PRÓLOGO

Ante el inesperado regreso de Mahina a Onryx Rhaegar tiene claro una sola cosa: No piensa ceder su poder, mucho menos su puesto como líder de Wolf-Cliff.
Mahina por otro lado ya no es la de antes, el rencor que guarda hacia su ex mate y la manada que en su momento le dio la espalda le nubla el juicio, tampoco viene dispuesta a ceder.
Tiene una orden y piensa cumplirla.
La asesina ya no ruega por migajas, ahora hace que sus enemigos se arrastren a sus pies.
“La chispa del deseo se propaga rápido pero el rencor y el odio también”
Nadie en la reserva está preparado para lo que su regreso supone. Aún así, todos temblarán ante él.
Un gris vacío pinta el cielo esa tarde, la noche anterior la más larga y desgarradora que probablemente ha vivido Wolf-Cliff en años.
Un ataque vampiro, nadie los vio llegar, no hubo ninguna advertencia por parte de los vigías para evacuar la reserva a tiempo y evitar así la catástrofe.
El alfa de la manada opuso resistencia como pudo ante los intrusos que habían logrado de alguna manera traspasar la frontera sin ningún tipo de preparación, sin embargo ni él ni la luna habían podido sobrevivir al amanecer.
Los padres de Mahina se encuentran ahora entre los tantos cuerpos rescatados de los escombros y la destrucción que ha dado paso la noche horrorosa.
Habían muerto protegiéndola, ambos habían dado su vida luchado para ahuyentar a las criaturas de la noche de su hogar, para alejarlos de ella.
Un viento húmedo le roza la cara, esa tarde durante la ceremonia fúnebre de todos los fallecidos Mahina se encuentra sola, sentada sobre una roca solitaria en la cima del acantilado, apartada del resto la niña enfrenta su duelo en silencio mientras Roger murmura a los supervivientes palabras de consuelo.
La mirada de la cría se encuentra perdida en algún punto lejano en el horizonte dorado, los adultos a su alrededor siguen murmurando demasiado bajo, como si expresar su angustia en alto fuese a acabarlos de romper a todos.
Mahina escucha pequeños pasos detrás de ella pero no se voltea para ver quién es.
—Mi abuelo dice que cuando perdemos a alguien en realidad no es así del todo...La diosa solo los ha reclamado de vuelta porque los necesita, es el deber de un lobo responder a su llamado.
El pequeño Rhaegar se sienta a su lado sin pedir permiso. Mahina no le responde, la niña se encuentra demasiado triste como para pronunciar palabras.
—Yo creo que es una mentira.—Continúa el heredero y eso hace que ella lo mire con curiosidad.
El niño es flacucho y su cabello castaño apunta para todas partes.
—¿Qué?
Rhaegar se encoge de hombros cuando por fin la oye hablar. La voz de la niña le parece lo más dulce que ha oído jamás. Eso le agrada al pequeño lobo.
—La diosa solo reclama a los muertos, ni tus padres ni los míos van a regresar.—Le explica lo más suave que puede, no quiere hacerla llorar.
Entre ambos niños se hace un horrible silencio. Entonces Rhaegar abre una de sus manitas.
Dentro tiene una pequeña roca, una piedra marina atravesada por un brillo extraño pero hermoso. No se trata de ninguna gema, solo una roca lisa y bonita que parece contener el cielo nocturno en su interior.
—La encontré cerca de las cuevas, donde el agua golpea la pared del acantilado.—Alardea.—Casi me caigo al agua al tomarla pero pude conseguirla.
Mahina mira al niño junto a ella con una mezcla rara de curiosidad y horror.
—¿Bajaste ahí tu solo? —Le pregunta temerosa, las cuevas son peligrosas. Durante la marea alta pueden inundarse y dejarte atrapado.
—Solo un poco.—Admite.
—Te podrían haber arrastrado las olas.—Regaña con los cachetes muy colorados debido a la imprudencia del chico.
—Pero no lo hicieron, toma.
Rhaegar le tiende la roca para que la tome, Mahina no lo hace de inmediato.
—¿Porqué me la das a mi?—Averigua.
El joven Rhaegar deja escapar un pequeño suspiro, uno demasiado adulto para su edad.
—Porque cuando la encontré pensé en cosas buenas, parece algo que deba conservar alguien como tú.
La niña baja la mirada hasta la roca brillante.
—Ya no tengo familia.—Le murmura con un pequeño arrebato de tristeza.—Pierdo las cosas buenas.
Mahina aparta el rostro de él con lágrimas en los ojos para que no la ve llorar. Rhaegar vuelve a girarle el rostro para que lo vea, con sus pequeñas manitos le limpia los ojos y le deja la piedra.
—Entonces nunca la pierdas.
El niño le da un beso casto en el cachete y se pone en pie.
Mahina se queda mirando el pequeño destello de luz atrapado entre sus dedos, luego busca a Rhaegar un poco menos triste pero para cuando alza los ojos el niño ya se fue.








