Prologo
Esta historia es un Spin-off de la historia principal “Armadura de Luna”, transcurre entre el Capítulo 21 y el Capítulo 34, , y sigue a Mintaka durante los días que pasó encerrada en la sede de la Orden del Sol.
Mintaka había sido arrestada por primera vez en su vida.
Y la mujer que lo había hecho, la había cargado al hombro por media ciudad sin sudar ni una gota.
Ahora estaba en una celda de la Orden del Sol, sin botas, sin martillo, con las muñecas todavía rojas por los grilletes. Rodeada de guardianas entrenadas que la miraban a través de los barrotes con una expresión hostil.
Mintaka era grande, era fuerte, era el tipo de mujer que partía mesas. Pero ahora estaba encadenada, descalza y desarmada, a merced de su captora. Y lo peor era que una parte de ella no estaba tan segura de querer escapar.
Helia la había tumbado en treinta segundos. La había atado. La había cargado. Y no había sonreído ni una sola vez, lo cual era, por razones que Mintaka no estaba lista para analizar, lo más perturbador de todo.
Los días en aquella celda iban a ser largos. Y las noches, sospechaba, iban a ser peores.
O mejores, dependiendo de cómo lo mirara.
La plaza del mercado estaba llena de gente esa tarde. Mercaderes, gente y guardias caminaban entre los puestos cuando un grito desgarrador cortó el bullicio del lugar.
Un hombre bien vestido, un comerciante menor, cayó de rodillas en medio de la plaza después de haber recibido un fuerte golpe de un martillo de guerra. Mintaka, todavía con el arma en su mano, estaba de pie frente a el.
—Listo—dijo ella, limpiándose el sudor de la frente—. 30 lúmenes por golpear a un imbécil.
La gente gritó y corrió alrededor, con algunos guardias sacando sus espadas, pero nadie se atrevía a acercarse a la enorme argenta que sonreía con tranquilidad.
De pronto, una voz firme y clara resonó desde el otro lado del mercado.
—¡Detente, criminal!
Helia, una guerrera de elite de la Orden del Sol, avanzaba con un paso decisivo. Su armadura dorada brillaba bajo el sol, y su espada desenvainada. Era alta, con el cabello negro despeinado cayendo por sus hombros y una mirada severa.
Mintaka la vio y soltó una carcajada.
—¡Vaya! ¿La Orden del Sol mandó a su chica más guapa? ¿Viniste a arrestarme? Los encargos de cazarecompensas no son ilegales en esta ciudad.
Helia no sonrió, se detuvo a metros y le apuntó con su espada.
—Mintaka de los Argentos. Estas acusada de un asesinato. Tira tu arma y entregate, o tendré que ajusticiarte aquí mismo.
Mintaka se apoyó en su martillo ensangrentado como si fuera un bastón y sonrió con descaro.
—¿Ajusticiada? ¿Por matar a este hijo de puta que vendía cosas de contrabando? Yo hago un favor a la ciudad y tú me quieres meter en una celda. ¿No te da vergüenza?— dijo riendo.
Helia apretó la mandíbula.
—Este no es tu primer asesinato. La Orden te tiene vigilada. Entrégate ahora o usaré la fuerza.
Mintaka soltó una risa ronca y se rascó la nuca.
—Ay, qué seria eres. ¿Sabes qué? Me gusta lo que me propones. Tienes cara de las que pegan fuerte. ¿Quieres probar? Te dejo darme un golpe primero, por ser tan linda.
Helia dio un paso adelante, la espada lista.
—No estoy jugando, argenta. Vendrás conmigo.
Mintaka sonrió con malicia, levantó su martillo y lo apoyó sobre su hombro.
—Ven a buscarme entonces, guapa. A ver si eres tan dura como pareces.
La gente de la plaza se había apartado, formando un círculo. La tensión entre la enorme mercenaria y la inquisidora era palpable.
La pelea fue corta pero brutal.
Helia esquivó el poderoso golpe de martillo de Mintaka con una agilidad sorprendente y contraatacó con un golpe preciso de su espada en la empuñadura del martillo, desarmándola.
Antes de que Mintaka pudiera reaccionar, la inquisidora la golpeó en el estómago con la rodilla y luego en la sien con el pomo de la espada. Mintaka cayó de rodillas, bastante aturdida.
—Eres… más rápida de lo que pareces… —gruñó Mintaka.
Helia no respondió. En cuestión de segundos le ató las muñecas a la espalda con unas esposas plateadas reforzadas y le sujetó los tobillos.
Luego, sin esfuerzo aparente, se agachó, pasó un brazo por las piernas de Mintaka y se la echó al hombro como si fuera una bolsa de patatas.
—¡Ey! ¡Suéltame! —rugió Mintaka, pataleando y retorciéndose—. ¡Bájame ahora mismo, pedazo de mierda! ¡Te voy a partir la cara en cuanto me sueltes!
Helia comenzó a caminar con paso firme por la plaza, llevando a la enorme argenta sobre su hombro como si nada. La gente se apartaba, murmurando sorprendida.
—¡Te estoy hablando, perra del Sol! —Mintaka siguió pataleando y gritando—. ¡¿Qué pasa?! ¿Te gusta llevar mujeres grandes? ¿Eh? ¡Seguro que en tu orden les gusta este tipo de cosas! ¡Bájame, hija de puta!
Helia seguía caminando en silencio, imperturbable, con la mirada fija al frente. Solo ajustó un poco mejor a Mintaka sobre su hombro cuando esta se movió demasiado.
—¡¿Estás sorda o qué?! ¡Te voy a meter el martillo por el culo cuando me sueltes! ¡Suéltame, maldita sea! ¡No soy un maldito costal!
Helia finalmente habló, con voz calmada y fría:
—Deja de patalear. Solo empeoras las cosas.
Mintaka soltó un gruñido de pura rabia y siguió retorciéndose, insultándola con todo lo que se le ocurría mientras era llevada como un trofeo por las calles de Gabios.
Helia, con expresión seria y profesional, continuó su camino hacia la sede de la Orden del Sol sin decir una palabra más.










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