Teddy Bear
Ania suspiró con una sonrisa soñadora mientras guardaba sus últimas cosas en el bolso. El corazón le latía fuerte y alegre, como cada vez que sabía que iba a ver a su osito. Jungkook. Su Jungkook. Ese chico de sonrisa tierna y ojos brillantes que, para ella, era lo más hermoso que había pisado la Tierra.
Lo amaba con una intensidad suave y profunda. Su novio era el hombre más dulce y atento del mundo, y solo con pensar en sus abrazos, en sus besos en la frente, en la forma en que la cuidaba como si fuera de cristal se le llenaban los ojos de lágrimas de pura emoción. Nadie más conocía esa versión de él. Para el resto del mundo, Jeon Jungkook era una roca inquebrantable, serio y distante. Pero con ella… con ella era puro algodón de azúcar.
Se apresuró hacia la salida del edificio, casi saltando de la emoción. En cuanto lo vio de lejos, apoyado contra el coche con esa expresión seria que usaba como escudo, sintió que el mundo se volvía más cálido. Ella sabía la verdad; debajo de esa fachada de acero había un corazón que latía solo para cuidarla.
No pudo esperar más. Corrió hacia él con una risita y se lanzó a sus brazos como un koala enamorado. Jungkook la recibió al instante, sus grandes manos sujetando sus muslos con firmeza y delicadeza para que no se cayera. Una sonrisa suave, solo para ella, iluminó su rostro antes de que sus labios se encontraran en un beso tierno y lleno de añoranza.
—Mi amor… —susurró Ania contra su boca, acariciando con ternura sus mejillas redondas y suaves. Para ella, él siempre sería como un bebé gigante, aunque Jungkook insistiera en que la bebé de la relación era ella.
Besó su frente con devoción.
—Pensé que no vendrías por mí —dijo con un puchero juguetón, aunque sabía que era imposible.
Jungkook frunció el ceño, fingiendo indignación, y dejó un beso casto pero lleno de cariño en sus labios.
—¿Cómo se te ocurre decir eso, mi cielo? Obviamente vendría por ti. Estuve extrañándote todo el día —confesó, mirándola como si fuera la cosa más preciosa del universo.
—¿En serio? —Ania acarició de nuevo sus mejillas, luego besó su frente con infinita dulzura—. Pensé que tenías mucho trabajo.
—Cuando se trata de ti, nada más importa —respondió él con esa voz grave y suave que la derretía. La bajó lentamente al suelo, pero no la soltó. Tomó su mano con delicadeza y le abrió la puerta del copiloto—. Vamos, mi bella princesa. ¿Quieres ir directo a casa o prefieres que paremos en McDonald’s para comer algo rico?
—No te preocupes, osito —dijo ella con una sonrisa enamorada, mirándolo con ojos brillantes—. Solo quiero estar contigo. Donde sea, pero contigo.
Jungkook soltó una risita baja y cálida, besó el dorso de su mano antes de rodear el coche.
—Sabes que nunca puedo negarte nada, ¿verdad? —murmuró mientras arrancaba.
Durante el trayecto, entrelazó sus dedos con los de ella sobre la palanca de cambios. El sol de la tarde entraba por la ventana, tiñendo todo de dorado.
—Por cierto —añadió—, esta noche tenemos la cena de bienvenida. Jin, Namjoon, Taehyung y Yoongi estarán allí.
—Cierto… —Ania se dio un suave golpecito en la frente—. Lo había olvidado por completo.
Jungkook rio con cariño y apretó su mano.
—No te preocupes, mi olvidadiza favorita. Por eso estoy yo aquí, para recordarte todo lo bonito. Además, ya escogí un vestido precioso para ti. Vas a estar radiante, mi amor.
—Siempre tan atento… —suspiró Ania, mirándolo con el corazón rebosante—. ¿Cómo tuve tanta suerte de encontrarte?
—Fui yo el afortunado —respondió él, llevando sus nudillos a sus labios para besarlos.
La cena en casa de Jin era cálida y llena de risas. En cuanto entraron, Jin los recibió con su característica elegancia.
—Bienvenidos, pareja de tortolitos —dijo estrechando la mano de Jungkook y dándole a Ania un beso en la mejilla—. Hermosa como siempre, Ania.
—Gracias, oppa —sonrió ella.
Jungkook gruñó bajito, posesivo, y pasó un brazo alrededor de su cintura. Namjoon soltó una risa suave.
—Ya sabemos que es tuya, Jungkook. No hace falta que gruñas.
—Esto no es un omegaverse, amigo —bromeó Taehyung, dándole un golpe juguetón en el hombro.
Ania rio y se aferró más al brazo de su novio, feliz de estar rodeada de sus amigos. Preguntó por Jimin y, en ese momento, una voz conocida sonó a sus espaldas.
—Aquí estoy, preciosa.
Se giró y vio a Jimin, guapísimo con un traje elegante que le quedaba perfecto. Con un gritito de alegría, se soltó de Jungkook solo un segundo para abrazarlo fuerte.
—Bienvenido a casa, Park Jimin —dijo Jungkook, estrechando su mano con una sonrisa sincera.
La noche transcurrió entre bromas y conversaciones ligeras, pero Ania empezó a sentir el cansancio acumulado del día. Los tacones le estaban matando y lo único que quería era estar en los brazos de su osito.
Jungkook lo notó enseguida. Acarició su cabello con ternura y le susurró al oído.
—¿Estás cansada, mi vida?
—Un poquito… —admitió ella, escondiendo la cara en su cuello e inhalando su aroma cálido y masculino que tanto amaba—. Quiero ir a casa y acurrucarme contigo, osito.
Él sonrió, besando su sien.
—Ya escucharon a mi niña —dijo Jungkook, mirando a los demás—. Es tarde. Nos vamos a casa. Seokjin, Yoongi, gracias por encargarse del resto.
Yoongi asintió con una media sonrisa.
—Vayan a descansar. Mañana nos vemos en la compañía.
Cuando llegaron a casa, Jungkook se cambió rápidamente, quitándose el traje a medida y poniéndose una camiseta holgada y pantalones cómodos. Ania estaba agotada, así que él, con paciencia infinita y manos suaves, la ayudó a quitarse el vestido y le puso su pijama favorito.
Se metieron en la cama y, sin necesidad de palabras, se abrazaron. Sus cuerpos encajaban perfectamente. Jungkook la rodeó con sus brazos fuertes pero tiernos, como si quisiera protegerla incluso mientras dormían.
—Jungkook… —murmuró Ania entre sueños, con la voz adormilada y llena de cariño.
Él la miró, esperando, pero ella se quedó callada un momento. Justo cuando pensaba que se había dormido, su voz suave volvió a sonar:
—Gracias por amarme… por estar siempre para mí. Te amo demasiado, osito. Eres lo más lindo y perfecto de este mundo, ¿lo sabías? Mi osito de peluche gigante… —Se acurrucó más cerca, enterrando la nariz en su cuello—. Dime que nunca te irás… que siempre serás mío. Mi oso de peluche que me da calor por las noches.
Jungkook sintió que el pecho se le llenaba de un amor inmenso y dulce. Besó su frente con devoción, luego su nariz, y finalmente sus labios con una ternura que hacía que el tiempo se detuviera.
—Seré todo lo que quieras que sea, mi cielo —susurró contra su oído, acariciando su espalda con lentas caricias—. Si quieres que sea tu osito de peluche para abrazarte todas las noches, para darte calor y besitos cuando tengas frío en el corazón… entonces eso seré. Siempre. No pienso irme a ningún lado. Eres mi hogar, Ania. Te amo con todo mi ser.
—Te amo… —murmuró ella contra su piel, ya casi dormida, con una sonrisa feliz.
—Y yo a ti, mi princesa. Más de lo que las palabras pueden decir —susurró él, besando una vez más su frente.
Con sus corazones latiendo al mismo ritmo, se quedaron dormidos abrazados, envueltos en un amor suave, profundo y eternamente cursi.








