1. El Precio del Secreto
La noche del baile había sido, para Anthony Bridgerton, una sucesión de afrentas a su paciencia. Primero, la insistencia de su madre en presentarle a todas las debutantes como si fueran potros en una subasta de ganado. Segundo, la hirviente presencia de Kate Sheffield, que parecía empeñada en desafiarle en cada esquema que su mente práctica diseñaba. Y tercero, y quizás más irritante, la certeza de que Lady Whistledown, esa pluma venenosa, estaría al acecho para juzgar cada uno de sus movimientos.
Porque sí, Anthony Bridgerton lo sabía. No era un hombre tonto, y aunque al principio la idea le había parecido una locura, las piezas habían encajado en su cabeza con la fría lógica de un rompecabezas bien hecho. La soledad de Penelope Featherington en los bailes, su aguda mirada que pocos se tomaban la molestia de notar, la forma en que siempre parecía estar en el lugar correcto para escuchar el chisme equivocado... y luego, el carácter de los escritos. Tenían un ingenio y una observación que no casaban con la superficialidad de su madre ni con la acritud de Cressida Cowper. Solo podía ser ella.
La rabia y la fascinación bullían a partes iguales en su pecho mientras la veía retirarse al jardín, como un fantasma escurriéndose entre la multitud. Sin pensarlo dos veces, con la excusa de necesitar aire fresco, la siguió. No sabía bien qué haría. ¿Confrontarla? ¿Exigirle explicaciones? Ofrecerle una alianza? Necesitaba entender cómo la muchacha más invisible de la temporada controlaba, en realidad, los hilos de toda la sociedad.
El jardín estaba oscuro, bañado apenas por la luz tenue que escapaba de las ventanas de la mansión. Anthony entrecerró los ojos, buscando la silueta de plumas y gasa de color amarillo limón. La vio, detenida junto a un seto, como si meditara. Dio un paso decidido hacia ella, su mente acelerada, ensayando las palabras.
—Señorita Featheri...
No terminó la frase. Su pie tropezó con algo. Una raíz, gruesa y traicionera, emergía del sendero como una serpiente dormida. Anthony, el vizconde Bridgerton, el hombre que cabalgaba a caballo desde los cinco años, perdió el equilibrio con una torpeza propia de un principiante. Dio un traspié, sus brazos girando en el aire en un vano intento por recuperar la estabilidad, y se precipitó hacia adelante.
Penelope, al oír el ruido, se giró justo a tiempo para ver la mole del vizconde abalanzarse sobre ella. Abrió los ojos como platos y dejó escapar un pequeño grito ahogado que fue sofocado por el impacto.
Cayeron juntos. Anthony, con su peso y su altura, la derribó sobre la hierba. Por un instante, todo fue confusión. El aroma a jazmín y a algo más sutil, quizás a papel y tinta, invadió los sentidos de Anthony. Sintió la suavidad de su cabello rizado contra su mejilla y el repentino y absoluto silencio que se hizo entre ellos, roto solo por su respiración entrecortada.
Penelope estaba debajo de él, con los ojos muy abiertos, sujeta por las muñecas. Su rostro, normalmente pálido, estaba encendido por la sorpresa y algo más que Anthony no pudo identificar de inmediato.
—Vizconde —susurró ella, su voz temblorosa—. ¿Se encuentra bien?
Anthony parpadeó, desconcertado. La pregunta, en lugar de una acusación, era de genuina preocupación. Por él. Iba a responder, a murmurar una disculpa y a ayudarla a levantarse, cuando una voz aguda y venenosa cortó la noche como un cuchillo.
—¡¿Pero qué es esto?! ¡Es un escándalo!
Cressida Cowper estaba a unos metros, con su inseparable séquito, mirándolos con una mezcla de horror y triunfo mal disimulado. Su mano enguantada señalaba la comprometedora escena: el vizconde Bridgerton, uno de los solteros más codiciados, completamente encima de la señorita Featherington en la oscuridad del jardín.
—¡Todos! ¡Todos tienen que ver esto! —gritó Cressida, su voz resonando y atrayendo inmediatamente la atención de los invitados que se asomaban a las puertas del jardín.
Anthony maldijo entre dientes y se puso en pie de un salto, ofreciendo su mano a Penelope con una rapidez que buscaba mitigar el daño, aunque sabía que era inútil. Ella la aceptó, sus dedos temblorosos contra los de él. Cuando se levantó, Anthony pudo ver el horror en sus ojos, pero también un destello de algo más: un cálculo rápido, el mismo que él estaba haciendo.
La conmoción fue inmediata. Lady Featherington llegó casi volando, abanicándose con desesperación mientras lanzaba miradas fulminantes a su hija y al vizconde. Lady Bridgerton, Violet, se llevó una mano al corazón con una expresión de asombro. Y en medio del revuelo, los murmullos se convirtieron en un rugido.
—¡Esto es indecente!—¡La pobrecilla está perdida!—¡El vizconde deberá hacer lo correcto!
Anthony escuchaba las voces como un rumor lejano. Su mente, la mente práctica y fría de un vizconde, ya estaba trabajando a mil revoluciones por minuto. Miró a Penelope, que mantenía la cabeza gacha, pero cuyos hombros no se hundían por la vergüenza, sino que parecían tensos por la determinación. Luego, su mirada se desvió a la multitud. Vio a Cressida, radiante por su venganza. Vio a su madre, angustiada. Y en el centro del caos, sintió una calma extraña.
Pensándolo fríamente, como era su costumbre, la situación, aunque desastrosa, tenía un componente inesperado. Penelope Featherington. No era la belleza de moda, ciertamente. Pero su dote, aunque no la más grande, era respetable. Su familia, aunque bulliciosa y a veces ridícula, era de noble cuna. Y ella... ella tenía algo que ninguno de sus perseguidores de salón poseía: un cerebro afilado y un secreto que ahora compartían. Si se casaba con ella, no solo silenciaba el escándalo, sino que ganaba una aliada inesperada. Una que conocía la idiosincrasia de la sociedad como nadie. Una que, tal vez, podría ayudarle a navegar las aguas turbulentas de la temporada con una información privilegiada que ni siquiera él podía obtener.
Violet Bridgerton se acercó, su rostro una mezcla de preocupación y esperanza. Anthony sabía lo que estaba a punto de decir.
—Anthony —empezó ella con voz suave pero firme—. Debes...
—Lo sé, madre —la interrumpió Anthony, sin apartar la vista de Penelope. Dio un paso adelante, acallando los murmullos con su presencia.
—Señorita Featherington —dijo, en voz lo suficientemente alta para que todos lo escucharan. Su tono no era de derrota, sino de fría aceptación, casi de satisfacción—. Parece que he sido terriblemente torpe. No hay otra forma de reparar este terrible malentendido.
Penelope levantó la vista, y por un instante, sus miradas se encontraron. La de ella era inquisitiva, nerviosa. La de él, calculadora, pero con un brillo nuevo. Un brillo de oportunidad.
—Debo solicitar una audiencia con Lord Fatherington a primera hora de la mañana —anunció Anthony, sellando su destino y el de ella con una reverencia—. Para pedir formalmente su mano.
Un suspiro colectivo se elevó de la multitud. Lady Featherington se desmayó teatralmente en los brazos de una de sus hijas. Y Anthony, mientras ayudaba a Penelope a caminar de vuelta hacia la casa, sintió que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le parecía una carga, sino un tablero de ajedrez con una pieza nueva y fascinante. Ahora solo tenía que descubrir cómo jugar con ella. Y cómo asegurarse de que su pequeño secreto como Lady Whistledown no les estallara en las manos a ambos.








