CAPÍTULO 1: Madre e Hijo
Acto I: El reflejo de la luz que ya no está
La pantalla de cristal líquido parpadeaba en la penumbra del consultorio, arrojando un fulgor azulado sobre el rostro cansado del doctor Gorou. En la tranquilidad de aquel hospital rural, rodeado por el silencio de las montañas y el crujido lejano de los árboles, aquel cubículo se convertía en un santuario personal. En el monitor, una joven de dieciséis años bailaba con una gracia sobrenatural. Su cabello morado oscuro con tonos rosados flotaba en el aire mientras sus ojos, adornados con unas pupilas en forma de estrella de seis puntas, devoraban la cámara.
Hoshino Ai.
Para el mundo, era la gema de la corona del grupo de idols B-Komachi. Para Gorou, era un recordatorio diario de una promesa silenciosa.
—Vaya, doctor... Sigues pegado a la pantalla con esa idol de pacotilla. ¿No tienes vergüenza a tu edad?
La voz de la enfermera principal rompió el trance. Gorou no se inmutó; ni siquiera apartó la mirada del vídeo donde Ai sonreía con una inocencia deslumbrante. Con un suspiro pausado, se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz.
—No lo entenderías —respondió él, con un tono extrañamente melancólico, desprovisto de la ligereza de un fan común—. No es solo fascinación. Es... un lazo con el pasado.
Sus ojos viajaron por un instante hacia un rincón del escritorio, donde descansaba un pequeño llavero de Ai, desgastado por el tiempo. Aquel objeto no le pertenecía originalmente a él. Pertenecía a Sarina.
Sarina había sido su paciente años atrás. Una niña brillante, con una vitalidad que desafiaba la parálisis y el avance implacable de un astrocitoma que consumía su cuerpo. Mientras sus extremidades se debilitaban, su mente volaba libre cada vez que veía a Ai en el televisor del hospital. Gorou recordaba con perfecta claridad sus ojos iluminados, sus manos pequeñas sosteniendo el reproductor, y aquella conversación que, en su momento, pareció una fantasía infantil de alguien que se aferraba a la vida.
«¿Sabes, Sensei? Si muriera ahora... ¿no tendría la oportunidad de reencarnar como el hijo de una celebridad? Si tienes las conexiones correctas y el aspecto desde el inicio... todo sería perfecto. ¡Desearía tanto ser el hijo de Ai!»
Sarina se había marchado una noche de invierno, dejando el llavero y un vacío enorme en el pecho del médico. Desde entonces, Gorou había seguido los pasos de la idol, no como un simple acosador, sino como un guardián de la devoción de la niña. Como si, al mirar a Ai brillar en el escenario, pudiera mantener un canal abierto con el alma de Sarina en algún lugar del firmamento.
—Las idols son criaturas que brillan con una magia llamada mentiras —murmuró Gorou para sí mismo, viendo cómo el vídeo terminaba—. Pero qué hermosa es esa magia.
Acto II: El secreto tras el aura
La rutina de un hospital de provincia rara vez se alteraba, hasta que el mánager de la agencia Strawberry Productions, un hombre de aspecto tenso y gafas oscuras, cruzó la puerta acompañado por una figura envuelta en un abrigo excesivamente holgado y una gorra que ocultaba la mitad de su rostro.
Cuando la paciente se sentó frente a Gorou y se retiró la gorra, el aire pareció abandonar los pulmones del médico.
Bajo la luz fluorescente del consultorio, unas pupilas estrelladas lo miraron con timidez y una chispa de picardía. Era ella. Hoshino Ai. Fuera de las cámaras, sin el maquillaje del escenario, pero con la misma presencia magnética que paralizaba a multitudes. Sin embargo, su silueta no era la misma. El abrigo ocultaba una prominencia inconfundible.
—¿Dieciséis semanas...? —Gorou leyó el expediente médico, sintiendo que las letras bailaban ante sus ojos. Su mente de fan colisionó de frente con su estricta ética profesional—. ¿Gemelos? ¿A los dieciséis años? ¡Esto es una locura! ¿Tienes idea de lo que esto significa para tu carrera? ¿Para tu vida?
El mánager intervino de inmediato, con la voz cargada de pragmatismo empresarial:
—Por eso vinimos aquí, doctor. Un hospital lejos de Tokio, donde los ojos de la prensa no puedan llegar. Si esto se filtra, B-Komachi está acabada. Ai está acabada.
Gorou miró a la joven, esperando ver lágrimas, miedo o la confusión lógica de una adolescente atrapada en una encrucijada tan masiva. Pero lo que encontró lo desarmó por completo. Ai se llevó una mano a la mejilla, ladeando la cabeza con una sonrisa que carecía de cualquier rastro de arrepentimiento.
—No voy a abortar, Sensei —dijo ella, con una voz extrañamente madura, desprovista de falsedad—. Y tampoco voy a renunciar a ser una idol. Quiero ambas cosas.
—¿Ambas? —Gorou frunció el ceño, apoyando los puños en el escritorio—. Ser una idol de élite requiere una entrega absoluta. Criar a dos niños en secreto requiere una vida de encierro y mentiras. No puedes simplemente estirar las manos y tomarlo todo. El mundo no funciona así.
Ai se levantó, caminó hacia la ventana del consultorio y miró el cielo del atardecer que empezaba a teñirse de violeta. Las primeras estrellas de la noche rural comenzaban a brotar en el lienzo oscuro.
—Sé que la gente piensa que los fans son egoístas, que quieren que seamos perfectas y puras —comentó, tocándose suavemente el vientre—. Pero para mí, una mentira es una excepcional forma de amor. En el escenario, cantamos como las personas más felices del mundo, sin importar qué tan dura se ponga la vida detrás de escena. Decimos "los amo" a miles de desconocidos. Puede que sea una mentira, pero yo quiero que esa mentira se vuelva verdad algún día. Quiero saber qué se siente amar de verdad. No tengo familia... nunca la tuve. Por eso, siempre quise una.
Se giró hacia Gorou. Sus ojos brillaron con una intensidad tan desesperada y codiciosa que el médico sintió un escalofrío.
—Daré a luz a mis hijos en secreto. Y seguiré siendo la idol perfecta. ¡Nadie se enterará!
Gorou la observó en silencio. La idealización que tenía de la estrella pop se desmoronó, pero en su lugar apareció algo mucho más complejo: una mujer joven, asustada pero increíblemente fuerte, dispuesta a engañar al mundo entero para alcanzar una pizca de felicidad real. En ese instante, su juicio como médico y su devoción como fan se fusionaron en una sola resolución.
—Está bien —cedió Gorou, exhalando un suspiro que llevaba el peso de su destino—. Usaremos un alias en el hospital. Yo mismo me encargaré de todo tu historial médico. Te aseguro que darás a luz a dos niños sanos. Si tú dices que esa es tu felicidad... yo la apoyaré con todo lo que tengo. Como tu doctor, y como tu esclavo desesperado.
Ai soltó una risa cantarina, la primera risa genuina que Gorou le escuchaba desde que entró.
—¡Ay, qué lindo! Parece que ya me atrapó otro fan.
Acto III: El tic-tac del reloj biológico
Los meses transcurrieron bajo un pacto de absoluto secretismo. El hospital se convirtió en el refugio seguro de Ai, y Gorou en su sombra protectora.
A las 21 semanas, las ecografías mostraban el desarrollo constante de los fetos. A las 25 semanas, las conversaciones en el pasillo se volvieron más íntimas. A pesar de ver el lado oscuro y calculador de la industria a través de las precauciones que debían tomar, Gorou descubrió que se había encariñado profundamente con la personalidad abierta y la resiliencia de la muchacha.
—A ver, Hoshino-san —dijo Gorou durante un chequeo en la semana 28, examinando las imágenes del monitor junto al director del hospital, un hombre mayor y de aspecto rudo con gafas de sol—. Con tu tipo de cuerpo, hay una alta probabilidad de que tengamos que realizar una cesárea. Tu pelvis es estrecha y el cráneo de los bebés podría medir unos 8 centímetros. Tu estatura actual es de apenas 151 centímetros.
Ai, sentada en la camilla con el vientre notablemente abultado, infló las mejillas y posó con ambas manos en el rostro, guiñando un ojo de forma melodramática.
—¡No te preocupes, Sensei! ¡Estoy segura de que serán hermosos y tendrán una cara súper pequeña! Al fin y al cabo, ¡son mis hijos!
El director del hospital resopló, bajándose un poco las gafas.
—Otra vez con tus comentarios sin sentido... En fin, haremos el máximo esfuerzo. Yo me encargaré de manejar la cirugía si es necesario un parto natural, pero mantén la calma.
A las 35 semanas, Gorou la observaba desde la distancia mientras ella caminaba por los jardines traseros del hospital, estirando los brazos y tarareando una melodía de B-Komachi bajo la sombra de los árboles. El viento mecía su cabello. Para el médico, verla aferrarse a esa doble vida con tanta energía era una lección de fuerza.
«Es fuerte», pensaba Gorou mientras la veía sonreír. «Para ser honesto, tenía sentimientos mezclados sobre toda esta situación... pero escondí ese hecho con todo mi esfuerzo. Una vez que esto acabe, perderé mi conexión con ella, y volveremos a ser solo una idol y un fan. Pero hasta entonces, protegeré a su familia».
Llegó la semana 40. La fecha esperada del parto.
Ai fue ingresada en la suite privada bajo el máximo aislamiento. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Gorou entró a la habitación para revisar sus signos vitales por última vez antes del turno de noche. Ai estaba recostada, con el rostro sudoroso pero los ojos fijos en él.
—Sensei... gracias por todo lo que has hecho —dijo ella, con una suavidad inusual—. Si te llamo cuando empiece el dolor, por favor ven corriendo.
—Sí, lo haré —respondió Gorou con una sonrisa tranquilizadora, ajustándose la bata—. Mi casa está cerca del hospital, así que estaré aquí en cinco minutos. Descansa un poco, Ai. La próxima vez que nos veamos, serás madre.
Acto IV: La noche en blanco
El aire de la noche era gélido. Deseando despejar su mente antes de las horas críticas que se avecinaban, Gorou decidió dar una caminata por los senderos que bordeaban el recinto hospitalario. La brisa nocturna chocaba contra su rostro, calmando el latido acelerado de su corazón.
—Oye...
Una voz rasposa, filtrada por la lona de una capucha, cortó el silencio del bosque.
Gorou se detuvo en seco. A unos metros de él, bajo la pálida luz de una farola de jardín, una silueta oscura permanecía estática. El rostro del individuo estaba completamente sumergido en las sombras de una sudadera negra.
—¿Eres el doctor a cargo de Hoshino Ai? —preguntó el desconocido.
El cuerpo de Gorou se tensó instantáneamente. El instinto de protección se encendió como una alarma de emergencia.
—¿De qué estás hablando? Estamos usando un alias... ella está bajo estricto cuidado institucional. ¿Cómo sabes su nombre cuando ni siquiera es público? ¿Quién eres? ¿Estás relacionado con ella?
El encapuchado no respondió. Dio un paso hacia atrás, ocultando sus manos en los bolsillos, y de inmediato se dio la vuelta para echar a correr hacia la maleza, adentrándose en el denso camino de la montaña que rodeaba el hospital.
—¡Oye! ¡Espera! —gritó Gorou.
Sin pensarlo, el médico se lanzó en su persecución. La adrenalina bloqueó cualquier rastro de prudencia. «¿Un acosador? ¿Ahora no... estamos tan cerca de que nazcan los bebés!», pensaba desesperadamente mientras sus zapatos golpeaban las piedras y las ramas secas le cortaban las mejillas. La linterna de su teléfono celular era lo único que cortaba la negrura del bosque.
—¡Maldición! Lo perdí... —jadeó Gorou, deteniéndose en un claro del bosque, iluminando los árboles a su alrededor—. Me hizo correr hacia el camino de la montaña... ¿Dónde se fue?
Un crujido sutil sonó justo detrás de él. Un cambio en la presión del aire.
Gorou empezó a girarse lentamente, levantando el teléfono.
—¿Dónde...?
Antes de que pudiera completar la pregunta, una fuerza brutal impactó contra su espalda. El empujón fue seco, certero y lleno de malicia. El pie de Gorou perdió el agarre en el borde del sendero, y el mundo se volcó en una violenta sucesión de impactos.
Rocas, ramas, tierra. Su cuerpo rodó colina abajo por el barranco, golpeándose con una fuerza destructiva hasta terminar en el fondo de una zanja de piedra, oculto por la maleza.
—Nnh...
El dolor no llegó de inmediato; en su lugar, una oleada de frío entumeció sus extremidades. El teléfono celular había salido volando, quedando a unos metros de distancia, con la pantalla agrietada apuntando hacia el follaje.
«Gee... eso me asustó», pensó Gorou, intentando respirar, pero sus pulmones se sentían colapsados. «Creo que me tropecé... Mi mente quedó en blanco de repente...»
Intentó mover los dedos de la mano derecha, pero no hubo respuesta. Un calor espeso y pastoso comenzó a brotar de la parte posterior de su cabeza, empapando el cuello de su bata médica.
«Ah... mi teléfono... ¿Dónde está mi teléfono? Está tan oscuro que no puedo ver... Y lo que es peor, mi cuerpo no se mueve... Necesito apresurarme. Le prometí... le prometí que la ayudaría a dar a luz a sus hijos... Necesito levantarme... para ayudarla...»
La vista de Gorou comenzó a llenarse de estática. La luz parpadeante de las estrellas sobre la copa de los árboles empezó a desvanecerse, volviéndose borrosa, apagándose una a una. En su mente, las palabras de Sarina ecoaron por última vez, flotando en el vacío de su conciencia agonizante.
«¿Alguna vez te has preguntado cómo habría sido tu vida si hubieras nacido como el hijo de una celebridad? Si muero ahora... ¿no tendría la oportunidad de reencarnar como su hijo? Si pudiera reencarnar...»
La mente de Gorou se hundió por completo en la noche en blanco. Su último suspiro se evaporó en el frío aire de la montaña.
Acto V: El despertar de los ojos de estrella
Un destello cegador. Un grito ahogado.
El dolor del impacto en la montaña desapareció, reemplazado por una oleada de sensaciones abrumadoras, caóticas y sofocantes. Presión, calor, el sonido ensordecedor de latidos cardíacos y, de repente, una bocanada de aire frío que llenó unos pulmones diminutos.
—¡Son unos gemelos hermosos, Ai! ¡Felicidades!
La voz era amortiguada, como si viniera desde el fondo del agua. Un par de manos enguantadas lo envolvieron con delicadeza en una manta cálida y suave. Cuando logró abrir los ojos, la visión borrosa tardó unos segundos en enfocarse, pero el entorno era inconfundible: las luces de una sala de partos.
Sin embargo, lo que verdaderamente lo dejó en shock fue el rostro de la mujer que lo sostenía.
Ai estaba recostada en la cama de hospital, con el cabello empapado de sudor pegado a la frente, visiblemente exhausta. Lágrimas gruesas y brillantes resbalaban por sus mejillas, pero su rostro estaba iluminado por una felicidad pura, una luz que eclipsaba cualquier mentira o actuación del pasado. Con un amor infinito, acomodó a los dos bebés recién nacidos en sus brazos, arrullándolos contra su pecho.
—Hola, mis pequeños... —susurró Ai, con una voz temblorosa, rota por la emoción, mientras contemplaba a los gemelos—. Gracias por nacer... Prometo que los protegeré con todo lo que tengo.
El bebé del lado derecho miró fijamente las pupilas de la mujer. Esas estrellas de seis puntas que tantas veces había visto en las pantallas. Las conexiones correctas. El aspecto perfecto desde el inicio. El milagro absurdo, irónico y divino del destino se materializó en ese preciso instante en la mente de la criatura.
«Nunca habría pensado...», pensó la conciencia del doctor Gorou, ahora atrapada en el cuerpo del tierno lactante, mientras una pequeña lágrima corría por su nueva mejilla. «¡Nunca habría pensado que sería yo! ¡Reencarnando como el hijo de mi idol favorita!»
En la tarjeta del cunero, el destino firmó el inicio de la historia: Hoshino Aquamarine.
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