Prólogo
Cuando acepté el puesto de asistente ejecutiva de Jeon Jungkook, pensé que mi mayor desafío sería sobrevivir a su ritmo inhumano y a su carácter de hielo. Nunca imaginé que aquel hombre se convertiría en el centro absoluto de mi universo, que cada latido de mi corazón terminaría latiendo por él.
Era el CEO más joven y despiadado del país. A sus veintinueve años había construido un imperio desde cero, y lo defendía con uñas y dientes. Serio, gruñón, exigente hasta la crueldad. Sus órdenes cortaban el aire como látigos. Más de una vez me había quedado llorando en el baño después de que me destrozara un informe con tres frases heladas. Nunca sonreía de verdad. Las sonrisas que ofrecía en las galas y reuniones de prensa eran perfectas, calculadas, vacías. Como si detrás de aquellos ojos oscuros y afilados no hubiera un hombre, sino una máquina.
Y aun así… lo deseaba.
Al principio era solo admiración. ¿Cómo no admirar al lobo que había devorado a media competencia antes de los treinta? Pero los meses pasaron y esa admiración se pudrió lentamente en algo mucho más peligroso. Empecé a fijarme en detalles que no debería notar: la forma en que se aflojaba la corbata cuando creía que nadie lo miraba, el músculo tenso de su mandíbula cuando algo lo frustraba, el modo en que sus dedos largos tamborileaban sobre la mesa cuando estaba conteniéndose. Empecé a preguntarme cómo se sentirían esos dedos sobre mi piel.
Esa noche, la oficina estaba casi en penumbras. Solo quedábamos nosotros dos. El resto del mundo se había marchado hacía horas. Yo estaba inclinada sobre mi escritorio, revisando por tercera vez unos informes que debían estar perfectos para la junta de la mañana. El silencio era tan denso que podía escuchar mi propia respiración.
Entonces lo sentí.
Su presencia siempre se anunciaba antes que su voz: ese aroma a madera oscura, cuero y algo fresco y caro que me mareaba. Levanté la mirada lentamente. Jungkook estaba allí, apoyado contra el marco de su puerta, con la camisa negra desabotonada en los primeros botones y las mangas remangadas. Sus ojos me devoraban.
—¿Todavía aquí, Ara? —Su voz era más ronca que de costumbre, casi peligrosa.
—Solo termino esto —murmuré, intentando ignorar cómo mi pulso se desbocaba.
Se acercó. Cada paso hacía que mi estómago se contrajera. Cuando llegó a mi escritorio, no se detuvo al otro lado como siempre. Rodeó la mesa y se detuvo justo detrás de mí. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo contra mi espalda.
—Deberías irte a casa —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oreja—. Es tarde. Estás sola conmigo.
El doble sentido me golpeó como una descarga. Tragué saliva.
—No me molesta trabajar hasta tarde.
—Pues a mí sí me molesta —gruñó. Su mano grande se posó en el respaldo de mi silla—. Verte aquí, inclinada sobre este maldito escritorio, con esa falda que apenas cubre nada… me está volviendo loco desde hace meses.
Me giré bruscamente. Nuestras miradas chocaron. El aire se volvió espeso, eléctrico. Antes de que pudiera responder, Jungkook me tomó por la nuca y me besó.
No fue un beso dulce. Fue un asalto.
Sus labios eran exigentes, furiosos, casi castigadores. Me devoró la boca con hambre acumulada, mordiendo mi labio inferior y metiendo la lengua cuando gemí. Mi cuerpo reaccionó por instinto: me aferré a su camisa con ambas manos, atrayéndolo más cerca. El beso se volvió más profundo, más sucio. Sentí sus dientes, su saliva mezclándose con la mía, su respiración entrecortada contra mi boca.
—Joder, Ara… —gruñó contra mis labios, sin separarse del todo.
Me levantó de la silla como si no pesara nada y me sentó sobre el escritorio. Los papeles cayeron al suelo. Sus manos bajaron por mis costados, apretando mi cintura con fuerza, luego subieron hasta mis pechos, amasándolos por encima de la blusa con una urgencia que me hizo jadear. Mis pezones se endurecieron al instante bajo sus palmas.
—Jungkook… —gemí cuando bajó la cabeza y mordió mi cuello, chupando con fuerza suficiente para dejar marca.
—Calla —ordenó, y su voz vibró contra mi piel—. Llevo demasiado tiempo imaginando esto.
Me abrió las piernas con su cuerpo y se presionó contra mí. Pude sentirlo: duro, grueso, palpitando contra mi centro a través de la tela. Instintivamente me froté contra él, buscando fricción. Jungkook soltó un gruñido animal y me besó otra vez, más salvaje, mientras sus dedos empezaban a desabotonar mi blusa.
Pero de repente se detuvo.
Se apartó como si le hubiera quemado. Respiraba con dificultad, el cabello revuelto, los labios hinchados. Sus ojos estaban llenos de deseo y… algo parecido al pánico.
—Esto no puede pasar —dijo con voz rota.
—Jungkook…
—No. Vete a casa, Ara.
Y se fue. Sin mirar atrás.
Los siguientes días fueron un infierno.
De día me trataba con la misma frialdad de siempre. Pero de noche, cuando creía que no lo veía, sus ojos me follaban desde el otro lado de la oficina. Sentía su mirada como caricias físicas: bajando por mi cuello, deteniéndose en mis pechos, deslizándose entre mis muslos. La tensión era insoportable. Cada vez que pasaba a mi lado, su perfume me mareaba. Cada vez que me hablaba, su voz me humedecía.
Dos semanas de tortura.
Dos semanas en las que me tocaba por las noches pensando en él, mordiendo la almohada para no gemir su nombre.
Esa segunda noche, ya no aguantó más.
Eran casi las once. La ciudad brillaba a través de los ventanales. Jungkook salió de su oficina como un depredador. Su expresión era oscura, salvaje. No dijo nada. Solo caminó hacia mí, me agarró por los brazos y me levantó de golpe.
—Ya no puedo más, joder —rugió contra mi boca antes de besarme con furia.
Esta vez no hubo contención.
Me empujó contra el escritorio, me subió la falda hasta la cintura de un tirón y metió la mano entre mis piernas. Sus dedos rozaron mi ropa interior empapada y soltó un gemido bajo.
—Estás mojada para mí… —susurró con voz ronca, casi sorprendido—. Tan jodidamente mojada.
Metió dos dedos dentro de mí sin aviso. Gemí fuerte, arqueándome contra él. Jungkook me besaba mientras me follaba con los dedos, profundo, rápido, curvándolos justo donde más lo necesitaba. Su pulgar presionaba mi clítoris con círculos perfectos.
—Quiero comerte entera —gruñó contra mi cuello, mordiendo—. Quiero que te corras en mi boca, en mis dedos, en mi polla. Quiero arruinarte para cualquier otro hombre.
Me quitó la blusa y el sujetador con impaciencia. Sus labios bajaron hasta mis pechos, chupando y mordiendo mis pezones mientras sus dedos seguían moviéndose dentro de mí. Estaba empapada, el sonido obsceno de su mano entre mis piernas llenaba la oficina.
—Jungkook… por favor… —supliqué, tirando de su cabello.
Se arrodilló frente a mí, me arrancó las bragas y enterró la cara entre mis muslos. Su lengua era implacable: lamía, chupaba, penetraba. Me sujetaba las caderas con fuerza para que no pudiera escapar de su boca. Me corrí gritando su nombre, temblando, tirando de su cabello mientras olas de placer me atravesaban.
Pero no se detuvo.
Se levantó, se bajó los pantalones lo justo para liberar su erección gruesa, venosa, goteando y me penetró de un solo empujón.
—Dios… —gruñó, enterrándose hasta el fondo—. Tan apretada… tan caliente.
Empezó a follarme con fuerza sobre el escritorio. Cada embestida era profunda, brutal, perfecta. Mis uñas se clavaban en su espalda, mis piernas rodeaban su cintura. Me besaba mientras me follaba, tragándose mis gemidos.
—Eres mía —susurró contra mi boca, acelerando el ritmo—. Dilo.
—Tuya… soy tuya, Jungkook.
Me corrió otra vez, y esta vez él me siguió, corriéndose dentro de mí con un gruñido gutural, llenándome con su calor.
Cuando terminó, apoyó su frente contra la mía, todavía dentro de mí, respirando agitado.
—No sé qué mierda vamos a hacer ahora —murmuró, casi con dolor—. Pero no puedo dejarte ir, Ara. Ya no.
Y en ese momento, supe que los dos estábamos perdidos.
Completamente perdidos.