La llegada del Imperio del caos
Capítulo 1
Año 2035, Planeta X...
-¡No se detengan! ¡Sigan corriendo! -exclamó el coronel, su voz resonando con fuerza por encima del eco de las botas militares contra el pavimento.
En medio de la intensa marcha, las piernas de un joven recluta fallaron por culpa del cansancio extremo. El soldado se desplomó contra el suelo, jadeando, pero antes de que los instructores lo notaran, otro compañero se desvió de la fila y le tendió la mano con rapidez.
-Hey, compañero, ¿estás bien? -preguntó el soldado, con genuina preocupación en el rostro.
-Sí... solo es fatiga acumulada. Gracias por el apoyo -respondió el recluta, recuperando el aire mientras aceptaba el impulso-. ¿Cuál es tu nombre?
-Me llamo Jeyson ¿Y tú? -contestó con una sonrisa amigable.
-Mucho gusto, Jeyson. Yo me llamo Arin.
-Un placer, Arin. Vamos, arriba, hay que terminar el circuito -dijo Jeyson, ayudándolo a reincorporarse para volver al trote junto al resto del pelotón.
Al cabo de unas horas, la extenuante jornada de entrenamiento finalmente llegó a su fin.
-¡Es todo por hoy, soldados! Rompan filas y vayan a descansar a sus hogares -ordenó el coronel, dando la señal de retirada.
Arin recogió su equipo táctico de los casilleros y se retiró. Ya en la tranquilidad de su casa, exhausto pero aliviado, se dispuso a preparar algo de comer para recuperar energías.
-Ha sido un día larguísimo... me merezco este descanso -suspiró Arin para sí mismo, dejándose caer en una silla.
Mientras tanto, en las instalaciones de alta seguridad de la DPCO (Defensa Planetaria Contra Objetos No Identificados), los monitores tácticos comenzaron a parpadear en rojo carmesí. Los radares de espacio profundo habían detectado múltiples anomalías balísticas aproximándose a la órbita terrestre a una velocidad inverosímil.
-¡Comandante! -exclamó un operador, con los ojos fijos en la pantalla-. Los objetos tienen un tamaño aproximado de veinte metros de largo por doce de ancho. Su vector de aproximación no es normal; expulsan pulsos de plasma que los impulsan de forma constante. No se mueven como asteroides ordinarios.
El comandante se acercó a la consola, analizando los datos térmicos. Su rostro se puso pálido.
-Soldado... eso no son asteroides. Son cápsulas de desembarco alienígenas. Nos están invadiendo... ¡Activa el protocolo de defensa planetaria global ahora mismo!
-¡A sus órdenes, señor!
En cuestión de minutos, la alerta roja global unificó a las potencias del mundo. Los silos de defensa estratégica se abrieron en todos los continentes, apuntando sus misiles interceptores de punta nuclear hacia el cielo estrellado. Con la orden ejecutada, las armas de la Tierra rugieron, surcando la atmósfera en un intento desesperado por frenar la amenaza.
-¡Comandante, misiles en curso! Hemos logrado abatir varias decenas de cápsulas en la termosfera, pero la mitad del enjambre ha resistido el impacto. ¡Están entrando en la atmósfera y el impacto en suelo firme es inminente! -bramó el operador.
-Que Dios nos guarde... -murmuró el comandante, tragando saliva-. Prepara a todas las tropas de infantería. Esto va a ser una guerra en tierra.
En su hogar, Arin estaba terminando de comer cuando el suelo tembló violentamente. Una serie de estruendos ensordecedores fracturaron las ventanas de la cocina. Al asomarse a la ventana, observó con horror columnas de fuego y humo donde las cápsulas alienígenas habían impactado contra la superficie de la ciudad. En ese instante, su teléfono militar vibró con una notificación prioritaria: un llamado inmediato a las armas decretado por el comando central.
-No puede ser posible... -susurró Arin, sintiendo una punzada de miedo en el pecho-. Tengo que ir a apoyar a mis compañeros.
Haciendo a un lado el temor, Arin se equipó con su traje de combate, aseguró sus armas reglamentarias y salió a las calles para luchar por su gente. El panorama exterior era devastador; el Imperio del Caos ya había reducido a escombros bloques enteros de edificios. De pronto, al doblar una esquina, se topó de frente con tres alienígenas que patrullaban los restos arqueológicos de la calle.
Dos de ellos vestían armaduras negras opacas y empuñaban fusiles de plasma rojo. El tercero, notablemente más alto y con un rango superior, portaba una imponente armadura blanca reluciente. Dos katanas de plasma verde zumbaban en sus manos, mientras que dos cañones del mismo color se acoplaban a sus antebrazos, coronado por un extraño anillo metálico flotando en su espalda.
Sin dudarlo, Arin abrió fuego, pero las criaturas reaccionaron con reflejos sobrehumanos, desplegando escudos de energía pura que desviaron las balas. Los dos soldados de armadura negra contraatacaron disparando esferas ígneas de plasma, obligando a Arin a rodar por el suelo para esquivarlas. Aprovechando su distracción, el comandante de armadura blanca se le abalanzó, conectándole un golpe brutal que lo mandó al suelo. El imponente alienígena alzó una de sus katanas de energía verde, listo para empalarlo.
Justo cuando la hoja descendía, Arin detuvo el brazo del verdugo con ambas manos en un despliegue de pura adrenalina, contragolpeó con un puñetazo directo al casco óptico del comandante, desestabilizándolo. Aprovechando el segundo de ventaja, Arin se levantó, desenfundó su cuchillo de combate y se lanzó sobre él, clavándoselo profundamente en la unión del cuello. El oficial de blanco cayó inerte al suelo, su plasma verde extinguiéndose en el acto.
Al ver caer a su líder, los otros dos soldados abrieron fuego de nuevo en ráfaga. Arin esquivó los impactos cubriéndose tras un auto destruído, metió la mano en el bolsillo táctico de su pantalón y desenfundó su revólver de alta potencia.
Apuntando con precisión quirúrgica, disparó dos veces directamente a los visores de cristal blindado de los cascos enemigos. Las balas de tungsteno perforaron las defensas, matando a los dos alienígenas restantes al instante.
Antes de poder respirar, una enorme detonación sacudió el horizonte. Arin se dirigió a toda velocidad hacia el origen del ruido y, al llegar a la avenida principal, vio a sus compañeros de batallón sosteniendo una línea de defensa desesperada contra una oleada interminable de tropas imperiales.
-¡Arin! ¡Qué bueno que llegaste, necesitamos fuego de cobertura aquí! -gritó Drake, su mejor amigo, disparando desde detrás de una barricada de concreto.
-¡Voy contigo, hermano! -contestó Arin, tomando posición a su lado y abriendo fuego.
Sin embargo, las compuertas de más cápsulas se abrieron en los alrededores, y nuevos pelotones del Imperio comenzaron a arrasar con las desorganizadas filas humanas.
-¡Comandante, la posición está comprometida! ¡Solicitamos refuerzos urgentes en el sector cuatro! -alarmó Arin por la radio de onda corta.
-Resistan, soldados. Los vehículos de apoyo e infantería pesada ya van en camino -respondió la voz estática del comandante.
Mientras tanto, en la costa, la situación era igual de crítica.
-¡Comandante! Hemos detectado firmas acústicas de barcos y submarinos enemigos emergiendo del océano profundo. ¡Van a bombardear nuestras bases militares costeras! -informó el operador de radar en el búnker de la DPCO.
-¡Quiero una respuesta inmediata! ¡Desplieguen cinco submarinos, diez destructores, cinco acorazados, cuatro cruceros y dos portaaviones al teatro de operaciones navales ahora mismo!
-ordenó el comandante, con la frustración reflejada en el rostro.
-¡Entendido, señor! Pero hay más... los satélites reportan naves de desembarco pesadas de doscientos metros de longitud en la atmósfera superior, y una colosal nave nodriza que supera los tres kilómetros de diámetro.
En alta mar, la flota naval aliada avanzaba en formación de combate cuando el cielo se iluminó. Múltiples misiles hipersónicos impactaron de lleno en dos de los destructores vanguardistas, partiéndolos en dos y hundiéndolos en segundos. Los portaaviones respondieron de inmediato desplegando escuadrones de cazas de combate F-22, mientras el resto de la flota abría fuego con sus cañones de riel.
De las profundidades del océano, los navíos de guerra del Imperio del Caos emergieron, rompiendo la superficie y lanzando salvas masivas de proyectiles. Los cazas aliados interceptaron varios en el aire, pero el resto impactó contra el grueso blindaje de los acorazados, causando severos daños colaterales. Aumentando la velocidad, los cazas se lanzaron en picada contra la flota alienígena, soltando bombas antiblindaje que vaporizaron tres buques enemigos y dejaron a dos severamente dañados.
En respuesta, los barcos del Imperio lanzaron mortíferas sierras mecánicas propulsadas que rebanaron las alas de los cazas en el aire. Al ver sus naves dañadas, los pilotos aliados, en un último acto de sacrificio heroico, dirigieron sus cazas en curso de colisión, estrellándose contra los puentes de mando enemigos y destruyendo tres buques más. Los destructores humanos restantes concentraron su fuego provocando estragos en las líneas enemigas, pero las naves del Imperio lanzaron una contraofensiva de torpedos de plasma que borró del mapa a los últimos destructores de la Armada.
Los cruceros aliados desplegaron sus naves interceptoras remanentes, pero el Imperio puso fin al juego enviando cazas de tecnología cuántica que se movían a velocidades gravitacionales imposibles, despedazando la aviación humana. Un navío capital del Imperio liberó una onda de pulso electromagnético y energía pura que inutilizó por completo los sistemas eléctricos de los acorazados humanos. Indefensos y a la deriva, los acorazados fueron blanco fácil para una última salva de misiles que los hundió en el abismo.
Cuando todo parecía perdido, los submarinos aliados que quedaban en el sector iniciaron su ataque, disparando ráfagas de torpedos pesados que hicieron blanco, destruyendo a varios buques enemigos en la superficie. Sin embargo, el contraataque no tardó en llegar: sumergibles del Imperio del Caos, dotados de tecnología de ocultamiento térmico, emboscaron a los submarinos humanos, cazándolos uno a uno en la penumbra del océano antes de enfocar su rumbo hacia las bases militares terrestres.
-¡Comandante, la fuerza naval ha sido completamente diezmada! Las fuerzas del Imperio se dirigen sin oposición a nuestras bases continentales -anunció el soldado, con la voz quebrada.
-¡Envíen a cada unidad sumergible disponible que quede en reserva, ya! -bramó el comandante, golpeando la mesa con rabia.
De vuelta en tierra firme, los refuerzos prometidos finalmente llegaron al sector de Arin. Camiones de transporte desembarcaron cientos de soldados, mientras tanques de guerra y helicópteros Apache cubrían el cielo con fuego de artillería. Tras dos horas de una encarnizada y sangrienta resistencia, parecía que la humanidad lograba recuperar terreno. Pero la esperanza fue efímera.
Un estruendo apocalíptico hizo eco en el cielo, desgarrando las nubes. Al levantar la mirada, los soldados contemplaron con horror cómo la flota de naves de doscientos metros y la monstruosa nave nodriza de tres kilómetros tomaban posición absoluta sobre la ciudad. Escuadrones de cazas bombarderos de la Fuerza Aérea intentaron un asalto desesperado, pero de las entrañas de las naves imperiales brotaron interceptores de alta tecnología que barrieron el ataque aéreo en segundos.
Acto seguido, las compuertas inferiores de la nave nodriza se abrieron. Desde el cielo, comenzaron a descender colosales robots de combate de veinte y ochenta metros de altura, escoltados por aterradores Striders mecánicos de quince y noventa metros. Las máquinas tocaron tierra y comenzaron a desintegrar la infraestructura y los batallones con sus rayos de energía.
-¡RETIRADA! ¡EVACUEN EL ÁREA, ES UNA ORDEN! -resonó por los comunicadores. El ejército se vio obligado a huir en un sálvese quien pueda.
En medio del caos de la retirada, un caza alienígena descendió en picada, barriendo la calle con sus cañones de plasma. Drake, viendo que una de las ráfagas iba directo hacia la espalda de Arin, se lanzó hacia adelante, empujando a su mejor amigo fuera de la trayectoria.
El disparo de plasma impactó de lleno en el pecho de Drake.
Arin cayó al suelo y giró la cabeza, solo para ver el cuerpo inerte de su amigo tendido sobre el asfalto caliente, con la mirada perdida.
-¡NOOOOO! -gritó Arin, las lágrimas brotando con furia y mezclándose con la suciedad de su rostro-. ¡Malditos... malditos sean! ¡Me vengaré, juro por mi vida que asesinaré a cada uno de ustedes!
Arrastrado por otros soldados sobrevivientes, Arin fue forzado a moverse mientras las lágrimas de impotencia cegaban su vista. El grupo logró llegar a las compuertas blindadas de un búnker subterráneo, resguardándose en las profundidades del subsuelo... mientras, a través de las pantallas de seguridad, observaban en un silencio sepulcral cómo el mundo entero era consumido y arrasado por las garras del Imperio del Caos.








