Y envuelto en las sombras de su propia insignificancia, el campeón de los hombres dio la vuelta y se marchó, desapareciendo en la bruma del Valhalla, llevándose consigo la certeza de que, incluso en el cielo de los guerreros, él estaba condenado a caminar solo en la oscuridad.

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