Star Dust by Fener at Inkitt
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Star Dust

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Summary

La humanidad logró lo imposible. La enfermedad fue erradicada. El hambre desapareció. El envejecimiento dejó de existir. Gracias al Metal Resonante y a la Energía Estelar, las necesidades que definieron a la especie humana durante miles de años quedaron atrás. La muerte dejó de ser un destino inevitable y el progreso pareció no tener límites. En el centro de la Espiral se alza Estellar City, una ciudad perfecta alimentada por una estrella artificial. Allí vive la élite de una nueva humanidad, protegida por la Corona y rodeada de una abundancia que parece eterna. Pero la perfección tiene un precio. Lejos del núcleo, la energía se degrada. Los sectores exteriores sobreviven trabajando para sostener un sistema que jamás les permitirá alcanzar el centro. Millones de personas nacen, viven y mueren sin conocer la verdad sobre el mundo que mantienen con su esfuerzo. Nueve es uno de ellos. Un simple trabajador de fundición del Sector Cinco destinado a desaparecer en el anonimato, hasta que una serie de acontecimientos imposibles lo arrastran hacia un secreto capaz de derrumbar los cimientos del Imperio. Porque la estrella que sostiene a la civilización se está apagando.

Genre
Scifi
Author
Fener
Status
Ongoing
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
16+

Polvo de estrellas

—¿Morir?

El niño levantó la vista. La luz azulada de los reactores bañaba el observatorio con un resplandor tenue y frío. Más allá de los enormes cristales, la ciudad brillaba como una constelación artificial suspendida en la oscuridad.

—¿Qué significa morir?

El anciano tardó unos segundos en responder. Permaneció observando el horizonte luminoso antes de hablar.

—Significa dejar de existir.

El niño frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque la energía no se crea ni se destruye.

Una leve sonrisa apareció en el rostro del anciano. Era una de las primeras cosas que enseñaban a todos los niños. Antes de aprender historia. Antes de aprender matemáticas. Antes incluso de aprender a escribir.

La energía no se crea ni se destruye.

La energía solo cambia de forma.

—Nosotros somos energía —continuó el niño—. Existimos gracias a la energía estelar. Mientras exista energía estelar seguiremos existiendo. ¿No es así?

El anciano volvió la mirada hacia la ciudad. Miles de torres alimentadas por soles artificiales se alzaban hacia el cielo, sosteniendo una civilización entera gracias a una fuente de energía que alguna vez pareció infinita.

—Eso es lo que nos enseñan.

—¿Y no es cierto?

—Las mentiras más peligrosas son las que nacen de una verdad.

El niño guardó silencio.

—Tienes razón en algo —prosiguió el anciano—. Somos polvo de estrellas.

Aquella frase estaba escrita en escuelas, monumentos, naves y ciudades enteras. Era el lema de la Nueva Humanidad, el símbolo de una era que había derrotado a la enfermedad, al hambre, al envejecimiento y, según afirmaban, a la propia muerte.

—Pero hay algo que las escuelas ya no enseñan.

—¿Qué cosa?

El anciano señaló el cielo.

—Que los milagros siempre tienen un precio.

El niño siguió la dirección de su mano. Más allá de los reactores. Más allá de los anillos orbitales. Más allá incluso de los sistemas habitados.

Allí existían los agujeros negros primordiales, los objetos más antiguos conocidos por la humanidad.

Durante siglos se creyó que eran simples reliquias del universo temprano, hasta que alguien descubrió el Metal Resonante: una forma de materia tan extraña que parecía desafiar las leyes de la física. Era capaz de contener, estabilizar y controlar energías que habrían destruido cualquier estructura conocida.

Energía estelar.

Antimateria.

Reactores de fusión.

Motores interestelares.

Toda la civilización dependía de él.

—¿Y de dónde viene? —preguntó el niño.

—De los horizontes de sucesos de los agujeros negros primordiales.

Los ojos del niño se abrieron con asombro.

—Entonces solo tenemos que conseguir más.

La sonrisa del anciano desapareció.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Se acercó a los ventanales del observatorio y contempló la inmensidad oscura.

—El primer Metal Resonante no fue encontrado. Fue creado.

—¿Creado?

—Los científicos aprendieron a fabricarlo fusionando elementos cada vez más pesados. Décadas enteras de investigación podían producir apenas unos gramos. Fue uno de los mayores logros de nuestra especie.

El niño escuchaba con atención.

—Mucho después descubrimos que aquella materia ya existía de forma natural en los agujeros negros primordiales.

—Entonces...

—Entonces comprendimos algo peor. Sabíamos dónde estaba, pero no cómo recuperarla.

El anciano señaló el vacío entre las estrellas.

—El Metal Resonante se encuentra atrapado en el horizonte de sucesos. Podemos detectarlo. Podemos estudiarlo. Sabemos que existe en cantidades inmensas. Pero nadie ha encontrado una forma de extraerlo sin perderlo para siempre dentro del propio agujero negro.

La voz del anciano se volvió más grave.

—Y mientras tanto, el metal que fabricábamos se consumía cada vez que era utilizado. Se transformaba en energía. Desaparecía.

El niño sintió un nudo en el estómago.

—Entonces se estaba acabando.

—Sí. La humanidad consumió en unos pocos siglos lo que el universo tardó eras enteras en producir. Y cuando comprendimos que no podríamos reemplazarlo... empezamos a buscar alternativas.

El niño bajó la mirada.

—Entonces... ¿qué ocurrió?

El anciano permaneció callado durante un largo instante. Por primera vez parecía cansado. No físicamente, sino de una forma mucho más profunda, como si estuviera recordando una herida que jamás había terminado de sanar.

—Ocurrió la primera muerte.

Y la humanidad entró en pánico.

Durante más de cuatro siglos nadie había visto morir a otro ser humano. La muerte se había convertido en una palabra olvidada, un concepto arqueológico, una superstición heredada de épocas primitivas.

Hasta que un día alguien agotó su energía.

Y se apagó.

Los gobiernos buscaron respuestas. Los científicos buscaron soluciones. Y lo que encontraron fue algo mucho peor de lo que cualquiera había imaginado.

La composición más parecida al Metal Resonante no estaba en las estrellas. No estaba en los agujeros negros. No estaba en los confines del universo.

Estaba dentro de nosotros.

Dentro de cada ser humano.

Los mismos elementos pesados que permitían la existencia del Metal Resonante también formaban parte de nuestro cuerpo. Habían nacido en los fenómenos más violentos del universo temprano y habían viajado durante miles de millones de años a través de estrellas, nebulosas y mundos enteros antes de terminar formando parte de la humanidad.

Durante siglos aquella verdad había sido motivo de orgullo.

Somos polvo de estrellas.

Pero el significado de esas palabras cambió para siempre cuando los científicos descubrieron que aquellos elementos podían reorganizarse. Que sometidos a procesos extremos y alimentados con cantidades suficientes de energía estelar podían transformarse en pequeñas cantidades de Metal Resonante.

Cantidades insignificantes.

Pero suficientes.

Suficientes para alimentar ciudades.

Suficientes para sostener soles artificiales.

Suficientes para prolongar la vida de una civilización que se negaba a morir.

El anciano cerró los ojos.

—Durante siglos buscamos una forma de fabricar más Metal Resonante —murmuró—. Y al final descubrimos que habíamos estado caminando sobre él todo el tiempo.

Observó al niño durante un largo instante, como si quisiera añadir algo más. Como si estuviera a punto de revelar una verdad que jamás debía ser pronunciada.

Pero nunca lo hizo.

El recuerdo comenzó a desvanecerse.

Las luces del observatorio desaparecieron. La voz del anciano se perdió entre los años y el tiempo se llevó consigo aquella conversación.

Cuando abrió los ojos, ya no era un niño.

Frente a él se extendían kilómetros de barrios productivos. Filas interminables de viviendas idénticas. Miles de personas destinadas a vivir una vida cuyo propósito había sido decidido mucho antes de su nacimiento.

Combustible.

Ganado.

Recursos.

Eso era lo que eran.

Eso era lo que siempre habían sido.

El joven apretó los puños mientras observaba la inmensa estrella artificial que iluminaba la ciudad. Entonces recordó aquella frase que le habían enseñado desde niño. La frase que sostenía toda una civilización.

Una sonrisa amarga apareció en su rostro.

—Al final solo somos eso, ¿no?

Levantó la vista hacia el falso sol suspendido sobre la metrópolis.

—Polvo de estrellas.

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Good Writing

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Strong Dialog

1

Strong Dialog

author

Es lo mejor que he leído,qué maravilla ❤️

2 months
1
author

De verdad muchas gracias, me alegra mucho que te esté gustando. Aún queda muchísimo por descubrir en Star Dust, espero que sigas disfrutando el viaje ❤️

2 months
author

es increíble y me a dado más ganas para leer

19 days
1

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