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El pez de Cristal

Summary

Cerca de 40 años le llevó a Mycroft Holmes hallar nada más y nada menos que la razón de su existencia, para que un grupo de hombres, presumiblemente organizados y armados, decidieron llevar a cabo un plan y acabar con la vida del Detective Investigador Gregory Lastrade. El leve tic a la altura de su ojo fue una molestia para el hombre de hielo. Se vió a sí mismo en la obligación de actuar en consecuencia.

Genre
Romance
Author
Rocy
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

1

La mirada de John se vio atraída primero por las luces azules de los móviles policiales ubicados más allá de la escena, para luego voltear a ver nuevamente el cuerpo tendido en el suelo, laxo. Era la primera vez que examinaba al detective a cargo de la investigación en lugar de ayudar a Sherlock a determinar las causas de muerte de una víctima potencial. Greg, su amigo, el simpático y despreocupado detective del Yard intentaba, con ayuda de John, hacer entrar y salir aire de sus pulmones en medio de un callejón sucio y oscuro; con el calor de una herida abierta a la altura del pecho y puede que la certeza de estar por abandonar este plano de existencia.

—Greg, tranquilo, debes mantenerte respirando. La ambulancia no tarda en llegar, debes seguir con el ritmo marcado de las respiraciones —le pedía John controlando el tono de voz.

No le permitía a Greg desviar la mirada hacia otra cosa que no fuera su rostro ciñéndose sobre el del detective.

—Juan... eh...

—No te esfuerces, solo respira, mirame amigo, debes respirar.

Sherlock, de pie junto a ambos hombres, cerró los ojos un momento antes de apretar el botón.

— ¿Mycroft? —los casi diez mensajes anteriores enviados a una velocidad increíble, no habían surtido el efecto de llamar la atención del gobierno británico.

—Hermano —respondió el alcalde de Holmes.

—Es... es Lastrade.

—Pásame con él —fue una simple orden.

—Lo hirieron, Mycroft.

—¿Ubicación exacta?

No hubo más que segundos entre cada intervención.

—Te envío las coordenadas, pero Mycroft...

La llamada fue finalizada enseguida.

__________

Los planes pueden fallar pero a su vez poseen la cualidad de extirpar la inoperancia, mueven a quien los crea hacia algún lugar, sacándolo del punto anterior. Su hermano menor continuaba en el mismo sitio, recayendo en las clínicas para desintoxicarse de sus largas jornadas con las drogas. Esa noche fue aún peor que las anteriores. Mycroft había regresado de un viaje de casi un mes a Hong Kong, llegando a resultados nulos en comparación a los que esperaba obtener de esa junta en específico. Reprogramó el encuentro para la siguiente semana disponiendo finalmente de casi 20 horas libres. Horas que le fueron arrebatadas por una llamada telefónica cerca de la medianoche.

Hospital, sobredosis, pérdida parcial del sentido, arrebatos de ira... Sherlock en su máximo potencial.

En la entrada del hospital, le pidió a su asistente que esperara unos minutos en el auto hasta que firmara los permisos para que Sherlock fuera trasladado de inmediato. Tomó su paraguas antes de salir sujetando el mango con delicadeza. Se negó a llevar guardaespaldas allí dentro, le incomodaba la presencia de alguien más alrededor de su hermano. Supieron ser cercanos en la infancia, hace ya demasiado tiempo como para que ninguno de los dos recurra a esos recuerdos a modo de chantaje. Mycroft respondió a los llamados y demandas de Sherlock porque estaba bajo su cuidado, siempre lo estaría de una forma u otra; por lo que despreciarse mutuamente en presencia de los peces de colores era su manera de dejar en claro sus términos: jamas dejaran de estar unidos por el apellido Holmes.

La recepcionista del hospital solo le dedicó una breve mirada antes de indicarle el pasillo. Fueron 3 recaídas en 3 meses, a ese ritmo Sherlock podría estar muerto para el fin de semana.

Mycroft entornó los ojos al notar la presencia de alguien más dentro de la habitación de Sherlock. Policía del Yard, detective, 45 años, casado pero sin hijos, no era la primera vez que se topaba con Sherlock.

El detective, de espaldas a la puerta cuando Mycroft ingresó en la habitación, volteó hacia allí ni bien sintió el movimiento detrás.

Ni siquiera le dirigió la mirada, pasó de su presencia hasta poder alcanzar a ver el rostro de Sherlock con claridad. Ni siquiera dentro de su palacio mental, el sitio que Mycroft le enseñó a construir desde cero, su hermano menor parecía feliz. Estaba teniendo alguna clase de pesadilla en ese instante mientras el pitido de las máquinas a su alrededor delimitaban el ritmo errático de su respiración. Por primera y única vez en su vida Mycroft quiso entender, aún si con ello no podía lograr hacer nada.

Cuando decidió que era suficiente, al dar media vuelta se topó con ese par de ojos color chocolate que lo observaban con detenimiento. El cabello gris plateado revuelto por los nervios y un tic cerca de la comisura de los labios: esa muestra de necesidad apremiante por dejar salir las palabras hicieron más evidente el desmoronamiento emocional que sufría el extraño.

Mycroft paso del detective y fue a tomar asiento a la sala de espera. Dos minutos con cinco segundos después, oyó por primera vez su voz.

—¿Puedo sentarme junto a usted? —buscó mantener un tono tranquilo pero le fallaron las últimas palabras —¿Eres su hermano o algo así?

No hubo ninguna respuesta a esa pregunta.

>>Yo, yo soy el detective lestrade, fui quien encontró a Sherlock. No sabía si estaba con alguien o si mantenía contacto con su familia. Ahora lo sé>>.

Lastrade se pasó la mano por el pelo una vez más antes de continuar.

>>Lo lamento, señor Holmes. Debí darme cuenta de que alguien como él... Es un maldito genio, pero es imposible. Era obvio que encontraría la forma de esconder hasta las muestras más evidentes y aún así conseguir no develar nada. Si lo hubiera acompañado...

—Está bien, detective Lestrade. Salvó la vida de mi hermano esta noche, el resto de detalles correrán por mi cuenta —fue lo único queMycroftpudo contestar . Se negaba a cruzar la mirada con ese hombre sin pasar por alto lo que parecía un constante latido de su corazón a la altura de sus sienes.

—No es la primera vez que esto ocurre.

—No, efectivamente. Pero debe dejarme encargarme de él. No le causará ningún problema, detective.

—No es eso... quiero trabajar con Sherlock. Es increíble a la par que imposible. Quisiera saber cómo ayudarle.

—No obtendrá nada de él que no quiera darle.

—¿Disculpe?

—Mi hermano menor no es propenso a las relaciones, de ningún tipo. Si deseas algo de trabajar con Sherlock solo serán deducciones infinitas y malos tratos.

—Quiere ayudar.

—Se aburre, es distinto.

—Le preocupa que pueda sucederle algo peor, ¿verdad?

—¿Qué hay que sea peor que sí mismo? Mi hermano es víctima de su propia mente, no puede escapar de ella.

—¿Y usted sí, señor Holmes?

Durante toda la conversación, Mycroft había mantenido la mirada al frente. En una pose casi abatida de resignación, y sin embargo este extraño seguía confrontando. Haciendo preguntas y suposiciones, buscando dar con algo en concreto.

>> Perdóneme, eso último estuvo de más. Estoy... soy un desastre.. ¿Podemos volver a comenzar? Soy el detective Investigador Gregory Lestrade del Yard, y estoy aquí para intentar cuidar de Sherlock Holmes<<.


Ahora mismo Mycroft estaba bajando de su auto estacionado frente a la puerta del hospital por una causa diferente. La rutina de cruzar palabras con la recepcionista, firmar papeles y hasta atender llamadas fueron encomendadas a su asistente. Mycroft no tenía tiempo que perder. Se detuvo ni bien percibió una mata de rizos castaños caminando de un lado al otro del pasillo, gesticulando sin sentido hacia su compañero apoyado de espaldas contra la pared. Parecía estar oyéndolo hablar a medias, casi por inercia.

—Sherlock, Doctor Watson —les dedicó una simple mirada a cada uno antes de seguir —deberían ir a descansar. Necesito estar a solas con el detective Lestrade, podrán volver mañana a la hora de visitas.

Se estaba ajustando el paraguas sobre el brazo cuando el doctor Watson lo detuvo en seco.

— ¿Qué? No. Lo siento Mycroft, pero ¿Quien te dijo que podías intervenir en esto? —se paró entre Mycroft y la puerta de la habitación —Desde cuando te preocupas tú por Gregory como...?

Fue el turno de Mycroft de cortar el discurso del otro.

—7 años y 22 días desde que nos conocimos por primera vez. 7 años y 21 días desde que decidí amarlo y apenas 2 meses desde que me correspondió de igual forma. Por ende, tengo todo el derecho de disponer de la atención del detective Lestrade como me plazca, doctor Watson —se abstuvo de levantar las cejas en respuesta al claro desafío del hombre más bajo.

—Vamos, John —intervino Sherlock desde un costado. El tono de su voz era cansino, todo lo contrario a lo animado que parecía antes de que Mycroft apareciera.

—No, esto no es posible —arremetió John con un deje de furia.

— ¿Qué exactamente? ¿Que alguien como el detective Lestrade sea capaz de amarme? ¿Qué yo mismo albergue alguna clase de sentimiento más allá de la protección que le brindo a mi hermano menor? Si comprendiera la profundidad del alma humana no me dedicaría a la política internacional —respondió Mycroft con firmeza. Le lanzó una simple mirada a su hermano —¿Sherlock?.

Lo último que supo antes de finalmente poder entrar en la habitación del inspector, fue que se había ganado un enemigo, doctorado, de considerable poder.

Mycroft nunca antes había deseado comprender las emociones humanas como cuando fue testigo del brillo disuasivo en ese par de ojos color marrón chocolate junto con esa sonrisa radiante propia del detective inspector. ¿Cual es el sentido que cobra vida cuando lo veo reir? ¿Sabrá sobre su verdadero efecto en las personas o elige ser obtuso, mostrando una actitud abierta de despreocupación genuina? ¿Cómo logro conservar su atención en mi?

Aceptó compartir un simple café a metros de la escena de un crimen, durante una cruda noche invernal, con la excusa de aguardar por el regreso de su hermano menor y su médico colega. En esos 12 minutos con 33 segundos ninguno pronunció la palabra Sherlock, en su lugar Mycroft obtuvo el resumen de la jornada de trabajo de Lastrade así como algunas preguntas más informales dirigidas a él. Respondió a cada una de ellas para, acto seguido, invitarle a cenar. Mycroft se mantuvo de esa manera desde entonces, hasta hace apenas dos meses atrás cuando el detective decidió elegirlo también.

<< Eras mío desde el momento en que te esforzaste por conocer mi identidad durante esa noche en el hospital >> le susurro sobre el cabello, ahora a centímetros de su rostro.

Recostados ambos en su cama, en la que supo ser su habitación, Mycroft llevaba casi un mes y medio sin poder deleitarse en ese mar espeso que eran los ojos de su detective. Le leía cada noche al terminar su jornada laboral y algunas veces por la mañana. El olor natural de Lastrade se trasladó a algún sitio entre la conciencia y la memoria profunda de Mycroft, eligiendo habitar allí. Despertar cada mañana e irse a dormir en presencia de ese calor constante contra su costado fue la única prueba de que estaba vivo y no sólo existiendo.

Permitía algunas visitas de su hermano, algún que otro colega de su detective y había logrado llegar a una especie de tolerancia con lo que respetaba a John Watson. Fueron precisas medidas drásticas tales como una charla sincera en una cafetería cercana a la clínica donde trabajaba el médico, una semana después de la tragedia.


—No puedo exigirte que me hables de tu vida privada Mycroft, pero hubiera esperado enterarme al menos por Greg de que están juntos —no había un tono de reclamo en la voz del doctor, sino más bien una simple carta de derrota. Su preocupación se extendía a quizás el único amigo que no solo lo aceptaba a él o a Sherlock, sino que además ahora era la pareja sentimental del Holmes mayor mejor conocido como el mismísimo gobierno británico.

—Han pasado solo dos meses, doctor Watson. No puede esperar que el detective inspector se sienta cómodo luego de haber estado más de diez años casado.

—Dijiste que comenzó hace 7 años... —John estudió el silencio de Mycroft, dándole un asentimiento apenas después —está bien, pero ¿En verdad lo amas?

—¿Cuál es la mejor respuesta a sus ojos, doctor? Está inclinado a no creer en mis palabras antes de lograr increpar al detective Lestrade primero, ¿Verdad?- cuestionó Mycroft con calma. Tomó un sorbo de su té para darle a John Watson el tiempo de respuesta.

—Solo asegurame que esto no es alguna especie de juego de los Holmes. Él es mi amigo, Mycroft, no un experimento o un pasatiempo —John se arrellanó más cerca de su silla, adoptando una pose militar en el proceso.

—No necesito ser vulnerable cuando estoy con él, lo elijo —comenzó a decir Mycroft—Gregory es una persona sensible que aprecia más que nada las demostraciones de afecto, le gusta ser útil en ese sentido. Posee una necesidad de proteger y cuidar, sucede lo mismo en mi caso. Lo amo porque me permito ser vulnerable con él, solo si a cambio puedo obtener su sincera devoción y calidez.

Un silencio solo atravesado por los ruidos de alrededor se extiende por largos minutos entre ambos. John no pudo disimular la mueca de asombro en su rostro mientras que Mycroft le sostenía la mirada buscando hacerle comprender la profunda verdad detrás de sus palabras.

—Sientes entonces, Mycroft —sentencia finalmente John.

—Así parece, doctor Watson.


Los médicos no podían darle a Mycroft un diagnóstico certero, solo repetirle por vez mil la suerte que tenía de que su detective aún estuviera con vida y a su vez, como era que debía estar preparado para cualquier cosa con cada minuto que pasaba. El tiempo corría en un sentido extraño para Mycroft desde que vio a Gregory postrado en esa cama de hospital.


Las pocas horas que tardó en dar con los responsables fueron nada en comparación a las vibraciones eternas de las cuerdas vocales de los cuatro hombres que suplicaban por su vida, de rodillas frente a Mycroft Holmes. Matarlos rapido estaba fuera de discusión, pero la tortura lenta era impensable, no queria dedicarles más de su atención la cual estaba reservada exclusivamente para su detective. Pensó en permitir que Sherlock interviniera, pero a último minuto descartó la posibilidad. Su hermano menor era demasiado sentimental, en el fondo el doctor Watson lo había ablandado al punto de poder compararlo con un simple agente promedio de las filas del M16 o el M5.

Mycroft terminó accediendo a un punto medio: la cercena de un miembro cada hora hasta la muerte por desangramiento. Comenzó enseguida por las manos que gatillaron el rifle francotirador.


Dejando a su mente vagar sin rumbo mientras elegía un libro nuevo para leerle, Mycroft regresaba a la noche de la tortura con mucha más frecuencia en los últimos días. Se aseguró de que Gregory jamás descubriera la verdad. No temía a su reacción sino más bien a la posibilidad de que su detective diera con el hilo conductor hacia acciones pasadas que hablaban del alto nivel de persuasión que desplegaba Mycroft ante cualquier situación que lo requiriera. “La joya de la corona Holmes”, como supo referirse a sus habilidades cierta vez la propia reina.


—5 millones de libras, una casa en cualquier lugar del mundo que elija y la actuación más importante de su vida como mujer devastada por los años de descuido marital y abandono.

La señora Britanny Lestrade temblaba en su asiento enfrente de Mycroft. Fue escoltada por su asistente a esa fábrica abandonada cuando la señora Lestrade se despedía de su cuarto amante en los dos años que llevaba engañando a su detective. El primer pensamiento que cruzo por la mente de Mycroft al verla fue de aburrimiento, era un pez de color más en el estanque. Mientras que Gregory era un pez de cristal, transparente en sus emociones, en sus acciones, frágil en su confección pero fuerte hacia los bordes. Debía ser cuidado por una mano experta, no dejarse manipular por las de una cualquiera.

—Yo... no... no puedo aceptar... —las palabras eran balbuceadas y el temblor de su cuerpo no se detenía.

Mycroft quiso culpar al cañón del arma que apuntaba a la cien de la señora Lestrade en ese momento, listo para perforarle el cráneo al instante con un simple asentimiento por parte de Mycroft.

—Firme señora Collins (su apellido de soltera) y acabemos con esto. Gregory Lestrade es la persona que he elegido como mi compañero y usted interfiere con mis planes. No quiero que suceda una tragedia como tampoco deseo infringirle más dolor a mi detective, solo estar a su lado para consolarlo cuando se entere acerca de sus “pasatiempos”. Ahora, firme.

Dos copias del mismo documento fueron llenadas con unas letras temblorosas por britanny Collins esa misma noche.


Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no notó el instante en que su detective abría los ojos al mundo nuevamente. Lo había hecho con antelación algunas veces, pero solo por escasos segundos para luego ser llevado otra vez a la oscuridad por culpa de los analgésicos. Al percibir movimientos por el rabillo del ojo, Mycroft se detuvo.

— ¿Cómo te sientes? —le preguntó sin mirarlo. Podía oír los latidos de su corazón aumentar su ritmo y la calidez en su cuerpo al dejar libre un suspiro.

—Como la mierda, me duele todo —Greg se aclaró la garganta, haciendo muecas de dolor.

Mycroft se apuró a llegar a su lado de la cama y buscó el vaso con agua para acercarselo a los labios. Greg le dedicó una mirada cargada de tantas emociones que Mycroft casi pudo sentirse abrumado.

Dejó que greg se sintiera satisfecho antes de rodear la cama y sentarse de su lado. Se acercó hasta posar la cabeza de Gregory con sumo cuidado en su costado. Comenzó a trazar un patrón desigual con sus dedos por el cabello plateado.

—Es comprensible, te dispararon con una bala de francotirador que se fragmentó dentro de ti, pudieron retirar la mayor parte, aún así tu cuerpo por sí mismo está haciendo el trabajo de expulsar el resto. Debes descansar —El movimiento repetitivo sobre el cabello de Greg le daba cierta paz a Mycroft, estaba seguro bajo sus manos.

—Sherlock y John, ¿ellos...?

—Están bien, tranquilo.

—¿Cuánto ha pasado?

—Un mes y trece días...

El cambio en la respiración de Gregory le hizo a Mycroft llevar sus suaves caricias hacia el cuello y partes de los hombros de su detective.

—Te extrañé, creí oír tu voz algunas veces en momentos de lucidez.

—Yo también te oigo a veces al dormir —confesó Mycroft, sin más.

—¿Esa es tu manera romántica de decirme que sueñas conmigo myc? —la sonrisa burlona no se le pasó por alto a Mycroft. Le gustaba ver reir a Gregory.

—Si quieres que lo sea...

—No, dime. ¿Sueñas conmigo? —Greg volteó a mirarlo. Ese mar de chocolate oscuro estaba encendido en parte por la fiebre y en parte por la excitación de tener la posibilidad de observar de cerca el objeto de su cariño.

—No podría —los dedos de Mycroft se trasladaron a los pómulos de Greg, un toque apenas menor al susurro de una pluma.

— ¿Demasiado perfecto para ser real? —la sonrisa de Greg se ampliaba al hablar.

—No pierda el tiempo con imaginaciones si puedo tenerte aquí, conmigo. Ahora.

—Y Sherlock dice que eres el hombre de hielo —dijo Greg, soltando un bufido bajo.

—Para el resto del mundo, lo soy —la mandíbula de su detective parecía más filosa desde ese ángulo.

—Qué afortunado soy entonces.

—Si quieres creerlo...

—Ya lo hago, mi amor.

Mycroft quiso hundirse en esa atmósfera creada solo por ellos, lejos del ruido mundano y los peligros existentes.

—No vuelvas a dejarme, Greg —susurro Mycroft cerrando los ojos.

Una pulgada más cerca del corazón y esa bala habría puesto fin a la vida de su detective.

—Jamás —Greg había cerrado los ojos pero permanecía despierto.

—Prometelo —exige Mycroft con dulzura.

—Sí, lo prometo.

—No ahora, en dos semanas frente a un juez de paz.

—¿Qué? —Greg abrió los ojos nuevamente mientras intentaba alcanzar el rostro de su pareja.

—Prométeme que serás el amor de mi vida, Gregory.

—Ven aquí.

Los besos compartidos entre ambos se asemejan a estar ahogándose en medio del mar, con la particularidad de no querer nadar por oxígeno, todo lo contrario, exigentes de tomar la vida de alguno de los dos lo antes posible. Esa sensación era lo más parecido al amor que alguna vez lograría describir a Mycroft Holmes. Su hermano menor lo había acusado de ser incapaz de distinguir entre querer y poseer. Inhalar el aroma de Gregory, besarlo, sentir su calor, abrazarlo por horas, oírlo reír, verlo... era una acción tan inconsciente como el respirar, bastaba con que se detuviera a pensar en alguna de ellas, para caer en cuenta de que lo hacía.

—Creo que tendré que ser quien te lo proponga entonces —dijo Greg después de haberse separado unos centímetros.

—Ni siquiera lo pienses —el reflejo de la sonrisa de Gregory era la suya propia.

—Mycroft Holmes, ¿aceptarías por esposo...?

Un arrebato de besos suaves fueron suficientes para hacer callar a su detective.

<<¿ya lo has arreglado, verdad??>>

—Por supuesto —respondió Mycroft alejándose un poco para que la cabeza de Gregory volviera a descansar sobre su almohada.

—Cuando me envien la invitación procura no ubicarme cerca de Sherlock o Donovan —pidió gregory, cerrando los ojos nuevamente. Se quedaría dormido en cuestión de segundos.

—Tu único lugar es a mi lado, MI greg.

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