I
28 de agosto de 1189, en la ciudadela de Acre
A orillas del Mar Mediterráneo, la guerra había comenzado, marcando una de las masacres más trágicas en la historia de la humanidad. Yo estaba durmiendo cuando escuché gritos y alguien me sacudió para despertarme.
—¡Fides! Despierta… ¡Despierta!
Abrí los ojos y vi a mi amigo Franchesco.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¡Nos están atacando! Los musulmanes han llegado —respondió con urgencia.
Me levanté rápidamente, tomé mi armadura y mis armas lo más rápido que pude, y seguí a Franchesco junto con otros caballeros cruzados.
—Bellator, ¿dónde están los demás? —pregunté mientras corríamos.
—Ellos están protegiendo la costa. Debemos salir de aquí y dirigirnos a Jerusalén. ¡Andando!
Salimos de la fortaleza por unos túneles que nos llevaron hasta los establos. Sin embargo, antes de que pudiéramos montar, un grito resonó en el aire:
—¡Los esclavos! ¡Los esclavos han escapado de sus celdas! ¡Están armados y vienen hacia nosotros!
Desenvainé mi espada y me preparé para luchar. Los esclavos irrumpieron en la armería, y mis hermanos de armas y yo luchamos a muerte hasta lograr someterlos. Aquellos que sobrevivieron fueron encerrados nuevamente en otras celdas.
Después de la batalla, subí a mi caballo y grité:
—¡Abran las puertas!
Cuando las puertas se abrieron, los cruzados que me acompañaban y yo salimos del castillo. Fuera, muchos musulmanes nos estaban esperando, pero nuestros arqueros en los muros nos cubrieron mientras escapábamos.
Lo que vi en las calles de Acre fue una masacre: cadáveres de ciudadanos por doquier, casas en llamas y mis hermanos luchando ferozmente contra los musulmanes. Logré salir de la ciudadela y dirigirme al sur junto a los demás.
Cabalgamos hasta el anochecer, y cuando finalmente nos detuvimos para descansar, comenzaron a preparar una hoguera.
—¿Cuánto falta para llegar a Jerusalén? —pregunté.
—Unos tres días y tres noches si no nos detenemos más —respondió uno de los cruzados.
Después de escucharlo, me acosté bajo el cielo estrellado. El sonido de los grillos fue mi único consuelo.
Al amanecer, nos despertamos y compartimos un poco de pan y vino. Más tarde, continuamos nuestro camino hacia un cañón secreto, un lugar que los seguidores de Saladino no conocían.








