Capítulo 1: El fuego
REY XANDROS
Estaba sentado en mi trono de obsidiana, contemplando cómo las llamas danzaban en las chimeneas de la gran sala. Seis meses. Hacía seis malditos meses que mis dos mejores cazadores habían muerto en los límites de Ostara. Lo único jodidamente bueno de aquella carnicería era que la Bruja Negra por fin había muerto. Lo peor, lo que encendía un fuego salvaje y destructor dentro de mi pecho, era que la kindrasiana blanca también había caído con ella.
Todos mis planes se habían ido a la mierda. ¡TODOS!
Sin el alma de esa maldita kindrasiana blanca purificando mi sangre, jamás podría llegar a mi máximo potencial. Me levanté del trono, arrastrando mi capa sobre el suelo de piedra, sintiendo cómo el calor de mi propia magia quemaba los bordes de mis dedos. La impaciencia me carcomía.
Mi mente viajó tres siglos atrás. Hace más de trescientos años, yo no era nadie. Era un simple Ignis, un miembro más de esa raza nacida para controlar el fuego, atrapado en las limitaciones de mi propio pueblo. Pero mi sed de poder era insaciable; yo quería más, necesitaba más. Fue entonces cuando un Devorador de Páramos me atacó en los bosques del norte, dejándome unas heridas que me pudrían la carne y me arrastraban a la tumba.
Y entonces apareció ella. Una kindrasiana blanca.
Me curó utilizando su magia ancestral. Lo que más me sorprendió en aquel maldito instante no fue solo recuperar las fuerzas, sino ver que esa estúpida mujer se llevó todas mis heridas hacia su propio cuerpo; no con la misma afectación mortal, pero acabó hecha una puta miseria. Me hice su amigo. Me gané su confianza solo para que me hablara de sus habilidades. Necesitaba saber cómo exprimir todo ese flujo de poder, cómo hacerlo mío.
La primera muerte que cobré con mis propias manos fue la de esa misma kindrasiana. En el momento en que su corazón dejó de latir entre mis dedos ensangrentados y se lo arranqué del pecho, todo su poder se transfirió a mí como una descarga de energía pura. Dioses... jamás me había sentido tan poderoso.
A partir de ahí, me forjé un nombre. Desafié al antiguo rey a un duelo de fuego y sangre porque quería su corona, quería controlar a todos y a todo. Y lo hice. Me llevó doscientos años de masacres y sacrificios convertirme en el ser que era ahora, una deidad viviente.
Pero entonces surgió el verdadero problema: las kindrasianas negras.
En aquellos tiempos, ni siquiera sabíamos de su existencia; eran de una rareza sin igual, mitos entre las sombras. La primera mujer que asesiné me había explicado los tipos de poderes que poseía cada kindrasiano dependiendo del color de su cabello. Las blancas me intrigaban por su pureza e inmortalidad, pero las negras... las negras albergaban una oscuridad tan vasta que ya no solo importaba arrancarles el corazón. Consumir a una de ellas te otorgaba el control absoluto del mundo entero. El universo se doblegaría a mis pies y nadie jamás podría hacerme frente.
Sin embargo, había un doble filo. Si la negrura consumía a la kindrasiana negra antes de que yo pudiera devorar su alma, la tía se volvería inestable y desataría el caos absoluto, destruyendo lo que yo tanto ansiaba gobernar. Por eso fui listo. Durante décadas, difundí el bulo por todos los reinos de que las brujas negras eran monstruos malditos que debían ser exterminados por el bien común. Nadie sospechaba que lo hacía exclusivamente por mi propio beneficio, para mantenerlas vigiladas y débiles.
Estos últimos años me había estado saciando con todas las kindrasianas blancas que lograba capturar, pero sus filas se estaban agotando. Me estaba desesperando, sintiendo el peso de los años amenazando con regresar. Por eso mandé a mi ejército a aquella incursión, a cazar y ejecutar a los padres de esas malditas niñas. Necesitaba sus almas.
Lo que yo no esperaba de esa incursión en su hogar es que uno de mis cazadores me informara de que los padres tenían dos hijas. ¡DOS! Una kindrasiana blanca y una kindrasiana negra nacidas del mismo vientre.
En ese mismísimo instante supe que tenía que ir tras ellas. Debía matar a la negra para proteger mi legado antes de que su oscuridad despertara, y arrancar el alma de la blanca para asegurar mi eternidad.
Pero no. Esas putas ratas astutas habían pasado diecisiete años escapando de mis garras. Ni mis mejores cazadores habían sido capaces de localizarlas desde que sus padres cayeron. La rabia me devoraba por dentro, y lo peor era que, al no haber vuelto a consumir el alma de un kindrasiano blanco en meses, notaba perfectamente cómo mis poderes de Ignis se estaban debilitando.
En la corte dieron por muertos a Logan y a Ethan en las ruinas de Ostara. El consejo del reino los lloraba como si fueran mártires. Pero yo no soy imbécil. Sé en el fondo de mi alma que esos dos traidores siguen respirando. Seguramente esas putas kindrasianas los tendrán secuestrados o los habrán embrujado, y sé de sobra que mi búsqueda no ha terminado.
¡Ese maldito paripé de que Logan y Ethan son unos héroes nacionales me revuelve las entrañas! ¡EL ÚNICO HÉROE AQUÍ SOY YO! Yo he salvado a este pueblo de la barbarie, yo construí este imperio con mis manos. ¿Acaso no tendrían que alabarme como a un dios? ¡PUES NO! Me tienen miedo. Me gusta que me teman, sí, pero no pienso descansar ni un solo día.
Sé perfectamente que esas chicas están vivas. Las olemos en el viento. Y juro por el fuego de mi sangre que las encontraré y reclamaré lo que es mío.
LOGAN
Seis meses. Seis malditos meses buscando a Harriet, y el rastro seguía muerto.
Mi humor empeoraba con cada maldito amanecer, transformándome en un animal irascible al que ya ni siquiera le quedaban formas ingeniosas de matar el tiempo. En Valeria, mientras tanto, la maquinaria de propaganda del palacio hacía su trabajo: se había corrido la voz de que los dos cazadores más feroces del reino habían caído heroicamente en Ostara. Los bardos nos cantaban en las tabernas, el pueblo nos lloraba e incluso nos coronaban como los salvadores del reino por haber conseguido lo imposible: ejecutar a la Bruja Negra y erradicar a la otra Kindrasiana.
Qué puta ironía. Si supieran la verdad...
La realidad era un monstruo mucho más sangriento. Después de que Harriet desapareciera en aquella maldita niebla, algo en mi cabeza se rompió por completo. Me volví loco. Surqué cada rincón del bosque místico de los Acalion, obsesionado, destrozándome las manos contra la corteza de los árboles y matando a cualquier criatura que se cruzara en mi camino solo para aplacar la rabia. Buscaba un cuerpo, una huella, un mechón de su pelo oscuro. Nada.
Cuando los meses empezaron a pesar como losas, Ethan plantó cara a mi locura. Decidió que teníamos que dar por finalizada la búsqueda; que debíamos aceptar el luto y llorar la pérdida de Harriet. No lo hacía por rendirse, sino por el bien de Kalista. Y por el mío, antes de que terminara colgado de un árbol.
Yo me negaba a aceptarlo. En mi pecho, la runa de mi hacha seguía latiendo con la misma furia que el primer día, gritándome que ella seguía viva en alguna parte. Pero por Kalista, por la mirada rota de esa cría que ya había perdido demasiado, tragué saliva e hice el paripé. Fingí que me rendía.
Sin pistas y con el agua al cuello, decidimos refugiarnos profundamente en los pantanos, el territorio de los Vypari. Sabíamos que allí, entre su pueblo, seríamos bienvenidos por todo lo que ambos habíamos vivido y compartido con ellos en el pasado. A pesar de su naturaleza desconfiada y lo hostil de su hogar, los Vypari nos acogieron con los brazos abiertos. Nos tendieron la mano sin hacer preguntas y nos aseguraron que podíamos vivir en el corazón de sus ciénagas todo el tiempo que quisiéramos, a salvo de los ojos del Rey.
Al menos, de toda esta maldita ceniza había nacido algo hermoso. Ethan y Kalista habían empezado una relación más formal bajo la protección del campamento Vypari, curándose las heridas el uno al otro. Me alegraba de corazón por mi hermano; ver la chispa de la felicidad en sus ojos era lo único que me recordaba que yo todavía seguía siendo humano.
El problema era que, mientras ellos encontraban la paz y un nuevo hogar entre las criaturas del pantano, yo solo podía mirar al horizonte... esperando que la niebla me devolviera a mi bruja...






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