Uno
El despertador sonó a las cuatro de la mañana en punto, pero Jungkook ya estaba despierto. Sus ojos se abrieron antes de que el sonido cortara el silencio de su penthouse. Era como si su cuerpo se hubiera entrenado para no necesitar más descanso. Se levantó de la cama king-size con movimientos precisos, sin una sola arruga en las sábanas. La habitación era tan minimalista y fría como su dueño: paredes grises oscuras, muebles negros y ni una sola foto personal a la vista.
Se dirigió al baño, se quitó la ropa y entró directamente bajo la ducha de agua helada. El chorro gélido golpeó su piel como agujas, pero ni siquiera parpadeó. Para Jeon Jungkook, el frío no era un castigo, era disciplina. Treinta minutos después, salió con el cabello todavía húmedo y se vistió con uno de sus trajes hechos a medida. Negro, impecable, con una camisa blanca que contrastaba contra su piel. Se miró al espejo solo lo necesario para ajustar los gemelos de plata. No había vanidad en ese gesto, solo control.
A las cinco y diez ya estaba en su Bugatti negra, cruzando las calles aún vacías de Seúl. La ciudad dormía mientras él ya conquistaba el día.
JK Nexa se alzaba imponente en el corazón del distrito financiero: una torre de cristal y acero que brillaba incluso bajo la luz tenue del amanecer. Era su imperio. Su creación. Desde cero, con sus propias manos y una determinación que rayaba en la obsesión, había convertido una pequeña empresa de repuestos en una de las marcas de autos de lujo más prometedoras del país. Coches modernos, elegantes, con tecnología de vanguardia. Cada modelo llevaba un pedazo de su alma fría y calculadora.
El elevador privado lo llevó directamente al último piso. Cuando las puertas se abrieron con un suave ding, su secretaria ya lo esperaba.
—Buenos días, señor Jeon —saludó Hana con una sonrisa educada, sosteniendo una tablet contra su pecho.
Jungkook solo asintió, sin detenerse.
—Café cargado. Sin azúcar. —Su voz era baja, cortante.
—Enseguida.
Entró a su oficina como quien entra en un campo de batalla. El lugar era enorme, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Sobre el escritorio de roble negro ya había pilas de carpetas y tres computadoras encendidas. Se sentó, se aflojó ligeramente la corbata y se sumergió en el trabajo. Proyectos nuevos, revisiones de prototipos, reuniones pendientes, números, gráficos, contratos... El trabajo lo era todo. Lo único estable. Lo único que nunca lo decepcionaba.
Diez minutos después, tres golpes suaves sonaron en la puerta.
—Adelante.
SeokJin entró con esa confianza que solo alguien que lo conocía desde hace años podía tener. Traje gris perla, cabello perfectamente peinado y una ceja ya levantada en señal de desaprobación.
—Otra vez aquí antes que el sol, ¿eh? —comentó, sentándose frente a él sin esperar invitación—. Deberías probar algo revolucionario llamado "dormir".
Jungkook ni siquiera levantó la vista del monitor, sus dedos volando sobre el teclado.
—No recuerdo haberte invitado a darme consejos de vida, hyung.
SeokJin soltó una risa corta y se acomodó mejor en la silla, cruzando las piernas.
—Estoy revisando el proyecto del NX-9. Los ingenieros están emocionados, pero necesitan tu aprobación en el sistema de seguridad antes de seguir. —Mientras hablaba, observaba cómo Jungkook seguía tecleando sin perder el ritmo—. ¿Me estás escuchando o solo fingiendo?
—Las dos cosas.
SeokJin bufó, pero sonrió. Ese era su Jungkook.
De repente, cambió de tema.
—¿Recuerdas lo de hoy?
Jungkook finalmente levantó la vista, confundido.
—¿Qué se supone que es hoy?
—El almuerzo con el señor Han JiHyun y su querida hija Sohee —respondió Jin con una sonrisa burlona.
Jungkook cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro largo y cansado, recostándose contra el respaldo de su silla.
—No. Absolutamente no.
—Oh, vamos. El señor Han está muy "interesado" en fortalecer lazos comerciales —dijo Jin, haciendo comillas en el aire con los dedos—. Y su hija está aún más interesada en fortalecer lazos... contigo.
Jungkook frunció el ceño, visiblemente irritado.
—Sohee es una niña mimada. Caprichosa, pegajosa y acostumbrada a que su papá le compre todo lo que quiere. Incluyéndome a mí, aparentemente. No estoy interesado.
SeokJin soltó una carcajada fuerte, echando la cabeza hacia atrás de forma dramática.
—¡El señor Han haría cualquier cosa para tenerte como yerno! Imagínate. Jeon Jungkook, el heredero de Han Group. Sería la boda del siglo. Podrías hasta salir en las revistas de chismes.
—Prefiero que me atropelle uno de mis propios autos —gruñó Jungkook.
Jin se inclinó hacia adelante, disfrutando claramente del momento.
—Jungkook-ah... ya casi tienes veintinueve años. Casi treinta. Estás entrando en la edad de... —hizo una pausa dramática, llevándose una mano al pecho— la decadencia. Pronto tendrás canas, arrugas, y te dolerá la espalda al agacharte. ¿No quieres una esposa que te cuide en tu vejez?
Jungkook lo miró con una ceja arqueada, claramente divertido a pesar de sí mismo.
—¿Y lo dices tú? ¿El que ya es prácticamente un cadáver andante?
SeokJin abrió la boca, ofendido hasta el alma.
—¡¿Cadáver?! ¡Yo estoy en la flor de la vida! ¡Soy un hombre joven, guapo, carismático y con un gusto impecable! Las mujeres todavía se desmayan cuando paso. ¡Tú, en cambio, pareces un robot sexy pero sin batería emocional!
Jungkook negó con la cabeza, conteniendo una sonrisa. Su amigo siempre tan exagerado.
En ese momento, Hana tocó la puerta y entró con el café. Lo dejó sobre el escritorio con cuidado y se retiró en silencio, dejando a los dos hombres solos otra vez.
El ambiente cambió sutilmente cuando SeokJin bajó la voz.
—¿Has sabido algo de tu hermano? ¿JiHu?
Jungkook se tensó casi imperceptiblemente. Su expresión se volvió aún más fría.
—No. Nada desde la última vez.
—¿La última vez? —SeokJin casi gritó—. ¡Eso fue hace diez años, Jungkook! ¿Ni una llamada? ¿Ni un mensaje?
Jungkook se encogió de hombros, mirando su café negro como si allí estuviera la respuesta.
—Probablemente esté ocupado con su vida. Tal vez tenga familia. No es mi problema.
SeokJin lo observó en silencio unos segundos, con una mezcla de preocupación y frustración.
—Eres increíble. No te preocupas por nadie. Ni siquiera por tu propio hermano gemelo.
Jungkook no respondió. Se llevó el café a los labios y bebió. El líquido caliente le quemó la garganta, pero no le importó. El dolor era familiar. Controlable.
Cuando SeokJin finalmente se fue, la oficina quedó en un silencio absoluto. Jungkook giró su silla hacia los ventanales y miró la ciudad que se despertaba abajo.
Tenía que soportar el almuerzo con Han JiHyun y su hija. Sabía perfectamente lo que vendría: insinuaciones, sonrisas falsas, presiones sutiles para que considerara el "futuro" y el "matrimonio".
Suspiró derrotado, apretando la taza entre sus dedos.
¿Por qué todos insisten en que necesito a alguien?
Solo quería paz. Trabajo. Silencio.