Capítulo 1: La que llega
*La casa de al lado* © Copyright 2026 Lola Valdivia
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Elisa aparcó el coche frente a la casa y se quedó un minuto mirándola antes de bajar. El viaje desde Santiago le había dejado los hombros cargados y las manos agarrotadas al volante. Pero allí, con el motor apagado y el ruido del mar de fondo, sintió algo que no esperaba: calma.
La casa era de piedra, dos plantas, con un pequeño hórreo al lado y un camino de tierra que se perdía entre árboles. El jardín delantero crecía sin orden, pero no descuidado. Más bien salvaje. Como si la tierra hubiera decidido tomarse la revancha.
—No está mal, ¿eh, vieja? —le dijo al aire, sin dirigirse a nadie.
Cogió la mochila del asiento del copiloto y salió. El aire olía a sal, a eucalipto mojado, a algo verde y denso que no encontraba en la ciudad. Cerró las puertas, estiró la espalda y caminó hacia la entrada.
La llave estaba debajo de una maceta rota, tal como le había dicho la inmobiliaria. La giró en la cerradura con un ruido seco y empujó.
Dentro olía a cerrado, a humedad contenida, a muebles viejos. Pero también a madera limpia. Alguien había pasado una bayeta no hacía mucho. Elisa recorrió la planta baja: salón con chimenea, cocina pequeña pero funcional, un baño reformado, y al fondo, una puerta de cristal que daba a un porche trasero. Desde allí se veía el mar. No la playa, sino el horizonte gris y movedizo del Atlántico.
—Vale —dijo en voz alta—. Esto puede funcionar.
Subió la maleta y las cajaspor una escalera de piedra desgastada por los años. Arriba había dos habitaciones. La más grande tenía vistas al camino de tierra y, al otro lado, la casa de al lado.
Se asomó a la ventana y la vio.
Era una construcción parecida a la suya, pero más pequeña, con la fachada pintada de blanco desconchado y un jardín más cuidado. Había un coche viejo aparcado junto a la puerta. Y en el porche, una mujer.
Elisa no pudo verle bien la cara. Estaba de espaldas, regando unas macetas con una regadera azul desgastada.Llevaba un jersey holgado, pantalones oscuros y el pelo cano, suelto por los hombros. Su cuerpo era normal: caderas anchas, hombros redondeados, una manera de moverse pausada, como si cada gesto midiera su peso.
Elisa estuvo a punto de abrir la ventana para saludar, pero en ese momento la mujer se giró.
No vio su cara del todo. Solo un perfil, un gesto rápido hacia el interior de la casa. Algo le dijo que la había visto. Pero no devolvió el saludo. Entró y cerró la puerta.
Elisa se quedó con la mano en el aire, a medio camino entre la cortina y el saludo.
—Bueno —murmuró—. Tampoco hace falta que seamos amigas.
Se apartó de la ventana y siguió deshaciendo cajas.
El pueblo se llamaba Santa Mariña do Mar. Tenía una calle principal, un bar con terraza donde los jubilados jugaban a la brisca, un pequeño supermercado, una farmacia, y el centro de salud, que era un edificio de los años ochenta con gotelé y olor a cloro.
Elisa llegó al día siguiente para conocerlo. La recibió una administrativa con gafas de concha y pulseras de colores que hablaba muy rápido y se llamaba Mariña.
—¡Ay, doctora, qué alegría! Llevábamos meses sin médico titular. El que estaba se jubiló, y el interino que vino después duró tres semanas, que no aguantó las guardias. Pero usted es fija, ¿no? ¡Menos mal!
—Sí, fija —dijo Elisa, y la palabra le supo a victoria pequeña después de tantos años.
Mariña le enseñó las consultas, la sala de curas, el pequeño almacén de medicinas. Todo estaba limpio pero anticuado. El ordenador tardaba siglos en encenderse. El fonendo que encontró en el cajón parecía de los años noventa.
—Y las urgencias —dijo Mariña bajando la voz— son tranquilas, eh. Casi siempre. Alguna caída de un viejo, algún corte, algún empacho. Pero vienen de las aldeas de alrededor, y algunos no tienen coche, así que llaman al 061.
—Vale —asintió Elisa.
—Ah, y su vecina —añadió Mariña con un tono que quería ser casual pero no lo era—, la de la casa de al lado. Clara. No viene mucho por aquí, pero si viene, no es nada grave. Dolores de cabeza, insomnio, cosas de esas.
Elisa levantó la vista.
—¿La conoce?
—Todo el mundo conoce a todo el mundo aquí, doctora —sonrió Mariña, pero no añadió nada más.
Elisa no preguntó. Pero aquella tarde, cuando volvió a su casa y vio la luz encendida en la ventana de la vecina, algo le hizo mirar un par de segundos de más.








