Capítulo 1
Capítulo 1:
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La guerra había llegado al imperio. No con trompetas que glorificaban el horror que se desataba, ni con discursos heroicos. Llegó con fuego, con sangre, con cadáveres colgando de murallas, con aldeas destruidas y convertidas en cenizas.
El imperio de fuego llevaba medio año sumido en el conflicto más brutal de las últimas décadas. Mientras que el emperador dirigía sus ejércitos desde el frente, sus territorios sufrían las consecuencias de una guerra que parecía no tener fin.
El emperador tenía seis esposas, algunos omegas femeninos y otros masculinos. Cada uno contaba con su propio palacio, los cuales se encontraban protegidos por cientos de soldados, otros por miles. Solo uno de ellos, el Palacio de las Rodas, el más pequeño, apartado y olvidado era el único que no contaba con la seguridad adecuada.
Aquel Palacio rodeado por rosas rojas, intensas que bañaban con sangre los paisajes, era el hogar de Izuku Midoriya, una de las parejas del emperador. La última pareja, la menos importante, la que apenas aparecía en los registros oficiales.
La lluvia golpeaba los ventanales mientras que el joven omega terminaba de vendar el brazo de un campesino, que, junto a otros, intentaba proteger el pueblo.
El hombre intentó agradecerle por su amabilidad, porque en todos sus años de viña ningún noble había velado por la seguridad de los suyos.
—Gracias…
Izuku sonrió al hombre.
—No fue nada— dijo el pecoso en un tono suave.
—Su majestad— habló Chiyo mientras se acercaba— debería descansar.
La mujer llevaba semanas repitiéndole exactamente lo mismo sin descanso.
—Me encuentro perfectamente— soltó sonriendo de nuevo.
Era claro que mentía, Chiyo lo sabía a la perfección. Todos lo sabían. Izuku Midoriya, hijo de un comandante importante y sexta esposa del emperador, llevaba sin dormir correctamente desde hacía semanas. Su cuerpo estaba agotado, sus ropas manchadas del líquido vital de los suyos, imposibles de borrar, y las ojeras bajo sus ojos eran parte ahora de su persona. Pero a pesar de todo seguía sonriendo, como si eso pudiera hacer desaparecer el horror que los rodeaba.
—Han atacado la frontera oeste— indicó Shoto, mientras se adentraba en la sala de los heridos.
El capitán de la guardia privada del pecoso tenía una herida reciente, cruzándole el rostro. Se veía doloroso, pero este jamás se quejaba en lo absoluto.
—Shoto— Izuku se puso en pie de inmediato y busco paños limpios— déjame ver la herida.
Mientras el pecoso curaba la herida del alfa. Chiyo cerró los ojos, el hecho de que se acercaran cada vez más al palacio ponía en peligro a los pueblos cercanos y al mismo omega que con poco conocimiento militar los organizaba.
—¿Cuántos? — preguntó Izuku temeroso.
—Demasiados.
No necesitaban explicaciones. Aquello solo significaba muertos, demasiados.
Izuku bajo la mirada hacia mientras se apartaba del alfa.
—¿N-Nuestra gente?
Shoto tardó varios segundos en responder. Sus soldados no eran otros que hombres dispuestos a proteger a los suyos, no contaban con el apoyo militar necesario, solo con objetos sencillos para defenderse.
—Menos cada día— confesó el bicolor.
La sala quedó en completo silencio.
El palacio apenas poseía protección, el único lugar donde llegaban los heridos y se encontraban omegas y niños a salvo.
La mayoría de las tropas que antes poseían habían sido retiradas meses atrás para reforzar otros puntos estratégicos, otros palacios de las otras esposas. Según ellos nadie se acercaría lo suficiente a aquel retirado palacio. La realidad era que algunos nobles pensaban que el palacio de una esposa olvidada no merecía demasiados recursos.
Chiyo apretó los labios. Mientras Izuku volvía a sonreír, como siempre, como si no sintiera miedo, como si no supiera que estaban solos. Por dentro, la cosa era diferente, estaba aterrado.
—No vamos a rendirnos— dijo serio— primero debemos mantener a salvo a nuestros niños.
Los heridos sonrieron. Mientras aquel omega no se rindiese, ellos tampoco lo harían.
…
Todas las noches Izuku dormía pegado a una espada, preparado para defender a los suyos. Aun así, cada mañana seguía levantándose, seguía cuidando a los sirvientes, alimentando a los animales y ocupándose de su jardín de espinas, porque si él se derrumbaba los demás también lo harían y no podía permitirlo. No cuando todos dependían de él.
Aquella misma noche llegaron las llamas. Primero se escucharon los gritos, después el sonido de los cuernos que daban anunció que algo se acercaba y por último el caos.
—¡Enemigos! — gritó uno de los sirvientes.
Izuku se encontraba curando la herida de un niño rescatado cuando la puerta se abrió de par en par. Era Shoto quien venía mal herido.
—¡Tienen que ir al refugio!
Los sirvientes comenzaron a correr con algunos heridos a cuesta. Los niños eran montados en carruajes improvisados y los animales liberados para que el instinto salvase sus vidas.
Las antorchas iluminaban los pasillos, intentando mantener la atención del enemigo sobre el palacio y no sobre aquellas sombras que huían al bosque.
Izuku corría por los corrales, soltando a sus pájaros y cualquier ser puro que podría resultar herido por la maldad del hombre.
Podía oírlo, el sonido de la guerra, habían llegado.
—Su majestad— soltó Chiyo sujetándolo del brazo— debe irse.
Izuku reaccionó en cuanto vio que el último de sus animales huía. Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras rezaba porque sus animales sobrevivieron a cualquier mal.
Entonces corrió junto a los demás, pero apenas había avanzado unos metros cuando una explosión sacudió el ala este del palacio.
Los ventanales estallaron y los gritos llenaron el aire. El suelo tembló y por un segundo interminable todo se volvió oscuridad.
Cuando consiguió despertar se encontraba rodeado de humo y un creciente dolor atravesaba su costado. Algo caliente caía por su frente, sabía a la perfección de que se trataba. Escuchaba voces, llanos, órdenes y súplicas. Entendió entonces que habían entrado.
El enemigo había atravesado las defensas del Palacio de las Rosas.
Izuku se puso en pie como pudo. Todo su cuerpo protestaba, pero consiguió mirar alrededor y eso rompió su corazón.
Había sangre, escombros, fuego, personas heridas, personas llamándole y buscándolo.
En ese instante miró a los bosques, podía huir, proteger su vida, pero decidió no hacerlo. No huiría, no abandonaría a los suyos, aunque tuviese miedo, aunque estuviera temblando. Permanecería en su palacio, con ellos hasta el final.
Quizás era el esposo olvidado del emperador, quizás no significaba nada para aquel hombre, pero para aquellas personas lo era todo.
Mientras respirara no iba a marcharse. Ni, aunque la guerra estuviera pro arrancarle la vida.
…
Muchos omegas al notar que aquel joven tomaba valor, decidieron volver y enfrentarse aquellos hombres. Por ellos mismos, aunque “fuesen los débiles” porque sabían que juntos podrían darles tiempo a los suyos, porque solo así protegerían lo que querían.
Cuando los soldados enemigos atravesaron los jardines, fueron recibidos por aquellas omegas femeninas y omegas masculinos, armados con herramientas de trabajo como palas, horcas, cuchillos de cocina. Cualquier cosa que pudieran utilizarse para defender el hogar que estaban intentando destruir.
Izuku luchó junto a ellos, no porque fuera una guerra, no porque supiera utilizar armas sino porque no iba a rendirse,
EL joven omega empuño un pesado candelabro de hierro arrancado de una pared. Sus manos temblaban con cada golpe que daba. Su cuerpo entero temblaba, pero aun así defendió con rabia a los suyos.
Las lágrimas se acumulaban en sus ojos y el corazón golpeaba dentro de su pecho con fuerza. El pesado candelabro terminó rompiéndole la piel de las palmas, pero no desistió, continuó.
Un soldado enemigo logró sujetarlo por el brazo, otro intentó inmovilizarlo. Sabían quién era, sabían lo que significaba para el reino.
Izuku reaccionó por puro instinto. Golpeo, araño, mordió. Luchó con una desesperación nacida del miedo, del terror, de la necesidad de sobrevivir pese al daño de aquellos hombres.
Uno de los hombres consiguió rasgar sus ropas, estaba claro que deseaban hacerle. Dañar su honra y destruir parte del emperador.
Antes de que alguno de aquellos hombres pudiese llegar más lejos, apareció Shoto junto a varios guardias.
La sangre tiñó el lugar y los enemigos cayeron a los costados del omega.
Izuku fue apartado rápidamente de aquel horror mientras todos seguían luchando.
Aun con la rabia en el cuerpo, se puso de pie y cubrió su cuerpo como pudo.
Continuo sin descanso.
Esa noche sufrió múltiples heridas: golpes, cortes, quemaduras, heridas que marcarían para siempre su piel, pero que llevaría con honor hasta el final de sus días.
Cuando el sol salió finalmente sobre las ruinas de su jardín, el silencio fue devastador. Habían ganado. Solos. No habían contado con ayuda, con refuerzos, sin apoyo del emperador ni del imperio.
Izuku apenas podía mantenerse de pie, pero aun así caminaba entre los heridos, ayudando, preguntando nombres. Sonrió, porque solo le quedaba ser fuerte.
—¡Mi niño! — gritó Chiyo mientras llegaba junto a algunos campesinos de otro pueblo. Había ido por ayuda.
El corazón de la mujer mayor pareció detenerse por un momento. Frente a ella se encontraba Izuku empapado en sangre. No tenía una herida, tenía muchas. EL brazo derecho tenía cortes profundos. Una quemadura recorría parte de su costado, caía sangre de su cabeza aun y su pierna tenía sangre empapando los vendajes.
Pese a todo aquello, Izuku cargaba con un cubo de agua para limpiar a los heridos.
—¿Qué haces?
—Los heridos…— soltó con la voz débil y las piernas temblando.
—¡Estás herido!
—Primero ellos…— dijo con una sonrisa en los labios.
Chiyo contuvo las lágrimas, porque aquel omega era demasiado bueno para aquel mundo. Demasiado bueno para un emperador que ni siquiera recordaba en visitarlo.
Aquella misma tarde, Chiyo escribió una carta, no formal, no diplomática, ni política. Era una carta desesperada, llena de sangre, manchada por lágrimas.
Informo de lo ocurrido, de las pérdidas, de la falta de protección y sobre las heridas de la sexta esposa. Pedía ayuda, médicos, soldados, cualquier cosa.
La carta fue enviada al Palacio real con urgencia a la espera de que el emperador fuese informado de todo lo que su última esposa había sufrido y el cómo luchó por el imperio, por su pueblo.
Continuará…
Siento la redacción y las faltas ortográficas.








