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Jaque mate entre páginas y sombras

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Summary

"En el juego de los Sterling, o ganas el mundo, o lo pierdes todo." Alexandra es una mujer que conoce el valor del silencio, hasta que se cruza en el camino de Adriano Sterling. Él es poder, sombras y un juego de "jaque mate" que parece estar escrito únicamente para ella. En este mundo donde cada movimiento es calculado y cada lealtad tiene un precio, ambos están a punto de descubrir que las apariencias engañan y que, en el ajedrez del amor y la mafia, el jaque mate es solo el principio. Adéntrate en un laberinto de crímenes, enigmas y una atracción que roza el peligro constante. ¿Podrá Alexandra sobrevivir a la jugada maestra de Adriano? La partida ha comenzado, y nadie sale ileso. Para visualizar mejor a Alexandra, la protagonista de esta historia, me he inspirado en la elegancia, fuerza y mirada penetrante de Angelina Jolie. Imagina con esa misma presencia magnética, capaz de manejar la frialdad y el peligro que requiere el mundo de los Sterling.

Genre
Drama
Author
Kirenia
Status
1mo ago
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

La música llenaba el salón, densa y grave, filtrándose por las paredes de caoba y oro. Cuando Alexandra cruzó el umbral, el murmullo de la alta sociedad se extinguió como una chispa en agua. Llevaba un vestido blanco de corte impecable, bordado con rosas oscuras que trepaban por la tela como venas silenciosas; una armadura de seda pura frente a la brutalidad de los hombres que dominaban la ciudad.

Adriano Sterling no tuvo que abrirse paso; la multitud se apartó a su paso con una reverencia casi animal. Se detuvo frente a ella sin saludos de cortesía, con la mirada fría de quien controla los hilos del puerto, y extendió una rosa roja entre sus dedos anillados. Al rozar la piel de Alexandra, seis años de memoria colapsaron. Ella tomó la flor con absoluta parsimonia y la clavó en su cabello, convirtiendo el gesto en un trofeo de guerra.

Entonces comenzó el juego.

Alexandra giró sobre sus tacones y se adentró en la rueda de mafiosos y políticos. Comenzó su marcha, era una coreografía de desdén. Detrás de ella, Luis Alberto. No la tocaba, pero la cazaba con la mirada. Ella sentía sus ojos verdes quemándole la nuca, un campo magnético que se negaba a admitir.

Aceleró el paso con la fluidez de una danza contenida, manteniendo siempre la distancia perfecta, una separación milimétrica de tres metros que desafiaba la paciencia del hombre que una vez fue su dueño. Se cruzaban en los espejos venecianos del salón, en los reflejos ámbar de las copas de cristal: la arrogancia caliente de él frente a la frialdad glacial de ella. La tensión en el aire era un cable de acero sometido a demasiada presión, a punto de saltar en pedazos.

Fue entonces cuando Sterling intervino.

El jefe de la ciudad dio un paso lateral, un movimiento calculado que bloqueó sutilmente la ruta de Alexandra, arrinconándola con elegancia contra una columna de mármol negro. No fue un acto de protección hacia ella, sino una jugada de poder; Sterling quería comprobar hasta dónde llegaba la resistencia de la mujer y poner a prueba los límites de Luis Alberto. La rueda humana se cerró, estrechando el cerco.

Luis Alberto leyó la jugada al instante. Aprovechó el espacio creado por Sterling para acortar la distancia definitiva. Invadió su territorio con la altura de su presencia y le tomó la muñeca con una firmeza que no admitía réplica, antes de que ella pudiera esquivarlo. Sin embargo, su mirada no se apartó de Sterling; alzó la voz, desafiante y firme, rompiendo el murmullo de la sala:

—Con su permiso, jefe. Tengo que hablar con mi exmujer.

La palabra exmujer resonó como una sentencia dictada en un tribunal clandestino. Sin esperar la aprobación de Sterling —quien observó la escena con una sonrisa sutil y calculadora, divertido por la osadía—, Luis Alberto la condujo con firmeza hacia el centro de la pista de baile.

En ese preciso instante, la orquesta cambió el ritmo de golpe: las notas de un tango pesado, "De mí enamórate", inundaron el ambiente. La banda sonora maldita de su matrimonio, el eco de un pasado que creían enterrado.

Alexandra rompió la postura clásica del baile, inclinándose milimétricamente hacia su oído mientras él la sostenía con esa suficiencia que ella despreciaba.

—¿Dónde está mi hijo? —su voz era un hilo de acero afilado—. Lo quiero ahora mismo.

—Te lo entregaré. Tal como pactamos —respondió él, sin perder un ápice del compás, guiándola con una maestría que indignaba a los sentidos.

El eco de la violenta pelea en el parque regresó a su mente, asfixiante y cruel. El precio impuesto por la vida y la libertad de su hijo era una noche de sumisión en su cama. Alexandra no tembló; su pulso permaneció imperturbable. En lugar de seguir el juego, detuvo la marcha en seco, rompiendo el ritmo frente a todos los presentes.

—Subamos —dijo con una voz desprovista de vida, una rendición blindada—. Cumplamos.

Luis Alberto, desconcertado y a la vez excitado por una capitulación tan repentina, la guio hacia las escaleras privadas bajo la mirada atenta y silenciosa de Sterling, que desde abajo evaluaba cada movimiento como si se tratara de una partida de ajedrez.

En el interior de la suite, el ruido sordo de la fiesta quedó completamente aislado tras las pesadas puertas de roble. No había armas de fuego sobre las mesas; el único arsenal real era ella misma. Lo que comenzó como un acercamiento cargado de tensión contenida se encendió de inmediato en besos ásperos, marcados por el resentimiento acumulado durante años de silencio. Él buscaba desesperadamente a la mujer apasionada que conoció en su juventud, pero bajo sus labios ahora solo habitaba el fuego.

—¿Cuándo cambiaste tanto? —murmuró él, con la respiración entrecortada, aferrándose a su cintura—. ¿Qué te hicieron, Alexandra?

Ella no le regaló ninguna respuesta. Se apartó con una calma tan absoluta que rozaba la crueldad. Luis Alberto, interpretando el distanciamiento como parte del juego de seducción al que estaban acostumbrados, sacó el teléfono del bolsillo interior de su saco. La pantalla iluminada mostraba el mapa con el GPS del niño: detenido exactamente en casa de su padre, sano y salvo. El trato estaba formalmente cerrado.

—Déjame servirte algo para calmar la noche —pidió ella, adoptando una suavidad falsa, casi teatral.

Se desplazó con elegancia hacia la mesa de licores tallados en cristal. Sus dedos se movieron con una destreza milimétrica; el sedante en polvo, fino como el talco y de acción fulminante, estaba oculto con precisión bajo la uña de su dedo anular. Lo dejó caer con disimulo en el vaso de whisky que acababa de preparar. Sabía perfectamente que él jamás bebería nada que le ofreciera de manera directa; la desconfianza mutua era el único idioma que dominaban a la perfección.

Tomó el vaso, retuvo un sorbo del líquido ámbar en su boca y giró sobre sus talones. Caminó hacia él con la lentitud felina de una depredadora segura de su presa, enredó los dedos libres en su cabello y lo atrajo hacia sí en un beso profundo, calculado para anular cualquier atisbo de pensamiento racional.

Luis Alberto gimió, rindiéndose por completo a la sensación, abriéndose a ella y tragando el whisky mezclado con su saliva y la dosis letal que flotaba en el fondo del vaso.

Alexandra se retiró apenas un milímetro, observando el efecto. La arrogancia habitual en los ojos verdes de Luis Alberto comenzó a nublarse de golpe. Sus rodillas perdieron fuerza de manera súbita y se desplomó pesadamente sobre la alfombra de la suite, cayendo en un estado de alucinación absoluta antes de que el sonido de su cuerpo pudiera amortiguarse contra el suelo.

Alexandra lo contempló desde arriba, con la postura erguida. Se limpió la comisura de los labios con un gesto clínico y dibujó una sonrisa fría en el reflejo del ventanal.


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