Prólogo .ᐟ.ᐟ
La ciudad brillaba bajo la lluvia fina de la noche de Seúl, como si las luces de neón quisieran compensar la frialdad del aire. Jungkook ajustó el cuello de su abrigo negro, respirando hondo mientras subía al ascensor privado del edificio principal de Vante Cosmetics. El corazón le latía con fuerza, no solo por los nervios del primer día, sino porque sabía exactamente quién lo esperaba en el piso 42.
Kim Taehyung.
El hombre al que todos temían y admiraban en igual medida. A sus 26 años, Taehyung era el CEO más joven y despiadado de la industria cosmética coreana. Frío como el acero, impulsivo en sus decisiones y con una mirada que podía congelar una sala de juntas en segundos. Jungkook había leído suficientes artículos y rumores como para saber que trabajar para él no era un privilegio… era una prueba de supervivencia.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave ding. El pasillo estaba en silencio, iluminado por luces LED empotradas que daban al lugar un aspecto casi futurista. Jungkook tragó saliva y caminó hacia la enorme puerta doble de caoba oscura con el nombre “Kim Taehyung” grabado en letras plateadas.
Antes de tocar, se detuvo un segundo y cerró los ojos.
«Namjoon-hyung… gracias por esto. No voy a decepcionarte.»
Su crush de meses le había conseguido la entrevista y, milagrosamente, el puesto. Namjoon trabajaba en el departamento de marketing de Vante y, aunque Jungkook aún no había reunido el valor para confesarle sus sentimientos, esa oportunidad era lo más cerca que había estado de él en mucho tiempo.
Respiró profundo, levantó la mano y tocó dos veces.
—Adelante.
La voz al otro lado era grave, profunda y carente de cualquier calidez.
Jungkook abrió la puerta y entró. El despacho era enorme: paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, un escritorio de mármol negro y, sentado detrás de él, el hombre que parecía sacado de una revista de lujo.
Kim Taehyung llevaba un traje negro impecable que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos. Su cabello castaño oscuro caía ligeramente sobre la frente, y sus ojos, de un marrón intenso, se levantaron lentamente del documento que estaba leyendo. No sonrió. No se levantó. Solo lo miró de arriba abajo con esa indiferencia calculada que hacía que la gente se sintiera pequeña.
—Jeon Jungkook, ¿verdad? —dijo sin preámbulos, su voz resonando en la oficina silenciosa—. Veintidós años, recién graduado… o casi. Sin experiencia laboral relevante. Y aun así estás aquí.
Jungkook sintió que las mejillas se le calentaban, pero se obligó a mantener la postura recta.
—Sí, señor. Gracias por la oportunidad.
Taehyung soltó una risa corta y seca, sin humor.
—No me des las gracias todavía. Esto no es un favor. Namjoon insistió mucho en ti, pero yo no contrato por amistad. —Se recostó en su silla ejecutiva y entrelazó los dedos—. Aquí se trabaja hasta que el cuerpo diga basta. No tolero errores, no tolero excusas y definitivamente no tolero que me hagan perder el tiempo. ¿Entendido?
Jungkook asintió con firmeza.
—Entendido, señor Kim.
Taehyung lo observó unos segundos más, como si estuviera evaluando si ese chico de ojos grandes y expresión nerviosa duraría siquiera una semana. Finalmente, señaló con la cabeza una pila de carpetas sobre la mesa auxiliar.
—Tu escritorio está justo afuera. Organiza esos reportes de ventas del último trimestre antes de las ocho. Quiero un resumen ejecutivo en mi correo a las nueve en punto. Si no está perfecto, puedes empezar a buscar otro empleo mañana.
Jungkook tomó las carpetas sin decir una palabra más. Cuando se giró para salir, la voz de Taehyung lo detuvo nuevamente.
—Una cosa más, Jeon.
Jungkook se volvió.
Los ojos de Taehyung brillaban con algo peligroso.
—No me importa lo guapo que seas ni lo mucho que Namjoon te recomiende. Aquí eres solo mi secretario. Nada más. No busques familiaridades, no intentes caerle bien y, sobre todo… —hizo una pausa deliberada— ten cuidado.
Jungkook sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No supo si era por la advertencia o por la forma en que Taehyung lo miró al decirlo.
—Sí, señor —respondió en voz baja.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó un segundo contra ella, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Ya estaba dentro.
Y algo le decía que, a partir de esa noche, su vida ya no volvería a ser la misma.








